El renacer del alma (Metamorfosis 1) 33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #6
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33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #6

En la pastelería de Elissa Thorn había sido la rabia el sentimiento que había conquistado y con el que había derrotado al Nestum.

Pero allí, entre los gritos de sus compañeros, solo sentía miedo.

Trató de hacerlo suyo, de potenciar el terror que sentía por Thyra, por Askar, por Avery… por ella misma.

Sintió el calor acumularse en su pecho, como una bomba recién cargada a punto de estallar.

Pero la explosión no llegó a deslizarse entre sus dedos.

Una luz radiante lo inundó todo a su alrededor, cegando cada uno de sus sentidos, como un relámpago inmovilizado en el tiempo que se llevaba consigo todo el poder que había acumulado y nublaba su percepción.

35

Tras la abrupta aparición de Loran con el rostro ensangrentado en la Cámara del Consejo, y después de hablar con él en privado, no había perdido ni un segundo en acudir en búsqueda de Summ.

Askar sabía que, como consejero, debía haber movilizado a la Senda para dar con la traidora.

Pero conocía a su hermana: sabía que protegería a aquel humano aunque le costara la vida, y él no estaba dispuesto a perderla, aunque después de hacerlo tuviera que luchar por mantener su cargo y el respeto de los Velahr.

Encontraría una forma de solucionarlo. Todo.

Incluso las amenazas infundadas de Voss. Siempre lo había hecho.

Había mandado una patrulla al psiquiátrico abandonado de Nareen en busca del karagar, pero, tras fracasar en su encuentro, supo que solo le restaba encontrar a Summ y protegerla como pudiera. Esperaba no llegar demasiado tarde.

Repartido por el antiguo edificio estatal, el escuadrón Velahr esperaba una orden.

Intentó pensar como su hermana. ¿Dónde podría esconderse de Baltheezar?

Recordó entonces que, no muy lejos de allí, Jay Kasbrak había permanecido oculto de los demonios.

Si conocía lo suficiente a Summ —y así creía que era—, debía estar escondiéndose con el humano allí.

Guió el paso y les pidió que le siguieran.

No hubo ni la más mínima réplica —un buen Vardir nunca se atrevería a cuestionar a su superior—, pero los suspiros, las cejas arqueadas y los movimientos desganados fueron suficientes para saber con certeza que no contaba con su apoyo.

No les culpaba: había pasado toda su vida defendiendo los ideales de la Senda y transmitiéndolos a las nuevas generaciones y, a la hora de la verdad, estaba cometiendo el mismo error por el que había criticado a muchos otros.

Apretó los dientes. Su hermana siempre le había ocasionado demasiados problemas.

De camino a la cabaña de Jay Kasbrak, dirigió al equipo hacia el antiguo cementerio. Serviría de atajo para llegar con mayor premura a su destino.

Respiró aliviado cuando, en un punto medio del cementerio, pudo ver a Summ junto a Thyra y Loran. Parecían estar discutiendo, aunque desde aquella distancia era incapaz de escuchar lo que decían.

En aquel preciso instante, Loran levantó los brazos. Su undae, suave y vibrante, llegó hasta ellos. Poseía la misma frecuencia que un ultrasonido, enviando su localización a un receptor incierto. ¿Les estaría llamando a ellos?

Su pregunta quedó respondida en segundos cuando la tierra empezó a temblar y, tras ellos, estalló una ola de rugidos. Comprobó con horror cómo decenas e, incluso, cientos de Graeven acudían desde todas direcciones, acercándose peligrosamente hacia ellos.

Se llevó la mano a la empuñadura de su espada y se preparó para interceptar el ataque. Pero las bestias pasaron de largo hasta llegar al centro del cementerio. Hasta llegar a Summ.

Askar analizó su posición para la batalla que se avecinaba: entre sus filas contaba con menos de cincuenta hombres y mujeres. Debía conseguir más ayuda si querían tener alguna oportunidad de combatir aquella horda.

—Betha —llamó a su segunda al mando—. Necesito que regreses corriendo a Qasrahel y des la voz de alarma. Que acudan tantos como puedan luchar.

La esbelta y rubia Betha asintió y, sin más dilación, salió disparada a la carrera hacia el acceso más cercano.

Volvió su mirada al centro del cementerio y dio una última orden en voz clara y concisa:

—Juramos proteger y moriremos haciéndolo. A por ellos.

A la carrera, toda su cuadrilla se lanzó al ataque. Con destreza, se fueron abriendo paso hacia el centro del cementerio, con sus capas ondeando al viento como una oleada de obsidiana.

Askar pensó en Loran: los Graeven habían acudido a su llamada. ¿Cómo era posible que un Velahr contara con ese poder? Sería imposible, salvo… salvo que Loran fuera un disidente.

No permitiría que ese traidor se acercara a su hermana.

A la par que lanzaba estocadas, la ira comenzaba a circular por sus venas.

Había cometido un error. Un error que había tratado de compensar a Loran dándole un trato de favor, garantizándole la protección de su rango y, en especial, dándole una nueva familia.

Quería explicaciones. Quería saber por qué, después de todo lo que había hecho por él, le escupía en la cara de aquella manera.

Al llevar la vista al frente, vio a Summ atacar con destreza al Velahr. Pero aquel desgraciado era un buen luchador —uno de los mejores de la Senda, debía reconocer—, y consiguió esquivar su ataque con la suficiente rapidez para recibir tan solo un pequeño corte.

Llegó justo a tiempo para verle contraatacar, con su mirada cargada de rabia.

Askar elevó su espada e interceptó el golpe por Summ.

No había dudado ni por un segundo de la capacidad de su hermana de salir victoriosa —ya que, si bien no era tan diestra con la espada como Loran, era mucho mejor estratega—, pero si alguien iba a rebanar el pescuezo al traidor sería él.

Cuando Loran se percató de su presencia, su rabia fue relegada por una extraña satisfacción. Una amplia sonrisa iluminó sus ojos desquiciados.

—Has sido tú, Loran. Siempre has sido tú —le confrontó—. ¿Cómo has podido hacernos esto?

Su hermana, que se había quedado sorprendida por su aparición repentina, se giró para combatir el ataque de las bestias que se aproximaban por el flanco derecho.

Loran frunció el ceño, preparándose para el contraataque.

—¿Y tú cómo pudiste utilizar a mi padre de cebo para Graeven? —replicó el rubio con un gruñido antes de volver a atacar.

Por cuestión de segundos, Askar consiguió frenar la estocada fatal que iba dirigida a su pecho.

—¡No lo hice! Queríamos arrinconarlos. Íbamos a atacarlos por distintos frentes. Sabía que la cueva contaba con distintas salidas por si la cosa se ponía fea. Cometí un error al no comprobar que la salida más cercana a tu padre estuviera abierta, ¡pero nunca intenté usarlo como cebo!

Loran volvió a atacar, su furia cargando el golpe de su espada. Askar bloqueó el embiste a medio metro de su cara.

—Los errores mortales deben tener consecuencias —escupió Loran—. Mi madre se volvió loca por tu culpa, Askar.

Tragó saliva. Claro que era culpable, pero lo que Loran nunca entendería era que el fantasma de su error era peor castigo que cualquiera al que el Consejo pudiera haberle sentenciado.

—Intenté compensarte por ello. Intenté darte una nueva familia.

La rabia primitiva de su contrincante se convirtió entonces en una ira gélida.

—No quiero pertenecer a tu estúpida familia, Askar. ¡Quería a mi propia familia! Y quiero que pagues por lo que hiciste. Pienso tomarme la justicia que nunca recibí.

En todos sus años como consejero —incluso como Vardir—, nunca se había enfrentado a un rostro como aquel.

Había acabado con más demonios de los que podría contar, pero nunca había peleado contra la mirada de un hombre dispuesto a matarle.

Ya no había espacio para el diálogo; no podía dejar que la culpabilidad ganara.

El chico era un traidor y, como tal, merecía morir.

Tras un movimiento fugaz de Loran, sintió su pierna arder y la humedad de la sangre deslizándose por su piel.

Gruñó. No podía haber clemencia. Aseguró el agarre de su espada e inició el contraataque.

Conocía a la perfección el juego de Loran: le había visto entrenar numerosas veces; incluso él mismo le había dado clases en varias ocasiones.

Era rápido e implacable, y sabía que era difícil que se cansara antes que él.

Pero tenía un punto débil: se centraba tanto en el ataque que tendía a descuidar su defensa.

Solo debía seguirle el juego. Hacerle creer que le atacaba de verdad, cuando lo único que esperaba era la aparición de esa defensa baja, que llegaría en cualquier momento.

En un baile constante de ataque y contraataque, luchando tanto contra la espada de Loran como contra el suelo resbaladizo del cementerio, sintió el cansancio de la pelea quemando sus brazos.

No sabía cuánto tiempo aguantaría sosteniendo el pesado metal en alto ni cuántos golpes más podría contener.

Pero en el rostro de Loran no se reflejaba el agotamiento.

En su expresión no había nada más que una mirada alimentada por el deseo de venganza.

Y entonces, al fin, allí estaba. Había comenzado a volverse descuidado, cegado por la ira. Su flanco derecho estaba desprotegido.

Esquivando el ataque que venía por su izquierda, Askar dio dos pasos hacia su derecha y, con una estocada limpia, clavó el filo de su espada en el estómago del chico, sintiendo el incómodo tacto de la carne humana abriéndose a su paso.

Loran cayó desplomado al suelo, con la mirada desencajada.

Derrotado por el cansancio de la batalla, se permitió caer de rodillas junto a él.

Askar observó cómo la vida comenzaba a desprenderse de sus ojos, con el único sonido de la sangre borboteando entre sus labios.

La herida que le había infligido era mortal, aunque pasarían horas antes de que se desangrara por completo.