33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #7
—Te daré mi última muestra de compasión —murmuró Askar, volviendo a levantar su arma con esfuerzo—. Nunca quise hacer daño a tu familia. A donde sea que vayas, espero que encuentres paz sabiendo que aquel maldito día me atormenta cada noche.
A punto de clavar la espada sobre el pecho de Loran, una luz cegadora iluminó el cementerio. En cuestión de segundos, todo se volvió blanco.
Entornando los ojos, Summ trató de que su vista se estabilizara después del fogonazo de luz. Intentó llevarse las manos a la cabeza y fue invadida por el pánico: no podía moverse. Veía formas y luces a su alrededor, pero no podía distinguir nada.
—¿Summ? —escuchó la voz de Thyra muy cerca de ella.
—Estoy aquí. ¿Puedes ver algo?
Una carcajada retumbó en el espacio que las rodeaba, helando su sangre. Su corazón se aceleró mientras luchaba con todas sus fuerzas por zafarse del agarre invisible. Pero era inútil.
—No. Tampoco puedo moverme —respondió su amiga, angustiada.
La risa continuaba, cada vez más cerca de ellas, envolviéndolas con su macabro sonido.
—¿Dónde estáis?
Reconoció la voz de su hermano. Estaba allí pero, ¿dónde? No sonaba tan cerca como Thyra.
Su vista comenzó a aclararse. Había empezado a distinguir algo… a alguien acercándose a ella. Un roce áspero y helado en su mejilla derecha hizo que su piel se erizara.
—Me gusta la rabia que irradias —una voz de ultratumba se dirigió a ella.
Unos ojos tan rojos como el fuego llenaron su campo de visión. Observándola. Analizándola.
—Podrías llegar muy lejos si supieras usarla —murmuró Baltheezar, con su mano fría como el hielo aún pegada a su rostro—. Podemos hacer un trato y sacar partido de tu talento.
La niebla de su vista por fin desapareció, aunque su pecho continuaba comprimido por la angustia.
¿Dónde estaban? Parecía una especie de catacumba.
Era probable que se encontraran bajo el cementerio, al final del acceso que habían abierto.
Aunque era incapaz de escuchar nada fuera de aquellas cuatro paredes, húmedas y oscuras, iluminadas por velas de color rojo.
¿Dónde estaba la salida? Sin puertas ni accesos visibles, con tan solo unos muros de piedra, una oscuridad palpitante y un trono de terciopelo color rubí en el centro, aquello era lo más parecido al infierno que habría imaginado nunca.
A su derecha, Thyra permanecía inmóvil, pegada a la pared rocosa.
En la pared contraria se encontraba Askar, junto a un moribundo Loran que luchaba por respirar mientras se ahogaba en su propia sangre.
Sintió un ligero alivio al comprobar que su hermano había sido el que había quedado en pie.
Pero su cuerpo volvió a tensarse al desviar la mirada hacia el demonio.
—Yo no hago más tratos con quien los rompe —respondió, apretando los dientes—. Dijiste que le dejarías en paz.
Intentó controlar su respiración para invocar su propio undae, pero lo que fuera que hubiera utilizado el demonio para inmovilizarlas había apagado esa parte de ellos también. Estaban indefensos.
Baltheezar dejó escapar una nueva carcajada.
Una sonrisa maliciosa iluminó su rostro pálido mientras retrocedía hacia el trono de terciopelo rojo que presidía la sala.
Las velas, el trono, la sangre acumulándose bajo Loran, los ojos de Baltheezar…
Por un instante, el pánico que había sentido la noche que todo había cambiado la invadió.
Y el olor… Ni en un siglo conseguiría deshacerse de él.
—Te prometí traerle de vuelta y así lo hice —Baltheezar chasqueó la lengua—. En ningún momento se estableció que no pudiera persuadirle para venderme su alma. No pude resistirme. Tiene algo especial… pero eso ya lo sabes, ¿verdad?
Avery era especial de muchas formas, pero temía que lo que ella había valorado de él no era lo que Baltheezar había encontrado tan atractivo. Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
—¿Crees que tu undae reacciona por atracción?
—sonrió, con sus dientes afilados sobresaliendo de sus labios—.
En el momento en que empiezas a desconfiar de la Senda, tus sentidos se amplifican.
Te vuelves más… perceptivo. Cuando estás con él, lo que se activa en ti es la parte más primitiva de tu esencia avisándote del peligro, preparándote para la batalla.
Exterminamos a su especie porque eran los únicos capaces de controlarnos. De controlarlo todo.
Intentó desprenderse de la duda que esas palabras le suscitaban, pero había algo en la voz del antiguo ser que parecía… sincero. Siempre le había parecido extraño que su poder reaccionara ante Avery, pero nunca se había sentido en peligro junto a él.
No. Baltheezar era conocido como el Embaucador del Voto. Su mayor poder residía en sus mentiras.
—Si tanto miedo le tienes, ¿por qué le resucitaste?
La comisura de los labios del Caído se alzó ante la pregunta:
—Porque una bomba también puede ser útil si te aseguras de estar lejos cuando explota.
Summ gruñó. Le habría arrancado aquella sonrisa de un puñetazo si hubiera podido moverse.
—¡¿No tenías suficiente con mi alma?!
—Tu alma no es para mí, querida —su semblante se tornó serio y, del bolsillo interior de su capa rubí, sacó un pequeño objeto.
Summ no alcanzaba a verlo, pero cuando llegaron a sus oídos voces que susurraban su nombre y una sensación ya conocida de desasosiego recorrió su espina dorsal, supo a ciencia cierta que aquello era un karagar.
Baltheezar se levantó del asiento y se aproximó a Loran. Se puso de cuclillas junto a él y agarró sus mejillas, llenándose las blancas manos de sangre. Lejos de sentir asco, el demonio pareció satisfecho con la imagen.
El líquido carmesí salió a borbotones de la boca del rubio cuando intentó hablar. En su mirada azul había una súplica dibujada.
—Has sido un buen perro —sentenció Baltheezar antes de apuntar el karagar hacia el moribundo.
Loran comenzó a convulsionar y su piel adquirió un resplandor cegador.
Atraída por la fuerza de la piedra, la luz radiante emergió del centro de su pecho como una lanza estelar, sumiendo al Velahr en un grito agónico.
No fue hasta que su alma alcanzó el karagar que su voz se apagó para siempre.
El talismán brilló y emitió un breve silbido en respuesta.
Thyra soltó un grito ahogado.
—¡Eso fue lo que hiciste con la consejera Vaal!
—Solo tres almas Velahr más y mi amo estará de vuelta —el demonio, que se contoneaba orgulloso de su hazaña, dejó escapar una sonrisa burlona.
Summ se removió en su sitio. Ahora entendía por qué no había podido sentirle como a Avery. Él no era el dueño de su alma. Y, si Baltheezar decía la verdad…
Se estremeció. Había llevado hasta él las almas que necesitaba para resucitar algo mucho peor que él.
—¡Jamás lo permitiremos! —exclamó Askar, apretando los dientes. El pelo, mojado por el sudor, se le pegaba a la sien.
—No te he pedido tu permiso —respondió Baltheezar, mirando con desprecio al consejero, como si se tratara de una rata callejera.
Retirando sus ojos carmesí de él para posarlos sobre Summ, prosiguió:
—Sin embargo, creo que tienes un gran potencial, Summ. Me recuerdas a mí mismo cuando era un Velahr. Tan decidida y dispuesta a romper las normas.
Algo en su interior se replegó sobre sí misma. Se negaba a creer que una parte de ella, por minúscula que fuera, pudiera parecerse en algo a ese ser del inframundo.
—Nuestra causa siempre necesita refuerzos —continuó, acariciando su pelo.
Su cercanía y el intenso olor a azufre le dieron ganas de vomitar.
—Ni hablar —replicó Summ—. No me parezco en nada a ti.
Luchó por revolverse, pero fue en balde.
—Aún no he terminado mi oferta —el demonio bajó sus manos hacia su rostro, apretando, molesto por su desfachatez.
Sus manos se sentían como piedras presionando sus huesos—.
Únete a mí y perdonaré tu alma y la de tus amigos.
Estos dos saldrán de aquí con vida y el trato con tu humano quedará anulado.
Dudó. Habría dado lo que fuera por salvarlos a todos. Ella les había llevado hasta allí. Ella había ocasionado que cayeran en sus redes.
Miró a su amiga. No soportaba ver el pánico que se dibujaba en sus ojos, temiendo que nunca tomaría sus votos, que nunca llegaría a ser la gran Sophoi que estaba destinada a ser. Tenía que sacarla de allí.
—Summ —murmuró Thyra—. Nuestras vidas no valen más que las del resto de los Velahr.
—Si no nos mata ahora, lo hará después —la voz grave de Askar retumbó en la cueva—. Una vida efímera no merece la corrupción de tu alma.
Observó a su hermano y admiró la dignidad que reflejaba su rostro, cubierto por la sangre de su enemigo.
Nunca habían tenido una buena relación. Se habían pasado toda su vida discutiendo, pero, al final del día, siempre habían sabido que podían contar el uno con el otro.
Askar era el mejor consejero que la Senda había tenido nunca. Tenía tanto que hacer por ellos aún…
Pero si algo le habían enseñado los últimos meses era que los tratos con los demonios nunca salían bien. Baltheezar encontraría alguna manera de hacerla perder.
Posando su mirada en aquellas pupilas ardientes, respondió sin titubear:
—Búscate otra pareja para el baile.
Baltheezar ladeó la cabeza y su mirada sobre ella quedó suspendida en el tiempo.
Sus dedos se aferraron con más fuerza a su barbilla, y un fuerte pinchazo atravesó la mandíbula de Summ.
Justo cuando creía que había llegado su final, el agarre se aflojó y una mueca diabólica se dibujó en los labios del demonio.
—Veamos si soy capaz de hacerte cambiar de opinión.
En un movimiento ágil, se volvió hacia Askar, levantando el karagar que había permanecido en su mano hasta entonces. Summ gritó, tratando de mover alguna parte de su cuerpo, mientras Thyra suplicaba clemencia.