El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 10 Abigail
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ABIGAIL

Desde luego subestimé drásticamente cuánto dinero tiene Helen.

—Cuando dijiste «tu piloto», me imaginé que volaríamos en una avioneta fumigadora —admito.

Ya he contado al menos tres auxiliares de vuelo distintas, y este jet tiene asientos para al menos veinte personas.

Helen pone los ojos en blanco.

—Lo compré para estar más cómoda que en un vuelo comercial, no menos.

—¿Este avión es tuyo? —pregunto—. ¿Tuyo del todo? ¿Solo tuyo? ¿Cómo es posible?

—Te pregunté si necesitabas ayuda cuando murió Nate —dice Helen—. En más de una ocasión te pregunté si necesitabas dinero, estoy bastante segura.

—Pensé que te referías, no sé, a pagar la hipoteca de nuestra casa —digo—. O a ayudar con la matrícula de Ethan. No sabía que hablabas de donar un ala con el nombre de Nate en Harvard para que admitieran a Ethan.

Helen pone los ojos en blanco.

—La fan de Harvard eres tú. Yo fui a Stanford, la universidad de Dios.

Por supuesto que sí. Mamá y papá casi se mueren cuando elegí Harvard en lugar de Stanford.

—¿Mamá y papá lo saben?

—¿Si saben que fui a Stanford? —Levanta una ceja—. Eh, sí. Creo que sí.

—No, idiota. ¿Saben que eres asquerosamente rica, como un maharajá?

—Ah, eso. —Helen se encoge de hombros—. Lo dudo. ¿Tú cada cuánto hablas con ellos?

—No mucho —digo—. Y estoy bien así.

Se ríe entre dientes.

—Igual yo.

—¿Entonces ellos tampoco lo saben? —No debería importarme, pero por alguna razón la idea de saber algo que ellos no saben me hace feliz.

—Si les cuentas que tengo este avión —dice Helen—, mamá me va a llamar todo el tiempo para intentar volar a todas partes; lo compré para hacerme la vida más fácil, no para ayudarla a ella a recorrer el mundo con más comodidad.

—Ella ya puede permitirse volar adonde quiera —digo.

—Exacto.

El resto del vuelo, directo de Vernal a Houston, pasa rápido, en cuanto empezamos a quejarnos de mamá y papá. Siempre ha sido el terreno común más sólido entre nosotras. Cuando me doy cuenta, ya estamos aterrizando.

—Reservé un hotel que está…

—Ah, no necesitamos hotel. —Hago una pausa—. O quizá tú sí, si tienen colchones de diez mil dólares. Yo voy a pedir un Uber para ir a la casa. Puedo avanzar un montón metiendo cosas en cajas hasta que llegue la hora de dormir, y mi cama sigue armada.

—Ah, está bien. Como quieras. —Helen suspira pero, cuando bajamos del avión, hay otro deportivo negro esperándonos.

—¿Este también lo compraste? —Entrecierro los ojos—. ¿Es…? ¿Qué clase de coche es ese?

Helen niega con la cabeza.

—Es un Alfa Romeo, y no. No lo compré. Las empresas de alquiler de aquí tienen muchas más opciones, y le prometieron a Roger que en este nunca se había fumado.

Una vez al volante, mi hermana parece impresionada.

—Visto que solo tiene ciento cuarenta kilómetros, creo que la promesa que le hicieron a Roger era cierta.

—Si algún día me vuelvo tan estirada como tú, siéntete libre de abofetearme otra vez —digo—. Tú y yo sabemos que con la parte de las bofetadas no tienes problemas.

—Pues sí, Abby, acepto tu gratitud por organizarte este viaje, por traerte en avión a Houston para que dejes tu casa lista para la mudanza, y hasta por venir contigo a echarte una mano.

Pongo los ojos en blanco.

—Y, por supuesto, fue un placer conseguir un coche de alquiler adecuado.

Esta vez me río.

—Fue un viaje bastante genial, sí.

—Y como estamos en un aeropuerto regional, estamos a solo veinte minutos de tu casa.

—Me sorprende que sepas dónde está mi casa —digo—. No recuerdo que hayas venido nunca de visita.

—Roger lo sabe todo; tenía tu dirección guardada.

No es muy buena con los cumpleaños, porque caen desperdigados por todo el calendario, pero siempre ha sido bastante confiable enviando regalos navideños espléndidos. Debí suponer que tenía mi dirección por eso.

Como en el avión comimos un plato de pasta bastante bueno, con tomates cherry y aceitunas negras, además de una especie de ensalada de kale dulce y crujiente, ni siquiera necesitamos parar a comer de camino a mi casa.

Al llegar, noto por primera vez —ya que aquí no hay nadie que nos baje las cosas del coche— que su maleta es en realidad bastante pequeña. La mía es mucho más grande.

—Viajaste ligera de equipaje —le digo—. Espero que traigas ahí algo de ropa para clima templado. Enero en Texas no es muy frío.

La sonrisa de Helen es irónica.

—Tengo una aplicacioncita en el teléfono. —Me lo agita delante—. Es mágica, me dice qué clima hace en lugares donde no he estado últimamente…

—Ya, sí. —Meto la llave en la cerradura, lo que cuesta más de lo habitual gracias a la estúpida caja de seguridad negra que hubo que poner para las visitas de compraventa y que está rayando mi preciosa puerta de madera—.

Bueno, no vengas a lloriquearme si te da calor mientras me ayudas a guardar las cosas de la cocina.

—Ah, yo no lloriqueo, pero odio hacer maletas. Mi asistente me manda ropa por mensajería cuando llego a un destino nuevo.

Es como si hubiera perdido el juicio por completo.

—¿Y cómo sabes que te va a quedar bien?

—Tengo una asesora de compras personal. —Me mira como si la loca fuera yo—. Dos, en realidad. Jessica es un desastre con la ropa de gala, así que contraté a Trish para que se encargue de eso.

Porque eso tiene todo el sentido.

—Pero volvamos a lo de la mudanza.

Me giro para ver qué está diciendo, pero me hace señas de que entre.

—Entra, entra. Madre mía. ¿Piensas tenerme en el porche toda la noche?

Refunfuño mientras cruzo la puerta, con mi maleta mucho más grande, la que empacó Izzy, al hombro.

—Quizá debería.

En cuanto entramos, Helen suelta su maleta y se inclina sobre ella, hurgando en el bolsillo delantero, más bien pequeño.

—¡Ajá! —Se endereza y blande algo pequeño, cuadrado y de un amarillo brillante.

—¿Ajá? —pregunto—. ¿Qué es eso? ¿Qué quieres con ese «ajá»?

Se acerca, con el brazo todavía extendido, plantándome delante el objetito cuadrado y amarillo.

—Es un bloc de Post-its. Obvio.

Parpadeo, pero no los tomo.

—Ya. Son muy útiles, pero ¿es el prototipo de tu próxima idea? —Me inclino un poco hacia ella y bajo la voz—. Yo tendría cuidado cuando busques financiamiento para esta, porque alguien se te adelantó.

Me los aprieta contra la mano y pone los ojos en blanco.

—Graciosísima, de verdad.

—¿Para qué son? —pregunto.

—Mi regalo de boda —dice—. Para demostrarte que te apoyo.

—¿Me estás apoyando… regalándome Post-its? —No logro evitar hacer una mueca—. ¿La mujer que tiene un jet privado, un piloto a tiempo completo y coches deportivos en todas las zonas horarias me muestra su apoyo regalándome Post-its?

—Con esos vamos a marcar tus pertenencias —dice—. Bodega, basura, donar, o empacar y mudar.

—¿Y por qué haríamos eso?

—Contraté una empresa de mudanzas. Los trabajadores llegan mañana, así que no tenemos que empacar nada. —Sonríe—. De nada.

Me planto una mano en la cadera.

—Confiesa. ¿Hiciste esto por mí? —Arqueo una ceja—. ¿O por ti, para no tener que ayudarme con todo esto?

Suspira.

—Está bien. No es un regalo de boda. Es puro interés propio. Pero también es mi forma de apoyarte. Quiero mi reconocimiento.

Quiero quejarme y decirle que no necesito que pague una mudanza, y que necesito revisar todas las cosas y clasificarlas con más detalle en lugar de simplemente pegarles Post-its, pero no puedo decir nada de eso de forma convincente.

Desde que aterrizó el avión, la idea de revisar nuestras pertenencias, todos los objetos que me recuerdan el tiempo compartido con Nate y la acumulación de toda una vida en esta casa ha empezado a pesarme.

Odio procrastinar, pero por esta única vez, quizá me haya hecho un favor enorme. Puedo mandar a la bodega lo que no puedo enfrentar, hacer enviar a Utah lo que quiero allá, y eliminar lo que sé que no quiero.

—Gracias —le digo.

La sonrisa de Helen, esta vez, es genuina.

—De nada.

Ni siquiera se queja cuando le muestro nuestra habitación de invitados, que presume de una cama con un colchón de ochocientos dólares.

Solo me pregunta a qué hora deberíamos levantarnos por la mañana.

A veces es insoportable como ella sola, y es una de las personas más egocéntricas que conozco, pero es mi hermana y creo que, en el fondo, me quiere.

A la mañana siguiente se levanta a las seis en punto, y hace todo lo posible por clasificar por mí el despacho, los baños y las habitaciones de los niños. Con su ayuda, y un enorme equipo de mudanzas siguiéndome los pasos, terminamos la casa entera a las cuatro de la tarde.

Un solo día.

Eso es lo que tomó completar una tarea que yo creía que llevaría una semana incluso con la ayuda de Helen. Es eficaz, eso hay que reconocérselo.

La empresa de mudanzas y su equipo de veinte personas están repasando unos papeles conmigo, confirmando la dirección en Utah, la dirección de mi bodega preferida y el lugar adonde quiero que se done todo lo que no nos quedamos, cuando suena mi teléfono.

Es Robert.

¿Sabrá que estoy en la ciudad? No puedo evitar avergonzarme un poco. Ni siquiera sabe todavía que estoy comprometida, y ahora estoy físicamente en Houston sin habérselo dicho.

—Hola, Robert.

—¿Abby?

—Sí.

—¿Estás en Houston? —¿Cómo lo sabe? Es como un sabueso persiguiendo a un zorro.

—¿Quién…?

—Llamé al rancho cuando anoche no contestaste, pensando que quizá tu internet estaba caído, y contestó Izzy. Me dijo que habías venido antes de lo previsto a empacar las cosas.

—Sí, no era el plan, pero Helen me sorprendió…

—¿Está ahí contigo? —pregunta—. La he extrañado. —Es una mentira descomunal, pero no lo dejo en evidencia, porque Helen me está observando interactuar con él con demasiado interés.

—Aquí está, sí —digo—. Hoy me ayudó a dejar todo resuelto muchísimo más rápido de lo que creía posible.

—¿En serio? —pregunta Robert—. Porque ya casi llego a tu casa. Cuando supe que estabas en la ciudad, decidí salir temprano para echarte una mano.

Una oleada de pánico me atraviesa; no tengo idea de por qué, pero no hay tiempo para preguntarme las razones.

—Ay, no. —Mi voz suena demasiado aguda y chillona. Me aclaro la garganta—. Acabamos de salir.