El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 21 Abigail #2
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21 Abigail #2

—Amanda está pasando por un momento difícil —dice Mandy—. Sé que suena a que la estoy excusando, y sé que viene así hace tiempo, pero entiende que está más dolida que enfadada. Sabe que se equivocó, pero le cuesta admitirlo, sobre todo ante ti.

—¿Qué significa eso de «sobre todo ante mí»?

—Eres la mismísima Mary Poppins —dice Mandy—. Eres Gandalf el Gris. Tú no puedes hacer nada mal.

—No tengo idea de qué me estás diciendo. Desde luego, no soy una niñera británica con paraguas volador ni un mago de la Tierra Media.

Mandy resopla.

—Pero eres Prácticamente Perfecta en Todo Sentido. Ni siquiera tú puedes negar que es verdad.

Ah, la ironía.

—Siento que hoy todos mis conocidos dirían lo contrario.

—¿Tus hijos? —Levanta las cejas—. ¿Ellos también?

—Mis hijos me quieren —digo—. Nosotros estamos bien.

—¿Entonces estás peleada con Steve? —Sus ojos son perspicaces, y ven más de lo que yo quisiera.

No digo nada, pero creo que mis labios apretados me delatan.

—Era inevitable, ¿sabes? Los dos estáis acostumbrados a salirse con la suya, y fusionar dos vidas siempre es lioso.

Pienso en lo que dice. ¿Tendrá razón? ¿Esta desavenencia entre Steve y yo es solo la infelicidad natural que surge cuando dos personas tienen que fusionar sus vidas en una sola? Los dos estamos grandes, y ambos tenemos nuestras mañas.

—¿Y lo de Amanda? Ya se lo dije a ella: ahí la culpable fue ella, no tú.

Es como si alguien me envolviera en una manta tibia y me abrazara, y ni siquiera sabía cuánta falta me hacía, cuánto me estaba haciendo dudar de mí misma toda esta infelicidad, hasta que me pongo a sollozar.

—Ay, no —dice Mandy—. No tú también.

¿Amanda estuvo llorando? Eso me ayuda a recomponerme.

—¿Ella está bien?

—Que Eddy esté lejos ha sido duro para ella, y que yo te diera a ti el rancho fue todavía más duro.

—¿Por qué lo hiciste? —Me muero por saberlo desde entonces, pero cuando le pregunté antes, solo dijo que estaba corrigiendo la injusticia que se nos había hecho.

—¿Por qué te di un rancho, o por qué dejé a Amanda con las manos vacías? —Arquea una ceja—. Seguro que sabes la respuesta a las dos.

—Dijiste que era para arreglar lo que hizo Jed, pero las hijas de Amanda también son sobrinas nietas de Jed.

—Ellas no quieren ese rancho ganadero —dice Mandy—. Ni lo necesitan.

—Pero Amanda interpreta todo el asunto como que tú crees que nos lo merecemos más que ella.

—¿De ese rancho en pleno funcionamiento? —Se ríe—. Claro que sí. Ella no movió ni un bendito dedo.

Ahora parece Ethan.

—Pero sí ayudó con los niños mientras Ethan y yo nos hacíamos cargo de todo, y sí que…

Mandy levanta las manos.

—Quiero a Amanda, pero querer a alguien significa querer que sane de su trauma.

Créeme cuando te digo que Amanda no va a quedar desamparada, pero necesita aprender qué significa querer a alguien.

El amor no va de exigencias, ni de dividir a partes iguales, ni de equidad, y la alegría de la vida no se encuentra demandando justicia.

Pienso en lo que dice, y me pregunto cómo alguien tan inteligente se las arregló para perderse el amor de la persona que vivía en la puerta de al lado. ¿De verdad todos somos los más ciegos cuando se trata de nuestra propia vida?

—¿Qué querías? —pregunta—. No viniste a interrogarme sobre Amanda. ¿Es por la oficina? Porque creo que deberías reconsiderar la primera. Sé que es un desastre, pero…

—¿Acaso puedes conseguir gente que trabaje en oficinas nuevas ahora mismo?

Mandy frunce el ceño.

—Todo se ha atrasado bastante, no te voy a mentir. Por eso Amanda fue tras Kevin y Jeff. —Lanza las manos al aire—. Algo que por cierto yo desaconsejé, que conste. Nada bueno ha salido jamás de robarle a la familia.

—Quizá los habría contratado ese tipo de Dutch John si no se iban a trabajar con vosotras. —Odio perderlos, y me preocupa Ethan, pero no era realista esperar que se quedaran cuando su contrato había caducado—. Estoy estresada, y frustrada, pero no estoy loca por eso.

—Eso es bueno y, sé que no es lo ideal, pero pueden pasar unos meses antes de que tengamos la mano de obra para renovar Doble o Nada o remodelar de arriba abajo la oficina de correos convertida en tienda de segunda mano.

Suspiro.

—Al menos cuento con la ampliación que construimos, que está en bastante buen estado; supongo que puedo seguir usándola mientras haga falta. Me está volviendo loca, pero al menos tengo una puerta que cerrar para dejar a los niños del otro lado cuando hablo con los clientes.

—¿A eso viniste? —pregunta Mandy—. ¿A intentar saber cómo se presenta el cronograma en relación con tu oficina?

—No —digo—. De hecho, vine a preguntarte algo que puede sonar un poco salido de la nada.

Mandy frunce el ceño.

—¿Qué cosa?

—Una mujer me dijo hoy por teléfono que no tenemos oro en nuestras tierras.

Dijo que su geólogo encontró oro en un lugar cercano, pero no en nuestro rancho.

Creo que Patrick Ellingson pensaba que estaba en nuestras tierras, y que tenía motivos para creerlo.

—La miro inquisitiva—. ¿Tú no sabrás nada de eso, verdad, vecina mía?

—Patrick Ellingson es un hombre codicioso, estúpido y arrogante. —Sonríe con sorna—. Pero sí sé un par de cosas sobre el oro por estos lares.

—¿De verdad no me lo vas a contar?

—Si juras no decirle ni una palabra a nadie más, te lo cuento.