El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 15 Amanda
41%

15 Amanda

AMANDA

Donna no puede recogerme. Sus mensajes llegan uno tras otro cuando vuelvo a encender el teléfono.

[Lo siento mucho, pero no puedo recogerte. Problemas con mi ex.]

[Sé que te estoy dejando tirada, pero no sé qué hacer.]

Soy la última persona que puede acusar a nadie de dejar tirado a otro.

Va a ser un Uber carísimo, pero tampoco puedo reprochárselo.

Ni siquiera me atrevo a llamar a Abigail.

Me da demasiada vergüenza haber salido corriendo y dejado a sus hijos sin más por un mensaje estúpido de su exasperante hermana.

[Quizá pueda conseguir que alguien te busque. Ahora te digo.]

En realidad es culpa mía. ¿Qué clase de persona le pide favores a una madre soltera? O sea, sinceramente, debí imaginar que recogerme a última hora sería una molestia demasiado grande para ella. Solo se lo pedí porque sé que Mandy y Abby van a estar furiosas, y todavía no me atrevo a enfrentarlas.

Milagrosamente, mi maleta no se perdió en ninguno de los dos vuelos. Ninguno se retrasó. Llego justo a tiempo, y estoy metiendo mi ubicación y mi destino en la aplicación de Uber, preparándome para leer la tarifa desorbitada, cuando oigo que alguien me llama.

—¡Amanda!

El teléfono casi se me resbala de los dedos cuando levanto la vista y me encuentro con los ojos de David Park.

—¿Qué haces aquí?

—¿Donna me preguntó si podía venir a buscarte? —Su sonrisa encantadora es pura inocencia.

—Odio que seas su jefe.

—¿Entonces doy media vuelta? ¿Me regreso?

Bajo la vista al teléfono y casi me quedo sin aire cuando veo aparecer la tarifa escandalosamente alta de mi viaje.

—Eh, bueno. Ya estás aquí.

Tiene cara de haber sabido desde el principio que yo jamás le diría que no.

—Pero insisto en pagarte la gasolina.

—Acabo de llenar el tanque —dice—. Y no lo creerías pero había una promoción, y yo fui el cliente número mil. La gasolina me salió gratis.

Pongo los ojos en blanco.

—Es solo un viaje —dice—. No es que te esté llevando a un espectáculo de Broadway y luego a cenar a Ai Fiori.

Por supuesto, tenía que nombrar mi restaurante favorito de Nueva York. Suspiro.

—Una verdadera lástima.

—Aunque yo estaría feliz de…

—…saber cuándo parar —digo.

—Intuyo que es hora de que pare —dice.

Antes de que pueda agarrarla yo misma, ya está subiendo mi maleta a la parte trasera de su todoterreno otra vez. Su todoterreno negro y reluciente, que parece más propio de las calles de Los Ángeles que de los caminos rurales de Wyoming o Utah.

—Qué coche tan elegante.

Se encoge un poco, avergonzado, mientras se sube al asiento del conductor.

—¿Sí? Yo buscaba algo con clase, pero rústico.

Me río.

—Entonces fracasaste estrepitosamente. —Paso las manos por el cuero suave del asiento del copiloto, y luego por el acabado pulido y brillante de los detalles en madera—. Dudo que alguien haya puesto jamás «Range Rover» y «rústico» en la misma frase.

—Ahí fue donde me equivoqué. —Suspira—. Bueno, quizá la próxima vez que intente mimetizarme con la población local puedas ser mi asesora.

No puedo evitar sonreír. No es Eddy, pero tampoco es Quasimodo.

—Te agradezco que vinieras a rescatarme. Otra vez.

—De nada —dice.

—Pero si crees que vas a aparecer así una y otra vez y, de algún modo, meterte como un gusano en…

—De verdad espero que nadie ponga jamás «gusano» y «David Park» en la misma frase —dice.

—¿No lo harían? —Levanto las cejas—. ¿O desearías que no lo hicieran?

—Ay —dice—. Sin duda dominas a la perfección ese famoso encanto neoyorquino.

—En realidad, para ser neoyorquina, soy bastante amable.

—Tristemente, es verdad. —No se ríe, pero tiene las comisuras de los ojos arrugadas.

—No hay mucha gente por aquí que entienda lo amable que soy en comparación con la gente con la que me rodeé durante los últimos veinte años.

—Deberían calificarte con una escala proporcional —dice—. Me encargaré de avisarle a la gente que conozca: «Amanda no es tan mala… para ser neoyorquina».

Frunzo el ceño.

—Ah, vamos. Puedes sonreír. De hecho, fue bueno verte sonreír de nuevo. Los problemas en el paraíso deben de haber quedado atrás.

—No hubo problemas en…

—Claro —dice David—. No volaste hasta allá de un día para otro porque algo anduviera mal. No sé en qué estaba pensando. —Se encoge de hombros—. Como sea, me alegra verte sonreír. De verdad.

Antes de que pueda mandarlo a pasear, suena mi teléfono. Es Eddy. Debí escribirle para avisarle que había llegado.

—Ni una palabra mientras estoy al teléfono. —Fulmino a David con mi mirada más seria. Esa a la que hasta Maren le hace caso…

Finge cerrarse los labios con un cierre y lanza la llave por encima del hombro.

—¿Hola?

—Hola —dice Eddy—. Donna me escribió y dijo que no podía recogerte. Quería saber si se me ocurría algo, y luego no supe nada de ti…

—Todo bien. —Voy a estrangular a Donna—. Conseguí quien me llevara y voy en camino. El vuelo fue tranquilo.

—Ah, qué bien —dice Eddy—. Estaba preocupado.

¿Qué voy a decirle cuando pregunte quién me trajo?

El corazón me empieza a latir más rápido.

Seguro que recuerda el nombre de David, aunque no le haya contado que la persona que está construyendo ese estúpido complejo turístico cerca del Flaming Gorge es el mismo tipo de aquella cita.

No es que yo haya tenido muchas citas desde que Eddy y yo empezamos a salir, así que es un nombre que podría recordar.

¿Le va a dar un ataque?

—Mientras estés bien… me tengo que ir —dice—. Me esperan en la sala de grabaciones.

—Claro —digo, sobre todo aliviada—. Por supuesto.

—¿Mencioné que fue maravilloso verte? —Baja la voz—. Porque lo fue. Por favor, sorpréndeme otra vez pronto.

Cuando cuelga, tengo una sonrisa de oreja a oreja.

—Sip, los problemas en el paraíso oficialmente quedaron atrás —dice David.

—No es ningún paraíso —digo—. Solo somos una pareja normal…

—Tú eres una influencer con una cara que corta el aliento, y él una estrella de rock viviendo un extraño renacer tardío. Cuando busqué su nombre, todas las chicas decían que estaba «para comérselo». —Suspira—. ¿Me estoy perdiendo algo? ¿En qué sentido son una pareja normal?

—Está bien. —Me encojo de hombros—. Somos el paraíso.

—¿Entonces por qué no le dijiste quién te fue a buscar? —Odio lo engreído que suena el estúpido de David Park—. Creo que nadie me ha dicho que me calle durante una llamada desde que era niño.

—Él no tenía tiempo —miento—. Se lo habría dicho si no hubiera estado apurado.

—¿Le habrías dicho: «Oye, Eddy, el que me recogió en el aeropuerto es el tipo con el que salí en una cita el mes pasado»?

Farfullo.

—No, pero le habría dicho tu nombre. Le habría contado que eres el nuevo jefe de Donna y que, cuando Donna no pudo, tú viniste en su lugar.

—Porque me gustas. —La voz de David es grave—. La reemplacé porque tengo la esperanza de que el perfecto Eddy meta la pata, y entonces yo tenga una oportunidad.

Las manos me tiemblan un poco.

—Por favor, no.

—Ya, ya, estoy bromeando.

No vuelve a tocar el tema en el resto del trayecto, por suerte. Y cuando me deja en casa de Amanda Saddler, veo que mi coche está ahí, aparcado y esperando.

—Oye. —Señalo—. Mi coche…

—Me diste la llave —dice—. Te dije que haría que uno de mis muchachos lo llenara y lo trajera a casa.

—En realidad, dijiste que podías dejarlo en el aeropuerto. —¿Por qué no lo hizo? Estaba tan alterada que olvidé escribirle para pedirle exactamente eso.

—Hasta la gente inteligente dice tonterías de vez en cuando. Después de pensarlo, me di cuenta de que solo volvería a verte si tu coche no te estaba esperando allá.

Me giro hacia él despacio.

—Por favor, dime que no obligaste a Donna a…

Niega con la cabeza, sonriendo.

—No. De hecho tengo más de un empleado aquí, aunque no lo creas.

—Gracias —digo, después de darme cuenta de que me porté como una verdadera mocosa. Es un hombre ocupado, acabo de abusar de él a lo grande y me sacó de un apuro tremendo—. Lo digo en serio.

Deja caer las llaves en mi palma abierta.

—No tuve que hacer nada —dice—. Solo hice lo que dije que haría y…

—Aun así. Te lo agradezco.

Apenas he empezado a subir los escalones del porche, arrastrando la maleta mientras David se aleja despacio, cuando escucho que la puerta mosquitera se abre de par en par. Espero ver las caras de mis hijas. Pero es el rostro arrugado de Amanda Saddler el que se asoma.

—Volviste.

—Volví —digo—. ¿Mis hijas…?

—Siguen en casa de Abby —dice.

—Ah —digo—. Mejor voy…

—¿Estamos bien? —Mandy entrecierra los ojos, y no me parece que sea porque la luz ya escasea a las cuatro de la tarde.

—¿A qué te refieres? —pregunto, como una idiota.

Arquea una ceja.

—Sabes a qué me refiero.

—Estamos bien. —Finjo a propósito que está preguntando por el negocio—. De hecho, encontré gente que nos ayudará a avanzar hasta que consigamos contratistas más confiables que reemplacen a los que ese cretino del señor Park sigue robándonos.

—No me refería a… —Mandy se endereza—. ¿Encontraste a alguien? ¿A quién?

—Kevin y Jeff dijeron que pueden…

La mano de Mandy se aprieta contra la puerta mosquitera hasta que los nudillos se le ponen blancos. Actúa como si no fuera a dejarme entrar de nuevo a su casa.

—¿Jeff y Kevin? Pero Abby los necesita.

Abby.

Primero Mandy le compra a Abby un rancho que vale millones, sin ningún motivo. Luego nuestro negocio tambalea, y a ella le preocupa Abby otra vez. ¿Por qué siempre es Abby? ¿Por qué nunca se preocupa por mí?

—Abby no es su dueña —digo—. Kevin dijo que en invierno el rancho está tranquilo, y que a él y a Jeff les encantaría un trabajo extra. Creo que pueden ayudarnos…

—Siempre y cuando no deje a Ethan y a Abby en un aprieto —dice Mandy.

—Nosotras estamos en un buen aprieto ahora mismo —digo.

Mandy agita la mano en el aire.

—Nuestras propiedades no se van a ir a ninguna parte. Si nos toma un poco más de tiempo…

—¿Crees que Donna piensa igual, esperando para mudarse a su casa? ¿Y no está Abby esperando una oficina también? O sea, uno pensaría que ella querría que Kevin y Jeff hicieran trabajo extra, para poder tener una oficina de verdad e intentar abrir su negocio aquí.

Mandy cruza los brazos.