El reto (Losers 0.5) El juego #4
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El juego #4

Volví a mi lado de la mesa, con la barbilla alta, y me eché el pelo hacia atrás, intentando actuar como si no hubiera pasado nada raro.

Ashley me miraba con los ojos muy abiertos.

— ¿Tan terrible ha sido? —pregunté en voz baja, tomando su copa cuando me la ofreció y engullendo el alcohol.

—Bueno… A ver… Ha sido… Eh… —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Solo era un reto. Y te veías cañón haciéndolo. Pero, tía… , estás muy roja.

Asentí con rapidez.

Si hubiera podido hacer desaparecer el rubor, lo habría hecho. En lugar de eso, seguía ahí, como si llevase la A de adultera escrita en cada centímetro de mi piel.

Conteniendo la respiración, me volví hacia mi oponente.

— ¿Por qué coño sonríes? —le pregunté.

Manson parecía satisfecho. Estaba demasiado contento.

— ¿ Ha merecido la pena no perder el vaso? —preguntó.

—Por supuesto que sí —respondí, preparando mi siguiente tiro—. No pienso perder, Manson.

Acerté en su vaso y volvió a beber, pero se había adjudicado una victoria y los dos lo sabíamos.

Intercambiamos copas, de un lado a otro.

Hizo su siguiente reto, tomándose un chupito de huevo crudo sin ningún problema cuando yo esperaba que le dieran arcadas.

Me arrebató más vasos sin reto y me los bebí.

Era cerveza barata, así que no estaba demasiado borracha a pesar de que solo me quedaban cuatro vasos.

—Parece que vas a perder, Jess —se burló Manson, sacudiendo la cabeza—. A menos que de verdad te guste hacer retos.

—Yo no pierdo —dije, mi voz destilaba falsa dulzura.

Mientras me distraída con sus burlas, lanzó la pelota y la metió.

El público se lamentó ante mi mala suerte. Un vaso que valía el doble, tocaba reto.

Suspiré, cerrando los ojos para disimular mi frustración.

—Dime el reto —gruñí, segura de que a Manson se le iba a ocurrir algo malvado.

Alguien le dio una copa de la que bebió un largo sorbo y ver la camaradería me puso de los nervios. ¿Por qué le caía bien a la gente? ¿Por qué de repente todo el mundo había decidido ser amable con ese bicho raro?

—Vale el doble —me advirtió—. Sabes que va a ser difícil.

—No me das miedo, Manson.

Era mentira, sí me daba miedo. Con un ojo blanco, esa sonrisa confiada y la marca de mis besos en las botas, parecía tener todo el poder. Y lo que era aún peor, cada vez que me devolvía la mirada, sentía una oleada de calor en el vientre y un cosquilleo en la espalda.

Estaba poniéndome cachonda. Solo con estar allí, me estaba poniendo a cien, y eso me asustaba.

—Me gusta el tanga que llevas —comentó con aire distraído, paseándose un poco mientras se me formaba un nudo en el estómago—. Lo vi cuando te pusiste de rodillas. Una opción muy mona para llevar debajo de una falda tan corta.

Puse los ojos en blanco. No me avergonzaba de que el público me hubiera visto la ropa interior; siempre había disfrutado exhibiéndome, sabiendo que me deseaban pero no podían tenerme. Pero tenía la sensación de que sabía lo que Manson iba a retarme a hacer, y eso ya no me gustaba tanto.

—Quítate el tanga y dámelo —ordenó.

Al instante, se escucharon vítores y silbidos. Habíamos atraído a una multitud considerable. Había chicas de mi antiguo equipo de animadoras, gente que conocía desde hacía años. Todos mirando, esperando, mientras bebían a sorbos de sus vasos.

Si vacilaba mucho, me lo pensaría dos veces. No iba a perder, no contra Manson.

Me metí la mano bajo la falda y me bajé el tanga. Al hacerlo, sentí mi excitación pegada a la tela. Incluso mirándolas fugazmente, me di cuenta de que había una mancha de humedad que traicionaría toda mi postura arrogante en cuanto él la viera.

Alguien aulló con aprobación. Había móviles grabando. Por la mañana estaría en todas las redes sociales. Pero puse mi mejor sonrisa sarcástica e hice girar las bragas alrededor de mi dedo.

— ¿Esto es lo que quieres, Manson? —pregunté—. ¿Hmm?

Extendió la mano, expectante. Se le veía arrogante, como si no le sorprendiera que aceptara el reto, ni que le diera exactamente lo que quería. Antes de que pudiera pensarlo, hice una bola con el tanga y se lo arrojé con agresividad.

Lo atrapó, sonrió burlón y lo extendió entre dos de sus dedos.

—Gracias por el trofeo.

—Eres un puto pervertido —intenté sonar disgustada, pero mi voz salió demasiado alta y temblorosa como para ser convincente.

Para mi horror, vi que los ojos de Manson se detenían en el centro del tanga y notaban la humedad.

Cuando volvió a mirarme, había fuego en sus ojos.

Me preparé, esperando que dijera algo en voz alta y echara más leña a la hoguera de la humillación, pero se limitó a meterse el tanga en el bolsillo con una sonrisa victoriosa.

—Te toca —dijo.

Estar allí de pie con mi falda corta y sin bragas resultó ser una distracción importante.

Cada soplo del viento frío me besaba por debajo de la falda y se deslizaba entre mis piernas, chocando contra mi piel húmeda.

Sí, húmeda. Vergonzosamente húmeda. Intenté no pensar en ello, intenté que mi mente no se detuviera en el borde de tela blanca que asomaba por el bolsillo de Manson.

Apreté las piernas, preocupada por si chorreaba por los muslos.

En cuanto dejé que mi mente volviera a pensar en lo embarazoso que era todo aquello, la situación empeoró. ¿Qué me pasaba? Me estaba degradando literalmente delante de amigos y desconocidos, y me gustaba.

Manson estaba disfrutando, se le notaba en la cara. Me pregunté cuánto tiempo había pensado en humillarme, si había fantaseado con la idea de hacer que me retorciera, que se me pusieran las mejillas rojas y me temblara la voz. Me pregunté si a él también le ponía.

Hice que perdiera un vaso y él hizo que yo perdiera dos.

Daniel declaró que las reglas de la casa eran que, si ya se había utilizado un reto para conservar un vaso y la bola volvía a caer dentro, no habría un segundo reto.

Como yo ya había usado mi último reto para salvar dos vasos, esos dos salieron rápido de la mesa.

Manson tenía muy buena puntería, lo cual era un fastidio.

Me quitó un tercer vaso y apreté los puños a la espera de su reto. ¿Qué más podía pedirme?

Se sacó mi tanga del bolsillo.

—T ó mate el próximo trago con esto en la boca.

Los espectadores lanzaron gritos de asombro y aullidos. Algunos estaban indignados, otros intrigados. Sus móviles seguían grabando. Agarré el vaso, me lo bebí de un trago y lo tiré con rabia a un lado.

—Que te jodan —le señalé con el dedo—. Que. Te. Jodan.

Manson se encogió de hombros y volvió a meterse mi ropa interior en el bolsillo.

—Relájate, Jessica. Es parte del juego.

Una parte de mí quería seguir gritándole, pero estaba perdiendo y hacer eso me haría quedar aún peor. Me bebí el vaso lo más rápido que pude porque si no lo hubiera hecho…, si me hubiera permitido considerar su reto, aunque fuera por un momento… podría haberlo hecho.

Me imaginé metiéndome mis propias bragas en la boca, siguiendo sus órdenes y luego quedarme allí de pie, babeando y con arcadas, delante de todo el mundo. Apreté las piernas con más fuerza.

Tal vez estuviera paranoica, pero estaba segura de que Manson se daba cuenta de que me estaba excitando: había demasiada diversión en su sonrisa torcida.

Solo me quedaba un vaso. Le quité uno, y luego otro. Solo le quedaría un vaso si no aceptaba mi reto, y entonces estaríamos empatados. La partida estaba demasiado reñida. La gente gritaba propuestas obscenas para el reto, pero yo ya sabía lo que quería.

—Te reto a que me devuelvas mi tanga —solté, tajante.

Me miró con escepticismo.

— ¿Seguro que no quieres proponer otra cosa? —preguntó, pero yo lo tenía claro.

—No. Te reto a que me lo devuelvas.