33 Amanda
AMANDA
Si hoy hubiera sido mi boda, ahora mismo estaría llorando.
Esa ceremonia fue una sucesión de incendios, o justo lo contrario, supongo, ya que hubo un aguacero total.
Espero que el banquete salga mucho mejor.
Por suerte, programaron una hora entre la ceremonia y el banquete durante la cual los novios debían tomarse fotos.
En la práctica, se ha convertido en una ventana para que el resto nos cambiemos de ropa, ya sin estar empapados.
Por fortuna para David, aunque se hospeda en Dutch John, de todos modos vamos en esa dirección para la recepción, así que ambos tenemos la oportunidad de cambiarnos.
De hecho, se hospeda en el complejo donde es la recepción de Abby, lo que hace que el suyo sea el cambio más fácil de todos.
Y, hasta ahora, ha cumplido su palabra al pie de la letra. No pestañeó cuando le dije que nos acompañaría a mí y a mis dos hijas. No es empalagoso, no me presiona con nada, y es agradable tener un brazo del cual colgarme.
—Espero que ese esmoquin no sea de alquiler —digo cuando sale de su habitación con el traje puesto—. Dudo que te devuelvan el depósito.
—Sí, se veía bastante mal —dice Maren—. Qué pena.
—Quizá podrías secarlo —dice Emery.
—¿Pensaban que podía ser de alquiler? —Se ríe—. No lo es.
Debí imaginarlo. Solo un esmoquin hecho a medida puede quedarle a alguien así de bien. No es tan guapo como Eddy, pero igual se ve tremendamente elegante. —Aunque quizá sigas yendo un pelín demasiado arreglado.
—No llevo aquí el tiempo suficiente para haber comprado ropa de gala vaquera todavía —dice—. Lo siento.
—Creo que sobreviviremos —digo.
En cuanto entramos al salón de la recepción, echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que él es casi la única persona aquí que no se enteró de que aquí el código era jeans y saco sport.
Hasta el papá de Steve, que se mudó a una ciudad mucho más grande, volvió a vestirse correctamente en cuanto regresó.
David señala la decoración tipo granero y a los demás invitados, que en su mayoría llevan botas de vaquero.
—Quizá, si mi actuación de esta noche es lo bastante buena, me lo compensas llevándome de compras para integrarme mejor.
Maren y Emery desaparecen de inmediato, corriendo a sentarse con sus primos. Yo agarro un lugar en una mesa cerca del borde del salón.
—Bueno, al menos está ese tipo. —Hago un gesto con la cabeza hacia el otro hombre bastante joven de traje que está sentado una mesa más allá. Parece que es el acompañante de Helen.
David aprieta los dientes.
—No me compares con él.
—¿Te cae mal? —pregunto—. ¿Cómo puede ser? Ni siquiera lo conoces.
—Sí que conozco a Kyle Saunders.
Me giro en la silla para verlo mejor. El acompañante de Helen no es especialmente alto, pero sí más alto que ella.
Tampoco es que sea guapísimo, pero no es poco atractivo.
Más que nada, cuando lo miro, percibo… agudeza.
Es como una hoja bien afilada, o un depredador buscando su cena.
Ahora mira a Helen, escuchando algo que ella dice, y al menos parece que le divierte.
Quizá eso signifique que todos estamos a salvo. Por ahora.
—¿De qué lo conoces? —Toda clase de preguntas pelean por un hueco en mi cabeza—. ¿Es mala persona? ¿Cómo crees que lo conoce Helen?
—Lo conozco de la universidad —dice David—. Y no tengo ni idea de cómo lo conoce Helen. ¿Es ella? —Tiene la vista clavada en Helen, sin duda.
Antes no le había dado suficiente crédito a la hermana de Abby.
Siempre llevaba algo muy pulcro, muy profesional.
Pero verla con un vestido de noche es distinto.
No tenía ni idea de que fuera tan delgada, ni de que, a pesar de eso, estuviera tan bien dotada.
Después de evaluar su aspecto, esperaba que David se quedara boquiabierto.
Pero, en cambio, la fulmina con la mirada.
—Es la hermana de Abby —digo—. Quizá bájale a esa mirada asesina.
—¿La hermana de Abby? —David parpadea—. Bueno, qué desgracia. Alguien debería advertirle… quizá se lo presentaron a ciegas y no sabe cómo es él. Porque cualquiera que salga a sabiendas con alguien como Kyle Saunders no es del todo humano.
No puedo evitarlo. Decido azuzar a la fiera.
—No está tan mal.
Y la recompensa es generosa. David farfulla con incredulidad.
—¿Que no está mal? Es el mismísimo diablo.
—¿Qué hizo exactamente para ganarse ese nombre?
—Repasemos. —David extiende una mano, con solo el índice levantado—. En la universidad, chantajeó a los miembros del consejo para que expulsaran al mejor alumno de la promoción y así poder graduarse como primero de la clase.
Frunzo el ceño.
Levanta también el dedo del corazón.
—Y luego, en el posgrado, se acostó no con una, sino con dos profesoras cuando sus notas no eran las que él quería.
—Espera, ¿eso funciona para los hombres?
—Por lo visto. —Levanta un tercer dedo—.
Y luego, después de que nos graduamos, expulsó a la familia fundadora de una gran empresa y se quedó con el control, eliminando después un fondo de pensiones para conseguirse un bono.
—Lanza las manos al aire—. Ha destruido un sinfín de empresas en quiebra, dejando a cientos de miles de personas sin empleo, todo para poder vender sus pedazos y sacar ganancia.
Parpadeo.
—A Kyle solo le importa Kyle, y créeme, no quieres tener nada que ver con él. Su política más universal es la de tierra arrasada.
—Vaya, veo que no tienes opinión al respecto —digo.
La mirada de David vuelve de golpe a la mía.
—Perdona. Estamos aquí por una boda. Pero si tienes oportunidad de advertirle a la hermana de Abby, yo lo haría.
—La verdad es que suenan más bien perfectos el uno para el otro —digo—. Por lo que me ha contado Abby, Helen es una especie de piraña de los negocios. Se devora empresas y…
—Espera, ¿la hermana de Abby se llama Helen Fisher?
—Sí, ese es su apellido de soltera. Sus padres son los dos profesores en Stanford…
—Y ahí fue donde estudió Helen. —David niega con la cabeza—. Madre mía, no puedo creer que sea ella. —Me mira directo a los ojos—. Sí se merecen el uno al otro. Por lo que has dicho de Abby, y por lo que ha dicho Donna también, es un milagro que ella y Helen hayan salido de los mismos padres.
—Sus padres son de cuidado —digo—. De verdad. Es un testimonio de la bondad de Abby que saliera de ese hogar siendo tan generosa como es.
Abigail elige justo ese momento para aparecer, ya sin su vestido de novia empapado, pero tan linda como siempre con un vestido acampanado que le llega hasta mitad de la pantorrilla, color berenjena, al estilo de Audrey Hepburn.
Su pelo tiene ese brillo esponjoso que solo se logra justo después de secarlo con secadora.
Steve lleva algo muy parecido a lo que tenía puesto antes, pero supongo que no tenía un chaleco morado extra por ahí.
Se ven absolutamente adorables, y no soy la única que empieza a aplaudir.
—Gracias a todos por su paciencia —dice Abby—. Creo que es hora de comer.
Eso provoca muchos gritos y vítores, y una cosa que aquí a todo el mundo siempre le encanta comer es carne asada.
Abby debió dejarse guiar por Steve respecto de eso, porque la verdad no la veo como una chica que coma sándwiches de carne de cerdo deshebrada.
A mí tampoco me entusiasma, pero al menos con la ensalada de col en el sándwich, como veo que hace Abby, se deja comer.
Me estoy limpiando la salsa barbacoa de las comisuras de la boca cuando la puerta detrás de nosotros se abre de golpe. Quizá ni me habría dado cuenta, pero varias personas se voltean a mirarme, y una de ellas es Mandy. Se aclara la garganta y desvía los ojos detrás de mí, hacia la puerta.
En las películas, este tipo de cosas siempre pasa en cámara lenta, como si toda la sala se detuviera y el espectador pudiera concentrarse en la gran entrada.
Pero en realidad, David sigue contando la historia que tenía a medias, sobre cómo el perro de su infancia era adorable, amable y dulce, pero también se hacía caca en los zapatos de su papá, porque él era la competencia del cachorro por el tiempo de su mamá.
Es una historia graciosa, pero dejo de escuchar por completo en el segundo en que cruzo la mirada con Eddy.
No son solo mis oídos los que dejan de funcionar. El corazón se me detiene. Empiezo a sudar por todas partes. ¿Por qué no se me ocurrió que podría estar aquí? Su gira terminó ayer. Steve es su amigo, y Abby también.
Pero ¿no me habrían avisado si iba a venir?
—Pido disculpas por llegar tarde —dice, recorriendo la sala con la mirada—. No tenéis idea de cuántos vuelos se retrasaron y luego se cancelaron por culpa de esa tonta tormenta del norte.
—Supongo que la gente del norte se lo toma con menos ligereza —dice David—. Al menos, los que están bajo montones de nieve tan pesados que les destruyen los techos y dañan sus tuberías.
A Eddy prácticamente le crepitan los ojos.
—No sabes lo feliz que estoy de volver a verte. Donald, ¿verdad?
David me pasa el brazo por el respaldo de la silla.
—No esperaba que te importara si me veías o no.
Yo sigo sin poder moverme. Ni hablar.
—Amanda —dice Eddy—. ¿Podemos hablar? —Señala con el pulgar por encima del hombro—. ¿Afuera?
—Estamos en la boda de su hermana —dice David—. ¿De verdad es buen momento para llevártela?
—Es la primera vez que estoy en casa en meses —dice Eddy—. Así que sí. Es un gran momento.
—No se ve muy contenta de ir contigo —dice David.
—No la has dejado decir ni una palabra —dice alguien desde otra mesa.
Mis ojos recorren la sala y me doy cuenta de que todo el mundo está mirando. Supongo que esa es la gracia de un pueblo chico. Todos saben que Eddy y yo salíamos, y todos saben que rompimos cuando él se fue de gira. Pero no fue un lugareño quien se metió en la conversación.
Fue ese tal Kyle que trajo Helen.
—Esto no es asunto tuyo —dice David.
—En realidad, creo que alguien debería estar diciéndote eso a ti —dice Kyle—. Oí que eres el tercero en discordia en este asunto.
David se pone de pie.
—No sabes nada de la gente de aquí, ni de mi acompañante de esta noche.