El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 22 Abigail
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22 Abigail

ABIGAIL

—Si juras no decirle ni una palabra a nadie más, te lo cuento.

Me tapo la boca y levanto una mano como si prestara juramento.

—Como clienta tuya, invoco el secreto profesional sobre esto. ¿Entendido?

Asiento.

—Ese fisgón creía que seguía en las tierras de Jed cuando se paseó directo por las mías. Desde luego yo no le di permiso de buscar por aquí y, cuando encontró oro, le contó a Jed dónde estaba, y ese tarambana se dio cuenta del error del tipo.

—¿Así que Jed sí quería encontrar oro?

Mandy se ríe.

—Siempre creyó que su golpe de suerte estaba a la vuelta de la esquina. Fue él quien los trajo aquí, para empezar.

—¿A la minera de oro?

—Claro. —Señala detrás de ella—. Ese arroyo que baja por detrás de mi terreno atraviesa justo mi filón de oro, y arrastró lo suficiente hasta lo de Jed para que él lo encontrara. Pero el geólogo descubrió bien rápido de dónde venía, y vino a tocar a mi puerta.

—¿Así que el oro es tuyo, pero no te importa?

—¿Tú sabes cómo se extrae el oro, jovencita? —Niega con la cabeza—. Es un desastre, y habría gente metida por todas partes, haciendo voladuras y abriendo zanjas y dejando bien arruinado todo el lugar. —Se estremece—. No, gracias.

—Pero se está vendiendo a más de…

—¿Te parezco alguien que anda corta de dinero?

—Mandy suspira—. De niña creía que lo peor del mundo era ser pobre.

Me puse como meta de vida hacerme rica, y lo logré.

Pero entonces descubrí que había encontrado oro de tontos.

Ser rica no era lo que yo creía. En la vida siempre hay riesgo, y jamás hay garantía de nada.

—Así que Jed debió de contárselo a su amigo, el padre de Patrick, y…

—Vern era todavía más idiota que su hijo —dice Mandy—. Seguro debe haber estado igual de entusiasmado.

—Vaya —digo—. Madre mía, de verdad. —Mi teléfono suena: es un mensaje de Gillian sobre la reunión con la agencia tributaria.

—Con todo tu trabajo, supongo que no puedes ir a almorzar ahora, ¿verdad?

—Tristemente, no —digo—. De hecho, tengo que encargarme de algo ya mismo.

—Pero a las dos y media estarás libre para el espectáculo de las animadoras, ¿no? Amanda no puede ir, y yo tampoco. Maren se va a poner triste si nadie va a verla. Encabeza la rutina nueva, la de la pirámide.

A las dos y media. Probablemente podría llegar, y de paso recojo a mis hijos.

—¿Amanda no puede ir? —Todavía no puedo con la idea de verla, aunque ella esté pasando por un mal momento. Aunque sepa que tengo que dejarlo ir.

Mandy niega con la cabeza.

—Gracias por avisarme. Intentaré llegar.

Para cuando vuelvo a mi casa, todavía impactada de descubrir que Mandy está sentada sobre una montaña de oro y no le importa, estoy lista para zambullirme en el trabajo de verdad que exige mi atención. Pero no puedo.

No por culpa de Helen, que sería una interferencia esperable.

No, su coche, sorprendentemente, no está en la entrada.

Pero en su lugar me encuentro con un viejo Lincoln Town Car, y el señor Fred Eugene está sentado en el capó, con cara deprimida.

Empiezo a pensar que quizá es el único gesto posible de su rostro.

—¿Señora Brooks? —Se ilumina un poco al verme—. Me llegó un correo extraño y pensé que usted podría ayudarme a descifrar qué es.

Bendito sea.

—Está bien, señor Eugene. ¿Por qué no pasamos y le echo un vistazo?

Durante todo el trayecto de su coche a mi porche, me aterra que resbale y se rompa la cadera, y que…

pero soy su abogada. Supongo que es poco probable que consiga por aquí a alguien más para demandarme, ¿no?

Aun así, necesito urgentemente una oficina.

No puedo seguir con gente apareciéndose en mi casa a toda hora, pero la combinación de crecimiento explosivo y pueblo diminuto no me deja mucho margen.

En cuanto entramos y miro el correo, es obvio de inmediato qué es.

—Es la factura de una caja de seguridad —digo.

—¿Una caja de seguridad? —Se rasca la cabeza—. ¿Para qué iba ella a tener una?

Me encojo de hombros.

—Podría ser para cualquier cosa. ¿Tenía joyas que no quisiera guardar en casa? —Esa es la razón número uno por la que las personas mayores a las que he ayudado tienen una. No lo entiendo del todo, pero creo que es algo generacional—. O quizá guardaba ahí documentos importantes.

Se ríe.

—No teníamos nada importante, fuera de nuestra acta de matrimonio y las de nacimiento, y esas las tengo yo.

—Bueno, no sabría decirle, pero si lleva esta factura al banco de donde proviene, junto con los documentos para la autorización testamentaria que recogeré en una semana más o menos, le mostrarán encantados el contenido.

Se marchita como una flor bajo un sol ardiente.

—No sé si pueda hacerlo.

—Pero, señor Eugene…

—¿Podría acompañarme usted?

Si alguien me hubiera dicho que Fred era capaz de poner ojos de cachorrito, lo habría llamado mentiroso. Pero lo hace. Parece el shar pei anciano más adorable que he visto en mi vida. Es imposible resistirse a esa clase de mirada lastimera.

—Está bien —digo—. Debería tener esos documentos a principios de la próxima semana. Después de eso podemos ir juntos.

Me regala una sonrisa radiante por un momento, supongo que hasta que vuelve a acordarse de que su esposa ha muerto.

Entonces se hunde de nuevo en las profundidades de la desdicha.

Recuerdo esa fase: la fase de «todo duele y nada vale la pena».

Por suerte para mí, duró menos de una semana.

Pasé bastante rápido a la fase de «arranques de pena incontrolable intercalados con vida normal».

Quizá sea mi personalidad, o quizá mi edad, pero parece que el señor Eugene no tiene ninguna prisa por llegar a nada que se parezca a una vida normal.

Apenas logro hacer que se suba a su coche y verlo salir traqueteando del camino a tiempo para lidiar con la agencia tributaria y aun así llegar al espectáculo de Maren. Hasta me acuerdo de escribirles a Emery y a Izzy para que no se suban al autobús de vuelta a casa.

Llevo unos treinta segundos de pie junto a las gradas de baloncesto, viéndolas prepararse para el espectáculo, cuando aparece Amanda. Su cara al verme es un poema. Parece que alguien acabara de bajarle los pantalones de un tirón y dejarle el trasero al aire ante toda la escuela.

Al menos esa rata de Mandy nos engañó a las dos con la misma mentira descarada.

—Hola —dice Amanda.

Fuerzo una sonrisa y vuelvo a mirar a Maren. Sé que tengo que disculparme por haberla atacado, pero todavía no estoy lista. Hago lo que siempre hago en estas situaciones: repaso mentalmente las razones de mi equivocación, para intentar soltar el enojo.

Mandy conoció primero a Amanda, ella cultivó esa amistad, y luego la beneficiada fui yo.

En esencia, yo nos hice perder el rancho, porque me fui por más tiempo, y fui la asesora legal que fracasó y, después, mis fracasos fueron premiados por un hada madrina que Amanda encontró.

Probablemente yo también estaría molesta.

No sé bien qué lección intenta enseñarle Mandy, pero parece dura de digerir.

Y Amanda nunca ha sido de las que aprenden lecciones con dignidad. No es su fuerte.

Pero me cubriría las espaldas en una pelea a cuchillo, incluso en las del peor tipo: las que ocurren en las redes sociales. También es divertida, se ríe de sí misma, es trabajadora a su manera, tenaz, y deja pasar las cosas, en la crianza y en la vida, mucho mejor que yo.

Además, de los dos hermanos, a mí me tocó un esposo maravilloso, y a ella le tocó el impresentable.

Y, por lo poco que he oído, mis padres —con todos sus defectos— eran básicamente la Madre Teresa comparados con los suyos. Y su novio está lejos. Ese debe de ser su mayor estrés ahora mismo, me imagino. Yo he estado peleando con Steve, y él está aquí mismo, en Manila.

Pero, encima de todo lo demás, ella es de las que les cuesta mucho no ser la más linda, la más exitosa y la más admirada del lugar. Así que estar junto a mí mientras preparo una boda, cuando llevo menos tiempo viuda que ella…

Digo lo único que sé que la va a alcanzar.

—Steve y yo tuvimos una pelea enorme. De hecho, es nuestra primera pelea, y yo culpo a Helen. —Es un golpe bajo, probablemente, que el sentimiento que nos una sea la frustración compartida con un miembro de mi familia, pero es real, y creo que ella lo va a entender.

Sus ojos se abren de par en par, pasa junto a las dos personas que nos separan y me envuelve en sus brazos.

—Perdona por haber sido una hermana tan espantosa últimamente.

No sabía cuánto necesitaba el abrazo hasta que el corazón se me contrae. No el que bombea sangre por mi cuerpo, sino el que reacciona cuando uno de mis hijos está en apuros, o cuando Steve me mira como si nunca hubiera visto a nadie tan hermosa. Por primera vez en días, respiro más fácil.

Los medios ponen todo el énfasis en las historias de amor, pero se pierden algunas de las cosas más importantes de la vida.

No son solo nuestras relaciones románticas las que nos sostienen en los baches y los valles.

También son los amigos y la familia y, cuando las cosas no están bien con ellos, todo lo demás se siente mal.

Cuando por fin me suelta, veo claramente huellas de lágrimas en sus mejillas.

La gente a nuestro alrededor empieza a ovacionar, y las dos dirigimos nuestra atención de inmediato hacia el espectáculo y aplaudimos con ellos. Cuando los ojos de Maren recorren el público, estoy casi segura de que no nota que nos perdimos esa secuencia.

Las dos nos aseguramos de prestar muchísima atención el resto del tiempo. Pero cuando termina, y todo el mundo anda dando vueltas, Amanda gira hacia mí unos ojos nerviosos.

—Lo siento tanto, Abby. Me equivoqué, y luego me volví a equivocar y, cuando apareciste, me obstiné aún más. Es un mal hábito.

—¿Estás bien?

Se mira las manos.

—La verdad, no. Siento que todo se está deshilachando ahora mismo, y me vendría muy bien una noche de chicas y un cajón de vino. —Su risa suena forzada.

—¿Qué puedo hacer?

Niega con la cabeza.