El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 6 Amanda
17%

6 Amanda

AMANDA

Es difícil rebuscar en una caja con los guantes puestos.

Nuestra estadía con Amanda Saddler iba a ser temporal.

Simplemente di por hecho que Abby y yo buscaríamos un lugar nuevo, o que Abby volvería a Houston y yo encontraría un sitio aquí, o…

no sé. En ningún momento pensé que nos quedaríamos en casa de Amanda Saddler durante meses, y ahora Helen, la hermana de Abby, parece haberse instalado de forma permanente en la vieja granja de Jed, y yo me estoy volviendo loca.

Ni siquiera encuentro mis gafas de sol favoritas, de esas que quedan fabulosas y no se te resbalan todo el tiempo por la nariz ni te dan dolor de cabeza por apretar demasiado.

Las gafas de sol perfectas son difíciles de encontrar, y yo necesito las mías.

Es posible que se hayan perdido. O que alguna de las niñas se sentara encima y las tirara a la basura.

Pero también es posible que acabaran por error en una de las cajas con la etiqueta «guardar en el garaje», y por eso estoy aquí, rebuscando.

Incluso con guantes gruesos, tengo los dedos agarrotados por el frío.

Si pudiera mover esta manta un poco más…

Pero mis manos empujan demasiado fuerte y la caja entera se desploma.

El contenido se desparrama por todo el suelo sucio del garaje que nunca se usa.

Suelto un gruñido.

Después de enderezar la caja, empiezo a meter las cosas de nuevo, pero cuando mis dedos se cierran sobre la portada brillante de una revista Luxe Interiors debería gustarles.

Bien sabe Dios que te gastaste suficiente dinero en él.

Pero no puedo ocuparme del trabajo y de la casa mientras tú revoloteas por ahí como una celebridad.

Tienes que hacer algo que valga la pena por aquí tú también».

Sus palabras me lastimaron. A Chloe no iba a cobrarle; primero necesitaba armar un portfolio.

Pero muchos diseñadores de interiores sí ganaban buen dinero.

Y yo estaba haciendo contactos con proveedores y boutiques.

Para mí era trabajo, y una oportunidad sin igual, pero su mensaje no daba lugar a malentendidos: su trabajo pagaba las cuentas, y su trabajo importaba.

El mío no.

Esa fue la primera vez que entendí, en lo más profundo de mi ser, cuál era mi lugar en nuestro matrimonio y en el mundo. Mi vida estaba destinada a complementar la suya, a hacerla más fácil, más fluida y más gratificante. Pero nunca, jamás, debía interferir en el buen funcionamiento de su vida.

Yo era un accesorio, nada más.

Nunca me he sentido así con Eddy. Él me ve como alguien con talento, alguien llena de energía, alguien que vale la pena. Se esfuerza por asegurarse de que me sienta valorada, cuidada y querida.

O al menos, así era.

Hasta que pudo recuperar su reputación y le surgió esta oportunidad de grabar un álbum y salir de gira.

Una oportunidad que jamás habría tenido si Abby no hubiera probado su inocencia y mi cuenta de Instagram no lo hubiera hecho famoso al resucitar su pasado.

O sea, por supuesto, su atractivo y su talento también cuentan, pero si mi plataforma no lo hubiese amplificado, nadie se habría fijado en él en un auténtico mar de rostros hermosos.

Ahora me siento un poco como me sentía con Paul, como si en realidad yo no importara.

Como si su vida le importara más que nuestro futuro compartido.

O sea, estrictamente hablando yo le dije que tomara la decisión sin tener en cuenta nuestra relación, pero no pensé que de verdad lo haría.

Pensé que se lo pensaría muy bien y descubriría lo que yo quería.

Pensé que reflexionaría sobre el estrago que su partida podía causar en nuestra relación y decidiría quedarse.

Pero no lo hizo.

Y yo ya no soy la misma persona que era entonces.

No volveré a aceptar el rol de accesorio, nunca más.

Me da miedo que la partida inminente de Eddy termine con nosotros.

Por primera vez en mi vida, la idea de que se termine una relación con un hombre me hace temblar de miedo.

De tristeza. De añoranza. Mi vida es mejor si él está conmigo, pero quizá a él eso no le importe tanto como a mí, y solo pensar en eso me resulta aterrador.

El teléfono me vibra en el bolsillo y dejo caer la revista en la caja. Aun con los dedos engrosados y torpes por los guantes consigo deslizar y contestar la llamada, gracias a unas puntas especiales que el guante tiene en cada dedo y que de algún modo funcionan sobre la pantalla táctil.

—¿Hola?

—Hola… ¿sigue en pie nuestro desayuno? —Eddy suena nervioso, como si yo fuera a dejarlo plantado.

—Todavía falta media hora, ¿no?

—Sí, sí —dice—. Es que sé lo ocupada que has estado, y quería asegurarme de que no te habías olvidado.

—Te vas del estado dentro de tres horas. ¿Crees que me perdería mi última oportunidad de verte en quién sabe cuánto tiempo?

—Es tu oportunidad de recrear Mejor solo que mal acompañado —dice Eddy—. El buen Steve Martin…

—Esa película es muy divertida —digo.

Se ríe entre dientes.

—Hay muchas maneras de que podamos vernos. No te me pongas melodramática ahora.

Si cree que quejarme un poquito por su partida es melodramático, le espera un duro golpe.

—Mejor voy a cambiarme —digo—. A menos que quieras que todo el mundo confunda a tu novia con Pie Grande.

—Dudo que la línea de botas de invierno de Hunter y una parka acolchada con capucha hagan que alguien te tome por un animal imaginario, pero agradezco tu esfuerzo constante por verte increíble en todo momento.

Es agradable ver cómo se ponen verde de envidia todos aquellos con los que crecí cada vez que nos encontramos y te llevo del brazo.

Él no puede saber que me ha preocupado que me viera como un accesorio, así que aparto ese pensamiento de mi cabeza.

—Hasta ahora.

Mientras conduzco hacia Brownings, pienso en las ventajas de vivir en un pueblo pequeño. Conozco a las dueñas, me sé el menú y siempre hay una mesa libre. Claro que no hay mucha variedad, y si me peleara con la dueña, las cosas se pondrían incómodas en un santiamén.

El teléfono me suena antes de llegar a mitad de camino.

—¡Mamá! —Maren nunca suena así de alterada.

—¿Está todo bien?

—¡No! —gime.

—¿Qué pasa? —Me detengo a un lado del camino. No confío en poder conducir segura si sus noticias de verdad son malas.

—Hoy me bajó la regla, tres días antes y… —Su voz baja hasta un susurro angustiado—. Manché los pantalones, mamá.

No me río; al menos, no tan fuerte como para que me oiga. Es prácticamente un rito de iniciación para cualquier chica de instituto.

—Voy de camino a comer con Eddy, pero en cuanto terminemos, paso por casa y te llevo unos pantalones nuevos.

—Nada de «en cuanto terminemos» —dice—. ¡Ahora mismo, mamá!

Dudo que alguien se haya dado cuenta, pero no me molesto en discutir con ella. Solo se pondrá más histérica. Seguro que, ahora mismo, esto de verdad le parece el fin del mundo.

—¿La enfermera no tiene unos jeans que puedas usar?

—Son genéricos —dice y con eso mi compasión se evapora. Como si no usar ropa de marca fuera a arruinar su vida.

—Eddy se va…

—Mamá, si salgo con estos puestos, todo el mundo va a saber que pasó algo, y nunca…

—Se te derramó un refresco, se te rompieron por el trasero, te hiciste caca encima. Y eso es solo lo primero que se me ocurre.

—¿Que me hice caca encima?

Hay días en que ser madre es un verdadero fastidio.

—Está bien, está bien. Voy ahora mismo por unos jeans y te los llevo antes de verme con Eddy.

Él se oye tan comprensivo cuando lo llamo para avisarle que llegaré tarde, que me molesta todavía más que mi hija solo piense en sí misma.

Cuando por fin llego al restaurante, definitivamente voy tarde.

—Perdona —digo mientras entro con prisa y me siento junto a él.

Levanta la vista con una sonrisa.

—Tú no eres la que se va. El que debería disculparse soy yo. Nunca te disculpes conmigo por tu vida ni por cuidar a la gente que te importa.

—Hablando de eso, ¿cómo se está llevando Buff con Snuggles?

—Por ahora, bien —dice—. Si algo cambia, serás la primera en saberlo.

Por supuesto, en ese mismo momento suena mi teléfono. Como es una llamada local de un número que no reconozco, no me queda más remedio que contestar.

—Trabajo —le susurro a Eddy—. Perdona. —Y contesto.

—Hola, Amanda.

—Hola, eh, disculpa. ¿Quién habla?

—Soy Adam —dice—. ¿El de los azulejos?

—Ah —digo—. Claro. Nos vemos más tarde para que me expliques cómo va a ser el proceso…

—En realidad, llamo por eso. —Se aclara la garganta—. La cosa es que surgió algo. No voy a poder hacer el trabajo del que hablamos.

—Hoy íbamos a firmar el contrato —digo—. Ya habíamos acordado las condiciones.

—Lo sé —dice—. Siento mucho todo esto, pero es que no voy a tener tiempo.

—¿Puedo preguntar qué surgió? —No debería insistir. No es muy profesional, pero tengo una corazonada.

Suspira.