El renacer del alma (Metamorfosis 1) 33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #8
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33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #8

La mirada de su hermano se mantuvo fija en el demonio.

No dijo nada. No hubo últimas palabras. Tan solo aguardó a su muerte con la compostura propia de un gran guerrero.

Sus ojos se mantuvieron fijos en su verdugo, incluso cuando su cuerpo comenzó a contorsionarse, luchando por mantener la luz blanca que había empezado a desprenderse de él.

Ni un solo grito se escapó de su garganta.

Summ gritó por él, con las lágrimas recorriendo su rostro mientras clamaba piedad y luchaba con todas sus fuerzas por zafarse de aquel agarre invisible que la mantenía inmóvil.

Pero fue inútil. El destello se apagó y Askar se desplomó sin vida sobre el suelo rocoso.

Los sentidos de Summ se apagaron. Ya no podía escuchar los gritos de Thyra ni el crepitar del fuego en las velas.

El corazón le dio un vuelco, procesando una imagen que se negaba a aceptar.

No. Cuando pudiera moverse se acercaría a él y conseguiría que reaccionara.

Se despertaría con un pequeño zarandeo, como cuando se quedaba dormido estudiando a altas horas de la noche para ser el mejor de su clase.

Sin embargo, aun cuando su corazón lo negaba, su mente sabía la verdad, y aquella certeza la golpeó como un alud. Su hermano había venido a salvarla y había muerto intentándolo.

Baltheezar giró sobre sí mismo, sorteando con desprecio el cuerpo sin vida. Sus pasos retumbaron en la estancia en su camino hacia Thyra. Una grotesca y afilada sonrisa se dibujó en su rostro al posar sus pupilas rubí sobre ella.

Su amiga apenas podía sostener la mirada. El sudor que caía de su frente se mezclaba con las gotas de sus lágrimas mientras su pecho subía y bajaba desbocado.

—Última oportunidad —sentenció, tirando a la Velahr del pelo.

—¡No lo hagas, Summ! —gritó Thyra, en un último acto de valentía.

Summ se ahogó en su propio llanto. ¿A quién iba a engañar?

Toda su vida la habían criado para sacrificarse y sacrificarlo todo por una causa mayor.

Pero ella no era así. Se sacrificaría mil veces por los que quería, pero nunca los sacrificaría a ellos.

Daba igual el tamaño de la causa. La visión Velahr era una patraña.

—¡Está…!

No había terminado de aceptar su destino cuando Max se abalanzó sobre Baltheezar, apartándole de Thyra de un golpe. Forcejeando sobre el suelo de la cueva, el demonio se revolvió y se desprendió del humano con facilidad, aplastándole contra una roca.

—¡Déjalo en paz! —gritó Thyra, aterrada.

Baltheezar ignoró su petición y clavó sus dedos afilados en el estómago del chico, dejándolo herido de gravedad sobre el pavimento. Max apenas emitió un quejido ahogado mientras sus ojos luchaban por mantenerse abiertos.

Todo volvía a ser demasiado rojo. Los gritos de Thyra y el olor que inundaba sus pesadillas habían comenzado a nublar sus sentidos. Eso no podía estar pasando. No podía acabar así. No podía perderlos a todos.

En aquel instante, un reguero de llamas envolvió a Baltheezar, alejándolo de Max. El demonio se retorció horrorizado y su mirada se desvió hacia Avery, que apareció desde el fondo de las catacumbas con una cadena de fuego rodeando sus brazos.

Summ parpadeó, descolocada. Ese fuego irradiaba… frío. El mismo frío que había sentido cuando atravesó la pared de luces en el cementerio. Las mismas que le acompañaban en aquel momento.

—¡Ahora, Summ! —exclamó el muchacho. El sudor bañaba su frente por el esfuerzo—. No sé cuánto tiempo podré sostenerlo.

Volviendo a sentir el peso de su propio cuerpo, sacó el karagar del bolsillo de su pantalón y se aproximó a Baltheezar, que se retorcía gritando:

—¡Este poder te consumirá, chico!

Avery ignoró su advertencia y apretó el agarre de su cadena de fuego gélido.

Summ hizo caso omiso de las voces y de aquella incómoda sensación que procedía de la piedra, y la elevó en dirección al demonio. Sin perder ni un segundo más, pronunció:

—¡Ol Sonuf Vaoresaji!

Con un grito que reverberó entre las cuatro paredes de la catacumba, Baltheezar se convirtió en un remolino de humo negro. El karagar que había sostenido hasta entonces cayó al suelo con un golpe sordo.

Durante unos segundos, el humo flotó en el aire, contenido por el fuego de Avery, hasta que al fin encontró su destino en la minúscula piedra que Summ sostenía entre sus manos.

Lo habían conseguido.

A su derecha, Thyra se abalanzó sobre un agonizante Max, que luchaba por respirar, y las llamas alrededor de Avery desaparecieron en cuanto se apresuró a auxiliar a su amigo.

La futura Sophoi levantó la camiseta de Max y ahogó un chillido al comprobar la gravedad de la herida. Summ no necesitó ver más allá de sus ojos medio cerrados para saber que aquella herida era letal. Su amiga comenzó a sollozar.

—Tenemos que hacer algo —repetía Avery, suplicante.

Su corazón se encogió; se sentía tan inútil como si aún llevara esas cadenas invisibles. No había nada que hacer: era cuestión de minutos que se uniera a Askar, donde fuera que iban las almas al morir.

Con un brinco, Thyra se quitó la capa y palpó su bolsillo con las manos temblorosas. De su interior emergió un frasco de líquido brillante como la luna. El Sacra Prodigi.

—No sabemos si funciona en humanos —advirtió Summ en un susurro.

Pero su amiga no escuchó. Sin pensárselo dos veces, volcó la totalidad del recipiente sobre el estómago de Max y dejó que el líquido se introdujera en el interior de la herida. No hubo reacción visible.

Con la respiración contenida, aguardaron algún resultado, aun cuando las posibilidades eran mínimas. No solo nunca se había probado en humanos, sino que aquella herida se encontraba en el límite de lo que el Sacra Prodigi podía curar.

Esperaron. El silencio solo era interrumpido por sus llantos y la respiración entrecortada del chico. Rezó para que se recuperara, para que su nombre no se uniera a la lista, ya demasiado larga, de víctimas de aquella maldita noche.

Miró con el corazón roto el cuerpo de su hermano. Debería haber sido ella quien yaciera sin vida en aquella cueva.

Había comenzado a creer que no iba a funcionar cuando los bordes de la herida empezaron a cerrarse hacia el punto más interior. Thyra soltó una exclamación y Avery suspiró aliviado cuando la respiración de Max pareció normalizarse.

A duras penas, con el rostro recuperando su vitalidad, Max susurró:

—¿Hemos atrapado al Pokémon?

Thyra dejó escapar una carcajada y lo abrazó con fuerza.

Observando a sus amigos, Summ quiso compartir su alegría, sumarse a la celebración de la victoria. Pero el cuerpo sin vida de su hermano permanecía junto a ella, y con él la presión en su pecho que se había instalado en el momento en que lo había perdido.

Se dejó caer de rodillas y sujetó su callosa y rígida mano, aún caliente, permitiendo que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Nunca antes un triunfo había sido tan amargo.

La mano de Avery se cerró sobre su hombro sin pronunciar palabra. Tampoco había nada que pudiera decir para aminorar su dolor.

Pero su corazón desgarrado agradeció el calor de su compañía, y con él, la certeza de que nunca estaría sola.

Epílogo

En los últimos días, Qasrahel había recuperado su vida habitual.

Ninguna sombra se cernía sobre el castillo, y eso se reflejaba en el ánimo de los Velahr que festejaban la victoria.

No obstante, como siempre ocurre tras un suceso trascendental, sus vidas habían cambiado: los sellos protectores permanecían en cada ventana y puerta, y cualquier deterioro era arreglado de inmediato.

Los Nitzh aún eran mirados con recelo —a pesar de que la revelación de Loran como traidor les había exculpado—, y había mucho trabajo por hacer para que las relaciones entre ellos y la Senda volvieran a la normalidad.

Si es que alguna vez había existido normalidad alguna.

Sí, todo había cambiado. Pero para Summ, el mayor cambio estaba en su propio interior, donde un enorme vacío se había instalado tras la muerte de Askar, en algún punto entre su corazón y su garganta.

Dudaba que en algún momento pudiera deshacerse de esa sensación, pero aprendería a convivir con ella.

Suspiró mientras andaba por el pasillo que daba a la Cámara del Consejo, donde en aquel instante su amiga estaba siendo juzgada por las transgresiones de los últimos días.

Su propio juicio empezaría en el instante posterior en que Thyra saliera por la puerta de doble hoja, pero, a pesar de ello, no le importaba lo que a ella le pasara.

Solo esperaba de todo corazón que el Consejo fuera justo con su amiga. No podía perderla a ella también.

Ambos juicios habían sido la comidilla del castillo en los últimos días.

Muchas de las normas que habían quebrantado contaban con penas capitales, pero haber acabado con Baltheezar había puesto a la mayoría de los Vardir, Sophoi y Nacidos del Fuego de su parte, y se habían cuestionado la severidad del castigo que se les debía imponer.

Esperaba que la opinión popular suavizara sus penas.

El sonido de las puertas abriéndose hizo que su corazón se saltara un latido. Su amiga salió de la Cámara con la mirada fija en el suelo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Summ con un nudo en la garganta.

—Me han condenado a seis meses de servicios domésticos en el castillo —respondió su amiga, encogiéndose de hombros.

Summ la miró arqueando una ceja. Eso no podía ser todo. En toda su existencia, el Consejo nunca había sido tan benévolo.

Pero cuando sus ojos castaños se posaron sobre los de ella, supo que había mucho más, y su cuerpo tembló en respuesta.

—Y… me han asignado dictar tu castigo por desobediencia. Debo decir algo en las próximas horas.

—¿Mi castigo? —Summ balbuceó—. ¿Por qué?

Thyra respiró hondo y una luz brillante cruzó sus ojos oscuros. La línea de sus labios se curvó ligeramente hacia arriba.

—Porque estás hablando con el nuevo miembro del Consejo de la Senda del Velo.

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