27 Amanda #2
—¿Y dio la casualidad de que llegué en el preciso segundo en que pasaba algo así?
—Ni yo misma me creo lo que acabo de decir.
Qué imbécil soy: aunque sea verdad, aunque ella lo persiguiera y él la frenara, no quiero ni imaginar qué tan seguido estará pasando esto por todos lados para que yo haya entrado justo en una, y qué tan seguido va a seguir pasando de ahora en adelante.
—Ya le pedí a mi mánager que la reemplace —dice él—. Dos veces. Ya se había comportado de manera poco profesional antes, pero ella dice que es difícil encontrar bateristas con talento y confiables, y que todos están un poco locos.
—No puedo hacer esto —digo.
Me sigue otra vez, de manera exasperante, con la voz un poco salvajemente desesperada.
—¿No puedes hacer qué? —Se acerca más. Demasiado—. Amanda, háblame. Por favor.
El guardia abre mucho los ojos al verme pasar furiosa. Se queda literalmente boquiabierto cuando Eddy me persigue. Odio que, incluso con nuestra foto en las narices, siguiera dudando de mí.
Quizá esa sea la raíz del problema. Yo soy razonablemente atractiva, pero Eddy es una estrella de rock en ascenso, guapo a morir. No hacemos buena pareja, y nunca la hicimos. El pueblo chico amortiguaba nuestra disparidad, pero aquí lo ve hasta el último de la sala.
Y ahora ni siquiera estamos en la misma zona horaria, ni lo estaremos en los meses que vienen.
En su línea de trabajo, el mánager tiene razón.
No pueden andar despidiendo a todo aquel que lo encuentre atractivo y se comporte de manera inapropiada.
Habrá todo tipo de gente hermosa y loca lanzándose sobre él.
No dejo de caminar hasta que cruzamos las puertas y salimos a la calle. La multitud que queda alrededor se ve francamente impactada al vernos aparecer. Saco la mano y la agito para intentar parar un taxi.
—¿Me estás diciendo que no puedes hablar conmigo ahora mismo? ¿Que estás demasiado alterada, o…?
Lo fulmino con la mirada.
—¿O qué, Eddy? ¿Qué más podría significar «no puedo hacer esto»?
Traga saliva.
—¿El otro significado? ¿Ese en el que no nos volvemos a hablar nunca más?
A ese me refería. —Como si de verdad estuviera en el set de una película o algo así, un taxi se detiene justo en ese momento.
Ni siquiera parece real, porque yo soy más bien ese tipo de chica que suelta una frase dramática y luego se queda ahí parada, mirando al tipo durante otros cuatro o cinco minutos, hasta que se da por vencida y se pone a hacer comentarios sobre el clima y el equipo deportivo local mientras espera y espera un transporte que se la lleve lejos… y que nunca llega.
Pero esta vez, la vez en que tengo el corazón destrozado y desearía que hubiera más tiempo para que él me convenciera de no irme, la calabaza encantada aparece milagrosamente.
—Al aeropuerto —digo mientras me subo a la parte de atrás del taxi.
—Es por ese tal Park, ¿verdad? —pregunta Eddy—. ¿Viniste buscando una excusa para dejarme?
Espero que el asco se me note claramente en la cara.
—Si eso es lo que necesitas pensar para poder dormir de noche, tú mismo.
Y entonces me voy. Antes de poder siquiera reaccionar como corresponde a su acusación infantil.
Antes de poder procesar de verdad lo que pasó.
Volé hasta aquí para intentar conectar con Eddy y tratar de decirle lo duro que ha sido todo esto para mí.
Quería intentar armar algún tipo de plan para que hablemos, para que salgamos adelante juntos, por difícil que fuera.
Pero temía que ya no quedara suficiente que salvar.
Y ahora, terminamos.
Estoy en el aeropuerto cuando me doy cuenta de que dejé mi bolsa en el guardarropa del lugar. Qué idiota soy. Nadie contesta cuando llamo, y al final no me queda más remedio que escribirle a Eddy para que la recoja por mí y le pida a su mánager que me la mande a casa.
Me manda una docena de mensajes más, pidiéndome que lo llame. Suplicándome que conteste el teléfono. Y entonces, mientras abordo el avión, recibo un vídeo. Es granulado y pequeño, y mi dedo se cierne sobre el botón para borrarlo sin verlo.
Pero ella sale en él, con su estúpida falda de tul y ese top diminuto que le enmarca el busto, y antes de poder pensarlo bien, ya estoy tocando para ampliar la imagen y darle a reproducir.
Es claramente una grabación de seguridad que Eddy obligó a algún pobre guardia de seguridad a darle.
El solo hecho de que me la mande significa que sí decía la verdad: no pasó nada o, al menos, no de su parte.
«Salió tan bien», dice ella con un tono irritantemente infantil. «No puedo creer que sigas sin querer ir a celebrar. O sea, vamooos».
«Yo no bebo, Jaclyn», dice él. «Te lo he dicho al menos una docena de veces».
«Es una regla estúpida», dice ella.
«Estoy en Alcohólicos Anónimos», dice él. «No es una regla. Es la única manera en que sobrevivo a la vida. Es lo que soy».
«No, es una regla que te impusieron cuando eras un adolescente. Leí los artículos. Ya no eres un adolescente. Eres un hombre y, te juro que puedes controlarlo. Tengo fe en ti».
«Ya basta». Y lo dice con brusquedad y firmeza.
Pero ella no está convencida. «Espera».
Él se detiene, de espaldas a ella, con los hombros rígidos. «¿Qué?»
«Tu novia», dice ella. «¿La señora mayor?»
Eddy se gira como una serpiente lista para atacar. «No vuelvas a llamarla así nunca. Es más, no vuelvas a hablar de ella».
«¿Te da vergüenza?». No puedo verle la cara desde este ángulo, pero oigo la sonrisa venenosa en su tono.
«La única razón por la que Amanda no está aquí, estrangulándote por atrevida, es que está en casa, cuidando a sus hermosas hijas. A lo que tú llamas mayor, yo lo llamo experimentada. Tú la llamas señora, y para mí es una madona. No tienes ni idea de lo que hablas, así que cállate de una vez».
«La extrañas de verdad». Suspira, y todo el coqueteo y la pelea la abandonan. «No quería creerlo, pero ¿de verdad la amas?»
Eddy suspira. «Lo he dicho un millón de veces».
Ella da un paso hacia él. «Debe de ser dificilísimo estar separados así».
Tengo que reconocérselo. No se rinde fácil. Pero Eddy es un tonto por bajar la guardia, creyendo que ella por fin lo entendió. «Lo es».
«¿Ella ha estado tan sola como tú?»
«Tiene amigos allá» dice él. «Y hay un tipo detrás de ella, así que, antes de llamarla vieja, deberías saber que muy pocas mujeres son tan increíbles o tan deseables como mi novia».
«Seguro que sí». Prácticamente ronronea, y ahora Eddy ha abandonado del todo su hostilidad, creyendo que ella ya desistió.
En una cosa tiene razón. Si yo hubiera estado ahí antes, la habría estrangulado.
«Espero que ella sepa lo que tiene». Estira la mano y le acaricia el pelo a Eddy.
«Basta». Él le aparta la mano de un golpe.
«Ay». Ella se queda quieta. «Es que… tienes algo ahí». Vuelve a estirar la mano hacia su pelo, pero sus brazos serpentean y le agarran la cara. Y entonces se pone de puntillas, plantando los labios sobre los de mi novio, que es justo cuando…
Y ahí está el estruendo de cuando me desplomo dentro de la habitación y, al mismo tiempo, Eddy apartándola de un empujón.
El vídeo se corta, lo cual está bien. Inmediatamente después salió a perseguirme, así que no es que hubiera algo más que pudiera estar ocultando.
No me sorprende lo que vi. Sabía que no me mentiría en ese momento, justo en medio de todo lo que estaba pasando. Si ella le gustara, no habría tenido que correr detrás de mí. Pero sí confirma lo otro que ya sabía.
Nos esperan meses de esto, como mínimo.
Quizá mucho más.
A la gente que envidia a las mujeres con novios guapísimos se le escapa algo importante.
Es agotador tener un novio espectacular.
Todo el mundo lo quiere, y nadie cree que tú te lo merezcas.
Si pudiera conseguir un novio solo medianamente guapo, la verdad es que sería mucho mejor.
Alguien como el prometido de Abby. Unos hombros anchos y una cara atractiva y masculina son más que suficientes para mí.
El rostro de Eddy, capaz de detener el tráfico, cuesta más de lo que vale. Aunque supongo que eso ya no es verdad.
Ya no es nada para mí.
Lo pienso durante todo el camino a casa, y no sé si estoy entumecida o si llevaba tiempo preparándome para esto, pero no estoy ni de cerca tan devastada como esperaba.
Puedo caminar, hablar y responder preguntas sin problema.
Atravieso el aeropuerto y, como mis llaves no estaban en aquella bolsa, hasta logro encontrar mi coche en plena madrugada y conducir a casa.
Llego justo al amanecer.
Mandy, por supuesto, ya está despierta, tomando su café matutino y contemplando la salida del sol, así que me ve en el preciso instante en que ingreso por el camino de entrada.
Tiene el ceño fruncido y la mirada inquieta.
—¿Qué pasó?
—Nada bueno —digo—. O no sé. Quizá sea mejor que esto pasara rápido y no dentro de un año. O más. Es decir, no estoy ante las puertas de la muerte, pero tampoco soy precisamente joven. No debería andar perdiendo el tiempo.
—Pero por favor —dice Mandy—. No hablemos de las puertas de la muerte. Yo prefiero llamarlo el largo camino de regreso a casa.
—Lo atrapé —digo—. Con las manos en el tul rosa. —Sus bromas sobre morirse son casi tan graciosas como mis bromas sobre que me dejaron.
—No te sigo —dice ella.
—Estaba besando a una mujer cuando llegué… bueno, en realidad no era una mujer cualquiera. Era la baterista.
—No te creo —dice Mandy—. Él no haría algo así. He visto cómo te mira ese hombre, y lo conozco de toda la vida. Nunca antes miró a nadie de esa manera.
—Es que no puedo —digo—. No puedo. Voy a pasarme la vida sola, igual que tú.
—Escúchame bien —dice ella—. Eres una idiota si crees que… —Se tambalea hacia delante, aferrándose a la columna más cercana de su porche, pero sus manos no logran sostener su peso y se desploma.