El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 6 Amanda #2
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6 Amanda #2

—No tienes que decírmelo, pero si lo adivino, ¿al menos puedes confirmarlo? ¿Vas a trabajar para un proyecto en Dutch John?

—Es un proyecto grande —dice—. Y el director está pagando bonificaciones enormes.

Es el tercer contratista que retira su oferta esta semana.

Ya era bastante difícil competir con la estúpida fábrica de Derek por el procesamiento del ganado.

A este paso, la única manera de remodelar las casas de nuestra lista va a ser que Mandy y yo encadenemos a los niños y nos pongamos a colocar azulejos nosotras mismas.

No digo groserías. No grito. Me mantengo educada y profesional, pero me cuesta. Me cuesta bastante.

—Gracias por avisar.

Logramos pedir, y hasta desayunar, antes de que llame otro contratista para cancelar por la misma razón. Estoy a punto de estrellar el teléfono contra la mesa cuando Eddy me toma de la mano.

—Ay, no —digo—. ¿Ya es hora de irte?

—Mi padre quiere llevarme al aeropuerto —dice—. Si salgo ahora, llegaremos justo a tiempo.

Me levanto de un salto de la silla y lo abrazo fuerte. Sus manos —con un ligero olor a papas fritas— me apartan el pelo de la cara.

—Tú, Amanda Brooks, eres única en tu especie. Te amo.

—Lo sé.

—Parece mucho tiempo —dice—. Pero estos cinco meses van a pasar volando, lo sé.

—Tampoco es que no vaya a verte en todo ese tiempo —digo—. Iré a visitarte.

—Y yo vendré, siempre que pueda.

Aun así, que se vaya me hace sentir que… muchas cosas van a cambiar. Está a punto de irse a vivir a otro lugar. Yo soy la que se queda. Antes de que pueda empezar a darle vueltas sin parar, su boca captura la mía. Sus labios presionan los míos, exigiéndome que deje de pensar.

Me rindo.

Al fin y al cabo, Eddy es muchas cosas, pero por encima de todas, es magnético… no, es extremadamente atractivo. No tengo idea de cómo estuvo soltero todo este tiempo. Sus manos me sostienen la cara en su sitio, negándose a soltar mi boca.

Me dejo sumergir en este instante e intento no pensar en que esta sensación desaparecerá muy pronto y por mucho tiempo. Cuando por fin se va, no puedo evitar llorar, al menos un poco. Un cambio enorme está por suceder, y espero que podamos atravesarlo.

Su padre debe de ir conduciendo, porque unos momentos después empiezan a llegar los mensajes de texto.

[Acuérdate de escribirme o llamarme si necesitas algo. Estaré trabajando, pero nada importa más que tú.]

[Además, si las chicas necesitan algo, mis padres están cerca. Pueden ayudar. Mi papá dice que él y mamá estarán encantados de hacer lo que sea, pero quizá no pidas que te ayuden al mismo tiempo. Se pelean mucho.]

[Y otra cosa: te extraño.]

[Quizá podrías pasar a ver a Snuggles de vez en cuando. Buff no es de las que piden ayuda.]

Tengo la sensación de que no deja de escribirme durante todo el camino al aeropuerto.

Dejo de leer los mensajes con tanta devoción cuando empiezo a llamar a todas partes, básicamente acosando a la gente para que me recomiende contratistas.

Y luego las niñas llegan a casa inusualmente exigentes, por alguna razón, como si supieran que necesito distraerme.

—¡Mamá! —Emery sonríe de oreja a oreja—. ¿Supiste que Steve le va a regalar una potrilla a Izzy? Aquí tenemos un montón de espacio. ¿Podríamos tener un caballito bebé?

—¿Un caballito bebé? —pregunto—. Tienes que estar bromeando.

—Yo me encargaría de todo —dice—. Te lo juro, tú no tendrías que hacer nada. Además, la señorita Saddler tiene ese granero que está sin usar.

—Ahí guardamos cosas —digo—. Muchas cosas.

—Las cabras también son bastante graciosas —dice Maren, como si ni siquiera me hubiera oído—. Y se comen casi todo lo que no quieras.

—¿Como mis cajas de cosas? —pregunto—. ¿Alguien me está escuchando siquiera?

—¡Sí! A mí me encantaría una cabra. —Emery está dando saltitos sobre las puntas de los pies, y probablemente sea culpa mía por no cortar esto de raíz desde el principio.

—Ya tenemos un perro —digo, acariciándole la cabeza a Roscoe—. ¡Y a Jed el cerdo! Esperemos a ver qué tan difícil le resulta a la familia de Abby lidiar con un caballito bebé, y a partir de ahí vemos.

—¿Te acuerdas de cuánto odiabas mis velas al principio? —pregunta Maren.

Sus velas cubren ya la mitad de las superficies de la pobre casa de Mandy. Se obsesionó con ellas hace unos años, cuando aprendió a hacerlas en una fiesta de pijamas en casa de una amiga. Ahora las pone por todas partes, y yo vivo con miedo de que incendie la casa.

—¿Al principio? —Sacudo la cabeza—. Maren…

—El otro día dijiste que te gustaba esa de magnolia —dice Emery.

—Que algo me guste no significa que me encante —digo—. Y además, ¿velas y cabras? —Resoplo—. Ni de cerca es lo mismo.

Casi he conseguido frenar las súplicas cuando Mandy vuelve a casa.

—Puedes volver a ponerte ropa deportiva. —Su voz suena apagada.

—¿Qué? —Frunzo el ceño—. Yo no uso ropa deportiva. —¿De qué rayos está hablando?

Resopla.

—Da igual.

—Tenemos esa reunión en veinte minutos —le recuerdo.

Niega con la cabeza.

—No, no la tenemos. Peter acaba de llamar para cancelar.

—¿Qué? —Se me cae el alma a los pies—. ¿En serio?

—A este paso, más nos vale dejar de intentarlo. —Mandy se desploma en el sofá, más abatida de lo que la he visto nunca.

—Vamos a contrarreloj por toda la gente que se va a mudar aquí para trabajar en la nueva planta procesadora de carne y en las plantas de tratamiento de cuero —digo—. Eso no ha cambiado. Lo ha complicado todo, pero…

—Pero no encontramos ni un solo contratista decente. —Mandy arroja el bolso sobre la encimera de la cocina con tanta fuerza que un paquete de pañuelos Kleenex sale disparado y aterriza en el fregadero.

—Es otra vez ese estúpido retiro de Dutch John, ¿verdad?

—Se empieza a apoderar de mí la rabia. Nosotras estábamos primero.

¿Qué creen que están haciendo? ¿Robándonos a todos los contratistas?

¿Ofreciéndoles el doble? ¿Se volvieron locos?

—. Voy para allá ahora mismo, y les voy a decir cuatro verdades.

Mandy levanta las cejas.

—¿Que vas a hacer qué?

—¿Ese director que no para de ofrecer bonificaciones a todo el mundo y de tentarlos para que dejen de trabajar para una mujer a la que conocen desde hace décadas? —Cruzo los brazos llena de ira—. Va a oír unas cuantas verdades.

Esperaba que me detuviera, pero no lo hace. Se limita a sonreír como una idiota.

—Hazlo.

Tomo mi chaqueta y mi bolso. Estoy saliendo por la puerta cuando me doy la vuelta.

—Por cierto, las niñas quieren un caballito bebé y cabras. —A ver cuánta sonrisita de suficiencia le queda mientras intenta resolver ese asunto. La verdad, me da pena perdérmelo.

Durante todo el trayecto hasta Dutch John, repaso las numerosas ofensas que este hombre insoportable nos ha infligido.

Repaso el nombre de cada contratista que nos ha robado, y calculo mentalmente los costos y retrasos que nos ha generado.

Para cuando llego al pequeño edificio provisional con un letrero que reza «La llama y el corazón» colgado en el frente, estoy lista para escupir fuego yo también.

Subo los escalones con paso firme, abro la puerta de un tirón y me encuentro cara a cara con David Park, el artista con quien compartí una primera cita increíble en Chicago.

—Me preguntaba cuándo llegarías. —Sonríe—. La verdad, si te soy sincero, llevo esperando que aparezcas prácticamente todos los días.