32 Abigail
ABIGAIL
Todos los invitados ya están resguardados bajo la carpa, lo cual es una suerte. Mi fotógrafo empieza a disparar fotos lo más rápido posible, supongo que desesperado por sacar al menos unas cuantas en las que no parezca una rata ahogada.
Como si mis pensamientos sobre la seguridad de los invitados lo hubieran invocado, la brisa animada se convierte en ráfagas de viento, y hasta los invitados se están empapando.
—Eh, ¿quiere que continúe? —pregunta el pastor—. ¿O…?
—¿Qué quieres hacer? —La voz de Steve es tranquila, y sus ojos están atentos.
—Celebremos la boda —digo—. La lluvia me da igual.
Steve amarra los caballos bajo un árbol cercano, dejándolos comer un poco mientras tenemos la ceremonia, y todos se mueven un poco para dejarnos espacio bajo el borde de la carpa. No ayuda mucho, pero al menos da la sensación de que nos mojamos menos.
El discurso del pastor es algo apresurado, quizá, y no se explaya demasiado sobre la belleza del matrimonio, pero una vez que termina, sí nos da la oportunidad de compartir nuestros votos. Echo un vistazo a los invitados.
—¿Nos saltamos esta parte?
Ethan está sentado en el otro extremo, con el pelo aplastado por la lluvia, pero niega con la cabeza.
—Queremos oírlo. Ya estamos mojados, así que ¿qué importa un poco más?
—Exacto —dice Mandy—. Di todas esas cursilerías tan fuerte como puedas.
—Entonces voy yo primero —dice Steve—. No soy de muchas palabras, ya sabes. En el hospital digo las menos posibles, y mis compañeros de mi otro trabajo tampoco hablan mucho. —Se refiere a los caballos, claro.
Los invitados, empapados y miserables como están, igual se ríen entre dientes al captar la broma.
—Desde el momento en que te vi, Abigail, supe que te quería en mi vida. Eras brillante, reluciente y aguda, pero también te las arreglabas para ser amable y considerada, y un arma aterradora para traer justicia al mundo.
—¿Aterradora? —pregunto.
—Oye —dice—. Es mi turno. Ya te tocará el tuyo en un momento, letrada.
Eso le gana otra ronda de risas.
—Pero en todo el tiempo que te perseguí e intenté convencerte de que cometieras el mayor error de tu vida, nunca creí de verdad que fueras a elegirme a mí. Yo ya venía usado: divorciado, soltero a punto de cumplir cuarenta, y vivía en un pueblito en el que tú no planeabas quedarte mucho tiempo.
Estiro la mano hacia la suya, y él la toma con la suya enorme.
—De lo que no me di cuenta al principio es de que tú sentías algunas de esas mismas cosas. Me dijiste, si lo recuerdas, que estabas rota, que no estabas lista para salir con nadie, que tenías un montón de hijos y que era demasiado lidiar con todo eso.
No recuerdo específicamente haber dicho nada de eso, pero suena a algo que yo diría.
—Fue entonces cuando me di cuenta de que el matrimonio no se trata de que dos personas perfectas se encuentren.
Ni siquiera se trata de dos piezas de rompecabezas que encajan a la perfección.
Es más bien como dos personas que se sanan mutuamente las partes rotas.
¿Qué hago yo todo el día en el trabajo? Remiendo a la gente y medico sus desequilibrios.
¿Medicar sus desequilibrios? Intento no hacer una mueca, pero…
Steve se ríe.
—Dije que no soy de hablar, pero eso es lo que hacemos, ¿no?
Y claro, hay baches. —Levanta la vista hacia la lluvia con expresión agobiada—.
Y hay contratiempos. —Niega con la cabeza, esparciendo agua a su alrededor—.
Pero mi vida es muchísimo más soleada contigo en ella, así que no me molesta cuando llueve.
Hoy te prometo que, sin importar los baches, sin importar los contratiempos, sin importar los aguaceros, vamos a seguir avanzando juntos, como hoy.
Voy a estar a tu lado, y vamos a arruinar nuestras sillas de montar de cuero nuevas al mismo tiempo.
—Habla por ti —digo—. Yo voy montando a pelo.
Otra ronda de risas, atenuada un poco por mi verdadera consternación de que la lluvia esté arruinando su silla.
—¿Ahora me toca a mí? —pregunto.
Asiente, radiante.
—Tenía escritos unos votos muy bonitos —digo—. Y ni uno solo tenía nada que ver con obedecerte, así que prepárate para eso.
Se ríe.
—Ni en sueños habría esperado algo así.
—Pero mientras estamos aquí parados, con una tormenta sorpresa empapándonos, pienso en la mañana que precedió a esta boda.
Miro hacia los invitados.
—Mis hijos estaban nerviosos esta mañana. Tanto Steve como yo nos casamos por segunda vez, y ninguno de los dos viaja ligero de equipaje.
Logro yo también arrancar algunas risas.
—La mayoría de vosotros sabéis que Steve es el mejor entrenador de caballos de por aquí.
Cuando le llega un animal nuevo, no espera que no tenga heridas, ni limitaciones, ni vicios.
Los monta tal como están, lidiando con los problemas a medida que surgen.
Conmigo siempre ha hecho lo mismo. De hecho, creo que el día que me di cuenta de que lo amaba fue el día que pasamos limpiando vómito juntos, en medio de una enorme tormenta de nieve.
Algunas risas, pero muchas más caras de asombro.
—La vida no siempre es fácil, y para mis adorados hijos…
—Me aseguro de que todos presten atención mirándolos de uno en uno—.
Tenéis que encontrar a alguien con quien casaros que sea igual de firme y fuerte en los percances de la vida.
Y tenéis que encontrar a alguien que se ría de ellos con vosotros, y que no gaste toda su energía lamentando lo que salió mal.
Me vuelvo hacia Steve.
—Esta mañana pasé tanto tiempo con mis hijos que me quedé sin tiempo para rizarme el pelo.
¿Y sabes qué? Habría sido un desperdicio total, aunque lo hubiera hecho.
Ahora mismo podría estar muy molesta, pero este es mi voto.
En lugar de perder los estribos cuando las cosas salgan mal, voy a intentar fijarme en lo bueno.
Y siempre voy a intentar dedicar mi energía y mi tiempo contigo a lo que más importa: tú, los niños y nuestro futuro.
Y, así sin más, deja de llover y sale el sol.
—Creo que es una gran señal —dice el pastor—. Pocas veces he visto a una pareja mejor preparada para soportar las tormentas de la vida.
—¿Soportar? —Steve se ríe—. Yo diría que vamos a triunfar sobre las tormentas.
Yo también lo creo.