El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 4 Donna
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DONNA

Por muy mal que estuvieran las cosas en casa, por mucho que papá gritara o por muchas veces que me pegara con el cinturón, cuando llegaba a la escuela, me sentía a salvo.

Es curioso que, incluso ahora, la escuela siga siendo mi lugar seguro.

Al fin y al cabo, ¿quién vendría a mi trabajo a hostigarme?

Patrick.

Él, justamente él.

Apenas puedo creer lo que ven mis ojos cuando entra tan campante por la puerta principal. Recorro con la mirada el pequeño vestíbulo de la escuela, para comprobar si hay alguien más cerca que pueda hacer que su comportamiento no se descontrole.

No hay tal suerte.

—¿Por qué pones esa cara de pánico? —pregunta—. Soy tu hermano, ¿o ya se te olvidó?

—Estoy trabajando —siseo—. ¿Puedes guardarte lo que sea que pienses decir para cuando ya haya salido del trabajo?

—Ahora mismo estás atentando contra toda mi vida, reclamando como tuyo lo que es mío, ¿y crees que yo debería tener más consideración con tu insignificante trabajito de secretaria?

—¿Cómo es que estoy atentando contra toda tu vida?

—Sé que no debería dejarme arrastrar a esta discusión.

Está claro que me está provocando. Pero parece que no puedo evitarlo—.

Mamá y papá hicieron un nuevo testamento, y en él no me excluyen por haberme pagado los estudios.

Ellos hicieron eso. El que me mintió fuiste tú.

—Papá no estaba en sus cabales cuando firmó eso.

—Patrick cruza el espacio que nos separa y deja caer una pila de papeles sobre el escritorio, frente a mí, con un gesto teatral—.

Puede que no quieras oír esto, pero ese testamento no es válido.

Que mamá llevara a papá al bufete a hacer ese testamento fue puro teatro.

Papá jamás lo habría hecho de haber estado en sus cabales, y eso tú lo sabes, y por eso no cambia nada.

Sin siquiera tocarme, ha conseguido asestarme un golpe bastante doloroso. Ahí es donde Patrick supera a mi padre. Él no necesita usar los puños. Sus palabras son bastante crueles por sí solas.

—Me enteré de que esa rubia idiota renunció a su sofisticado trabajo y de que tú eres su primera clienta. Pensé que te gustaría saber, antes de que te pongas a gastar dinero que no tienes, que tus esfuerzos van a ser puro desperdicio.

—¿Viniste a advertirme? —pregunto—. ¿Por pura bondad?

Patrick suspira.

—Eres mi hermana. Por supuesto que quiero lo mejor para ti.

Hasta lo hablé con Amelia, y estamos dispuestos a darte cien mil dólares de la póliza del seguro de vida.

—Su voz sube casi una octava—. No es que creamos que debamos, ni siquiera que mamá y papá de verdad lo quisieran, pero estamos dispuestos a darte eso, si te hace feliz.

Eso sí: tienes que dejar de lado esta tontería del nuevo testamento.

—Tu abogado elaboró este testamento que, según tú, no sirve para nada. —Mi voz suena más apagada de lo que pretendo—. ¿Estás diciendo que no debería haberlo hecho?

—Siempre fue una farsa: lo hizo para apaciguar a mamá, para que no se metiera en problemas por discutir con él.

Ya sabes lo furioso que podía ponerse papá.

Mamá quería cambiar su testamento, y papá quería dejar el suyo igual.

A fin de cuentas, sabíamos que no era vinculante para papá cuando lo rehízo.

La mayoría de los días no sabía ni dónde tenía la cabeza.

Debería haber sabido que, incluso con un testamento válido, firmado ante testigos y en regla en mis manos —uno que, justamente, él me había estado ocultando—, Patrick se las arreglaría de algún modo para hacerme dudar de todo.

—Vete, Patrick. Podemos hablar de esto más tarde.

—Esta no es una oferta que puedas guardarte para cuando te convenga —dice Patrick—.

Te enviaré el acuerdo de conciliación que redactó mi abogado, pero debes saber que es como un cartón de leche: tiene fecha de caducidad.

Decídete en unos días, y todo irá bien. Espera demasiado, y no recibirás nada, que es exactamente lo que mereces.

Hay algo que me viene molestando desde hace tiempo.

—Si de verdad quieres que considere la oferta, dame alguna información que demuestre que vienes de buena fe.

Patrick ya tiene la mano en la puerta. Se gira y me mira por encima del hombro.

—¿Qué?

—Estabas empecinado con comprar el rancho Birch Creek.

Mentiste, jugaste sucio y hasta te arriesgaste a cometer fraude para conseguirlo.

No logro entender por qué. Lo mire como lo mire, no necesitas más tierra para tu ganado, y que sea prácticamente contiguo a tu propiedad no es razón suficiente.

Podrías estar presionando a los Langley del otro lado, si eso es todo lo que quieres. ¿Por qué querías tanto ese lugar?

Patrick está forzando su sonrisa.

—Donna, tu mayor problema siempre ha sido que te crees mucho más lista que todos los que te rodean. —Empuja la puerta para abrirla—. Pero no lo eres.

Y con eso se marcha.

Yo sigo temblando.

Para cuando terminan las clases, ya no tiemblo tanto, pero sigo alterada. Llamé a Abby, pero todavía no me devuelve la llamada. Necesito averiguar qué tan grave es esto, el argumento de Patrick de que papá no estaba en sus cabales y de que esto no era más que una especie de testamento ficticio.

—¿Mamá? —Aiden, ajeno a todo lo demás que está pasando en nuestras vidas, me dedica su sonrisa más grande cuando me ve, como todos los días. Así recuerdo lo que más importa, y no es el dinero, por muy obsesionado que Patrick parezca estar con él.

—Hola, cariño.

—¿Ahora sí vamos a ver la casa nueva?

Mi hijo de siete años recordándome los pendientes de nuestra lista. Qué penoso.

—Claro que sí.

Amanda Saddler se ofreció a alquilarnos una casita en las afueras del pueblo. Está en el lado de Manila que da a Birch Creek, un buen punto a favor. Llevar a la escuela a Aiden no tomará mucho tiempo, y no será ninguna molestia ir a visitar a mis nuevas amigas.

—Más vale que nos demos prisa —digo—. No me gustaría hacer esperar a Amanda.

—¿Gabe va a estar ahí? —A Aiden se le iluminan los ojos.

Niego con la cabeza.

—Esta vez no, cariño. Solo vamos a ver a la señorita Saddler.

—Ah. —Sus pequeños hombros se desploman, y yo intento no sentirme tan desanimada como él se ve.

En cuanto Abby me diga algo sobre lo del testamento, veré si también podemos organizar una tarde de juegos.

Sé que está ocupada, pero cuando tengamos casa propia, podría incluso llevarme a Gabe de la escuela con nosotros y dejarlo en casa de Abby después de cenar, sin causarle ninguna molestia extra.

Aiden no para de bombardearme con preguntas sobre una casa que no he visto nunca mientras caminamos hacia el coche.

—Cariño, todavía no sé nada sobre el patio, ni los baños, ni el tamaño de la sala. Pero vamos de camino, así que seguro que los dos nos enteraremos muy pronto.

Suspira.

—¿Tú crees que el señor Will de verdad tiene Legos?

Ojalá los adultos no ofrecieran cosas a menos que estuvieran cien por ciento seguros de poder cumplirlas.

Will le prometió a Aiden antes de Navidad que jugarían con sus Legos, y parece que le está costando encontrarlos.

Lo más probable es que su madre los tirara hace años.

No pasaría nada, salvo que los niños de primer grado son como los perros a los que les han dado a probar un trocito de tocino. No pueden soltar el tema.

—Estoy segura de que, si los encuentra, cumplirá su promesa —digo—. Pero a veces, cuando se trata de algo que no has usado en muchísimo tiempo, como los Legos del señor Will, lo que queremos no es lo mismo que lo que podemos hacer. —Aprieto los dientes y espero que Aiden deje de insistir.

—¿Tú crees que…?

Tras un fuerte estallido en la rueda delantera derecha, el coche empieza a tironear con fuerza hacia la derecha. Por fin logro orillarme en el borde de tierra de la pequeña calle que sale del pueblo.

—¿Qué fue eso? —pregunta Aiden.

Hace tiempo que necesito neumáticos nuevos.

Debería haberlos cambiado hace mucho, pero simplemente no tuve oportunidad de conducir hasta Green River.

Por no hablar del gasto que supone comprar un juego completo de neumáticos nuevos.

Probablemente cuesten más de lo que vale mi coche.

Pero ahora que estoy varada al costado del camino, sin un taller de neumáticos a menos de una hora en coche, ojalá hubiera sacado el tiempo y conseguido el dinero.

—¿Mamá?

—Todo está bien, cariño —miento.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Una solo puede decirse a sí misma que todo está bien durante un tiempo, hasta que pierde el significado.

—¿Cómo vamos a ver la casa? —pregunta Aiden—. ¿Alguien va a arreglar la rueda?

No soy de esas que no saben cambiar una rueda.

No es algo que me guste hacer, pero papá se aseguró de enseñarme.

Solo que se complica cuando no tienes una de repuesto.

Debería tener una, lo sé. Pero ya estamos usando la de repuesto, gracias a la última vez que nos pasó lo mismo.

Al menos aquella vez tuvo la decencia de pincharse en la entrada de nuestra casa.

Llamo a Amanda Saddler y le digo que vamos a llegar tardísimo, pues mi teléfono dice que son dos kilómetros de caminata. No está mal para un adulto, pero entre el niño de siete años y la nieve, va a tomar algo de tiempo.

—¿Por qué? —pregunta ella—. ¿Pasó algo?

—Ah, nada terrible —digo—. Solo que tuve la suerte de pisar un clavo en el camino, y ahora…

—¿Se te ha pinchado una rueda? —Suspira—. Quizá si llamo a…

Una camioneta nos pasa por al lado, luego frena y aparca un poco más adelante.

—Llegó alguien —digo—. Te llamo en un momento.

Y no es un coche cualquiera, me doy cuenta al colgar. Es la enorme camioneta negra de Will Earl. La puerta se abre, él baja de un salto y rodea el coche hasta donde estoy aparcada. Salgo del coche tan rápido como puedo.

—Mira, es el señor Will —dice Aiden.

—Shh —digo.

—Parece que se te pinchó una rueda —dice Will—. No me sorprende. Se ven un poco gastadas.

Suspiro.

—Cambiarlas no ha estado entre mis prioridades.