10 Abigail #2
—¿Sí? —Robert suena desinflado—. ¿Podríais volver?
Agarro mi bolso de la encimera y gesticulo como loca hacia la puerta. «Vámonos, ya», le digo a Helen moviendo solo los labios.
—Uy, qué pena —digo—. Ojalá pudiéramos, pero tenemos que… eh… Helen consiguió una cita para…
—¡Abby se va a probar vestidos de novia! —grita Helen—. No queda mucho de aquí a la boda, así que esperamos encontrar algo que no necesite muchos arreglos.
Quizá no lo oyó. Quizá Helen me parece mucho más escandalosa porque, concretamente, me está gritando al oído.
—Vestidos de… —Un sonido ahogado llega por la línea—. ¿Dijo algo de vestidos de novia?
—Tenía pensado llamarte para contártelo —digo de forma poco convincente—. Steve me propuso matrimonio.
Robert cuelga.
—Vámonos. —Casi le arranco el brazo a Helen arrastrándola al coche.
—¿Por qué le dijiste que ya nos habíamos ido? —La expresión en el rostro de Helen es tan arrogante que me dan ganas de darle una patada.
En todo el mundo, nadie me despierta más violencia que mi hermana. Me pregunto si será un sentimiento común.
—Ya te lo dije —murmuro—. Le gusto, y es incómodo. —Corro al coche y tironeo de la manija como una niña de preescolar hasta que ella le quita el seguro.
—Vaya, estás hecha un desastre.
Espero que se lance a una diatriba sobre lo que significa mi reacción.
Espero que me regañe, me sermonee o me discuta, pero se queda milagrosamente callada.
Llevamos casi diez minutos en la carretera cuando mi pulso por fin se calma lo suficiente para darme cuenta de que no tengo idea de adónde vamos en realidad.
Y mi irritación vuelve a resurgir.
—¿Por qué tuviste que gritar que íbamos a ver vestidos de novia? Sabías que…
—Porque es verdad —dice.
Eso me agarra desprevenida.
—¿Eh?
—Hice una cita hace unos días.
—¿En una boutique de novias? —Me cuesta creerlo—. ¿Tú, la persona que más se opone a esta boda en todo el mundo, quitando quizá a Robert, que me acaba de colgar, hiciste una cita para que yo vea vestidos de novia?
Se encoge de hombros, con las manos firmes en el volante.
—Si mi hermana, terca como una mula, insiste en cometer un gran error, me gustaría que al menos se viera hermosa mientras lo hace.
Eso me hace sonreír. Aunque sea exasperante, en el fondo me está apoyando.
—Gracias.
Mira fija al frente, pero se nota que está complacida.
—¿Cómo sabías que hoy nos daría tiempo de ir? —pregunto—. Tengo una casa enorme.
—Hice cinco citas para las próximas veinticuatro horas —dice.
—Guau —digo—. ¿No te preocupaba enfadar a las boutiques?
—Las hice en cinco lugares distintos —dice—. Y aunque fastidiemos a todas las tiendas de Houston, siempre queda Nueva York.
Qué agradable debe de ser que el dinero no sea problema.
—No puedo volar a Nueva York…
—Yo te llevaría, obviamente —dice, con la voz suave—. Puede que la mudanza la organizara para librarme de un trabajo manual que arruina la espalda de cualquiera, pero esto sí es simplemente algo bonito que quiero hacer por ti.
—Gracias —digo. Y lo digo de verdad.
La dueña de la tienda es una señora mayor con un acento muy marcado, pero es pura sonrisa, y no de las falsas: de esas sonrisas anchas que arrugan los ojos y que significan que genuinamente ama su trabajo. Debe de ser divertido encontrar el vestido perfecto para celebrar el día perfecto.
El primer vestido que me trae es vintage: canesú marfil, falda color crema y un encaje grueso, tejido a mano, en las mangas largas y los ribetes. Parece un vestido que se habría llevado en el siglo diecinueve.
—Oh, no. —Helen agita la mano—. Entiendo la idea, pero nadie que esté tan cerca de los cuarenta como tú quiere una temática vintage. —Niega con la cabeza—. Se acerca demasiado a tu realidad.
Me río.
La mujer se ríe con nosotras. El siguiente vestido que trae es blanco brillante y enormemente acampanado.
—Ese te lo vas a probar solo para que yo pueda reírme de ti —dice.
Lo detesto a primera vista, pero obedezco.
Es decir, ¿no es eso parte del sentido de todo esto?
¿Probarte los adefesios para que, cuando encuentres el vestido correcto, de verdad destaque?
A lo largo de la hora siguiente me pruebo un vestido entallado con ribetes de piel.
Me deslizo dentro de vestidos bordados y enjoyados que parecen hechos para la mismísima Reina Victoria.
Me embuto en un merengue tras otro. Y hasta espero con paciencia mientras la dueña me ata el vestido de novia más ceñido y picante que he visto en mi vida.
Pero después de tantos descartados que ya perdí mentalmente la cuenta, la mujer saca un vestido que viene en una funda protectora.
Por el cuidado con que la sostiene, me doy cuenta de que es carísimo.
Parece la joyera que trae un diamante sin montar, de esos que descansan en una gran caja negra guardada en la caja fuerte de la trastienda.
—Dudo que ese de verdad entre en mi presupuesto —digo—. A juzgar por esa funda.
—Ay, ya basta —dice Helen—. Tú pruébatelo.
La mujer sonriente empieza a extraer el vestido de la funda con todo cuidado, y alcanzo a ver por primera vez la parte de abajo.
La falda es amplia, pero no pomposa. Se nota que está compuesta por varias capas, pero la capa superior es de un encaje delicado con forma de flores; me recuerda a las flores de milenrama que invadían la pradera la primera vez que Steve me llevó de paseo a caballo.
Debajo hay capas y capas de tul y organza, que le dan amplitud sin que parezca un pastelito.
Pero el canesú es la parte más perfecta. Es sencillo, limpio y elegante. Es un canesú sin mangas de corte impecable, forrado al cuerpo con el mismo encaje de milenrama y, alrededor de la cintura, lleva una vuelta de flores color turquesa, viva pero de bordado fino.
Son justo el toque de color que necesita para decir: «Soy elegante y madura, pero sigo siendo divertida».
Prácticamente pide a gritos unas botas vaqueras turquesa y doradas para acompañarlo.
Me tiemblan las manos mientras intento ajustar los cordones de la espalda. ¿Se me verán la espalda y los brazos como si fuera una señora mayor? ¿Me quedará ridículo este vestido precioso? ¿Se reirá la gente de mí por intentar verme mucho más joven de lo que soy?
Unas manos firmes tensan los cordones a mi espalda.
—Ten cuidado —digo—. Todavía no me has dicho cuánto cuesta, pero apuesto a que barato no es.
—No importa. —La voz de Helen me sorprende. Suponía que la dueña seguía ayudándome mientras Helen descansaba—. Este es el vestido.
—Pero ¿mis brazos se ven…?
—Es el vestido. —Helen se hace a un lado y señala el espejo de cuerpo entero.
Incluso sin las botas, sin flores de milenrama entretejidas en el pelo, me doy cuenta. Tiene razón. Me veo más delgada de lo que soy. Me veo más joven de lo que soy. Me veo más campestre de lo que soy.
Y, de algún modo, este vestido hace que todo se vea perfecto, como si yo fuera la Abigail en la que estaba destinada a convertirme.
—Imagina cómo se verá con unas botas vaqueras turquesa y un ramo de castillejas y milenramas.
Helen suspira.
—Dime que no tienes ni una sola duda, y dejaré de fastidiarte y seré la dama de honor principal perfecta.
¿La dama de honor principal? Tiene suerte de que siquiera le haya pedido que fuera parte del cortejo.
—No tengo ninguna duda.
—¿De verdad?
Normalmente no le haría caso. Al fin y al cabo, no hay que alimentar a la bestia. Así es como terminas devorada. Pero algo en su tono me hace girarme para mirarla a los ojos. Y, por una vez, mi blindada hermana se ve casi… vulnerable. Se ve preocupada por mí.
Se ve sincera.
Así que, por primera vez desde que apareció, pienso en su pregunta. ¿Que si tengo alguna duda?
Casi me río. No he sido más que dudas desde que murió Nate. He dudado de mí misma. He dudado de nuestro futuro. He dudado de los niños. He dudado de Dios.
—Steve y yo somos tan distintos. Casi todos los días me pregunto si somos un error. Él vive y respira por los caballos, y literalmente pasa todo su tiempo libre con ellos. Viviría en un granero si pudiera.
—Así que sí lo has pensado —dice Helen—. Y sí ves que no es una combinación simple y sin complicaciones.
Me quedo mirando la imagen del espejo.
—Desde fuera, para todos en Birch Creek, sí, parecemos perfectos.
Los dos tenemos buena educación. Los dos tenemos dinero.
Tenemos casi la misma edad. Él parece no haber dudado nunca, pero yo no soy Steve.
Mi vida es complicada. Soy yo la que está renunciando a todo mientras él sigue su vida tan campante.
Tiene una hija a la que apenas conoce. No tengo idea de si a la larga será un buen padre para mis hijos.
Él quiere al menos un hijo más, y yo creo que no.
Él es de campo, y yo soy una chica de ciudad.
Él es un médico que arregla las cosas con las manos, y yo, una abogada que usa el cerebro.
Sí, tengo muchos días en que me despierto presa del pánico, pensando que quizá todo esto sea un error terrible.
Helen me toma de la mano.
—Mira, sé que ahora vas a redoblar la apuesta, pero no deberías. Estoy intentando ser sincera contigo, y…
Helen da un tirón.
Por fin me giro a mirarla y me doy cuenta de que tiene los ojos muy abiertos y la boca abierta. Mira deliberadamente hacia un lado y apunta con la barbilla hacia la puerta.
Donde está Steve, con los ojos más dolidos que le he visto nunca.
—Supongo que ahora ya sé por qué da mala suerte ver a la novia con el vestido antes del gran día. —Traga saliva, fuerza una sonrisa, da media vuelta y desaparece.