12 Donna #2
—Él se siente con derecho —digo—. Siempre le prometieron todo, porque se quedó en casa y trabajó el rancho.
—¿De verdad te quedarías con el rancho?
Niego con la cabeza.
—La póliza del seguro de vida es casi tan grande como el valor del rancho.
Él puede quedarse con el rancho, las vacas, las maquinarias, las casas, todo.
Hasta estaría contenta dándole una parte del dinero del seguro.
De hecho, él ofreció darme una parte. —Cien mil dólares, en todo caso.
Pero quizá debería aceptárselo. Al menos se acabarían las peleas, y es más de lo que esperaba.
—¿Habéis probado con una mediación?
Niego con la cabeza.
—Todavía no, al menos. Pero tengo una abogada estupenda, eso sí.
—¿Y qué es lo que necesitas hacer hoy?
—El médico de mi padre tiene un día de consulta en Manila —digo—. Me encantaría ir a hablar con él; tenemos una declaración testimonial programada en dos semanas, y a Abby le gusta sondear antes, pero está fuera de la ciudad. Me pidió que hablara yo con él, si podía.
—Ah, claro. Ve.
—Gracias —digo.
—Si hay algo más que pueda hacer, lo que sea, por favor dímelo. —Parece que lo dice en serio.
Como va la cosa, el médico está cerrando la puerta con llave cuando llego. Miro mi reloj y veo que falta más de una hora para el cierre.
—Hola —digo—. ¿Es usted el Dr. Vasut?
Lleva botas vaqueras y carga un maletín. Parece una mezcla extraña de peón de campo y oficinista… con bata blanca.
—¿Y tú quién eres? —Me mira con desconfianza.
No me esperaba la hostilidad.
—No tengo cita, y lo lamento. Pero tampoco necesito ningún consejo médico. En realidad, usted atendió a mi padre.
Se le cierra el gesto y pasa junto a mí, despachándome.
—No tengo tiempo. —Agita la mano en el aire—. Si de verdad estás molesta, búscate un abogado.
—Ya tengo abogada —digo—. Esa es la cuestión. Ella me pidió que hablara con usted.
Ahora sí que apura su paso. Ya casi llega a su furgoneta.
—Espere —digo—. En unas semanas se realizará una declaración testimonial, y se supone que debo averiguar qué recuerda usted.
—¿Una declaración testimonial? —Se detiene. Se gira hacia mí lentamente—. ¿De qué se trata esto?
—Voy a presentar una demanda contra mi hermano —digo—. Mi padre cambió su testamento, y mi hermano se niega a reconocerlo.
—¿Entonces no me vas a demandar a mí?
¿Por qué rayos iba a demandar…? Entonces caigo en la cuenta. Le preocupa que yo esté molesta por cómo trataron a mi padre.
—Para nada. Mi padre falleció, sí, pero no fue culpa de nadie. Quedamos perfectamente conformes con los cuidados que recibió.
Sus hombros se relajan y sonríe.
—Bueno, ¿entonces por qué no me invitas a un trago? Tiene que haber un bar por aquí, ¿no?
—No es que haya muchos bares por la zona…
—Pues habrá alguna tienda por aquí, ¿no? —Sacude la cabeza—. Me compras algo y nos sentamos bajo un árbol a conversar.
¿En pleno invierno? ¿Perdió el juicio?
—Claro —digo—. Supongo. —Menos mal que traje manoplas.
Cuando nos sentamos con nuestras cervezas, con otras cuatro al lado, el Dr. Vasut abre la suya y se baja la mitad de un trago.
—Ah —suspira—. Ahora sí estoy listo para hablar. —Mira con intención mi cerveza, que ni siquiera he abierto. Pronto tengo que recoger a Aiden, la madre de Will lo suele cuidar hasta que encuentre algo mejor, no puedo ponerme a empinar cervezas.
—Tengo un hijo al que debo recoger de la escuela pronto —digo.
Me arrebata la lata de la mano.
—Qué lástima. Más para mí, pues.
No sé muy bien qué hacer con este hombre. Espero de verdad que su afición a la bebida no figure en la declaración testimonial.
—Bien. Intentaré ser rápida. —Trato de ordenar mis pensamientos dispersos—. Mi padre era un hombre corpulento con una mata de pelo cano, y sufría demencia y…
—Espera, ¿tu padre es el viejo Vern Ellingson? —Se da una palmada en la rodilla.
Asiento, muda.
—¿Tú eres la hija que se fue a Stanford?
Apenas puedo creer lo que oigo.
—Sí, soy yo.
—Si te soy sincero, pensé que quizá mentía con eso. O que estaba confundido.
—Por eso estoy aquí. Verá, él firmó un testamento. —Le explico la situación y le menciono la fecha—. Intento averiguar si pudo haber estado en su sano juicio cuando lo hizo. Mi hermano sostiene que no lo estaba.
—Tu padre tenía demencia en fase avanzada, jovencita. ¿Sabes lo que eso significa?
Demasiado bien, de hecho.
—Lo cuidé durante los últimos cinco meses y medio de su vida.
Suspira.
—Entonces sí lo sabes. —De pronto se pone sorprendentemente serio—.
Pero tenía episodios bastante frecuentes de algo que llamamos lucidez paradójica.
De hecho, presenté su caso para un estudio que están realizando en Johns Hopkins.
Yo diría que, al menos una vez por semana, su esposa contaba que él tenía un período de lucidez que solía durar varias horas.
Sabía quién era, preguntaba por la actualidad y se preocupaba por sus hijos, su rancho y su futuro.
Mamá nunca me contó nada de eso, pero yo misma vi algo, como el día que fuimos a urgencias.
—De acuerdo.
—Tu madre me preguntó si él era capaz de tomar decisiones en esos lapsos —dice—.
Le dije que sí. Si ella lo ponía al día de lo que había pasado y de cómo estaba la gente, entonces sí, era perfectamente capaz de expresarle lo que quería que se hiciera para él.
De hecho en su momento le sugerí que hablara con él de los posibles arreglos del funeral.
Debería estar encantada en este momento pero, en cambio, me descubro completamente exhausta; deprimida, incluso.
—Gracias —digo, poniéndome de pie sin pensarlo—. Eso era lo que necesitaba saber.
—Lo diré así en la declaración —dice—. No dejes que ese hermano tuyo te intimide, ¿me oyes?
Me vuelvo hacia él.
—¿Qué quiere decir?
—Vern me dijo que él no fue muy buen padre, y que su hijo era igual a él. Cuando estaba en mi consultorio y sabía lo que pasaba, se arrepentía de cómo te trató. Sé que él querría que pelearas por lo que te corresponde.
Asiento en agradecimiento y me marcho lo más rápido que puedo, pero estoy segura de que el Dr. Vasut alcanza a verme llorando desconsoladamente.