El reto (Losers 0.5) El juego
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El reto (Losers 0.5)

El reto (Losers 0.5)

Por Harley Laroux

© inepub.com

El juego

Después del instituto cambian muchas cosas.

De repente, los empollones se convierten en unos vagos, los frikis tímidos están casados y con hijos, los chicos que juraron que irían a la NFL acaban alistándose en la marina.

La gente toma todo tipo de decisiones raras una vez llega a la edad adulta, como, por ejemplo, Daniel Peters, que ha decidido invitar a raritos a sus fiestas.

Era finales de octubre, el fin de semana de Halloween para ser exactos, una noche fría con una brisa helada que levantaba ráfagas de hojas doradas por las tranquilas calles de los suburbios.

La urbanización de Daniel estaba vallada, por lo que había que pasar por la garita antes de poder entrar con el coche.

Le habían dejado una lista de invitados al guardia de seguridad, que la comprobó meticulosamente cuando le enseñé mi carné de identidad.

—Jessica Martin, ¿eh? —comentó, dando golpecitos con el bolígrafo una y otra vez sobre el portapapeles.

Le dediqué una sonrisa tensa e impaciente y eché un vistazo a la cola de coches que había empezado a formarse detrás de nosotras.

Daniel era conocido por celebrar sus fiestas a lo grande; decenas, si no cientos, de invitados llenaban la enorme casa de sus padres, la piscina y el gigantesco patio trasero.

Esa era una de las cosas que no había cambiado tras el instituto: ninguno de nosotros había dejado de salir de fiesta.

—¿Y tú eres…? —preguntó el guardia dirigiendo su mirada a la persona que iba en el asiento del copiloto de mi BMW, mi mejor amiga desde primero.

—Ashley García —respondió ella, mirando la pantalla de su móvil mientras escribía algo—. ¿Necesitas mi DNI o algo?

—No, no, está bien. ¿Vais a una fiesta de Halloween, señoritas?

Podía notar los ojos del guardia clavados en mi cuerpo, al menos en lo que podía ver a través de la ventanilla.

Ashley y yo nos habíamos disfrazado de ángeles, de ángeles sexys .

Mi sujetador blanco transparente habría dejado a la vista mis piercings si no me hubiera puesto las pezoneras y, si me agachaba un poco, la falda corta de satén dejaba ver claramente un tanga.

Nuestras alas de ángel eran pequeñas, estaban hechas de plumas blancas y las llevábamos enganchadas a la parte de atrás del sujetador.

Estaba empezando a cansarme la insistencia de este viejo verde, intentando sacarnos conversación.

No me cabía duda de que ya había visto nuestros nombres en la lista y solo intentaba alargar el momento todo lo posible.

Miré hacia atrás con impaciencia mientras otro coche se ponía a la cola.

La camioneta que estaba justo detrás de nosotras vibraba y retumbaba, el motor emitía un zumbido incesante que era un verdadero infierno para mis oídos, pero había algo en aquel viejo y feo trasto que me resultaba familiar…

Entonces, mirando por el retrovisor, vislumbré al tipo que la conducía, e inmediatamente recordé dónde había visto antes esa camioneta.

—¡Tenemos detrás al puto Manson Reed! —solté, cuando el guardia por fin nos dejó pasar.

Ashley levantó la vista del móvil de inmediato, se giró y se estiró en su asiento para ver la camioneta mientras la dejábamos atrás, en la entrada.

—Te estás quedando conmigo —respondió—. ¿Estás segura? No veo nada con esos faros.

—Lo he visto. Es esa camioneta de mierda que lleva años conduciendo.

—No… no creerás… —Ashley volvió a acomodarse en su asiento, mirándome, seria—. No creerás que Daniel lo ha invitado, ¿verdad?

—Oh, Dios, ni de coña. —Hice una mueca de asco—. Daniel no invitaría a ese rarito. No después de lo que pasó.

—Recuerda que Daniel está con ese rollo de «aceptar a todo el mundo» desde que asistió a esa clase de Filosofía —advirtió Ashley—. Y no es como si Manson viviera aquí. ¿Por qué si no iba a estar en esta urbanización?

Negué con la cabeza.

—Es imposible que los estándares de Daniel hayan caído tan bajo. Literalmente todo el mundo en el instituto estaba acojonado con Manson, excepto, quizá, su grupito de amigos frikis. Nadie va a olvidarse del chico que casi apuñala a alguien, aunque haya pasado más de un año.

Ashley se cruzó de brazos con un ligero escalofrío y yo aceleré, dejando la vieja camioneta aún más atrás.

Todas las casas de la urbanización en la que vivía Daniel eran enormes, con grandes jardines escondidos tras altas verjas de hierro forjado y álamos silvestres que lucían los vivos colores del otoño.

Ya se escuchaba la fiesta, un ritmo vibrante de música electrónica, antes de girar en la esquina de la calle de Daniel. Un montón de coches ocupaban alineados la acera, pero me las arreglé para encontrar un sitio cerca.

—Bueeeno, no es por sacar a relucir momentos vergonzosos… —dijo Ashley despacio, haciendo estallar la pompa que había hecho con su chicle antes de continuar—, pero ¿Manson y tú no tuvisteis algo?

Solté un gran suspiro. ¿Por qué tenía que sacar el tema?

—Nos enrollamos en el baño una vez, pero eso no cuenta. —Mi respuesta hizo que mi amiga levantara las cejas con escepticismo—. ¡No cuenta!

Ahsley hizo una mueca.

—Pues… para Kyle sí contó.

Resoplé, burlándome.

—Kyle y yo ni siquiera estábamos juntos. En último año estuvimos juntos a ratos.

—Vaaale, pero ¿estabais juntos o lo habíais dejado?

—Por lo visto Kyle pensaba que estábamos juntos —respondí poniendo los ojos en blanco—, por eso se puso en plan capullo con el tema.

—Sí, pero a ver, Manson le sacó un cuchillo. ¿Qué clase de loco lleva un cuchillo al instituto?

La clase de loco que esperaba la ira de mi ex y fue preparado.

Kyle siempre había sido un gilipollas con Manson; bueno, había sido un imbécil con todo el mundo, pero con Manson en particular.

Era la víctima perfecta: callado, con la cabeza gacha, casi siempre vestido de negro y con una cazadora vaquera llena de parches.

Manson se había juntado con los góticos, con los skaters e incluso con los frikis del anime.

Se las había ingeniado para meterse en todos los grupos de marginados en los que podía meterse.

Era un buen saco de boxeo para Kyle, sobre todo cuando se enteró de que Manson y yo…

habíamos tenido… No se podría decir que habíamos tenido algo como tal.

Pero por mucho que yo me metiera con Manson —culpa de la animadora engreída que había en mí—, él siempre me las devolvía.

Tuvimos la mala suerte de que nuestras taquillas estuvieran una al lado de la otra, así que no había forma de evitar su cara de asco.

Había días en los que discutíamos por los pasillos hasta llegar a clase, diciéndonos de todo, insultándonos, burlándonos el uno del otro…

No estaba muy segura de si era normal que mi némesis se convirtiese en mi crush , pero una cosa llevó a la otra y… Kyle descubrió que había besado a Manson. Fue un suicidio social, pero también la mejor forma de cabrear a mi ex.

Al enterarse, Kyle y dos amigos suyos acorralaron a Mason en el baño de los chicos. Habían planeado pegarle. Kyle me dijo una gilipollez sobre «defender mi honor». Pero Manson había ido preparado.

Tenía que haber sabido dónde se metía cuando me besó: yo era la ex de Kyle, la capitana del equipo de animadoras, una de las chicas más populares del instituto. Cuatro días después de que Kyle y yo rompiéramos, arrastré a Manson al baño y me enrollé con él contra la fría pared de azulejos.

—De todas formas, sabes que todo fue para cabrear a Kyle —dije a toda prisa, volviendo a aplicarme brillo de labios frente al espejo del parasol—. Odiaba a ese chico. ¡Y recuerda que Kyle me había dejado por Veronica Mills! Obviamente tenía que cabrearlo.

—Sí, bueno, pues funcionó. —Ashley se encogió de hombros—.

Kyle se enfadó, volvisteis y luego lo dejasteis otra vez en cuanto os graduasteis.

—Poniendo los ojos en blanco, continuó—: Podrías haber elegido a otra persona para cabrearlo.

A Manson tiene pinta de molarle… matar animalitos.

Siempre me ha dado mal rollo todo su grupito.

Ese tipo, Vincent, solía hablar de ser un puto satanista…

Pasé de ella. Yo le había dicho cosas peores a Manson a la cara, cosas peores a todos sus amigos, pero cuando lo decía otra persona, me molestaba de un modo que no llegaba a entender.

Decidí dejar de pensar en ello. Era cosa del pasado: dramas insignificantes del instituto. Me acerqué al asiento de atrás para coger el bolso y Ashley me agarró del brazo.

—Manson a las doce en punto —murmuró.

Despacio, levanté la mirada. La camioneta grande de Manson se detuvo para aparcar frente a nosotras.

¡Oh, Dios mío! No… No, no podía estar aquí de verdad para ir a la fiesta…

La puerta del conductor se abrió. Manson era un tipo alto y delgado, y parecía aún más alto con sus vaqueros rasgados ajustados y las botas de cuero con cordones.

Llevaba una camiseta negra y una especie de arnés de metal y cuero con tres hebillas plateadas en el pecho.

En el instituto llevaba una cresta, pero ahora tenía el pelo castaño oscuro peinado hacia atrás.

También había ganado músculo desde la última vez que lo había visto.

No era corpulento, pero los bíceps hacían que las mangas de la camiseta le quedaran apretadas y se podía distinguir el pecho firme bajo el arnés de cuero.

Salió de la camioneta, cerró la puerta de golpe y se puso una flamante gorra de policía sobre la cabeza.

—Oh, Dios mío, ¡mira para abajo, mira para abajo!

Ashley intentó avisarme, pero era demasiado tarde.

Manson pasó por delante de nuestro coche y me miró a los ojos, dejándome paralizada en mi asiento.

Llevaba una lentilla blanca puesta en un ojo, lo que le daba un aspecto inquietante y hacía que el otro pareciera totalmente negro por el contraste.

Tragué saliva cuando pasó, incapaz de apartar la mirada, ni siquiera pude parpadear.

Me sonrió, fue una sonrisa lenta y cómplice, y luego se marchó por la acera en dirección a la fiesta.

Suspiré y me desplomé en el asiento.