27 Amanda
AMANDA
No debería estar aquí. Me siento como una completa y total idiota.
Trabajé hasta tarde todas las noches de la semana pasada para poder…
¿qué? ¿Salir pitando otra vez a California y sorprender a Eddy presentándome en su segundo concierto?
O sea, después del fiasco de mi último viaje, va a pensar que vine a vigilarlo otra vez.
¿Lo estoy?
Si soy sincera conmigo misma, quizá sí. Es decir, no quiero estar aquí por eso.
Quiero celebrar su éxito y estar orgullosa de sus logros.
Quiero ser su admiradora incondicional y su mayor apoyo.
Pero me preocupa que todo eso sea solo una fachada para mis sentimientos más fuertes: los celos y el miedo.
Detesto esto.
Pero estoy aprendiendo que ser sincera conmigo misma es la única forma de evitar hacer algo completamente descabellado.
No sabía cuánto de mi daño del pasado resurgiría y se pondría en primer plano cuando empezara a salir con alguien que de verdad me importara.
Solo espero que Eddy siga teniéndome paciencia.
Ayudaría que dejara de andar exhibiendo mi locura a la vista de todos, como una verruga antiestética.
No le digo a nadie quién soy. Simplemente presento mi entrada y paso al recinto cuando abre. No es un estadio enorme como aquella vez que vi a U2, pero tampoco es un club venido a menos. Calculo que tiene entre mil quinientas y dos mil butacas, y se ve bonito. Muy art déco.
—¿Es tu primera vez en el Wiltern? —me pregunta el hombre que tengo al lado. Lleva un atuendo muy elegante, bufanda oscura y zapatos de cuero lustroso incluidos.
Asiento.
—Supongo que tú ya has venido antes.
Me hace un gesto para que pase primero.
—Yo voy al final. —Señala la butaca cercana al borde de la fila.
—Yo soy la G28 —digo.
—Es aquí. —Señala tres asientos más allá—.
Vengo bastante seguido. Me gusta la música en vivo, pero odio abrirme paso entre decenas de miles de personas.
—Sonríe—. Además, vivo a dos cuadras de aquí.
Así que estoy pendiente de los artistas que vienen y compro entradas para cualquier cosa que parezca interesante.
—¿Y la Eddy Dutton Band te pareció interesante?
—Me encantaba su música cuando era niño, y soy un tipo nostálgico. Además, me gustó su canción nueva —dice—. Me parece genial que por fin lo hayan exonerado, después de todos estos años.
—Es bastante horrible que su antigua discográfica básicamente le tendiera una trampa. —No puedo resistirme a sondear un poco para ver qué piensa un fan típico de todo el asunto.
Se encoge de hombros.
—Quién sabe qué pasó en realidad o cómo se dio todo, pero las segundas oportunidades no llegan seguido en la vida. Me alegra que él esté teniendo la suya.
—Me pregunto si estará nervioso, tocando otra vez después de tanto tiempo.
—Seguro está un poco nervioso —dice—, pero a los artistas normalmente les encanta, y dicen que es como andar en bicicleta.
—Supongo que lo sabremos pronto.
Entonces llega más gente a la fila y va ocupando sus asientos. Se siente como una eternidad, pero en realidad no pasan más de unos treinta minutos antes de que Eddy y su banda salgan al escenario. Me sorprende ver que su baterista es una mujer, y una mujer muy guapa, además.
Lleva el pelo en rastas retorcidas y de aspecto salvaje, varias de ellas de color rosa, y usa unas botas negras enormes, pero su maquillaje oscuro y dramático contrarresta a la perfección su femenino vestido babydoll rosa pétalo. No debe tener más de veinticinco.
Supongo que Eddy va a decir unas palabras, porque se acerca al micrófono, pero antes de que lo toque, la baterista empieza a tocar y, dos o tres compases después, todos los demás se suman. Me encanta el teclado: es una de mis capas favoritas de las que incorporan las bandas de rock.
Eddy lleva jeans oscuros y botas de vaquero, lo que me parece un guiño inteligente del estilista a sus raíces country, y una camisa verde oscuro.
Seguro que, si tuviera un asiento mejor, notaría que le hace resaltar los ojos todavía más de lo habitual.
Se lo ve absolutamente cómodo y, aunque está tocando una de sus canciones nuevas y muy poca gente aquí la ha oído, todos parecen asentir siguiendo el ritmo.
—Está buenísimo —dice la chica de al lado a su amiga—. ¿Puedes creer que tiene cuarenta?
—Eso solo significa que sabe lo que hace, no va a tientas —dice su amiga, soltando una risita.
Las dos veinteañeras se ríen.
Pienso en sus comentarios sobre su edad. Es muy injusto que a las mujeres se las considere viejas a los cuarenta y a los hombres, «experimentados», pero esa no es una batalla que pueda ganar hoy.
De hecho, durante el resto del show hago todo lo posible por no escuchar lo que dice nadie.
Intento simplemente disfrutar de que se le ve cómodo ahí arriba, cómodo y feliz.
Me impresiona bastante lo mucho que el público parece estar disfrutando del espectáculo.
Sin duda podría haber salido mucho, mucho peor.
Cuando termina, sopeso mis opciones. Podría llamarlo o escribirle, obviamente, y decirle que estoy aquí.
Eso me facilitaría mucho las cosas, pero también acabaría con toda esperanza de sorprenderlo.
Decido que, aunque sea más difícil, quiero intentar colarme tras bambalinas para saludar.
Como bonus, podré verlo en su salsa. Me encanta ver a la gente que es buena en algo haciéndolo, y la idea de verlo mientras da indicaciones al resto de la banda sobre la actuación me resulta atractiva.
¿Acaso hacen eso? ¿El vocalista y líder del grupo diciéndoles a los demás qué hacer? ¿En qué deberían esforzarse más o dónde se estaban pasando? Si es así, voy a hacer que le diga a esa niñita baterista que se ponga más ropa y deje de fingir que coquetea durante el show.
Aunque supongo que a los hombres del concierto seguramente les gustó tener algo para alegrarse la vista.
Y si ese tipo de chica es lo que Eddy quiere, sin duda tendrá de dónde elegir en los próximos meses.
El concierto está repleto de mujeres que se ven igual o mejor que la atrevida baterista, todas suspirando y haciéndole ojitos.
—Señora, no puede pasar por aquí —me dice un hombre de camisa y pantalones negros cuando intento escabullirme junto a él y cruzar una puerta con el letrero «Camerinos».
—Sé que tu trabajo —le digo— es no dejar pasar a la gente, pero soy la novia de Eddy.
Se ríe entre dientes. —Buen intento.
Saco el teléfono y abro una foto de mi cuenta de Instagram. —Solo que esta vez es verdad. Vine a darle una sorpresa. No es que sea, o sea, Garth Brooks o Eminem ni nadie así. Te lo juro, no estoy bromeando. Mira.
El hombre me fulmina con la mirada al principio, pero al final, después de esperar con paciencia y negarme a ceder, le echa un vistazo a mi teléfono. Ahí lo tengo, lo sé. En cuanto reconocen que quizá tengas razón, ya ganaste.
—¿Ves? —Toco la pantalla—. Este claramente es él. —Muevo el dedo y toco mi propia cara—. Y esta soy yo. —Giro un poco el teléfono y pongo mi cara delante de la suya—. Soy ella. —Vuelvo a señalar.
Él mira alrededor como para comprobar si su jefe puede verlo saltándose el protocolo —como si no hicieran literalmente este tipo de cosas todo el tiempo— y me hace señas de que pase.
—Yo nunca te vi.
—Claro —digo—. Nunca nos vimos.
La mayoría de la gente del auditorio está bajando en masa por los pasillos y escaleras de salida, o ya se fue, así que no es que yo haya llegado al segundo de terminar el concierto, pero tampoco me entretuve tanto.
Oigo gente hablando mientras empacan las cosas.
Por primera vez se me ocurre que quizá ya se fueron.
¿Y si alguien más se encarga de todo el trabajo pesado y él se va así sin más?
En lugar de pasear por el pasillo con mis botas moteras de Miu Miu, me pongo a trotar. No estoy entrando en pánico, pero mi plan de sorprenderlo podría arruinarse por completo si ya se fue.
Pero entonces oigo su voz y doy un giro brusco hacia ella. Casi me estampo de cara contra una puerta, pero en el último segundo posible mi mano conecta con el pomo y logro abrirla de un tirón.
Y básicamente la atravieso, medio cayéndome, y entro en la habitación.
Donde la estúpida baterista está de puntillas, besando a Eddy.
Suelto una palabrota, bien fuerte. Y entonces giro sobre mi tacón grueso y, por suerte, casi plano, y salgo disparada por donde entré. Sin elegancia. A toda velocidad. Y sin mucho plan de qué hacer a continuación.
Ya casi paso al guardia que intentó evitar que ocurriera esta catástrofe cuando lo oigo. —¡Amanda!
El corazón se me acelera, pensando en cualquier explicación posible de por qué esa mujer vestida con un minúsculo babydoll rosa estaría pegada a él de esa manera, o de cómo puede amarme y estar aquí, haciendo eso con ella.
Pero o yo soy demasiado tonta, o él es demasiado astuto, porque no se me ocurre ni una sola cosa que lo excuse. Desde ningún punto de vista.
Lo que significa que cualquier interacción que tengamos ahora mismo va a ser muy, muy mala. Por más dolida, decepcionada y furiosa que esté, no estoy lista para eso. Todavía no.
—¡Amanda! Espera. —Casi me alcanza, así que, si no me doy la vuelta y lo encaro, me va a tocar. Me va a agarrar la mano o el brazo o algo, y no puedo permitir algo así.
—No. —Me detengo y me giro lentamente, lanzando las manos al aire, con las palmas hacia afuera—. No te me acerques.
—No es lo que piensas —dice—. Jaclyn…
—¿Te estaba quitando una pestaña de la mejilla? —pregunto—. ¿Estaba comprobando si tenías el aliento fresco? —La rabia crece como una marea dentro de mí—. ¿O quizá quería ver si tu cuidado dental es eficiente, o si le conviene seguir usando el hilo de toda la vida, que es más barato?
—Ella me besó —dice él—. La aparté de un empujón, antes de saber que estabas ahí.