El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 9 Abigail #3
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9 Abigail #3

—Por ahora.

Y ahora la que se muere de ganas de abofetearla soy yo.

—Tú conduce.

Me cuesta pensar en qué sentido podría Helen criticar la belleza del Flaming Gorge.

Pero lo logra. Vaya si lo logra. No es ni de lejos tan alto ni tan majestuoso como ella esperaba.

Es más plano que en las fotos. Y el aire está lleno de humo.

(No lo está). Los pájaros hacen demasiado ruido. (No es cierto).

—Las habitaciones son una verdadera vergüenza —dice—. Además, el personal no parece muy bien capacitado. —Arruga la nariz—. ¿Viste a la mujer limpiando las mesas? Pasaba de una a la otra sin enjuagar el trapo ni una sola vez.

—Helen, deja de imponerle tu versión de la perfección a todo el mundo e intenta imaginar lo que yo quiero: un lugar espacioso donde cualquiera de mis familiares y amigos que quiera celebrar este nuevo paso se sienta bienvenido.

—Atravieso las puertas del complejo y salgo al aire limpio y fresco.

Las montañas tienen nieve en las cimas, y el carmesí vivo de la roca, que se degrada a un color arena a media altura, todavía me deja sin aliento, incluso en este momento.

—Está bien, está bien. Si esto es lo que quieres, puedo encargarme de negociar para ti el precio más bajo. —Cruza los brazos—. Dejaré de quejarme.

Sería un milagro que fuera verdad.

—Hasta admitiré que tiene una especie de encanto de Lejano Oeste.

Los cielos se han abierto y el mundo se ha puesto del revés. No estoy muy segura de qué quiere implicar al decir Lejano Oeste, pero la palabra «encanto» sin duda sugiere una especie de cumplido.

—Vamos a ver si tienen un momento para atendernos.

Tengo que reconocérselo a Helen. No alardeaba de sus habilidades en vano. De algún modo estaba al tanto del nuevo complejo turístico que va a abrir, y usó eso, y la presencia de una influencer famosa en la ceremonia, para negociar un precio más bajo por el evento.

—Espero que seas tú quien le diga a Amanda que tiene que publicar sobre la boda. —Escondo la sonrisa con una tos—. Tres veces. —Amanda se va a molestar muchísimo.

—Dile que ese puede ser su regalo de boda. A juzgar por lo que he oído hasta ahora, es mejor que cualquier otra cosa que te fuera a regalar.

—En realidad, me está consiguiendo un precio buenísimo en las invitaciones. Tiene un contacto en una imprenta que la ayudó…

—Ay, por favor —dice Helen—. Si cuenta el uso de sus contactos como regalo de boda, no es muy buena hermana.

—No es una hermana —digo, siguiendo una corazonada—. Es una cuñada.

Helen sonríe radiante.

Tenía razón. Me ha oído hablar de Amanda, y a los niños hablar de ella, y está celosa.

Mi hermana, que por voluntad propia ha sido una nota al pie en nuestras vidas durante los últimos veinte años, está celosa de que otra persona nos importe más que ella.

No entiendo a qué se debe el cambio, pero sin duda hay algo ahí.

—Vamos. —Me pasa un brazo por los hombros, como si de verdad fuéramos muy unidas.

Quiero zafarme y, con esa sensación de libertad, salir corriendo, pero que actúe como si yo le importara debe de ser algo bueno, así que reprimo el impulso.

—Más vale que llegue pronto a casa y empiece a hacer la cena.

—En realidad —dice—, esta noche no tienes que hacer la cena.

Esta vez sí me aparto.

—¿De qué estás hablando?

—No te preocupes. Llamé a Amanda. —Lo dice igual que diría que llamó a la empresa de fosas sépticas para reportar un atasco en el tanque.

Hablar con Amanda fue, claramente, una necesidad desagradable—.

Ella se va a encargar de hacer la cena y de todas las demás cosas mundanas que, de otro modo, te tocarían a ti en los próximos días.

—¿Mundanas? —La fulmino con la mirada—. La razón por la que mis hijos confían en mí es que estoy presente en todas esas cosas aburridas que hay que hacer. No puedes…

—Ay, solo ven conmigo, ¿sí? Si no salimos ya, vamos a llegar tarde.

—¿Tarde a qué? —farfullo.

—Supongo que en realidad no importa si llegamos tarde. —Helen se ríe—. No es que mi piloto vaya a despegar sin mí.

—¿De qué estás hablando?

—Tenías pensado volar a Houston este fin de semana —dice—. Pero, como sabes, yo solo puedo quedarme unos días más, y preferiría que no te fueras y te perdieras los últimos.

—No puedo irme así sin más…

—¿Por qué no? No es que vayas a perderte nada de trabajo. Tienes dos clientas, y una de ellas es pro bono.

De verdad detesto tenerla cerca.

—¿A qué te referías con «tu piloto»?

—Mi piloto se llama Chris, y lleva dos horas en la pista de Vernal esperándonos.

—No puedo irme sin más —digo.

—Izzy me ayudó a hacer tu maleta —dice—. Hasta lo consulté con tu noviecito.

—¿Steve sabe que nos vamos a subir a un avión? —Mi voz se ha vuelto tan aguda que me preocupa rajar el cristal de su coche.

—Hizo un buen trabajo improvisando con eso de traerte la cena y todo lo demás. —La sonrisa de Helen no deja ver ni rastro de tensión. Debe de estar diciendo la verdad—. En realidad, se suponía que Steve vendría con nosotras pero, gracias a su estúpido caballo, seremos solo tú y yo.