34 Donna #3
—Quería asegurarme de que estuvieras bien —dice—. No estaba intentando escuchar a escondidas, pero cuando Beth dijo que Amelia había estado en rehabilitación, no pude volver a entrar.
Debería estar molesta con él. Básicamente lo oyó todo. Pero también dijo que está orgulloso de mí, y ahora mismo eso es justo lo que necesito oír. Además, daría mi brazo derecho por volver a hablar con él.
—Estoy bien.
—Te ves más feliz —dice—. ¿Suena demasiado loco?
—Unos cuantos millones me habrían hecho bastante feliz —digo—. Pero no valían el sufrimiento y, aunque me pegó, sí quiero a Patrick.
Will aprieta los puños.
—No puedo creer que hiciera eso. Debería estar en la cárcel.
—Francamente, es más sorprendente que no lo haya hecho antes. No tienes idea de cuántas veces nos pegaba nuestro padre.
Se ha acercado y ahora alcanzo a distinguir los músculos de su mandíbula tensándose en la silueta de su rostro.
—Estoy orgulloso de ti, pero tampoco estoy seguro de qué le voy a hacer a Patrick la próxima vez que lo vea.
Le pongo una mano en el antebrazo.
—Golpear está mal, Will. ¿Acaso no oíste esa parte?
—Golpear a una mujer está mal —dice Will—. Golpear a un niño. ¿Pero golpear a un hombre que golpea a mujeres o a niños? —Se encoge de hombros—. Con eso no tengo problema.
Me río.
—De todos modos, por favor, no lo hagas.
—Yo también lo siento. —Ya no está bromeando.
Toda mi paz, toda mi calma, se disipa como la niebla devorada por los rayos del sol del mediodía. Se mueve un poco y, de repente, en lugar de una silueta, puedo ver su rostro.
Es pura emoción.
Sus ojos están atormentados.
Los fuertes músculos de la mandíbula que tanto me gustan están tensos.
—¿Por qué me pediste que fuera tu acompañante a la boda?
Quiero decírselo, pero parece que no logro articular ni una sola palabra.
—No tenía pareja cuando me llamaste. Ni siquiera estaba invitado a la boda. —Su risa es de rabia, áspera—. Soy tan idiota que, después de rechazarte, tuve que llamar a Steve y suplicarle que me invitara. ¿Sabes qué me dijo?
Niego con la cabeza.
—Me preguntó para qué necesitaba la invitación, y le dije que tenía que demostrar que ya te había superado. —Niega con la cabeza y exhala—. Me dijo que si necesitaba demostrarlo entonces no era así y, por Dios, obviamente tenía razón.
El corazón me da un brinco. Los pulmones casi me dejan de funcionar. Las manos me tiemblan tanto que me veo obligada a apretar mi vaporosa falda de tul para evitar que hagan ruido.
—Donna, tú siempre tienes algo que decir. Tus últimas palabras siguen repitiéndose en bucle en mi cabeza. Mi respuesta es la misma. —Tuerce los labios—. Tu respuesta fue no. Siempre fue no. Y soy tan estúpido que aquí estoy, preguntando otra vez, preparándome para que me vuelvas a rechazar.
Abro la boca, las palabras se agolpan en mi mente, pero él me corta antes de que pueda decirlas.
—Rebecca dice que es justo lo que tú haces: tienes a los hombres enganchados para entretenerte. Dijo que por eso me llamaste, para tenerme siempre esperando.
—¿Que dijo qué?
—Que extrañabas la atención, así que me lanzaste un anzuelo.
—La odio —digo—. Es mona y tiene talento, y probablemente sea una madre excelente, y me dieron ganas de sacarle los ojos cuando entraste con ella.
La esperanza que se desliza por el rostro rudo de Will es como el amanecer en una playa paradisíaca. Es como la torpeza saltarina de un cachorro corriendo hacia su madre. Es la última pieza que se coloca en un rompecabezas para formar una hermosa imagen de montaña.
—Es una mujer encantadora —dice Will—. Y me dijo que llevaba años esperando a que la invitara a salir. —Cruza los brazos—. ¿Por qué querrías sacarle esos preciosos ojos dorados?
—Cometí un error, Will Earl. ¿Es eso lo que quieres oír?
—Ah, creo que me merezco oír algo más que eso.
—Soy una idiota —digo.
Su mano me tapa la boca, probablemente corriéndome el labial.
—Puedes hablar de mí, pero tú no te menosprecies nunca. —Baja la cabeza para que nuestros ojos queden al mismo nivel—. ¿Entendido?
Asiento.
Me suelta.
—La antigua Donna te habría lamido la mano —digo.
—No, me habría mordido —dice él—. Pero con eso tampoco tengo problema.
Me río.
—No he sido tan feliz desde aquella noche, la noche en que me besaste y yo salí corriendo asustada.
—Tú también lo sentiste —dice.
—¿Sentí qué?
—El terremoto cuando nos besamos. —Susurra mi nombre—. El movimiento sísmico. —Sus brazos buscan mi cintura, atrayéndome hacia él mientras se endereza—. ¿No te da curiosidad?
Por casi todo.
—¿Qué cosa?
—¿Si pasará eso cada vez? —Su boca está ahora justo encima de la mía, sus ojos estudiando mi cara.
—Puede que sí. —Me muerdo el labio—. Pero ¿de verdad no estás molesto conmigo?
Busca respuestas en mi rostro, pero ¿a qué preguntas?
—¿No lo estás?
Me da un beso en la frente.
—¿Te molestaría que una obra de arte de valor incalculable tardara más en llegar? ¿Si se quedara retenida en la aduana, por ejemplo?
Parpadeo.
—¿O se te acabaría la paciencia si la madera para ese mueble único y hecho a mano que encargaste tardara más en curarse?
—Yo…
—Una vez tardé meses en conseguir una pieza para un Shelby Cobra.
Me llevó horas y horas de búsqueda encontrar exactamente las ruedas Halibrand originales que quería, y se retrasaron una y otra vez.
Pero no se trata del tiempo que pasé esperando.
Se trata de la alegría que te da cuando por fin logras que las cosas salgan bien, como deben ser.
Con sus manos aprieta mi cintura, acercándome más a él, y sus labios bajan a cubrir los míos.
Y la tierra vuelve a moverse bajo nuestros pies.
Las paredes de mi corazón tiemblan. Sentirlo por completo alrededor de mí es la perfección. Es el nirvana.
El aire es fresco y frío, mi alma está a la vez en paz y lista para ir a la guerra, y me doy cuenta de que tiene razón.
No se trata de los años que nos perdimos.
Se trata de lo correcto que se siente esto ahora mismo.
Se trata de lo segura que me siento con Will, y de lo feliz que estoy de que no haya cambiado de opinión.
Cuando por fin me suelta, casi gimo.
—Va a ser muy difícil volver ahí dentro y bailar con Rebecca.
Le agarro el cuello de la camisa sin pensarlo y bajo su cara directo hasta la mía.
—Ni se te ocurra.
Su sonrisa pícara me hace ponerme de puntillas y besarlo de nuevo.
Y otra vez.
Y otra vez.