18 Amanda #2
—Ah, ya sé que no lo harás —dice Mandy—.
Pero deberías. Igual que deberías haberte puesto de rodillas para rogarle a esa cuñada tuya tan leal, trabajadora y brillante que te perdone.
Fuiste injusta con ella no una, sino dos veces y, en lugar de disculparte, te burlaste de ella sin tener la menor idea de lo que está pasando en su vida… ni en la tuya, por lo visto.
¿Lo que está pasando en su vida? Me detengo un momento. ¿Le pasa algo a Abby?
Mandy niega con la cabeza.
—Un proyecto del colegio.
La rabia vuelve a surgir en mí. ¿Le parece gracioso que yo confiara en mi hija? Si fuera madre, entendería que eso es lo que hacen las madres. Apoyan a sus hijos. Aunque estoy furiosa, no dejo de volver a lo que dijo.
—¿Le pasa algo a Abby?
—Acaba de dejar su trabajo —dice Mandy.
Pongo los ojos en blanco.
—Yo también.
—Y tú tienes un trabajo mejor, trabajando conmigo —dice—. ¿Qué tiene Abby?
La verdad, no lo había pensado.
—Es abogada.
—Sin clientes, en un lugar extraño donde no conoce a nadie. ¿Crees que ahora gana lo mismo? ¿O que se le acerca un poco a lo que cobraba?
—Le acabas de regalar un rancho —digo—. ¿Crees que está estresada por el dinero?
—No lo sé —dice Mandy—. Organizar una boda también estresa y, como tú misma señalaste, su hermana no es fácil. ¿Se te ocurrió pensar que la misma Helen que te mandó esa foto inquietante podría estar angustiándola a ella también?
—Pero es su hermana.
—Y tú eres su cuñada, ¿o no?
Ya me cansé de este ida y vuelta.
—Tengo una reunión con Kevin esta mañana —digo—. Vamos a repasar la prioridad de las propiedades y nuestras necesidades de mano de obra. ¿Vienes, o vas a estar demasiado ocupada criticándome como para aportar algo útil?
—Yo tampoco puedo lidiar contigo ahora mismo —dice Mandy—. Con gusto volveré a ir a las reuniones de trabajo contigo, pero no hasta que te hayas disculpado con Abby.
—¿De verdad estás condicionando nuestra sociedad comercial a que yo haga lo que tú digas en mi vida privada?
Mandy frunce los labios.
—Abigail Brooks es nuestra asesora legal. No puedo tener una socia que no sea capaz de trabajar con ella. Ahí tienes. ¿Te parece que esa razón entra suficientemente en terreno laboral?
—¿Por qué pensé que este trabajo sería distinto de trabajar para Lololime? Me estás dando órdenes igual que ellos.
Mandy aspira aire entre los dientes y se despega de la pared.
—Eres como un animal salvaje herido, sacudiéndose sin pensar ni entender, así que me voy a retirar. Hago esto porque te quiero; intenta recordar eso. —Pasa a mi lado y sale por la puerta.
En cuanto se va, me deslizo hasta el suelo, con las piernas estiradas hacia delante.
Abby está furiosa porque la perjudiqué. Abandoné a sus hijos y a las mías, todo porque no confié en Eddy.
Y cuando volví, en lugar de pedirle perdón, me indigné por todo lo que ella tiene en la vida —su familia rica, su prometido, sus hijos angelicales— y le robé a sus peones para…
¿qué? ¿Por qué hice eso? O sea, sí los necesitamos, y ellos están felices de ganar más dinero.
Pero ¿no es exactamente eso lo que me molesta que David Park me está haciendo?
¿Robarse a la gente local para sus propios fines sin pensar en los demás proyectos de la zona?
Pero me equivoco si me molesta en el caso de David Park: son negocios, y en realidad no me está agraviando. ¿No significa eso que la equivocada aquí es Abby?
Muchas veces no se trata de lo que se hace, sino de cómo se hace.
Estúpida Mandy y sus sentencias condescendientes. Maldita sea por tener siempre la razón. Ella y Abby deberían fundar un club, y así podrían votar para expulsarme. Entonces me echo a llorar, con las lágrimas rodándome por la cara.
—¿Mamá?
Casi me infarto.
—¿Maren? —Me limpio las lágrimas y me incorporo—. ¿Qué haces aquí? Vi pasar el autobús hace más de media hora.
Traga saliva.
—¿Lo perdiste? —Seguro que Abby se levanta antes que sus hijos, les prepara un desayuno nutritivo, y los peina y les ata sus zapatos cada mañana, pero las mías siempre se han arreglado solas. Es lo mejor para ellas: aprenden a valerse por sí mismas.
Pero a veces también me dan un susto de muerte.
—Me quedé hasta tardísimo trabajando en un proyecto y no oí la alarma.
¿Trabajando en un proyecto? Se me encienden las alarmas.
—Normalmente te despierta Emery, ¿no? ¿No te avienta almohadas hasta que te levantas?
—Sí —dice Maren—. Pero esta mañana no, supongo.
Me pregunto si Emery está enfadada con ella y de verdad no intentó despertarla, o si Maren simplemente está mintiendo.
—¿Cuál es ese gran proyecto en el que has estado trabajando?
Maren se desploma en la mesa de la cocina y apoya la cabeza en la mano.
—¿Está todo bien? —le pregunto.
Su cabeza gira de golpe.
—¿Por qué? ¿Querías darme algún consejo horrible para quedarme sin amigos, igual que tú?
Abro mucho los ojos y la adrenalina me inunda el cuerpo. Me pongo de pie de un salto.
—¿Cómo te atreves a hablarme así?
Maren pone los ojos en blanco.
—¿De dónde crees que lo aprendí?
Tengo que contenerme para no abofetearla.
—A la tía Abby no le hablas así.
—Ella tampoco me habla así a mí, nunca. —Se encoge de hombros y agarra la Pop Tart que quedó, en su envoltorio plateado, en la esquina de la mesa. Emery aguanta tan poco que no puede ni terminarse un paquete de estas galletas.
—No me eches eso en cara —digo—. No puedes culparme a mí de tu comportamiento.
Maren se mete un trozo de la galleta con glaseado rosa en la boca y habla mientras mastica.
—Está bien, mamá. Deslúmbrame con tus consejos; ya sabes, las sugerencias increíbles de la mujer que hace un momento sollozaba sola en el suelo.
Me ataca para desviar la atención de su problema. Céntrate en lo importante.
—¿Qué pasa?
—Tenía un proyecto en grupo —dice—. Había que tocar algún tema político, convertirlo en un rap y hacer un vídeo musical.
Ahí está. Sí que había un proyecto escolar.
—Una chica de mi grupo, Avery, escribió la letra, y a mí me tocaba hacer el vídeo. Tuck tenía que montar los clips y dejarlo todo terminado.
—Está bien.
—Solo que yo elegí esa parte porque Izzy dijo que podía ayudarme. Dijo que o lo hacía ella, o me iba guiando para hacerlo yo. Y luego se puso rara y ya no quiso. —Se encoge de hombros—. Así que no lo hice.
¿Así nada más? ¿Simplemente no lo hizo?
—¿Cómo que se puso rara?
Maren pone los ojos en blanco.
—Sonaba muy estúpida mientras lo hacía, se lo dije, y entonces dejó de hacerlo.
—¿Le dijiste que sonaba estúpida? ¿Cuando estaba rapeando para ti, con la letra que escribió una de tus amigas?
—No paraba de querer cambiarla —dice Maren—. Y cuando no la dejé, se puso de mal humor. O sea, ni siquiera era su proyecto. Era mío.
—¿Para cuándo es la entrega?
Maren mira de reojo.
—Hoy.
Miro el reloj.
—¿O sea que las clases empezaron hace una hora, y tú no estás ahí, con tu trabajo en grupo que hay que entregar?
—Tuck se puso como loco por eso, y Avery también. Son unos críos.
Probablemente los reprueben por culpa de mi hija.
—¿Y tu plan es… simplemente faltar a clases? —Soy una completa y total idiota. ¿Por qué no hice más preguntas ayer, cuando dijo que tenía un proyecto?
—Mira, hoy estoy enferma, ¿sí? Si tú me respaldas, no pueden hacer nada. Van a tener que aceptar los archivos más tarde.
Creo que lo peor de todo este lío es que ni siquiera se le ocurrió que yo podría no estar de acuerdo con este plan horrible.
—Agarra tu chaqueta. —Me pongo de pie.
—No.
—Agárrala —digo—. No estás enferma, y nos vamos al colegio ahora mismo.