El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 21 Abigail
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21 Abigail

ABIGAIL

Helen está en una llamada de trabajo, prácticamente gritando. Aunque está en la habitación que convertimos a partir del garaje, la oigo desde mi dormitorio. Agarro el teléfono y veo que Steve ya me ha llamado once veces.

Necesito devolverle la llamada. Quiero devolverle la llamada.

Pero sigo molesta, y nunca le hago preguntas importantes a nadie a menos que ya sepa la respuesta. Presiento que nuestra próxima conversación estará llena de preguntas importantes, y ahora mismo no sé la respuesta de ninguna.

Me preocupa que se canse de llamar y simplemente se presente. Le escribo rápido para evitar eso. [Hablemos esta noche. Tengo demasiadas cosas de trabajo que atender.]

Después de eso, deja de llamar.

Es un alivio y también, de manera confusa, me decepciona un poco. Oficialmente estoy actuando como una adolescente. Quiero espacio, pero quiero que él no quiera dármelo. Quiero que llame, pero no contesto cuando lo hace.

Siempre supuse que los adolescentes y los adultos jóvenes actúan de forma errática porque su cerebro todavía se está desarrollando, pero ahora me pregunto si no se tratará de otra cosa.

Una vez que algo está decidido, nos acomodamos.

Hay espagueti para la cena. Bueno, está bien.

Me gusta el espagueti. En ese punto, me pondría a pensar en buenas guarniciones para acompañarlo.

Pero si, en lugar de elegirlo como plato principal, me ofrecen una larga lista de todas las cosas que me encanta comer y tengo que elegir solo una… entonces la duda asoma su horrible rostro. Lo mismo sería si fuera una lista de cosas que detesto: la incomodidad nace de la incertidumbre.

¿El espagueti es mejor? ¿O me mancharé la blusa? Y aunque no ensucie tanto, ¿será demasiado ácido? ¿Me dará acidez? Quizá algo más suave sería mejor. ¿O resultaría aburrido?

Solo que, en lugar de elegir entre pasta y filete, mi táctica de apertura ante las decisiones que tengo que tomar en este momento tiene que ser examinar mis motivaciones y deseos íntimos y luego compararlos con las cosas que debería querer para resolver cómo pueden coexistir de una mejor manera.

Con razón estoy actuando como una niña.

Por suerte para mí, sí tengo algunas tareas pendientes del trabajo que me dan un respiro.

Abro la laptop de golpe y le mando una copia de la escritura de esta propiedad a la mujer de la que me habló Donna, la secretaria de la minera de oro.

Redacto un correo rápido para acompañar el envío, pidiéndole que me llame con cualquier información que tenga sobre la existencia, o no, de oro en nuestra propiedad.

Luego decido que, ya que llevo impulso, debería preparar la moción de sentencia en vía sumaria del caso de Donna. Cuanto más rápido resolvamos esto, mejor para ella. Sinceramente, también es lo mejor para su hermano. Cuanto antes se resuelva la sucesión del patrimonio, mejor para todos.

Eliminar la incertidumbre. Ese es mi nuevo lema.

Resuelvo rápido la moción, seguramente porque soy muy buena redactando y todavía mejor argumentando sentencias sumarias.

En ellas todos los criterios están bien definidos y son claros, nada que ver con la vida real.

Mientras rebusco en mi correo para reunir los documentos adjuntos, y abro el informe de titularidad del rancho.

La diligencia debida de rutina es aburrida, pero cuando no la haces siempre te pasa factura.

Hago clic en el adjunto, lista para copiarlo en la carpeta correcta, y me detengo en seco.

He estado tan distraída esta última semana que, cuando llegó esto, ni siquiera lo revisé. Donna me dijo que el rancho de su familia estaba pagado desde hace dos generaciones. Por eso no habría problemas con la titularidad; sabía que así sería.

Pero no.

Ahí mismo, en blanco y negro, hay un gravamen sobre la propiedad, a nombre del padre de Donna, por un millón de dólares.

El valor de la propiedad, según el estimado que le pedí a un agente inmobiliario, ronda los dos millones de dólares, incluidas las dos casas, el granero y la bodega.

La póliza de seguro de vida que mantenían sus padres era de un millón y medio.

Es bastante común que los padres contraten un seguro de vida por una suma sustancial cuando quieren compensar a dos hermanos preservando el valor de un rancho, y la existencia de esa póliza era uno de mis elementos probatorios en la moción de sentencia en vía sumaria.

Solo que eso no cuadra si la póliza apenas alcanza a cubrir el monto del préstamo.

Si necesitaban dinero, ¿por qué no cobrar la póliza? Era un seguro de vida entera, que no es más que un fondo de ahorro con pretensiones. Cancelar la póliza y tomar el valor en efectivo habría sido mucho más fácil que sacar una hipoteca.

Y lo más importante: ¿adónde fue ese dinero, si la tierra ya estaba pagada? ¿Qué hizo el señor Ellingson con él? El préstamo comenzó justo después de la muerte de la madre de Donna, según el gravamen que estoy leyendo.

Llamo a Donna de inmediato.

—¿Un préstamo? —dice—. ¿Estás segura de que eso es correcto?

—Te mandé el documento por correo. Ojalá lo hubiera abierto hace tres días, pero…

—No puede ser un préstamo. Yo ayudé a Patrick a revisar el patrimonio cuando murió mamá, y era una propiedad libre de gravámenes. Papá no pudo haber… Espera. ¿Cuándo dijiste que papá sacó el préstamo?

Hago zum en el documento.

—El historial indica que hace año y medio. Unos meses después de que falleciera tu madre.

—Papá ya no se encontraba lúcido para entonces —dice Donna—. Al menos, no la mayor parte del tiempo. Eso fue más de un año después de la firma del testamento que Patrick está cuestionando.

—Corrígeme si me equivoco, pero tu hermano Patrick tenía un poder notarial.

—¿Crees que sacó el préstamo a nombre de papá?

Por desgracia, eso es exactamente lo que creo.

—Pero eso significa que podría necesitar el seguro de vida —dice Donna—. Porque no hay manera de pagar una hipoteca de esas características y vivir de lo que produce el rancho. Al menos, no hay manera de que Amelia pudiera. A ella le gusta el lujo.

—¿Y si lo hizo a propósito? —pregunto—. ¿Quizá sacó ese préstamo y apartó el dinero, para poder decirte que necesitaba sí o sí el dinero del seguro?

—No es tan astuto —dice—. Ha estado escondiendo que existía un préstamo y, tratándose de Patrick, solo hay una razón para hacer eso.

—¿Cuál?

—No quiere que yo sepa para qué sacó ese préstamo. —Hace una pausa—. Lo que significa que necesitaba ese dinero con urgencia para algo.

—Necesitamos poder demostrarle al tribunal que sacó ese préstamo en nombre de tu padre y usó el dinero para sí mismo. Entonces este caso se vuelve pan comido.

—Pan comido en teoría —dice Donna—. Pero ¿cómo lo cobraría yo?

Ese es el problema, sí. Si Patrick robó ese dinero y se lo gastó, en lugar de guardarlo en alguna parte… las probabilidades de recuperarlo son mínimas.

—Igual podrías forzar la venta del rancho, quedarte con los beneficios una vez pagada la hipoteca, y con el seguro de vida también. Seguirías recibiendo dos millones y medio, y Patrick obtendría lo que merece: nada.

—Me sentiría bastante mal con eso —dice Donna—. Quedaría sin un centavo.

—Recibió un millón de dólares hace dieciocho meses —digo—. Y mintió sobre todo: el testamento, el préstamo, todo. No me da ni pizca de lástima.

No pasan ni diez segundos de colgar con Donna cuando suena mi teléfono.

—¿Hola?

—¿Abigail Brooks?

—Con ella habla —digo.

—Me llamo Nikki. Llamo de…

—Ah, la minera de oro, ¿cierto?

Se aclara la garganta.

—Parece que esta es mi semana de darle malas noticias a la gente, pero lamento decirle que en su terreno tampoco se localizó oro; al menos, no en cantidades sustanciales.

Me alegra no haberle mencionado nada de esto a Ethan. Los muchachos son especialmente propensos a hundirse en la desesperación por cosas así. A mí apenas me decepciona. Yo misma me enteré de esta posibilidad ayer.

—Pero Donna parecía creer que un vecino…

—Desde luego, no estamos autorizados a revelar información sobre otros propietarios —dice—.

Pero sí puedo decirle que identificamos oro en cantidades significativas en una propiedad de la zona, y que el dueño no estuvo dispuesto a dar los pasos para extraerlo.

Si usted descubriera quién es y lo convenciera de lo contrario, le estaríamos muy agradecidos.

—Sería mucho más fácil si tuviera la menor idea de quién puede ser —digo.

—¿Le ayudaría si le dijera que la propiedad queda al norte de la suya?

¿Al norte? Me toco el labio.

—Puede que sí.

En cuanto cuelgo con ella, me subo al coche y conduzco hasta la propiedad de al lado. El corazón se me acelera un poco al pensar en mi desastrosa última visita, pero cuando llego el coche de Amanda no está aparcado al frente.

Solo está el de Mandy.

Se me ocurre un pensamiento alarmante. En mi vida, Helen me está volviendo loca, así que la evito todo lo posible. Steve y yo estamos peleados, así que estoy rechazando sus llamadas. Y Amanda y yo discutimos, así que me pone nerviosa hasta verla.

El denominador común de todo esto soy yo.

¿Eso significa que el problema soy yo? Y si es así, ¿qué debería hacer al respecto?

—¿Piensas bajarte de ese coche algún día, pastelito?

—Mandy está apoyada contra una viga de su porche, con su cerdo dando vueltitas cerca de la puerta.

Odia el frío. Pero, cuando abro la puerta, Roscoe me ve y corre a reclamar sus caricias y lengüetazos obligatorios.

Caricias mías, lengüetazos suyos. En verano no me molesta, pero ahora ya vengo con las manos frías.

—¿Amanda no está?

Mandy frunce el ceño.

—¿Seguís peleadas?

Trago saliva.

—Vine a hablar contigo de un asunto.

—Habla pues —dice.

Cruzo hasta el porche.

—¿Aquí afuera?

Se ríe.

—Ah, está bien. Puedes pasar.

Una vez sentadas en la sala, hasta me ofrece una bebida caliente. Quizá no está tan enfadada conmigo como Amanda.

—No te voy a quitar mucho tiempo —digo—. Yo también tengo mucho trabajo.