34 Donna #2
Me doy cuenta de que Eddy y Amanda se vuelven a colar adentro por la puerta lateral justo cuando lo sugiero. Ninguno de los dos se ve especialmente contento. Espero que lo que Beth tenga que decir sea más agradable que la conversación que ellos acaban de tener.
Una vez que logramos escapar, le pregunto de inmediato:
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Niega con la cabeza.
—¿Qué tienes? —A pesar de mi intento por mantener la calma, el corazón se me dispara.
—Sé que papá te pegó —dice—. Siento no haber dicho nada antes, pero mamá me hizo jurar que no diría nada.
Se me encoge el corazón con eso: mamá siempre nos rogaba que no dijéramos nada sobre papá, al parecer más preocupada de que él fuera a prisión que por nosotros.
—Beth, la cuestión es que…
—Sé lo que estás pensando —dice—. Que es un tipo horrible y que debería ir a la cárcel. O sea, hasta puede que tengas razón.
Oír esto de mi sobrina me parte el corazón. El daño que hizo mi padre sigue multiplicándose.
—Beth, sí tengo razón. La gente que es violenta…
—Mamá lo dejó —dice Beth.
Eso me llama la atención.
—Pero tú estás aquí.
Su madre es de Seattle, y estoy absolutamente segura de que, si lo hubiera dejado, ahí es adonde se iría. Su familia tiene mucho dinero y una casa muy bonita en Redmond.
—Estoy… estoy intentando ayudar a papá. Si este es un mal año para el rancho, podría perderlo.
No menciono que, si nuestra audiencia de aquí a menos de dos semanas sale mal, también perderá el rancho. No parece que sirva de mucho.
—A veces algo se siente como si fuera a destruir tu mundo, pero en realidad…
—Mamá lleva años adicta a los narcóticos —dice Beth—. Ha estado en rehabilitación por eso al menos cinco veces. Y tiene adicción a las compras. Ha topado el límite de sus tarjetas de crédito tantas veces que perdí la cuenta, y ni siquiera me enteré hasta hace unos años. Ella tampoco es un angelito.
¿Cómo es que apenas me entero de esto? ¿Sería posible que Beth se lo estuviera inventando?
Saca unos papeles de su bolso.
—Pensé que quizá no me creerías.
Le miro la cara un momento antes de por fin bajar la vista.
La luz no es la mejor aquí afuera, pero distingo lo suficiente para ver que son estados de cuenta de lo que parecen centros de rehabilitación de lujo, a juzgar por los nombres.
Rise in Malibu. Seaside Rehab. The Spirit of the Mountain.
Scenic Changes. Oceanside Harbor Rehab. Suenan más a complejos turísticos que a centros de rehabilitación.
El nombre de la paciente que figura en los estados de cuenta es Amelia Ellingson, y los montos de las facturas son apabullantes.
—Tus padres fueron los que hipotecaron el rancho, no mi papá.
Traga saliva.
—¿Y ahora estás aquí para qué? ¿Para suplicarme que sin más le dé mi dinero al tuyo?
—Sé que no debió pegarte. Te lo juro, nunca antes había hecho algo así.
Mamá se fue esa noche y me suplicó que me fuera con ella.
Al parecer, ella le dijo que si alguna vez hacía eso, a quien fuera, cuando fuera, lo dejaría.
Por supuesto que esa tenía que ser la única cosa en la que cumplió su palabra…
—¿Me estás diciendo que tu mamá es la villana aquí?
Beth aprieta los labios.
—Sé que parece que papá es el malo. O sea, no me voy a sentar aquí a decirte que es un buen hombre.
Tú lo conoces. Pero también sabes que, con todos sus defectos, lo único que siempre ha hecho bien es amar a mi mamá.
De hecho, creo que fue él quien le ha permitido llegar hasta ese punto.
Ya sabes que las ganancias del rancho entran todas de golpe cuando se venden las vacas.
No he vivido aquí tanto tiempo como para no entender cómo funciona una subasta.
—Mamá y papá nunca tenían mucho en los meses previos a las subastas, y siempre nos quedábamos muy cortos de dinero.
Así que poner cosas en las tarjetas de crédito era algo normal.
Más o menos. Pero luego, cuando mamá se molestaba, o cuando estaba estresada, o cuando ella y papá peleaban, empezaba a comprar cosas.
Cosas caras; cosas que ni siquiera podía revender después por algo cercano a lo que había pagado.
Sabía que Amelia era una consentida, pero…
—Papá y mamá hicieron más o menos lo que haría cualquiera. Pasaron la deuda de una tarjeta a la siguiente. Consolidaron las deudas de las tarjetas. Pidieron préstamos a corto plazo.
—Para que quede claro, no todo el mundo simplemente pasa la deuda de una tarjeta a otra. Hay gente que arma un plan para saldar la deuda de su tarjeta de crédito. —Eso es lo que hice yo cuando se me acumularon las facturas después de que Charles entró a la cárcel.
—Lo sé, pero cuando mamá tuvo que ser hospitalizada la primera vez, la cosa empeoró.
Papá tuvo que pedir un préstamo al banco y pidió el máximo que le dieron.
Así que cuando ella volvió y sus tarjetas ya estaban a tope…
—Beth se encoge de hombros—. Él no sabía bien qué hacer, y tenía el poder notarial del abuelo. Así que…
—Así que cometió fraude, sacando dinero de un patrimonio que todavía no le pertenecía.
Los hombros de Beth se desploman.
—No presenté cargos —digo—. Tu papá me mintió sobre el testamento de nuestros padres y, si se hubiera salido con la suya, yo nunca habría sabido que me dejaron algo. ¿Eso te parece remotamente justo?
—Tu esposo tenía dinero —dice Beth—. Él pensaba que tú estabas bien. Y cuando volviste a casa después de todo el asunto de la malversación, bueno, él ya había pedido ese préstamo y estaba atrapado.
No puedo creer lo que me está pidiendo que haga.
—¿Quieres que yo… qué? ¿Que le dé todo el dinero del seguro de vida a Patrick? ¿El dinero que intentó robarme?
Ella baja la vista hacia sus pies.
—No sé para qué vine. Papá tenía razón. Lo siento.
—¿De verdad es eso lo que me estás pidiendo que haga? —pregunto.
Beth me mira a los ojos.
—Él no lo haría por ti. Sé que no es justo, pero va a terminar yendo a la cárcel. Dictaron una sentencia en contra de nosotros, estamos atrasados con el pago del rancho y están a punto de quitarnos eso también. Solo pensé que tal vez… pero no importa.
En este momento, mientras estoy afuera de la boda de Abby y Steve, pienso en lo que haría Abby si estuviera en mi lugar.
Debió mandarme a volar cuando papá necesitó ayuda en ese hospital.
Debió mandarme al diablo cuando le pedí que me representara en la batalla por la custodia de Aiden y en mi divorcio.
Debió poner a Amanda de patitas en la calle como una docena de veces.
Pero nunca lo hizo.
Siempre está ocupada, siempre ayudando a otros, y es una de las personas más felices que conozco. ¿Será porque hace lo correcto, y no la porquería que tendría toda la justificación del mundo para hacer?
Abro la boca para decirle a Beth que lo voy a pensar, pero ni siquiera soy capaz de pronunciar las palabras. ¿Darle a Patrick toda mi herencia? ¿La que intentó robarme? ¿La que me facilitaría tantísimo criar bien a Aiden? Simplemente no puedo decirlo. Quiero ser como Abby, pero no lo soy.
—Me voy —dice Beth—. ¿Podrías al menos no decirle a papá que vine? No creo que pueda lidiar con que me diga que me lo advirtió.
En ese momento, pienso en el ciclo del maltrato.
Papá nos pegaba. Patrick me pegó. Nadie confía nunca en su propia seguridad. Nadie tiene jamás la fuerza para enfrentar las cosas sin recaer en los viejos hábitos.
La gente solo mira por sí misma. Y ahora mi sobrina me pide que suelte algo, y no puedo hacerlo.
¿O sí puedo?
—Espera.
Beth se detiene en seco, pero no se da la vuelta.
—Dile a tu papá que tengo una oferta. —Suspiro—.
Si la firma, podemos llegar a un acuerdo.
Yo seré la albacea, porque no confío en él, y le cederé todo menos doscientos mil dólares de lo que produzca la póliza de seguro de vida.
Eso le alcanzará justo para pagar la hipoteca que sacó y poner en orden las cosas, pero no mucho más.
Y tiene que inscribirse y aprobar con honores un curso de control de la ira que yo elija.
Si no me deja satisfecha, tendrá que hacer otro.
No le cederé los fondos hasta que lo haya hecho.
Beth llora en silencio cuando corre hacia donde estoy y me abraza. Sería un milagro que pudiésemos resolver esto; de verdad quiero romper este ciclo, y la única forma de que eso pase es que alguien no haga lo que hicieron sus padres. Que alguien haga algo bueno, algo desinteresado y algo justo.
—Gracias. —Beth se seca las mejillas y me aprieta los brazos una última vez—. No tienes idea de lo que esto significa para mí.
—No lo hago por tu papá ni por tu mamá —digo—. Lo hago por ti. —Sonríe con los ojos llorosos y asiente mientras se va.
Pero, cuando desaparece, me doy cuenta de que tampoco lo hice realmente por ella.
Lo hice por mí.
¿Saber que todo esto se va a acabar? La pelea con mi hermano, las constantes batallas legales que me han carcomido durante el último año, la incertidumbre de cómo van a resultar las cosas, las reuniones, las llamadas y la investigación. Todo eso por fin va a terminar.
Me ayuda saber que Patrick no es solo codicioso; bueno, sí. Sí que es codicioso, pero el problema lo tiene su esposa. No es todo culpa de él. Y ya ha padecido las consecuencias. Ella lo dejó. No debería alegrarme, pero en cierto modo me siento así. Supongo que todavía me queda camino por recorrer.
Aun así, suelto un enorme suspiro de alivio. Beth se fue hace minutos y sigo sintiendo que tomé la decisión correcta. Puedo poner esos doscientos mil dólares en una cuenta de ahorros para Aiden y así tener cubierta su universidad, y luego debería sobrar algo para cuando yo me jubile, con suerte.
—Estoy orgulloso de ti —dice una voz grave a mis espaldas.
Me doy la vuelta, con la mirada buscando en la casi oscuridad del área frente al edificio, encandilada por los reflectores intercalados que cuelgan del techo. Parpadeo, pero no logro verlo.
No necesito ver para saber que es Will. Últimamente he estado oyendo su voz en mis sueños.
—¿Orgulloso de mí? —Pienso en el Will que conozco—. ¿Cuánto oíste?