El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 9 Abigail #2
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9 Abigail #2

¿Un colchón de diez mil dólares? Apenas puedo procesarlo. Debe de estar odiando dormir en nuestra casa, en esa cama vieja de casa de rancho.

—Pero no habrás venido conduciendo hasta aquí, ¿no? —pregunto—. ¿Desde Nueva York? ¿Cuánto te habría tomado eso?

Resopla, y es uno de los sonidos menos refinados que le he oído a mi hermana en la vida.

—¿Conducir hasta aquí? —Pone los ojos en blanco—. Vine en avión, obviamente, y mi asistente tenía este coche esperándome cuando aterricé.

—¿Tu asistente?

Teclea la dirección del complejo ubicado en Dutch John en su navegador.

—Sí, se llama Roger. No sé cómo vivía sin él.

—Y, sin embargo, de algún modo, jamás había oído hablar de él.

La boca de Helen se curva en media sonrisa mientras pisa a fondo y salimos disparadas.

—Un buen asistente es uno del que nunca necesitas oír hablar. Me hace la vida fácil y mucho, mucho más cómoda sin quitarme nada de tiempo.

Sé que trabaja duro en Nueva York. Sé que ha hecho salir a bolsa a unas cuantas empresas, pero empiezo a pensar que no conozco a Helen tan bien como creía.

—¿No dijiste que acababas de terminar un proyecto?

Mantiene la vista en la carretera, pero, por la sonrisa de satisfacción de su rostro, me doy cuenta de que se moría por contármelo.

—Así es. Salió muy bien. Incluso mejor que los tres anteriores.

No estoy del todo segura de a qué se dedica mi hermana. Por lo que entiendo, tiene ideas, y luego encuentra gente a la que puede pagar para que fabrique las cosas que ella imagina. Ella se encarga de la parte comercial, pero nunca hace, inventa ni crea nada ella misma.

Todavía recuerdo su tono condescendiente cuando le pregunté qué soñaba hacer después de graduarse de la universidad.

Su sueño era ganar mucho dinero, y para lograrlo de verdad tenía que analizar el mercado con eficacia.

No tenía nada que ver con lo que «quería» hacer, y todo que ver con lo que mejor se vendería.

Encontrar algo que el mundo ansía pero no tiene es mucho más lucrativo que fabricar algo e intentar encontrar gente a la que convencer de comprarlo.

—Sigo sin entender por qué mandaste traer este coche hasta acá —digo.

—No lo mandé traer. —Lo dice como si la idiota por no entenderlo fuera yo.

—¿No podías conducir un Corolla por una semana? —No tenía idea de que fuera tan exigente, aunque supongo que debí imaginarlo.

—¿Un Corolla? —Aprieta los labios con desagrado. Niega con la cabeza—. No, gracias. No fue ninguna molestia. Roger organizó la compra e hizo que el concesionario lo llevara al aeropuerto.

Santo cielo. No tenía idea de que divas como ella existieran de verdad.

—Pero vas a perder un dineral cuando lo revendas. ¿No se deprecian los coches en cuanto los sacas del concesionario?

—En este caso, no. Tengo algo que me gusta conducir para hacer más llevadera mi estancia aquí y, cuando me vaya, Izzy puede quedárselo como regalo anticipado de graduación.

Esta vez sí me atraganto de verdad.

—¿Izzy? ¿O sea, mi Izzy? Le faltan años para graduarse… y años para conducir, ya que estamos.

—¿Años? Por favor. Apuesto a que en este pueblo perdido los dejan conducir a los catorce.

—¿Quieres regalarle este coche? Es nuevo.

Y es un deportivo. —A Ethan le explotaría la cabeza—.

¿Y Ethan qué? Él ya puede conducir. —O yo, si vamos al caso.

Madre mía, me ha descolocado por completo con esta digresión rarísima—.

¿Por qué rayos dejarías aquí un coche, para empezar?

Podrías pedirle a tu fiel asistente que lo revendiera por ti.

Agita la mano en el aire.

—Da igual. Si no lo quieren, no pasa nada.

—Helen, ¿qué está pasando?

Aprieta las manos sobre el volante.

—¿A qué te refieres?

—Fuiste en avión al funeral de Nate y te quedaste menos de veinticuatro horas.

Fuera de eso, llevaba tres años sin verte.

Mis hijos apenas sabían tu nombre antes de que llegaras con antelación hace unos días.

Durante los últimos veinte años me has llamado una vez al mes, como si yo fuera una cita programada de limpieza dental, y ahora apareces para una estadía larga y te pasas todo el tiempo criticando mis decisiones, menospreciando nuestro pueblo y hablando de regalarle a mi hija, demasiado joven, un deportivo de cien mil dólares.

—Entonces se me ocurre algo grotesco. Nate, mi sensato, sólido y confiable Nate, empezó a hacer sugerencias disparatadas en el último tiempo.

Sugerencias rarísimas, totalmente impropias de él—.

Helen, ¿estás enferma? ¿Tienes…? —Me obligo a pronunciar las palabras—. ¿Tienes cáncer?

—¿Crees que me estoy muriendo? —Suspira con pesadez—. No seas ridícula. Estoy más sana que un caballo.

—En realidad, ese cliché es bastante tonto. Los caballos se quedan cojos a cada rato por una cosa u otra.

—Está bien. —Los dedos de Helen se aprietan hasta que los nudillos se le ponen blancos—.

No estoy enferma, pero he estado ocupada.

Tan ocupada que, la mayoría de las noches de los últimos años, apenas dormía.

No es que lo planeara así, pero las oportunidades de negocio no se quedan sentadas esperando un momento conveniente.

Cuando se cerraron mis dos últimas operaciones, tenía agendada otra en la que tuve que arrancar a toda velocidad de inmediato.

—¿Y esta vez no? —Levanto las cejas—. ¿Estás aquí porque estás aburrida? ¿En serio?

—No estoy aburrida. Tengo otra operación en marcha.

De hecho, se estaba concretando justo cuando llamaste a contarme que estabas comprometida.

—Pisa el freno a fondo y se orilla a un lado de la carretera.

Gira el cuerpo entero hacia mí, con los ojos echando chispas—.

Este próximo proyecto parece que podría ser mucho mejor que los tres anteriores.

Podría duplicar mi ya considerable patrimonio en menos de dos años.

—Me alegra muchísimo saber que vas a poder ganar todavía más dinero —digo—. Bien sabe Dios que es lo único que te importa.

La mano de Helen se mueve tan rápido que ni siquiera la veo venir antes de que mi mejilla empiece a arder como una hoguera.

Me abofeteó.

—¿Cómo te atreves? —Esta vez la indignada soy yo—.

Llegas aquí como un torbellino con tus coches deportivos y tu ropa cara, y te burlas de mí, me criticas, y te mofas del lugar al que nos mudamos, ¿y ahora me abofeteas?

A diferencia de ti, yo administro el futuro de otras cuatro personas.

No tengo la capacidad ni las ganas de pasarme la vida entera concentrada en mí misma, y me niego a sentirme culpable por no estar a la altura de tus estándares arbitrarios.

Por una vez, no se le ocurre una réplica. Solo me mira, con los hombros caídos y la barbilla apenas levantada.

Y yo le devuelvo la mirada. No la miro rápido y de pasada, no le echo un vistazo de reojo.

De verdad la miro. Sus ojos azul claro me resultan absolutamente familiares, y están tan llenos de tristeza que no sé cómo no lo vi antes.

Hay líneas tenues alrededor de sus ojos que tampoco había notado. Sus manos se retuercen en su regazo.

—Perdona si fui cruel —digo, y me sorprende descubrir que lo digo en serio—.

Pero no te has comportado como alguien que vino a ayudarme.

Por primera vez desde que murió mi esposo somos felices aquí, y no necesito que lo arruines.

He estado contando los días para que te vayas, ya que estamos siendo casi insoportablemente sinceras.

—¿Conque así es, eh? —Los ojos de Helen relampaguean—.

Pues no deberías. Soy la única persona en tu vida con la valentía suficiente para decirte la verdad.

Steve es un claro caso de un clavo que saca otro clavo, y serías una tonta si te casaras con él.

Si sigues adelante con esto, será la mayor estupidez que hayas hecho en tu vida, lo cual es impresionante, considerando que no quisiste ir a Stanford, que te quedaste embarazada mientras hacías el posgrado y que tuviste al menos el doble de los hijos que deberías, sacrificando tu carrera en el proceso.

He aquí su verdadera opinión, al fin. Sin pullas, sin indirectas. Su opinión sin adulterar sobre lo ridícula que cree que soy.

—A pesar de todo eso, amabas a Nate —continúa—.

Construiste una vida con él, una vida de verdad.

Tus muchos, muchos hijos te adoran. Confían en ti, hasta Ethan.

No puedo creer que le estés permitiendo tirar su vida por la borda y, por si fuera poco, al mismo tiempo estás echando a perder las vidas de los otros niños.

Quiere decir que traerlos aquí también los hundirá a ellos. Yo pensaba así en otro tiempo, de modo que entiendo, hasta cierto punto, por qué piensa eso.

—No todo en el mundo gira en torno a las universidades de la Ivy League y al dinero —digo—.

Sí construí una vida con Nate, pero no estoy atada a él.

Ya no. Y, como tú misma dijiste, soy responsable de que mis hijos sean felices.

—He descubierto que, cuando de verdad quieres que la gente escuche, conviene hablar bajito, así que bajo la voz hasta el susurro—.

Aquí somos felices, Helen. O lo éramos, antes de que vinieras.

—Y volveremos a serlo, cuando te vayas dentro de seis días.