El reto (Losers 0.5) El juego #2
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El juego #2

Tal vez no me había reconocido. Tal vez no me recordaba.

¡Ja! Sí, claro. ¿Después de esa sonrisa? Oh, sí, se acordaba de todo.

Y yo también.

Aquella sonrisa me había hecho retroceder en el tiempo, me había hecho recordar la cara de Manson cuando se lo llevaron al despacho del director.

Sabía lo que Kyle iba a hacer e intenté advertir a Manson el día anterior.

Le había dicho que no viniera al instituto, pero lo hizo igualmente.

Cuando por fin sacaron a todos los chicos del baño, los guardias de seguridad se llevaron a Manson.

Tenía un moratón enorme en la mejilla y un hilillo de sangre que le recorría la barbilla por un corte en el labio.

Cuando pasó por mi lado, me miró y sonrió.

Nunca fui capaz de interpretar ese gesto. ¿Era una advertencia? ¿Una amenaza? ¿Una promesa? No había vuelto a verlo desde aquel día. El último curso continuó, llegó la graduación y Manson Reed no volvió a clase.

Pensar en ello hacía que me sintiera rara, era la misma sensación que cuando vi a Kyle entrar en el baño para abalanzarse sobre él: una culpa ardiente, pero no lo bastante fuerte como para hacer que mis pies se movieran o para hablar y pedir ayuda.

Cuando se llevaron a Manson… había algo aterrador en su aspecto.

No tenía miedo. Ese día, llegó sabiendo lo que iba a pasar y sacó un cuchillo contra un Kyle Bolson de uno noventa y sus amigos deportistas.

Quise volver a besarlo cuando lo vi salir escoltado. Quise enviarle un mensaje cuando me enteré de que lo habían expulsado. Quise decirle que estaba orgullosa de que se hubiera defendido, que Kyle se merecía el susto, que no le culpaba por llevar el cuchillo.

Pero nunca lo hice. Tenía una reputación que mantener y Manson Reed no encajaba en ella.

—Menudo. Rarito —soltó Ashley, abriendo la puerta de un empujón—. Vamos a evitarlo como si fuese la peste. Esperemos que lo echen.

—Esperemos —murmuré, mientras me deslizaba sobre mis tacones.

Llevaba unos zapatos de tiras y con el tacón alto, con una tira de filigrana blanca que me rodeaba las piernas hasta la rodilla. Vi mi reflejo en la ventanilla del coche y sonreí. Me encantaba causar sensación.

El camino de entrada a la casa estaba flanqueado por calabazas talladas, con velas que parpadeaban dentro de sus caras sonrientes.

Había esqueletos de plástico colgados de los pilares junto a las puertas de entrada y lápidas de mentira en la hierba del jardín.

Cuando llamé al timbre, me retumbó en el pecho la música de un DJ que pinchaba Not In Love de Crystal Castles a través de los altavoces.

Apenas pasaron unos segundos antes de que una mujer de mediana edad con el pelo rubio claro y un vaso de sangría abriera la puerta de golpe.

—Dios míooo, ¡Jessicaaa! —gritó, envolviéndome en un fuerte abrazo que me aplastó contra sus tetas operadas—. Y Ashley, ay, Dios mío, ¡bienvenidas, señoritas!

—Hola, señora Peters —le sonreí mientras entrábamos.

La señora Peters era la definición literal de «madre guay»: siempre estaba presente en las fiestas de su hijo, riéndose, bailando y bebiendo.

Era una de esas madres que no parecía una madre, pero que de vez en cuando soltaba alguna frase de persona sabia que solo podía venir de décadas de experiencia en este planeta.

Las paredes color crema claro y la mesa de caoba de la entrada estaban llenas de telarañas falsas, y las bombillas de la lámpara de araña habían sido sustituidas por unas de luz negra.

En los rincones había maniquíes de bebés zombis que nos miraban desde las escaleras.

La casa estaba llena, como esperaba. Había muchas personas conocidas; algunas amigas, otras no.

Ser capitana del equipo de animadoras y salir con el quarterback estrella del equipo me había hecho ganar muchos enemigos, incluso después de graduarme.

Tampoco había sido la persona más agradable del instituto, pero daba igual. El pasado era el pasado.

Ashley y yo nos servimos unas copas y dimos una vuelta por la fiesta, encontrándonos con amigos, hablando de tonterías y admirando la decoración terrorífica de la casa.

Daniel siempre tenía que ir por todo lo alto con sus fiestas.

La sangría estaba servida en un caldero de bruja gigante, la salsa de queso tenía forma de cerebro e incluso los aperitivos parecían arañas y dedos cortados.

Fuera, la gente se zambullía en la piscina climatizada o se entretenía con juegos de beber en las mesas que se habían dispuesto para el beer pong y el King’s Cup .

El DJ pinchaba en un cenador lleno de telarañas, con un traje rojo brillante y unos cuernos de demonio.

El patio trasero era grande, con césped e hileras de arbustos a lo largo del muro de piedra que lo rodeaba.

Al otro lado, los álamos que rodeaban todo nuestro pueblo se alzaban fantasmales y pálidos en la noche, sus hojas amarillas agitándose con la brisa.

Encontramos a Daniel cerca de la mesa de beer pong , terminándose una cerveza antes de saltar a la piscina completamente vestido.

Pero no había estado bebiendo solo. Estaba nada menos que con un sonriente Manson Reed, que tiró a un lado su lata de cerveza vacía y se echó a reír al ver a Daniel zambullirse en el agua.

Me sentía como si hubiese entrado en el valle inquietante.

Había estado un poco desconectada desde que empecé la universidad, pero todo esto estaba mal.

¿Por qué demonios estaba Manson tomándose algo con Daniel?

¿Por qué estaba rodeado de gente que no le habría mirado dos veces en el instituto? ¿Por qué…?

—¿Por qué está mirándote? —preguntó Ashley, llevándose el vaso a la boca para ocultar sus labios.

Tenía razón: los ojos de Manson se habían posado en mí y no parecía dispuesto a apartar la mirada.

Pude distinguir reconocimiento en sus ojos y me pregunté qué recuerdo le habría venido primero a la cabeza.

¿Fue mi mirada silenciosa mientras caminaba por los pasillos de la mano de Kyle?

¿O fue mi cara a escasos centímetros de la suya antes de besarnos, cuando le susurré: «Prométeme que no se lo contarás a nadie»?

Con un repentino y agudo dolor en el pecho, me pregunté si me odiaba.

No es que me importara la aprobación de un friki como él, pero la forma en que me miraba no parecía odio, parecía curiosidad.

Sus ojos se detuvieron en mi cara y luego bajaron por mi cuerpo.

Claro que me miraba. Todo el mundo miraba.

Pero ahí estaba otra vez: esa culpa latente, con sus raíces enroscándose en mis pulmones.

Después de todo, me había enrollado con él e inmediatamente después había vuelto con el chico que llevaba acosándolo desde primero.

Me había burlado y reído de él sin descanso, había difundido rumores, le había hecho la vida imposible a él y a sus amigos.

Si eso no me convertía en una cabrona, no sabía qué lo haría.

—Hola, hola, señoritas, ¡bienvenidas! —dijo Daniel, que se acercó corriendo, chorreando, y nos saludó con la mano en vez de abrazarnos.

Manson rompió su contacto visual conmigo cuando Daniel le estrechó la mano.

—Buen intento, hermano, pero no lo bastante rápido.

—Esto es raro de cojones —susurró Ashley—. ¿Desde cuándo son amigos?

Me encogí de hombros, intentando no darle importancia. Cuanto más pensaba en ello y más miraba a Manson, más incómoda me sentía. E «incómoda» no era lo normal en mí.

Acababan de terminar una ronda de beer pong , así que Ashley y yo nos dispusimos a retar a los ganadores.

Siempre he sido una persona competitiva, ya fuera como animadora o jugando al beer pong , odiaba perder.

No tardamos en meter la bola en todos los vasos del equipo contrario, ganamos en pocos minutos y, de paso, disfrutamos de las copas.

Cuando terminó la partida, me di cuenta de que una pequeña multitud se había reunido para vernos jugar.

Manson también estaba mirando. Observándome.

Nuestro beso se había desvanecido en el fondo de mis recuerdos, al igual que todas nuestras tensas interacciones, mis palabras crueles y las miradas altivas.

Lo había enterrado todo como si pudiera caer en el olvido si permanecía el tiempo suficiente en la oscuridad.

Pero no había olvidado nada. Su presencia en este sitio era una luz en la oscuridad que dejaba al descubierto todo lo que había intentado borrar.

El moratón en el ojo después de que Kyle fuera a por él; tenía muchos moratones. Siempre llevaba marcas. La sangre en el labio… Pero nada de eso fue culpa mía.

Vale, quizá algo de eso sí fue por mi culpa…

Lo único que había hecho había sido besarlo.

Y él me devolvió el beso.

Después de aquello, pasé mucho tiempo intentando entender por qué. ¿Por qué Manson Reed?

No fue porque su mirada tranquila y melancólica siempre me asustara, y las cosas que dan miedo siempre me han resultado irresistibles.

No fue porque estuviera segura de que detrás de esa fachada tímida y retraída se escondía una bestia al acecho.

No fue porque sus labios fueran increíblemente suaves y, cuando lo besé, me rodeó la garganta con la mano acelerando mi corazón durante un segundo…

No. No fue por eso.

Para nada.

Solo eran tonterías de instituto que era mejor olvidar.

—¿Quién va ahora? —rio Ashley, bebiéndose lo que le quedaba de bebida—. Venga, ¿quién es el siguiente rival?

—Yo lo intentaré.

El corazón me dio un vuelco. Manson se había acercado. Un ojo blanco y otro casi negro me miraban fijamente. Parecía de otro mundo, un ser inhumano que podría haber salido directamente de la película Hellraiser . ¿Qué era ese arnés? ¿De qué demonios se suponía que iba vestido?

—Eh, claro, vale. —Ashley sonaba molesta—. ¿Quién es tu compañero?

Manson se encogió de hombros.

—Solo yo. Contra ella —dijo mientras me señalaba.

Me costó mucho no abrir la boca de par de par. Escondí mi incomodidad detrás de la mejor cara de cabrona que pude poner.