19 Amanda
AMANDA
Para cuando cumplí once años y empecé sexto de primaria, nos habíamos mudado veintitrés veces.
Lo sabía solo porque mamá tenía un atrapasueños pequeño colgado del retrovisor de su Taurus viejo y destartalado y, cada vez que nacía un hijo, tallaba una muesca.
Y cada vez que la familia se mudaba, marcaba una línea.
Se podía leer, literalmente, la historia de nuestra familia en el borde del atrapasueños.
Una muesca. Mi hermano Xavier.
Tres líneas.
Una muesca. Mi hermano Peter.
Cinco líneas.
Una muesca. Yo.
Luego, tantas líneas que me tomó tres intentos contarlas todas.
Quince en total, para cuando se me ocurrió contar.
Quince más ocho son veintitrés. Podía recordar el número porque, cuando le dije que esas eran las veces que nos habíamos mudado, mamá dijo que esa era la edad que tenía cuando me dio a luz.
Me pareció una edad tremendamente avanzada.
Eso fue más o menos un mes antes de la primera vez que no quise mudarme.
Es que por primera vez en mi vida, tenía una amiga de verdad en la escuela.
Se llamaba Heather. Era tan normal como nosotros éramos raros.
Llevaba moños en el pelo todos los días.
Su madre le preparaba exactamente el mismo almuerzo cada día.
Y la dejaba en su coche reluciente y elegante cada mañana, y la recogía cada tarde.
Heather decía que yo era su persona favorita en el mundo.
Hasta me regaló, en la escuela, ese mismo día, un collar que era la mitad de un corazón, todo dentado de un lado.
Fue el regalo más lindo que me habían hecho jamás.
El autobús nos dejó en la esquina y fui a casa dando brincos, ansiosa por mostrarles a mamá y papá mi tesoro, pero antes de que pudiera decir una palabra, papá gritó: «Mete tus porquerías en una bolsa. Hora de largarnos».
Eso decía cada vez que tocaba irse; significaba que lo habían atrapado robándole a su jefe y teníamos que marcharnos. Solo que ese día yo no quería irme. Probé llorando. Probé suplicando. Hasta le ofrecí a mi padre cualquier cosa mía que él quisiera, a cambio.
«No tienes nada que nadie quiera», dijo.
Así que, mientras todos los demás metían sus posesiones más preciadas en bolsas del supermercado y bolsas de papel marrón, decidí escabullirme de la casa y echar a andar hacia la de Heather. La mayoría de los niños no intentarían caminar más de ocho kilómetros solos, pero yo no era como la mayoría.
Sabía dónde quedaba la casa de los Randall, y sabía cómo llegar. Solo era cuestión de ir caminando sin que mis padres me atraparan. Sabía que me buscarían al menos un rato, pero supuse que se rendirían rápido.
Entonces podría vivir con Heather. Quizá su mamá me dejaría decir que era su hermana.
Tenía ropa suficiente hasta que volviera a crecer y, entonces, podría mostrarles cómo sacar cosas de lavadoras y secadoras cuando sus dueños las desatendían, como me enseñó mamá, así yo no les significaría ningún gasto. Había conseguido cosas muy lindas así.
Pero mamá y papá no se rindieron conmigo como yo creía. Peinaron las calles durante horas. El tiempo suficiente para que a papá lo atrapara la policía y pasara un año en prisión.
No fue un buen año.
Ese año, cuando a mamá no le quedó otra opción que quedarse con nosotros, esperando a que papá saliera, y nadie tenía trabajo para ganar dinero, fue el peor año de mi vida. También fue el año en que aprendí que, cuando llega la hora de huir, quedarse solo empeora muchísimo las cosas para todos.
Enfrentar las consecuencias de tus actos es una idea bonita, pero, en la práctica, es un fastidio.
De adulta, me volví mucho más cuidadosa para asegurarme de no terminar nunca como papá, del lado equivocado de las cosas, en una situación en la que pudieran meterme presa, por ejemplo.
Pero también me hizo comprender profundamente por qué la gente huye.
Solo que no quiero eso para mis hijas. Ver a Maren prácticamente huir y escurrir el bulto con este proyecto grupal me hizo darme cuenta de que mi desatención podría ser casi tan dañina como la detestable imprudencia y el engaño a los que nos sometían mamá y papá.
O le estoy enseñando a Maren las cosas que nunca quise que aprendiera, por lo menos. Por la cara que está poniendo, sé que no piensa hacerme caso.
—Si no vas a buscar tu mochila y te cambias, te arrastro hacia la escuela con ese pijama puesto. —La miro de arriba abajo, transmitiendo mi disgusto ante esa idea con el labio fruncido.
Maren arquea una ceja.
—Estás bromeando.
—Para nada. Vas a entrar a la escuela y a explicarle a tu profesor que no completaste tu parte del trabajo. Luego vas a explicar que no fue culpa de Avery ni de Tuck, y te vas a poner a su merced.
—Ni loca.
—Lo que no vamos a hacer es avisar que estás enferma cuando estás perfectamente y, desde luego, no te vas a quedar aquí sentada insultándome mientras lo haces.
—Mamá, no puedes obligarme a eso. Nos van a poner cero a todos —dice—. No quise insultarte. Es solo que tú eres la mejor. Todos los demás tendrían que mentirles a sus mamás, porque no lo entienden, pero tú siempre estás de mi lado. —Sonríe de oreja a oreja—. ¿Puedo reportarme enferma ahora?
Levanto su chaqueta del suelo junto al sofá —¿cómo es que Mandy no nos ha echado todavía? No lo entiendo— y se la lanzo a Maren a la cabeza.
—Está bien. ¿Quieres hacerlo por las malas? Anda.
—¡Ni siquiera me he lavado los dientes! —gime Maren.
—Mala suerte, querida, irás con aroma a Pop Tart —digo—. Ahora, andando.
Sinceramente, me sorprende un poco que funcione. Esperaba que se desplomara físicamente, y no estoy segura de poder arrastrarla hasta el coche en tal caso.
No creo que de verdad pensara que yo conduciría hasta la escuela.
—¡Mamá! —De hecho, se sacude como en plena rabieta de niña pequeña cuando llegamos, con el pelo agitándose al ritmo de los brazos y las piernas—. No puedes hablar en serio. No puedo entrar ahí, y mucho menos así.
—Ah, estoy hablando absolutamente en serio. Vamos. —Porque puede que yo sea incapaz de enfrentar mis limitaciones y mis errores, y puede que sea tan cobarde como dice Mandy, pero no pienso convertir a mi hija en la misma persona rota que soy yo.
Son cuarenta y cinco minutos incómodos, pero lo superamos. Su profesor les dice de inmediato a sus compañeros que la nota de ellos no depende de la de ella. Luego pide ver lo que Maren sí filmó, y dice que no está mal. Deja que Tuck lo edite en clase, y entregan el proyecto y sacan un notable bajo.
Pudo haber salido mucho peor.
Aunque dudo que Maren supere jamás que la llevé a la escuela en ese pijama de franela a cuadros.
Cuando terminamos, me derrumbo en el asiento del conductor y me quedo desplomada sobre el volante al menos diez minutos, imaginando cómo sería si me obligara a hacer lo que acabo de obligar a Maren a hacer: hablar con la profesora.
Abby da mucho más miedo que el señor Geisler y, además, no está obligada a tratarme con amabilidad como parte de su trabajo.
Quiero conducir hasta su casa y suplicarle que me perdone, pero no logro decidirme.
¿Y si me manda a freír espárragos? ¿Y si no puedo arreglar lo que arruiné?
En vez de eso, conduzco a casa, preparándome para un día de llorar en pijama. El teléfono suena mientras aparco, y me doy cuenta de que tengo como diez llamadas perdidas.
Todas de Kevin.
—¿Hola?
—¿Amanda? —Kevin suena enfadado—. Llevamos casi una hora esperándote. ¿Estás bien?
—Estoy bien —digo—. Tuve una emergencia con mi hija. Reunámonos mañana en la mañana. ¿Te parece bien?
—Está bien. —Cuelga.
Encima de todo parece que mi relación con los empleados nuevos que robé está empezando con muy buen pie.
Simplemente fantástico. Quizá puedan acercarse hasta la casa de al lado y contarle a Abby qué porquería de ser humano soy.
Entre los tres seguramente podrían estar horas hablando sobre cómo los ha decepcionado Amanda.
Salvo que Abby jamás permitiría algo así. Un comportamiento de ese tipo podría torcerle la corona.
De camino a casa repaso todas las maneras en que Mandy tiene razón sobre mi cobardía.
Odiaba mi matrimonio con Paul, pero simplemente me quedé ahí, viviendo una vida miserable.
Luego, cuando murió, debí salir a buscar trabajo, pero sabía que me rechazarían.
Tuve suerte con lo de las redes sociales; si no, seguramente habría tenido que arrastrarme de vuelta con mis padres —nada ricos y nada elegantes— a suplicar ayuda.
Eso habría sido peor que un perro comiéndose su propio vómito.
Luego, cuando nos vinimos aquí, me quedé más o menos de brazos cruzados, esperando que Abby lo hiciera todo.
Solo vine porque temía que, si no venía, no conseguiría la cuenta de Lololime.
Y luego, cuando empecé a salir con Eddy, nunca enfrenté a mi jefa.
Lo mantuve en secreto. Y cuando lo nuestro con Eddy salió a la luz, sabía que no quería que él se fuera, pero en vez de decírselo decidí callarme.
Y cuando me llegó esa foto suya, no llamé para que me dijera qué estaba pasando.
Volé hasta allá como una lunática y, encima, ni siquiera confesé por qué fui.
Luego me escabullí a casa y me negué a pedir disculpas por mis faltas a mi cuñada perfecta.
Abby es tan perfecta que me ha perdonado una y otra vez durante todo este tiempo, pero todo el mundo tiene un límite. ¿Y si finalmente llegué a su límite?
Y sin alguien que me saque de la casa y me suba al coche, ¿cómo voy a superar mi cobardía?
Entro por el camino de la casa de Mandy, doy un giro justo en frente y casi me llevo por delante un diminuto Toyota Camry.
—¿Pero qué diablos? —Aparco de golpe y me bajo. Examino el cochecito, devanándome los sesos pensando si hoy había quedado con alguien más y lo olvidé.
No se me ocurre nada. Quizá vinieron a ver a Mandy. ¿Quizá es un repartidor? Miro alrededor, pero no veo a nadie. Si no fuera alguien conocido, Roscoe estaría como loco.
¿Dónde está por cierto?