El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 22 Abigail #2
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22 Abigail #2

—Nada. Solo escucha, y no me odies por decepcionarte de nuevo. —Se seca las mejillas—. No tuviste mucha suerte en cuestión de hermanas, supongo. Por mucho que odie a Helen, siento que hasta podría ser mejor que yo. Al menos ella no abandona a tus hijos.

—Ethan tiene dieciocho —digo—. E Izzy actúa como si tuviera cuarenta.

Con esa nos reímos las dos.

—Pero, en serio, todos estuvieron bien. Aunque ojalá me hubieras llamado para contarme qué pasaba. No puedo darte consejos pésimos si ni siquiera me los pides.

—Tus consejos siempre son buenos —dice—. Demasiado buenos, a veces. Cuando quiero revolcarme en la pena, oír a Mary Poppins puede ser un poco bajón.

—¿Qué pasa hoy que todos me dicen así?

—Mandy te llama así todo el tiempo. ¿No sabías? —Amanda se ríe—. Te lo juro, esa mujer es demasiado.

—Es única. —Pienso en que ignora olímpicamente el descubrimiento de oro en su rancho—. No hay nadie como ella, y todavía me sorprende. Me precio de saber leer a la gente, pero cada dos por tres me deja estupefacta cuando abre la boca.

—Mandy está furiosa conmigo por contratar a Jeff y a Kevin. Quería despedirlos.

—¿Ya te dije lo sabios que son sus consejos? —Mi media sonrisa es casi genuina.

—Perdona por robártelos —dice—. Te los devuelvo si eso te está afectando. Quizá tendrías que pagarles un poco más que antes, pero si hablo con ellos, seguro logramos que se queden.

—Si no hubieras sido tú, habría sido otro —digo—.

Me di cuenta cuando tomé un poco de distancia.

Tienen demasiado talento y demasiada ambición para quedarse trabajando como peones cuando el mercado en la pequeña Manila se está animando, y considero una suerte haberlos tenido de nuestro lado tanto tiempo.

Pero ahora que el contrato que firmaron con Jed ya no existe, nada los ataba a nosotros en realidad, salvo su propia generosidad.

—¿Y si los compartimos? —dice Amanda—. No hay razón para que no puedas contar con ellos para cosas como los paseos a caballo, el marcado y la temporada de pariciones. Quizá atrase nuestro trabajo un poquito, pero no mucho. Y quiero arreglar las cosas.

—Está bien. —Lo pienso—. Esta es mi contraoferta: cinco horas semanales de asesoramiento, más disponibilidad para eventos especiales, que les pagaremos a tu tarifa estándar.

Amanda sonríe.

—Como jefa de ellos, acepto. Solo que, como nosotras los robamos, pagamos nosotras.

—Qué alivio.

—¿Bromeas? Creo que Mandy estaba por echarme. Y por despedirlos. Te quedaste muy corta, en realidad.

Chasqueo los dedos.

—¡Maldición! No hay nada que odie más que salir perdiendo en una negociación.

Amanda se ríe.

—¿Ya habéis vuelto a hablar? —Maren mira fijo a su madre.

Amanda me pasa un brazo por los hombros.

—Niña, por favor. Las hermanas se pelean, pero siempre lo superan.

Maren arquea una ceja.

—Estabas llorando a moco tendido en el suelo, en pijamas.

—Cierra esa boca —dice Amanda.

Con su movimiento patentado, Maren pone los ojos en blanco y resopla al mismo tiempo.

—Da igual. —Pero, al alejarse, no logra esconder del todo la sonrisa.

A veces olvido cuánta gente toma como ejemplo nuestro comportamiento. De verdad tengo que esforzarme más en actuar como una adulta, incluso cuando me lastiman.

—¿Qué vas a hacer con Steve? —pregunta Amanda—. Porque, si no arreglas eso rápido, igual me aparecen unas «lesiones misteriosas» que me obliguen a ir a urgencias para recibir… —se contonea con una sonrisa boba en la cara— …tratamiento.

No puedo evitar reírme.

—Sí, claro.

—Uy, no estés tan segura de que bromeo. Eddy ya no anda por aquí y, unos diez segundos antes de que te lo quedaras tú, vi a Steve cortando el pasto y… miau. —Hace un gesto de zarpazo—. O sea, santo cielo, está en muy buena forma.

Eso no se puede discutir.

—Pienso ponerle el freno a eso de cortar el pasto sin camisa en cuanto nos casemos.

—¿Es necesario? —Los hombros de Amanda se desploman—. Al menos déjanos a las solteras algo que nos ilusione. No es que yo haya pasado por ahí en coche diez veces ni nada. —Sonríe mientras me mira de reojo—. Solo cuatro.

—Amanda.

—Bueno, está bien. Cinco.

—Basta.

—Pero ahora sí, en serio: ¿qué vas a hacer?

—Lo vamos a superar, estoy segura.

—¿Verdad que sí? Si pudiste perdonarme por abandonar a tus hijos y encima insultarte cuando me lo echaste en cara, puedes superar lo que sea.

Suena tan convencida que quisiera estar igual de segura. O sea, quiero superarlo, pero Steve sonaba en serio cuando dijo que, conmigo, siempre es lo que diga Abby o nada. Si de verdad piensa eso, hay problemas más grandes que resolver dónde vamos a vivir después de la ceremonia.

—Ve a verlo. —Amanda me da un golpecito con la cadera—. Yo me llevo a todos los niños a casa.

—¿En serio? —pregunto—. ¿Y si Helen te manda otra foto? —Abro mucho los ojos.

—Ve. —Me empuja de nuevo, esta vez con la mano en el hombro—. Es lo que quieres hacer y lo sabes.

Tiene razón. Quiero verlo.

Pero cuando llego a su casa, no lo encuentro por ningún lado.

Reviso el granero, su casa, y hasta doy una vuelta por la propiedad.

A los quince minutos me rindo. De verdad me están pasando demasiadas cosas como para quedarme sentada esperando a que aparezca, y escribirle se siente un poco…

no sé. Patético. Estoy lista para disculparme, creo, pero no estoy dispuesta a quedarme todo el día esperando a que él lo haga.

Cuando llego a mi casa, hay un coche de más en la entrada, aparcado justo al lado del de Helen. Primero me pregunto si Steve se habrá comprado, inexplicablemente, un sedán de lujo, pero entonces se abre la puerta principal y los veo.

Es como esa fracción de segundo antes de un accidente de coche, cuando te das cuenta de que algo terrible está por pasar, pero sabes que no hay absolutamente nada que puedas hacer para evitarlo. Así me siento en este momento.

—¿Mamá? ¿Qué haces aquí?

Espero de verdad que no haya sonado como si acabara de decir «odio que estés aquí. Nadie te invitó». Pero me temo que ella puede leer el subtexto de mi tono con la misma facilidad con que leería un artículo académico difícil.

—Cariño —dice mi madre—. Qué lugarcito tan pintoresco tienes aquí.

Porque su subtexto es como una valla publicitaria. Bien podría gritar: «Tu casa es un asco y eres un enorme fracaso».

—Gracias, mamá. —Igual que cuando tenía diez años, no me atrevo a admitir que oigo su insulto alto y claro.

—¿Vas a entrar? —Mi padre lleva un abrigo largo de lana negra dentro de la casa, pero aun así tiene los brazos cruzados y se los frota como si se estuviera muriendo de frío.

—Por supuesto —digo.

No puedo evitarlo y entro como quien camina a su propio funeral. —Helen. —Le sostengo la mirada, con los ojos relampagueando de furia contenida—. ¿Aquí es adonde fuiste?

—Querían darte una sorpresa —dice—. ¿No fue algo dulce de su parte?

Arrugo la nariz.

—Como una papa —digo.

—¿Querrás decir un camote? —pregunta mamá.

—No —digo—. Dije lo que quise decir.

Mamá arruga la frente.

Papá avanza arrastrando los pies hacia la cocina.

—Tuvimos que venir, para mostrarte las montañas de trastos que tu madre ha estado acumulando.

—¿Perdona? —pregunto.

Mamá me agarra del brazo. Otras madres se molestarían en intercambiar cumplidos, o hasta en abrazar a la hija que no ven hace más de un año. La mía no. Simplemente me agarra del brazo y me arrastra por mi propia sala hacia la mesa de la cocina.

—Necesitas cortinas nuevas, por cierto. Tendrás que agregar eso a tu lista de regalos. Creo que tu tía Janet…

—Mamá, no vamos a hacer lista de regalos para la boda —digo—. Si quiero cortinas, puedo comprarlas yo.

—Quizá Helen podría…

—No necesito que Helen me las compre, mamá. Si quiero algo nuevo, puedo comprarlo yo misma.

—Tu hermana gana muchísimo dinero, ¿sabes? —dice mamá.

No puedo evitar mi tono apagado.

—Estoy muy al tanto. De hecho, oí que la semana pasada consiguió una ganga tremenda en un depósito de dinero.

—¿Un qué? —pregunta papá.

—Ya sabéis, como el que tenía Rico McPato en Patoaventuras —digo—. Con la locura de la inflación últimamente, está convirtiendo sus activos en monedas de oro y quiere aprender a nadar en ellas. Parece que es maravilloso para el cutis, y para tonificar los brazos.

Mamá me mira fijamente durante veinte segundos seguidos. Luego solo niega con la cabeza y señala la mesa.