El juego #5
Era un reto pobre, pero no podía soportar estar allí de pie sintiéndome tan desnuda. Me distraía demasiado ver el encaje asomándose por su bolsillo, y no iba a darle la satisfacción de llevárselo a casa, ni de coña.
Bebió. Se bebió el puto vaso en vez de devolverme el tanga y yo me quedé con la boca abierta.
—Te toca —dijo sonriendo ante mi sorpresa y, m ás suave, pero no menos confiado, añadió —: Vas a perder. Será mejor que acabemos de una vez.
Estábamos empatados. No podía perder, ¡no ahora! No después de todas sus sonrisas y miradas de suficiencia; nunca olvidaría esta noche.
Apunté con cuidado, lancé y fallé.
Miré a Ashley y me devolvió la mirada horrorizada, con la mano sobre la boca.
Manson apuntó.
La multitud esperaba con la respiración contenida. Necesitaba una copa, dos copas, un chupito. Quería volver a ponerme el tanga porque no podía separar las piernas sin notar la humedad de mi excitación.
La pelota voló por los aires y cayó sin esfuerzo en el vaso.
Los espectadores vitorearon, seguros de que la victoria era suya incluso antes de mi respuesta.
Intenté concentrarme, tomármelo con calma y apuntar con cuidado, pero entonces Manson bajó la mano y jugueteó con el borde de mi tanga, acariciando la tela con los dedos.
Mi puntería se fue al traste, muy al traste.
Había perdido.
Cerré los ojos con fuerza, conteniendo un gruñido de frustración. Daniel, borracho, abrazó a Manson como si acabara de ganar la Super Bowl. La gente se reunió a su alrededor, felicitándolo por la victoria, mostrando sus móviles y reproduciendo los vídeos que habían grabado de mí de rodillas.
Maldita sea, estaba jodida. Mi estatus social acababa de caer en picado.
Me fui dando pisotones y Ashley se pegó a mi lado enseguida para tranquilizarme. Estaba lista para perderme en un estupor de borrachera y olvidar este odioso juego.
— ¡Jess! ¡Jessica !
Me di la vuelta, con los dientes apretados. Manson me hacía señas para que volviera.
—Todavía te queda un reto, Jess.
Tenía razón: mi último vaso tenía reto escrito en el lateral. ¿Pero qué clase de reto iba a proponerme que significara perder la posibilidad de ganar? Sería horrible, lo sabía. Elegiría algo que yo tendría que rechazar.
—Bien —dije mientras volvía a la mesa despacio, con los brazos cruzados; no quería ni oírlo—. ¿De qué se trata?
Hizo una pausa antes de responder, y juro que solo lo hizo para ver cómo me retorcía. Intenté quedarme quieta, pero el calor entre mis piernas lo complicaba. Notaba mi excitación, pegajosa en los muslos.
La mirada que me dirigía, como si yo fuera insignificante, me hizo desear arrodillarme otra vez.
—Te voy a dar otra oportunidad —añadió—. Si lo logras, ganas, al instante. Pero si pierdes, tendrás que ser mi esclava el resto de la noche.
El corazón me latió con fuerza y utilicé la rabia para disimular lo intrigada que estaba.
—¿Qué coño se supone que significa eso? ¿Tu esclava?
—Que haces cualquier cosa que te ordene durante el resto de la noche y hasta que te vayas a casa. Cualquier orden, la cumples. Nada de evitarme. Si estás de acuerdo, te quedarás a mi lado.
A la mierda. Que le dieran a él y a su estúpido reto. A la mierda esta multitud y lo interesados que estaban en verme caer. Y que se jodiera mi vagina por traicionarme en todo momento y ponerme cachonda con todo esto. Tenía que negarme.
Algo en mí me decía que perdería, que perdería y que me gustaría. No podía ni permitirme considerarlo.
—¿Qué ha pasado con todo ese espíritu competitivo, Jess? —Manson hizo un mohín burlón mientras yo luchaba contra mí misma: destrucción social en potencia… o la oportunidad de redimirme—. ¿Te sientes intimidada? ¿Tienes miedo de perder?
Agarré la pelota. La furia, la intriga y la excitación creaban en mi interior un cóctel que me hacía papilla el cerebro y me quemaba la piel.
«Lanza la pelota. Sabes que en realidad no quieres ganar. Quieres hacer ese reto. Quieres volver a arrodillarte ante él», dijo una vocecita maligna en mi cabeza.
Me temblaban las manos, el tiempo a mi alrededor se iba ralentizando. Lo único que veía bien era a Manson. Manson con su ojo blanco, una sonrisa arrogante y las marcas de mis labios en sus botas. Manson, a la espera y expectante. Manson, que sabía que había ganado.
La música me retumbaba en los oídos, demasiado alta y demasiado lejana a la vez, con una batería estrepitosa y letras gritadas. Intenté concentrarme, pero ningún tipo de concentración o preparación habría hecho que acertase ese lanzamiento.
Mi bola aterrizó en la hierba.
Ashley maldijo detrás de mí e inmediatamente me llamó.
—¡Vamos, Jess, olvídate de esto!
Pero no pude. Manson me señaló con el dedo mientras el siguiente grupo de jugadores rodeaba la mesa.
—¿Qué se siente al ser una perdedora? —me preguntó en voz baja cuando me acerqué a su lado, con los brazos cruzados, negándome a mirarlo a los ojos.
Sus palabras se me clavaron, ese tono condescendiente se deslizó sobre mi piel como si fuese una sustancia viscosa. Había conseguido meterse en mi cabeza. Lo había conseguido de verdad.
Y lo peor era… que lo había disfrutado.