El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 9 Abigail
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9 Abigail

ABIGAIL

Hay muchas cosas que me encantan de mi nueva vida aquí.

Los amplios espacios abiertos. Las cabalgatas.

Los caballos, las cabras, las vacas, las gallinas y los perros con los que mis hijos juegan a diario.

El aire fresco. La familia cercana, y la familia elegida, como Amanda Saddler y Donna Ellingson.

Pero una de las cosas malas es la oferta limitada de opciones. De todo.

—¿Solo nos conseguiste tres sitios para considerar como lugar donde celebrar la boda? —Helen arruga la nariz—. ¿Tres?

—Francamente, tenemos suerte de contar con tres opciones decentes —digo—.

La mayoría de la gente de la zona va a la misma iglesia, y su congregación está dispuesta a dejar que usemos el edificio aunque no seamos feligreses.

—No menciono que es una construcción de ladrillo naranja levantada allá por los años cincuenta.

Al menos tiene un chapitel blanco en lo alto que se ve muy bien y una bonita montañita detrás.

Con un filtro vintage en las fotos, podría funcionar.

—¿Y?

—También está el recinto del rodeo del condado de Daggett, si quisiéramos arriesgarnos a celebrarla al aire libre, y la vista desde el lado más lejano deja ver las montañas y el Flaming Gorge. Es difícil de superar.

—¿El recinto donde se hace el rodeo? —Helen parpadea—. Por favor, dime que estás bromeando.

—Sé que no es lo tuyo, pero me caso con un entrenador de caballos.

Podríamos hacer la ceremonia a caballo. —Sé perfectamente que con solo mencionarlo se va a poner como loca.

Nunca entendí por qué alguien querría «buscarle las cosquillas al tigre», así que esa frase no me decía gran cosa, pero por primera vez en mi vida la entiendo.

Ya está fuera de sí. Más vale disfrutar de su reacción exagerada.

—Abigail.

No espero a que empiece a despotricar.

—Por último, pero no menos importante, está el Flaming Gorge Resort, que ofrece a la vista un puente panorámico con arco alzado que luce genial en las fotos. Con la ventaja añadida de que ofrece habitaciones en el lugar para quien venga de fuera a la ceremonia.

—Que serían todos. —Helen saca su teléfono y toca la pantalla unas cuantas veces. Lo gira y me lo planta delante de la cara—. ¿Este es el Flaming Gorge Resort?

Me quedo mirando un rectangulito que está demasiado cerca de mi cara hasta que mis ojos logran enfocar, y entonces evalúo la foto. Parecen dos camas matrimoniales, o quizá individuales, cubiertas con una colcha de rayas amarillas de los años ochenta. Arrugo la nariz y miro a Helen.

—Eso es solo el interior de una habitación de hotel. ¿Cómo se supone que sepa si es ese el complejo?

A Helen se le dilatan las fosas nasales. Gira el teléfono de vuelta y teclea un poco más. Cuando lo voltea de nuevo, muestra el icónico puente de Flaming Gorge con esa estructura de arco de acero que es inolvidable.

—Sí, es ese.

Quizá le guste. Sería agradable, para variar. Helen cierra los ojos.

—Guardemos esa opción para el final. Suena a que es la mejor que tenemos, lo cual es francamente deprimente.

—¿Por qué dejarla para el final? —pregunto—. Deberíamos ir ahí primero. Si nos encanta, habremos ahorrado muchísimo tiempo. —Y no tendré que aguantar que se burle y critique todo lo relacionado con la iglesia o el recinto del rodeo.

—Abby, el solo hecho de que pretendas que exprese en voz alta mi satisfacción sobre un hotel de tres estrellas ya es bastante vergonzoso. Que lo digas en serio…

Pongo los ojos en blanco.

—De verdad, Helen, estás tan insoportable que igual te mando a casa. —No creo que aguante otra semana así.

—¿Yo estoy insoportable? —Se queda con la boca abierta.

—Sí. —Suena mi teléfono, salvándola del sermón que tanto me he esforzado por no soltarle—. ¿Hola?

—Hola, preciosa —dice Steve—. Tengo malas noticias.

El corazón se me sube a la garganta.

—¿Qué pasa? ¿Te tiró un caballo? ¿Te rompiste algo? ¿Necesitas que vaya por ti?

Se ríe.

—Estoy perfectamente, pero tengo un caballo con cólicos y necesito llevarlo a Rock Springs para que le pongan suero y lo dejen en observación.

—Ay, no —digo—. No te preocupes. Puedo reprogramar la salida para ver los lugares para la boda.

—Tu hermana está contigo, ¿no? —pregunta Steve.

—Sí.

—¿Por qué simplemente no vas con ella? No me gustaría retrasar lo de la boda, y yo me casaría contigo en cualquier rincón de este mundo.

Lo que elijas me parece más que bien. Yo iba a acompañarte para que no tuvieras que decidir sin ninguna otra opinión, pero seguro que las opiniones de Helen son más útiles que las mías.

De eso no estoy nada segura, pero no le discuto delante de ella. Para qué echar más gasolina a la hoguera.

—Está bien. Ve con cuidado.

—Va a ser un viaje aburrido —dice—. Si este idiota no se hubiera negado a comer esta mañana, no tendría que hacerlo, pero si se trata de cólicos, detectarlos a tiempo es importante.

—No pasa nada —digo—. Ve.

—De acuerdo. Te llamo cuando esté volviendo.

—Perfecto —digo—. ¿Cenamos?

—Me encantaría. ¿Traigo algo de Green River?

—¿Cuánto crees que te va a tomar esto? —En el fondo esperaba que lograra volver para cuando llegáramos al complejo de Flaming Gorge.

—Como igual tengo que ir en esa dirección, en el hospital me pidieron pasar a firmar unos historiales que tenía pendientes. Llegaré a casa antes de la cena, pero no mucho antes.

Suspiro.

—No te molestes en comprar nada. —De todos modos, para cuando llegara al rancho lo que sea que comprara ya estaría reblandecido y frío—. Nos vemos entonces.

—¿Esto es habitual? —pregunta Helen.

—¿Qué cosa? —Me guardo el teléfono en el bolsillo.

—No pareciste sorprendida de que fuera a saltarse nuestros planes de hoy.

Es tan exasperante.

—Nunca se sabe qué puede surgir cuando tienes caballos —digo—. Pero un cólico no es algo que uno deba ignorar.

—¿Y qué es, exactamente? ¿Ese caballo se está muriendo?

Aprieto los dientes.

—Los caballos no pueden vomitar. Así que, si se deshidratan o tienen otros problemas de estómago por comer algo que no debían, por ejemplo, como no pueden expulsarlo con las heces, el cólico puede matarlos, sí.

No dijo que el caballo se esté revolcando, lo que significa que, con suerte, con algo de suero extra se pondrá bien y no necesitará cirugía.

Helen toma su bolso de la encimera.

—Eso fue mucho más de lo que quería saber. —Camina a zancadas hacia la puerta—. ¿Entiendo que nos tocará tragarnos esto sin él?

—¿Tragarnos esto?

—Perdona. —La sonrisa de Helen es maliciosa—. Lo que quise decir es que me muero por ir a conocer los encantadores lugares posibles donde te casarás con tu apuesto y rudo ranchero. —Baja la voz—. ¿Así está mejor?

Repaso todas las veces que, en los últimos treinta y nueve años, le he cantado las verdades a Helen: ninguna me salió bien.

Siempre consigue que me sienta una imbécil y que además lo parezca.

Creo que es porque, mientras yo me contengo habitualmente para no herir a la gente que quiero, Helen no cede jamás.

Eso le da una ventaja que nunca he podido superar.

—Ya… Vamos.

Mientras salimos por la puerta, veo a Ethan subirse a su vieja furgoneta destartalada.

—¿Adónde vas? —le pregunto.

—Steve dijo que va a parar en Green River de regreso de Rock Springs —dice Ethan—. Pensé en bajar con él.

—¿Tu prometido te deja plantada pero se lleva a tu hijo? —dice Helen.

—Necesito materiales para arreglar cercas —dice Ethan—. Y Steve dijo que caben mejor en su remolque de caballos que en la caja de mi furgoneta.

Me alegra que Steve y Ethan hablen, y me encanta que Steve lo esté ayudando con sus cosas. No me parece nada raro que se lleve a Ethan, ni que ya sepa qué necesita Ethan. Lo que sí desearía es no tener que pasar el día con Helen mientras ellos dos charlan y se divierten tan a gusto.

Antes de que pueda subirme a mi todoterreno, Helen señala su coche.

—Conduzco yo.

—Pasemos por la iglesia y el recinto del rodeo de camino al complejo —digo—. Quizá podamos descartarlos sin siquiera entrar.

Helen arquea una ceja cuidadosamente perfilada.

—¿Quizá podamos? Apuesto a que yo puedo descartarlos todos antes de que salgamos de la propiedad.

No aprieto los dientes. Ni siquiera suspiro.

—No quiero descartarlos todos, Helen. Quiero elegir la mejor opción, aunque no sea la que tú querrías para ti.

Como si intuyera que con esa actitud está a punto de llegar a mi límite antes de estallar, decide volver un poco sobre sus pasos.

—Estoy bromeando. Madre mía.

Cuando me deslizo en el asiento de su elegante deportivo, no puedo evitar compararlo con lo que conduzco yo.

Otras personas quizá quedarían descontentas con su todoterreno grande al compararlo con este BMW M4.

El coche de Helen es elegante, reluciente, y el interior es lujoso.

Si no tuviera cuatro hijos, quizá conduciría algo parecido.

Eso es lo único que me impide arrepentirme de mi elección.

También es algo que Helen nunca entenderá.

Puede que tolere a mis hijos y, ahora que son mayores y más conversadores, puede que hasta le caigan bien.

Pero nunca terminará de comprender por qué tuve tantos, si me costaron el disfrute de las cosas buenas de la vida.

Para ella los niños son un estorbo, mientras que para mí son la fuente de la mayor parte de mi alegría y lo que me hace sentirme realizada. Aun con nuestras visiones tan distintas de la vida, me esfuerzo por encontrar un terreno común.

—Qué cómodos estos asientos. Me sorprende que hayas encontrado un coche de alquiler tan lujoso.

—Ah, no es de alquiler —dice.

—¿No? —Me abrocho el cinturón para tener algo que hacer aparte de mirarla boquiabierta. Como ella también se lo está abrochando, ni siquiera ha notado mi estupor.

Gira la cabeza hacia mí lentamente, entrecerrando los ojos.

—Lo peor de dormir lejos de casa es el estado lamentable de los colchones en casi todos lados. Cuando te acostumbras a un colchón de diez mil dólares, tu cuerpo simplemente ya no descansa bien en nada que esté por debajo de eso.