El reto (Losers 0.5) El juego #3
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El juego #3

—Ya, a lo mejor no te has dado cuenta, pero jugamos en equipo —dije despacio, sarcástica.

—¿Te da miedo perder si juegas sola?

Su voz sonaba burlona, familiar. Era la misma que usaba en el instituto para burlarse de mí. Excepto que ahora su voz era más firme. Casi se comportaba con arrogancia, en sus gestos, en el tono de voz.

Joder, sabía qué hacer para provocarme.

Me reí.

—Oh, cariño, no. Más bien me aburriré de lo fácil que será ganarte.

—Supongo que aceptas el reto —comentó, haciendo rebotar la bolita blanca sobre la mesa—. A ver, después de todo es una victoria fácil, ¿no?

Apreté los dientes.

Quería soltar algo grosero, pero Daniel nos interrumpió.

—Esperad, chicos, si vais a hacer un uno contra uno, ¡vamos a hacerlo un poco más interesante!

Dicho eso, se acercó a la mesa, rotulador en mano, y empezó a escribir en nuestros vasos: una sola palabra en algunos y nada en otros. Mientras escribía en la que estaba más cerca de mí, distinguí lo que ponía: reto .

—¡Bebe o reto! —exclamó—. Las mismas reglas del juego, salvo que, si metes la bola en uno de los vasos de reto de tu oponente, este tiene la opción de cumplir tu desafío en lugar de perder el vaso. —Sonrió con picardía—. El reto puede ser el que queráis. No hay límites.

—¡Bebe o reto!, ¡bebe o reto!, ¡bebe o reto! —empezó a vitorear el público.

Era el tipo de espectáculo que le encantaba a un montón de universitarios borrachos y, con tantos ojos puestos en mí, nunca se olvidarían de ello si me echaba atrás.

—Bien —acepté, tomando la bola—. Espero que estés listo para ser humillado, Manson. Oh, espera…, que tú ya estás acostumbrado a la humillación, ¿no?

La multitud se echó a reír. Sabían muy bien de qué estaba hablando. Todos lo sabían. Puede que Manson hubiera conseguido caerle bien a Daniel, pero eso no significaba que se hubieran olvidado de dónde venía.

Manson se limitó a sonreír mientras nos mirábamos a los ojos.

—Así que recuerdas mi nombre. Me siento halagado, Jessica. La señorita popular se acuerda de quién soy, ¡vaya! —respondió con una voz que destilaba sarcasmo. Luego apuntó y dijo—: Supongo que beso tan bien que no puedes olvidar mi nombre.

Poca gente sabía eso. Muy poca. Pero, aun así, hubo murmullos y grititos de «oooh, no jodas».

Me estremecí, cabreándome al instante cuando me sonrojé. Aquella sonrisa arrogante me puso nerviosa, tanto que me pasé y fallé.

Maldije en voz baja. No podía dejar que me desconcentrara.

—¿Qué tal Kyle, Jess? —preguntó Manson mientras preparaba el primer tiro.

—No sabría decirte —respondí, brusca—. No estamos juntos.

—Ayyy, qué mal. El rey y la reina del baile no vivieron felices para siempre. Qué mundo más triste. La verdad es que me sorprende.

Su pelota voló por el aire y acertó, por suerte en uno de los vasos en blanco. No sabía qué tipo de retos se le ocurrirían, pero no quería averiguarlo. Me bebí de un trago la cerveza barata y dejé el vaso a un lado.

—A mí la verdad es que me sorprende verte aquí, Manson —comenté, apuntando—. No sabía que Daniel invitaba a perros.

Más risas, incluso Manson se rio. Las palabras rebotaron en él como si fueran pelotas de pimpón.

La escena me resultaba familiar. Cuantas más pullas nos lanzábamos el uno al otro, más se me aceleraba el corazón.

—A todo el mundo le gustan los perros —respondió, inclinándose detrás de los vasos para que, al apuntar, me viera obligada a mirarlo a los ojos, a ese único ojo blanco que me distraía muchísimo, y me daba escalofríos—.

Y a los que no, bueno…, solo los gilipollas le dan una patada a un perro y esperan que no muerda.

—¿Aún llevas cuchillos cuando vas por ahí? —dije intentado sonar condescendiente, pero mi voz me traicionó.

—Siempre.

Lo dijo tan jodidamente serio que supe que no mentía.

Mi mano tembló, y lancé la pelota… ¡Punto! ¡Un vaso de reto!

Me crucé de brazos victoriosa.

—¿Cuál es tu reto, señorita Jess? —preguntó, mirando el vaso pensativo—. Puede que lo acepte.

La multitud gritaba sugerencias, desde lo más mundano hasta lo más escandaloso. Entonces Ashley se inclinó hacia delante y me susurró en el oído; yo sonreí, socarrona.

—Te reto a que entres, metas la cabeza en el retrete y tires de la cadena —le dije con dulzura, viendo cómo su sonrisa, esa sonrisa tan pícara, vacilaba un poco—. Tienes mucha práctica con eso, ¿verdad?

Por un segundo, pensé que lo haría. En lugar de eso, se bebió el vaso y lo dejó a un lado. A pesar de todo, tuvo el efecto que yo quería: perdió la sonrisa chulesca.

—Ay, Jess. —Negó con la cabeza—. Jess, Jess, Jess. ¿No sabes que se supone que tienes que madurar después del instituto? Aquí todos somos adultos. —Lanzó la pelota y la metió: un reto para mí también—. Pero supongo que algunos llegamos al máximo de nuestra capacidad en el instituto.

—¿Cuál es el reto? —espeté.

No iba a perder la partida, ni hablar. Aceptaría cualquier reto que me propusiera.

Ni siquiera dudó. Había estado esperando la oportunidad de decirlo.

—Bésame las botas.

Se escuchó algún grito ahogado, la gente reía y silbaba. Ashley hizo un ruido de horror detrás de mí. Fruncí el ceño.

—Entonces ¿qué…? ¿Es solo un besito?

—Oh, no, no, no. —Manson se rio entre dientes, caminando por el lado de la mesa para que pudiera verle bien, con botas y todo—.

Te reto a que te pongas de rodillas, bajes la cara al suelo y me beses las botas durante sesenta segundos.

—El horror en mi cara hizo que volviera esa sonrisa de chulo—. O puedes ser una gallina y beber.

—Grandes palabras para alguien que acaba de rechazar su reto —respondí, pero no se inmutó.

—Sí o no, Jessica —dijo.

Ahora la multitud sí que estaba interesada. Por supuesto que querían verme hacerlo, putos pervertidos. De todas las cosas que podía elegir, se había decantado por algo humillante, aunque yo no había elegido nada distinto.

Me eché el pelo hacia atrás, decidida a que no me viera sudar.

—Bien. Sesenta segundos.

La multitud estalló en vítores. Ashley murmuró algunas protestas detrás de mí, sorprendida porque de verdad fuera a hacerlo.

Rodeé la mesa, con el corazón latiéndome a mil por hora, mientras Manson se quedaba de pie ante mí, con los brazos cruzados.

Al acercarme, recordé lo alto que era. Me miraba desde arriba, incluso en tacones y, cuando me arrodillé en la hierba, se cernió sobre mí como un espectro con la mirada vacía.

Levanté la vista y Manson sonrió, burlón.

—Estás más guapa de rodillas, Jess —comentó en una voz tan baja que dudaba que nadie más lo hubiera escuchado por encima de la música.

—¿Disfrutando de la venganza? —siseé.

Se echó a reír, negando con la cabeza.

—Solo es un reto, Jess. Es un juego.

No era solo un juego. Era más que eso. Estaba vengándose por cada vez que me había reído de él, por cada vez que había dicho cosas sobre él a sus espaldas. Estaba vengándose por el beso que había hecho que lo atacaran y lo expulsaran.

No iba a dejar que me viera sonrojarme, pero el calor que recorría mi rostro se había convertido en un incendio descontrolado que invadía cada centímetro de mi piel. Estaba segura de que se me habían ruborizado hasta los dedos de los pies.

Bajé la cabeza y me agaché levantando el culo. La falda se me levantó y el aire frío de la noche me rozó las nalgas. Estallaron vítores, silbidos y aplausos. Si iba a llamar la atención, al menos iba a estar buena mientras lo hacía.

Haría que Manson deseara más de mí.

Tenía las botas brillantes, como si acabaran de pulirlas.

El cuero estaba desgastado, con grietas y arrugas alrededor del tobillo y donde los cordones tiraban del material.

Al acercarme pude oler el cuero, intenso y un poco dulce.

El olor se apoderó de mi nariz y despertó algo en mí, una sensación extraña a la que no podía poner nombre.

Volví a tomar aire, profundamente, inundando mi cabeza con el aroma.

Besé la puntera de una bota, lo que provocó más vítores del público.

El cuero estaba suave bajo mis labios. Volví a besarla, luego cambié y besé la otra.

Sesenta segundos. Solo eran sesenta segundos…

Pasarían rápido, ¿verdad? Las rocé ligeramente con los labios, pero, aun así, mi brillo de labios dejó tras de sí la huella de mis besos.

Las marcas se quedarían allí, quizá durante el resto de la noche, como un recordatorio constante de lo que había hecho.

La posición que había elegido hacía que el tanga se apretara aún más contra mis partes íntimas y, de repente, fui horriblemente consciente de que estaba teniendo una reacción a esto que no esperaba.

Me estaba excitando. Notaba el coño tan caliente que era como si también se me hubiera sonrojado.

¡Mierda, mierda, mierda! Estaba segura de que no se me vería a través del tanga, pero la idea de que alguien pudiera distinguir una mancha húmeda en esta posición tan humillante hizo que el rubor desapareciera, siendo sustituido por el horror.

¿Por qué me estaba poniendo cachonda?

Le di besos en la zona del dedo gordo del pie hasta llegar a la curva del tobillo. También le di un beso allí, donde tenía el cuero desgastado. Me pregunté cómo sería pasar la lengua por encima, sentir la textura del cuero, saborearlo, aunque solo fuera una vez.

Fue el minuto más largo de mi vida.

Nunca había hecho algo tan descaradamente degradante.

Esperaba sentir cómo la vergüenza me revolvía el estómago, retorciéndose como comida podrida, y me diera ganas de vomitar.

En lugar de eso, ese sentimiento de vergüenza se estaba convirtiendo en lujuria y, de repente, me vi imaginando a Manson presionando la suela de su bota contra mi cara.

Pensaba en él aplastándome contra la hierba, riéndose de mí, llamándome sucia puta por atreverme a disfrutar de ello…

— ¡Sesenta segundos! —gritó Daniel, que llevaba la cuenta.

Se escucharon más vítores y silbidos.

Me levanté, mareada, y me di la vuelta lo más rápido que pude. No quería ver la cara de satisfacción y victoria de Manson.