14 Amanda #2
—Es la playa más cercana al estudio. —Se encoge de hombros—. Yo también venía aquí los primeros días, cada vez que teníamos un descanso. —Se deja caer en el banco a mi lado y me rodea los hombros con un brazo—. Podría acostumbrarme a este clima, eso seguro.
Me quedo helada a su lado.
—Sin dudarlo. —Señala con la mano libre—. Un apartamento de un dormitorio en ese edificio mide treinta y nueve metros cuadrados. Y cuesta casi dos millones de dólares. —Sonríe burlón—. Hay mucha gente que ya se acostumbró.
—Ahora eres una gran estrella de rock —digo con toda la naturalidad que puedo—. Pronto eso va a ser un grano de arena en el desierto.
Se ríe entre dientes.
—Ay, Amanda. ¿Por eso viniste?
Apenas puedo respirar. ¿Se dio cuenta de que vine porque sospechaba que se había conseguido una novia aquí?
—¿De verdad te preocupaba que me comprara un apartamento?
Parpadeo.
—Porque no soy tan tonto. No me gastaría todo el anticipo en la cuota inicial de un apartamento en California. A menos que mi novia me lo pidiera, claro.
—Cosa que ella definitivamente no va a hacer.
—¿No te encanta la tierra de la tecnología… y de todo lo demás?
—No particularmente —digo—. Pero sí me encanta verte. —Me acomodo para recostarme contra su costado.
—¿De verdad viniste por eso? ¿Solo me extrañabas?
—Por supuesto. —Miento con tanta facilidad, con tanta ligereza, que casi me engaño yo también—. ¿Cómo es que saliste temprano?
—Dejé todas mis canciones tan perfectas que me dejaron salir media hora antes de que se cumpliera el tiempo.
—¿Así que aquí también sobresales?
—Tenía un incentivo bastante importante —dice.
Pasamos el resto del día caminando por la orilla, comiendo helado sentados en los bancos y tomando fotos con gaviotas que se lanzan en picada y olas rompiendo de fondo.
—Es muy agradable que no estés corriendo a editar y publicar estas fotos —dice Eddy—. Ni preocupándote porque se destaquen ciertos productos.
—Ya… —digo, distraída—. O porque no se te vea la cara.
—Desde luego, yo no extraño eso. —Frunce el ceño—. ¿Pero tú sí?
Me encojo de hombros.
—Sigo publicando cosas, hasta para patrocinadores. Solo que no siento que tenga que seguir haciéndolo. —Me gusta cómo nuestras manos se balancean entre los dos mientras caminamos.
—¿Cómo te va con Am… Mandy?
—Yo tampoco logro acostumbrarme. —Suspiro—. Va bien, pero parece que no puedo superarlo.
—¿Que le diera el rancho a Abby?
—Soy una persona horrible —digo—. Lo sé. Es solo que nunca fui la favorita de nadie, en toda mi vida.
—Eres mi favorita. —Eddy me acerca más y me mira a los ojos—. Lo digo en serio.
—¿Estás seguro? —pregunto—. Aquí estás rodeado de mujeres mucho más guapas y mucho más jóvenes.
Deja de caminar y ladea la cabeza.
—¿Por eso viniste? ¿Estás preocupada?
A pesar de mis mejores esfuerzos, la voz se me quiebra un poquito.
—No. Solo quería verte la cara.
—Amanda.
—En serio —digo—. Estamos bien… yo estoy bien.
Me aprieta la mano y echa a andar de nuevo.
Crisis evitada.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —pregunta.
—Tengo que volver mañana —digo—. La verdad es que no debí venir, pero…
—Me alegra que lo hicieras. —Señala—. Deberíamos entrar al menos a una tienda, porque necesito comprarte un vestido.
—¿Un vestido? —Arqueo una ceja—. ¿Para qué?
—Esta noche hay una fiesta —dice—. Van a lanzar nuestro primer vídeo musical.
—Ah —digo—. Está bien.
Dejo que me compre un vestido que cuesta demasiado, y me gusta cómo me hace sentir. Es la única razón por la que no me hago un ovillo cuando llega la hora de salir hacia la fiesta de lanzamiento.
—Me encanta tenerte aquí para estas cosas —dice Eddy.
—¿Estas cosas?
—Me han obligado a ir a eventos al menos la mitad de las noches que llevo aquí, e ir solo es un fastidio total.
Apuesto a que muchas mujeres habrían estado encantadas de ayudarle. No puedo evitar repasar con la mirada a la gente glamurosa en busca de la mujer de la foto que me mandó Helen, pero todavía no la veo. Como si pudiera olvidarme de esa silueta, o de ese pelo negro brillante.
Eddy me presenta a todo el mundo sin una pizca de miedo ni de ansiedad.
O está totalmente seguro de que nadie va a delatarlo, o no tiene ningún secreto que ocultar; ojalá supiera cuál de las dos.
Me presenta a la pelirroja hermosa que vi antes, que resulta ser su mánager, y a una rubia de piernas largas cuyo nombre olvidé y que se encarga de las relaciones públicas.
Me han presentado a una docena de cantantes y músicos, y al menos a otros tantos técnicos y gente de la industria.
Sigue sin aparecer Miss Pechugona de Pelo Azabache.
¿Habrá montado Helen todo con Photoshop?
No sé si agradecerle, porque me regaló este tiempo con Eddy, o maldecirla por asustarme.
Imagino que Abby no me va a perdonar fácilmente por salir corriendo mientras estaba al cuidado de nuestros hijos.
Pero, al más puro estilo Abby, mientras nadie haya terminado herido o lisiado, lo va a dejar pasar tarde o temprano con la magnanimidad que la caracteriza, aunque sea algo que ella no habría hecho ni en un millón de años.
Eddy me aprieta el brazo.
—Mira. —Señala.
Sigo la dirección que indica, y mi mirada se desplaza y se congela a mitad de camino, al aterrizar en la mujer con la que estaba tan acaramelado en la foto.
Su pelo es igual de espectacular en persona.
Sus ojos, que ni siquiera se veían en la foto, son más grandes de lo que deberían ser los ojos de nadie.
Parece un personaje de anime, con un busto que desafía la gravedad, ojos desmesurados y una boquita diminuta de labios carnosos.
La odio.
—¿Ves? —El confiado, guapísimo y talentoso Eddy suena nervioso por primera vez desde que llegué.
¿Él también la está viendo?
Por fin miro hacia donde apunta, y me doy cuenta de que no señala a una persona ni un lugar. Está señalando hacia una pantalla enorme en el centro del local. Señala porque está empezando el vídeo.
Sabía que Eddy sería el centro de todo el asunto, pero por alguna razón pensé que al menos aparecerían los otros miembros de la banda.
Parecen una banda fantasma, visibles solo en los bordes y en el fondo.
Eddy camina hacia la cámara con botas oscuras, jeans y una camisa azul profundo: exactamente lo que llevaba en la fotografía.
Y luego está peleando con alguien, lanzando puñetazos y recibiéndolos también. Vaya, de verdad lograron hacer ver rudo a alguien que tiene esa cara hermosa. ¿Eso es un tatuaje en su antebrazo?
Miro de reojo.
—No es de verdad. —Sonríe burlón y levanta el brazo para mostrarme que está limpio—. Al que lo diseñó ya lo conociste, ¿Kyle? Por lo visto le encanta el look de chico malo.
Y lo hizo perfecto, la verdad. Con la cara preciosa de Eddy, un toque de chico malo equilibra todo a la perfección.
—No me preocupaba.
Qué mentirosa soy.
Y entonces, en el estribillo, la veo. La mujer del pelo de ébano. Eddy le pasa un brazo por el costado, y sostiene una bebida. Una bebida espumosa de tono dorado.
—Eso tampoco es real —dice Eddy—. Créeme: me apoyan muchísimo con lo de Alcohólicos Anónimos.
Voy a dispararle a Helen. Justo entre los ojos.
—Por favor —digo—. Soy la última persona a la que tienes que explicarle cómo se ven las cosas en las redes o en un vídeo, y lo distintas que pueden ser de la vida real.
Si yo fuera Pinocho, la nariz me mediría un metro. Pero al menos Eddy no sabe lo loca que estoy.
Bien entrada la noche, cuando Eddy ya está dormido, le escribo a Donna. [¿Puedes recogerme mañana?]
[¿A qué hora?] Bendita sea por seguir despierta.
Le digo la hora y, por suerte, dice que puede ir por mí. Lo que significa que pude ver a Eddy, que todo está bien y que voy de regreso a casa sin que nadie se haya enterado de mi pequeño ataque de pánico.
Excepto Donna, y Helen, y Abby, y todos los demás a quienes se lo hayan contado. Lo juro: si Helen no se ha ido cuando yo vuelva, va a desear haberlo hecho.