11 Amanda #3
—¿Se te averió el coche? —Echa un vistazo al capó, quizá buscando señales del problema.
—Por favor, solo vete —digo.
—El sol se pone pronto —dice—. Voy de regreso a Dutch John, pero puedo llevarte…
—Me quedé sin gasolina —digo—. No es para tanto. Voy a caminar por la carretera hasta Fort Bridger y compraré un poco, ¿sí?
—¿Por la carretera? —Frunce el ceño—. Son al menos dieciséis kilómetros. ¿Qué tal si te llevo a comprarla?
Levanto las manos al aire y por fin lo miro de frente.
—Eso no me sirve de nada. No hay manera de que alcance mi vuelo para cuando bajemos, la compremos y yo vuelva conduciendo.
—¿Vuelo?
Dios me odia. Es la única explicación que se me ocurre en este momento.
Mi novio está haciendo quién sabe qué con quién sabe quién.
La insufrible hermana mayor de mi cuñada perfecta es quien me lo contó, así que quién sabe cuánta gente más lo sabe ya.
Acabo de abandonar a los seis niños que tenía a mi cargo para ocuparme de mi vida amorosa —mi patética vida amorosa— y ni siquiera me di cuenta de que me estaba quedando sin gasolina.
¿Y ahora, la ofensa final? El tipo que me ha estado persiguiendo, el mismísimo hombre que más me está amargando la vida hoy por hoy, está en primera fila para presenciar mi humillación.
—Por favor, vete a tu casa.
—Estaré encantado de llevarte al aeropuerto —dice—. Tampoco es que tenga otra cosa que hacer esta noche.
Está bromeando, seguro.
Pero estoy lo bastante desesperada como para no poder rechazarlo, si no lo está.
—¿Y qué hago con mi coche?
—Puedo hacer que uno de mis muchachos traiga gasolina mañana y te lo deje en tu casa o en el aeropuerto, lo que prefieras —dice—. De verdad no me molesta.
Es como un ángel sin alas.
—¿Dónde está la trampa? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—No hay trampa.
Abro la puerta y lo pico con el dedo índice.
—Nada de sonsacarme información sobre mis proyectos de trabajo, y nada de hablar de los tuyos.
—Hecho —dice David.
Antes de que pueda estirarme a buscarla, él ya agarró mi maleta. La lanza dentro de su Range Rover y me hace un gesto para que suba.
—Al aeropuerto de Salt Lake, supongo.
Asiento.
Cumple su palabra durante las dos horas enteras que pasamos en el coche.
Se ciñe a temas neutrales como la música, la comida y los destinos de vacaciones que nos gustan y los que no.
Logra hacerme reír cuando me cuenta de la tortuga que le mordió el dedo del pie, y otra vez cuando describe al águila que le hizo caca en la cabeza y al mono que lo mordió.
—No pareces estar en armonía con la naturaleza —digo—. Quizá deberías limitarte a lugares más habitados cuando viajes.
Se encoge de hombros.
—Quizá algún día tenga con quién viajar y no tendré que esforzarme tanto por encontrar una conexión significativa con animales que por lo visto desprecian mi intromisión.
—Ay, por favor —digo—. Seguro que hay cientos, o más bien miles, de mujeres que estarían encantadas de viajar contigo.
David suspira.
—Pero no la que yo quiero.
—Oye, prometiste…
—No hablar de trabajo, y no presionarte por detalles del tuyo —dice—. Y he cumplido esas promesas.
Supongo que es verdad.
—Pero nunca prometí no coquetear, y desde luego no prometí no entrometerme.
—Fuiste admirablemente educado hasta ahora.
—Estamos cerca del aeropuerto —dice—. Estaba nervioso, pero ya se me acaba el tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para averiguar cuál es la emergencia. —Está sonriendo—.
O sea, si tus padres están enfermos o algo así, entonces lo siento muchísimo.
—Se pone serio de inmediato—. Pero si es por él, pues ya sabes.
Solo no quiero que olvides que hay un tipo estupendo por aquí, un tipo dispuesto a dejarlo todo para ayudarte cuando te quedas sin gasolina.
Sí que fue una suerte que justo pasara por ahí cuando me quedé sin gasolina.
Un momento. ¿Suerte? ¿O algo escalofriante?
—¿Cómo supiste que era yo?
Su cabeza gira de golpe hacia mí.
—¿Que cómo supe?
Recuerdo la sorpresa en su cara al verme, y cómo balbuceó. Sí parecía genuinamente impactado. Y sí parece la clase de persona que le echaría una mano a casi cualquiera que estuviera varado.
—Perdona, soy neoyorquina. La paranoia es parte de nuestra naturaleza.
—Así que sí es por él —dice.
—¿Qué? —pregunto—. ¿Qué te hace pensar eso?
—Estás desviando el tema. —Niega con la cabeza—.
Pero, si quieres comprobarlo, puedes llamar al Lumber Supply de Fort Bridger.
Son los únicos de la zona que ahora mismo tienen algo que no sea pino, y de ninguna manera voy a hacer el retiro entero con suelos de pino.
Brian Bettin, el de Compras, estará feliz de contarte cuánto regateé con él, aunque dudo que te ofrezca el mismo precio que aceptó darme a mí.
—Ah. —Así que fue pura coincidencia—. Bueno, no te voy a contar por qué estoy en apuros y, si eso te molesta, pues te aguantas.
—Mira, siendo neoyorquina, seguramente te estás preguntando qué pretendo. —Me lanza una mirada de reojo—. Apuesto a que te preguntas por qué me gustas.
—No —digo—. No me lo pregunto.
—¿No? —Suena total y completamente incrédulo.
—No —digo—. Conozco a los tipos como tú.
Solo quieres el juguete del otro niño. Las cosas solo valen cuando hay demanda.
Es bastante común entre los hombres de negocios.
Si yo hubiera estado disponible cuando salimos en esa cita, habrías perdido el interés de inmediato.
Pero no lo estaba, y por eso te desesperaste por conquistarme.
—Lo clavo con la mirada—. No se trata de mí, y por eso no vas a llegar a ninguna parte.
Se queda callado un momento, siguiendo las señales hacia el aeropuerto. Parece que, milagro de milagros, sí voy a alcanzar mi vuelo.
—Te equivocas —dice—. Entiendo por qué lo piensas, pero no es verdad.
Soy un hombre de negocios, y lo he sido durante bastante tiempo.
También tengo padres que llevan años presionándome para que conozca a alguien y me case.
Soy coreano, al fin y al cabo. Pero si lo único que quisiera fuera una buena persecución, podría encontrarla en otra parte, créeme.
Esto promete.
—¿Entonces de qué se trata?
—Eres una de las mujeres más hermosas que he conocido, pero parece que no lo sabes, aunque tu trabajo consista, literalmente, en publicar fotos.
Estás ausente en tantas fotos de tu cuenta como en las que apareces.
Eso es raro en una influencer. Le aportas belleza a lo que te rodea, desde tus publicaciones hasta las casas que remodelas.
Cuidas a tus hijas, pero no cambias quién eres para cuidarlas, ni las presionas para que encajen en lo que quieres que la gente vea.
Eres increíble de maneras que ni siquiera conoces, y me resultas refrescante.
No deberían importar —sus palabras—, pero por alguna razón importan. Son como un balde de agua sobre una planta moribunda. Son crema en unas manos secas y agrietadas. Son un bálsamo para mi alma.
—Tengo novio —digo, pero mi voz suena demasiado pequeña y mucho más insegura de lo que pretendo.
—Lo sé. —Detiene el coche frente a la zona de dejada de pasajeros del aeropuerto—.
Pero si eso se viene abajo, me gustaría que supieras que yo no estoy aquí por la persecución.
Estoy aquí por la captura. —Se gira hacia mí despacio, y sus ojos oscuros encuentran los míos y sostienen mi mirada—. Y creo que tú vales la espera.
Cuando bajo del coche, siento las rodillas débiles. Estúpidas rodillas.
—¿Y Amanda? —David ha bajado del coche y me está entregando la maleta—. Sé que prometí no hablar de trabajo en el camino, pero ya llegamos. —Mira a la derecha y luego a la izquierda—. Ya no estamos «camino al aeropuerto», ¿cierto?
Frunzo el ceño.
—Tu amiga Donna ahora trabaja para mí, y tuvimos una idea.
Puedo ofrecerte usar a los muchachos que tengo contratados cada vez que el calendario les deje días libres, a mitad de precio.
Fue idea de ella, y no será tan bueno como tener prioridad absoluta, pero debería ayudarte a avanzar.
También pensé que debías saber que Donna trabaja conmigo, ya que parecías tan en contra.
—No puedo creer…
Levanta las manos.
—Antes de que me decapites, debes saber que ella me llamó a mí. Hubo una especie de problema con su hermano, según entiendo, y se quedó sin trabajo. No la acosé para que viniera a trabajar conmigo, y los dos queremos lo mejor para ti. No intento hundir tu negocio. Todo lo contrario.
No, claro: él solo anda ocupado rescatando a otra persona que se quedó sin gasolina en su vida… y juntos intentan pensar maneras de salvarme a mí. Empiezo a creer que David Park podría ser un ángel de la guarda, o algo por el estilo.
—Está bien.
—¿Entonces no estás enfadada?
Por eso no, al menos.
—Gracias por traerme —digo.
Y lo digo en serio.