19 Amanda #4
—Alguien que planea un viaje sorpresa no se queda sin gasolina. Los adultos no se quedan sin gasolina. Solo alguien con muchísima prisa, alguien que no está pensando las cosas con calma, se queda sin gasolina.
No puedo ni discutírselo. Es la verdad.
—Helen me mandó una foto…
—¿Quién rayos es Helen? —Cierra los ojos—. Me fui dos semanas y parece que todos se hubiesen puesto a jugar al «Simón dice» sobre un trampolín y yo me perdí las indicaciones.
—¿Eh?
—Es un juego que jugábamos en los trampolines cuando éramos niños. Alguien gritaba «Simón dice…» eligiendo un movimiento y tenías que hacerlo o perdías… ¿Nunca oíste hablar de eso?
Niego con la cabeza.
—Bueno, esto parece un reinicio total. He vivido aquí casi toda mi vida, con gente que conozco desde hace el mismo tiempo. Pero me voy dos semanas, y aparece un ricachón arrojando dinero por todos lados.
No menciono los cientos de dólares que él mismo soltó para intentar impresionar a David.
—Y una tal Helen, por lo visto, que anda mandándole fotografías a la gente.
—Helen es la hermana de Abby, y vino a celebrar la boda, o eso es lo que ella dice. Pero es todo un caso. Es rica, grosera y tan presumida que no me creerías.
—¿Te mandó una foto de qué?
—De ti —admito—. Tenías el brazo alrededor de alguien y sostenías una bebida en la mano.
Frunce el ceño.
—¿Pensaste que te estaba engañando?
—Me preocupaba que estuvieras bebiendo. —Lo admito con mucho esfuerzo—. Pero también habría sido terrible que me engañaras. Sentí que, si una cosa era cierta, la otra se volvía más probable.
Se baja del coche y empieza a rodearlo como un león buscando una gacela. Lo dejo dar unas cuantas vueltas antes de bajarme yo también.
—¿Cuánto tiempo vamos a estar dando vueltas aquí afuera?
—Tú dijiste que podía irme. —Se detiene y agita las manos frente a mi cara—. Me dijiste que te parecía buena idea, esta gira.
—¿Una buena idea? —Casi me atraganto—. No quería que me guardaras rencor, así que no te dije lo horrible que iba a ser, pero jamás dije que fuera buena idea. Tú elegiste irte, y parece que ni siquiera te diste cuenta de lo devastada que me dejó tu decisión.
—No leo mentes, Amanda. No puedes sentir cosas y dar por hecho que yo las voy a intuir. Quizá eso funcione con Abby, porque las almas gemelas tienen una conexión o lo que sea, pero yo no soy así. Soy un músico corto de luces al que se le dan mejor los animales que las personas.
—Parecías arreglártelas muy bien con las personas de California —digo—. Especialmente con las pechugonas.
Se mete las manos en los bolsillos.
—¿De verdad piensas eso?
—No lo sé —digo—. Fueron dos semanas muy largas y muy miserables.
—¿Por mí? —pregunta—. ¿O por otras cosas?
—Un poco de esto, un poco de aquello.
Entonces se queda inmóvil, con los ojos estudiándome la cara.
—Es difícil, la distancia. No se me da bien y, además, casi no has podido hablar conmigo por culpa de mi agenda. Y si me cuentas cosas que van mal, solo me voy a estresar porque no puedo ayudar. Así que te lo guardas todo, y eso hace que te enfades conmigo.
—No me enfado —digo en voz baja. Muy baja.
Reúno fuerzas—. No estoy enfadada. —Tengo miedo.
Mandy dio en el clavo. Tengo miedo de no ser suficiente para él y de que, en el fondo, él lo sepa.
Va a encontrar a alguien mejor en California y, aunque vuelva, lo nuestro igual se marchitará antes de florecer.
—Nunca me dijiste que querías que me quedara —dice—. No pensé que te importara tanto.
Si le cuento lo mal que la estoy pasando ahora mismo, voy a parecer un desastre incompetente que no sobrevive sin él. ¿Cómo podría gustarle más alguien que se desmorona cuando la dejan sola?
—Claro que me importa —digo—, pero de verdad estoy bien.
—No abras más fotos que te mande la gente. —Se acerca y saca las manos de los bolsillos—. Y si las abres, llámame y pregúntame. No te comas la cabeza.
—Está bien.
—Y no vayas a más citas, falsas o de las otras.
—No tengo el más mínimo interés en el señor Park, mientras que Donna está perdidamente enamorada. Créeme: es un fastidio de hombre, pero con eso no hay nada de qué preocuparse.
Su mandíbula inferior se proyecta hacia delante en una expresión de cavernícola que, inexplicablemente, me encanta.
—Ese tipo me saca de quicio.
—Lo hacía a propósito. No tiene nada que perder —digo—. Solo te pica para ver si logra hacerte saltar.
—Lo detesto.
—Se nota —digo—. Y siento muchísimo no haberte contado que él me llevó ese día.
—Ni que andaba por aquí, para empezar —dice.
—Pero no es que tuviera algo que ocultar. Solo no quería discutirlo contigo por teléfono.
Suspira y me pasa un brazo por los hombros.
—No perdamos más tiempo discutiendo. Eso lo odio todavía más que al dichoso David Park.
Me siento tremendamente aliviada de que la discusión haya pasado, pero no puedo evitar preocuparme por haber hecho otra vez lo mismo: elegir el camino de los cobardes.
Debí decirle cuánto desearía que ya volviera a casa, no por unas míseras treinta y seis horas.
Porque, aunque ya terminó de grabar, le quedan meses de gira, y a duras penas atravesamos dos semanas.