5 Abigail
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ABIGAIL
Mis padres lo sabían todo sobre todo cuando yo era pequeña.
Papá es profesor de matemáticas y mamá, de literatura inglesa.
Supongo que se podría decir que una de nosotras salió a papá y la otra a mamá, pero creo que, como ni Helen ni yo nos dedicamos al mundo académico, ellos discutirían esa afirmación.
Y cuando mamá y papá empiezan a discutir, estás condenada a perder.
De niña, yo era la única persona en toda la casa dispuesta a admitir cuando me equivocaba. Fui la pacificadora hasta el mismo día en que me fui a la universidad. Casi me gano una úlcera, pero logré mantener la paz entre todos en esa casa durante dieciocho años.
Una vez que escapé de ese entorno, nunca volví por más de unos pocos días seguidos.
Pero ahora que Helen está aquí conmigo, estoy recordando exactamente lo tenso y horrible que era todo.
Es impresionante que, ella sola, todavía pueda canalizar toda esa ansiedad, ese estrés y esa vergüenza, pero henos aquí.
Y por eso me escondo en el bostarro helado a las seis de la mañana con mi hijo Ethan.
—Mamá, te dije que de verdad no necesitaba ayuda para darles de comer a las vacas. Podrías haberte quedado adentro, al menos es más… acogedor.
«Acogedor» es un término relativo. Ningún lugar en donde esté Helen ahora me resulta acogedor.
Aunque, ahora mismo, voy sentada junto a Ethan mientras él conduce el tractor con una especie de pala cargadora frontal con púas, y avanzamos bamboleándonos y rechinando hacia el henil, con el viento azotándonos la espalda y arremolinándose alrededor de nuestras cabezas.
Cuando baja la palanca y esa cosa con púas se clava justo en el centro de una paca redonda de heno, ahogo un grito.
—Eso estuvo genial.
—Ya… —Ethan asiente abriendo bien los ojos, lo que dice a las claras que estoy actuando raro—. Lo habré hecho como ochocientas veces, así que me alegra que estés orgullosa de mí. Estoy bastante seguro de que mis habilidades se deben a toda la coordinación ojo-mano que gané jugando videojuegos.
Frunzo el ceño.
—En casa no había videojuegos.
—¿Por qué crees que pasaba tanto tiempo en la casa de Chad?
Giro la cabeza para fulminarlo con la mirada, pero parece que no le afecta. Está demasiado ocupado riéndose.
—Es broma, mamá. Tranquila.
Una parte muy grande de mí duda de que de verdad esté bromeando, pero como ahora es un adulto tampoco es que pueda hacer o decir gran cosa al respecto.
El viento cortante sigue soplando a nuestro alrededor, como una mano esquelética intentando agarrarnos desde una tumba.
Tiemblo sin pretenderlo y me cierro más el pesado abrigo de trabajo.
—¿Qué haces aquí en realidad? —En la voz de Ethan todavía se percibe algo de irritación, pero también se lo nota claramente preocupado.
—Me estoy escondiendo —confieso por fin.
—¿De la tía Helen? —Su carcajada no me hace ninguna gracia.
—No la conoces muy bien. Siempre estuvo demasiado ocupada conquistando el mundo corporativo como para visitarnos, pero no es una persona fácil de tratar, y creo que está decidida a impedir mi boda.
—¡Nunca pensé que vería el día en que mi madre, la bola de demolición de Houston, se escondiera de alguien! ¡Y nada menos que de otra mujercita diminuta!
Le clavo un codazo en el costado.
No resulta tan satisfactorio, dada la cantidad de abrigo que hay entre nosotros. Aun así se retuerce; por costumbre, seguramente.
—Mira, será diminuta, pero es horrible. Dice que si no quiero una boda enorme, y si no me entusiasma invitar a todos mis conocidos, eso significa que me da vergüenza casarme con Steve.
—¿Es así? —Ethan detiene el tractor y se gira hacia mí, dejando la enorme paca de heno meciéndose arriba y abajo en el aire por culpa del frenazo. Mientras tanto, las vacas del prado junto al que avanzamos se apiñan contra la cerca, mugiendo y empujándose unas a otras, desesperadas por su desayuno.
—Claro que no.
—¿Entonces por qué no quieres una boda grande?
Me encojo de hombros.
—Tu problema es que no sabes por qué no la quieres, y tienes miedo de que ella tenga razón. —Vuelve a poner el tractor en marcha y, cuando arranca de nuevo a trompicones, las salpicaduras de barro de las ruedas enormes vuelan y me manchan los pantalones.
—Uf.
—¿Lo dices por el barro? —pregunta Ethan—. ¿O por la agudeza de mis palabras?
Pongo los ojos en blanco, aunque él no lo ve.
—Cuando terminemos de darles de comer a las vacas, ¿puedo sugerirte que entres, te limpies y luego hables de verdad con tu hermana? Dile por qué quieres una boda pequeña, y mantente firme.
Su sugerencia no está mal, pero no la sigo.
En lugar de eso, entro corriendo, me ducho lo más rápido que puedo y me escapo por la puerta principal antes de que ella me vea.
Puede que no sea una buena estrategia a largo plazo, pero a Helen solo le quedan diez días antes de tener que volver para empezar a recaudar montones de dinero para su próximo proyecto.
Si logro esconderme el tiempo suficiente, quizá se aburra y se vaya.
Era una jugada clásica mía en mi familia cuando era niña y, por más años que cumplamos, cuesta mucho liberarse de esa clase de hábitos.
Además, voy tarde a mi cita con Amanda Saddler en la oficina que, según ella, podría servir para mi bufete.
Bueno, está bien. Quizá no voy tarde en realidad, pero podría estar llegando tarde.
Para cuando llego a la dirección que me envió, que casualmente está justo al lado de la fallida tienda de galletas de Amanda, tengo casi cuarenta minutos por delante.
Aun así, seguro que me vienen bien para recorrer el perímetro cuatro o cinco veces y así asegurarme de que se ve como quiero que se vea antes de entrar a revisar el interior de la oficina. ¿O no? Claro que sí.
—¿Debería llamar a la policía? —pregunta una voz grave a mis espaldas.
Me doy la vuelta.
Es Eddy, y sonríe con aire burlón.
—¿Qué rayos haces aquí tan temprano, dando vueltas alrededor de la antigua oficina de correos como un ladrón de bancos estudiando el golpe?
—Hoy todo el mundo se cree comediante —digo—. Voy a verme con Amanda en unos minutos para echarle un vistazo. Quizá sirva para mi bufete.
—Ah. —Eddy asiente—. Amanda Saddler, no mi Amanda.
«Mi Amanda». Aunque sé que están saliendo, todavía se me hace raro. —Exacto, Amanda Saddler.
—Supongo que Amanda todavía no te lo ha contado. Llegaron a una especie de acuerdo, y ahora puedes decirle Mandy.
—Pero creía que odiaba que los niños la llamaran tía Mandy.
Niega con la cabeza.
—Mi Amanda no. Amanda Saddler aceptó hacerse llamar Mandy.
—¿En serio? —Frunzo el ceño—. Creía que ella lo odiaba todavía más que tu Amanda. Además, dijo que era demasiado mayor para tener un apodo nuevo.
Eddy se encoge de hombros.
—Ni idea de cómo lo resolvieron, pero eso fue lo que dijo Amanda. Se acabó la confusión. Esa es la parte buena.
—Supongo —digo.
—¿Mandy está llegando tarde? —pregunta Eddy.
Echo un vistazo a mi reloj. Todavía faltan quince minutos para la hora a la que quedamos en encontrarnos.
—No exactamente.
—Eres ridículamente puntual —dice Eddy—. Pero de verdad espero que te quedes con este lugar. Así puedes echarle un ojo a quien viene a hacerse cargo de la clínica en mi ausencia.
—Perdona, ¿cómo dices?
—¿Amanda tampoco te contó eso? —Arquea las cejas—. Me voy mañana a California. Voy a grabar un álbum nuevo y luego saldré de gira para promocionarlo.
—Suena… repentino. —Y empiezo a sentir que no tengo idea de cómo está Amanda ahora que ya no vivimos juntas.
—Por eso me sorprende que no lo supieras —dice—. Le comuniqué mi decisión definitiva hace unos días, pero llevábamos barajándolo como opción desde Navidad.
Llevábamos. Está claro que a Amanda le parece bien; suena a que tomaron la decisión juntos.
—Bueno, qué emocionante. Felicidades.
—Solo espero que termine saliendo mejor que la última vez que me fui de gira.
Ni que lo digas. —Seguro que sí —digo—. Ahora eres mucho más prudente.
—Eso espero —dice.
La furgoneta de Amanda Saddler —de Mandy— se detiene en el frente, con los neumáticos crujiendo sobre la grava de la entrada de la oficina.
—Mejor voy para allá —digo.
—Claro —dice—. Pero oye, si te sobra energía o tiempo, ¿puedes asegurarte de que Amanda esté bien sin mí por aquí? Dudo que me cuente si algo no va bien.
—Por supuesto —digo—. Y estaré atenta para asegurarme de que tu reemplazo no se le insinúe.
Eddy se ríe.
—Bueno, no puedo jurar que Buff no vaya a estar interesada, Amanda es una belleza con carácter, pero dudo que sea una gran amenaza. Ella lleva más de treinta años felizmente casada, o al menos en pareja todo ese tiempo. No estoy seguro de cuándo se casaron.
—¿Ella? —Supongo que no debería sorprenderme, pero simplemente había dado por hecho que el nuevo veterinario de vacas y caballos de la zona sería un hombre—. Espera…
—Buff era una de mis profesoras favoritas en la facultad de veterinaria, y acaba de jubilarse y vender su clínica allá para poder pasar más tiempo en la cabaña que se compró en Colorado.
—Ah.
—Estuvo a punto de arrancarme la cabeza cuando le propuse venir aquí, pero, aunque ladra fuerte, en realidad nunca muerde.
Es una de las personas de mejor corazón que conozco.
Su pareja, Deb, sería capaz de asarme en un espetón, pero con suerte no nos veremos.
—Eddy endereza los hombros y sonríe—. Hasta que vendió su clínica, vivían en algún lugar a las afueras de Houston.
Seguramente te vas a llevar de maravilla con ella.
—Se inclina un poco y baja la voz—. Pero te advierto: habla hasta por los codos.
Ahora ya casi no puedo esperar para conocerla.
—¿Abby? —Amanda… ay, Mandy me está llamando desde la entrada. Puede que este asunto del nombre nuevo ayude a evitar confusiones, pero acostumbrarnos va a ser duro.
—¡Voy!
Cuando llego al frente del local, Mandy ya está abriendo la puerta. Como siempre, va directa al grano.