El renacer del alma (Metamorfosis 1) 33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #5
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33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #5

—Tranquilo. Estaremos bien —habló, tratando de calmar a su amigo. Aunque, en cierto modo, el mensaje también iba dirigido a sí mismo—. Estarán bien.

Unos alaridos provenientes del cementerio le hicieron sobresaltarse. Max se abalanzó en la dirección del sonido y, apretando los dientes, Avery sacó las fuerzas suficientes para pararle y no salir corriendo al cementerio junto a él.

—Nos matarán —seguía sin saber si hablaba para convencer a Max o para convencerse a sí mismo—. Y a ellas por tratar de protegernos.

Max asintió, resoplando.

Cada graznido en la distancia les hacía saltar. La quietud del bosque resultaba asfixiante, y los alaridos incesantes les ponían los pelos de punta. Todos sus sentidos estaban en alerta.

Sentado sobre la hierba húmeda, trató de encontrar alguna forma de ayudar a Summ. Pensó en cada posibilidad. ¿Sería lo bastante diestro con la daga como para marcar la diferencia? No necesitó pensarlo mucho para convencerse de que sería más de ayuda si permanecía escondido.

Max se levantó de golpe, alertado por algo que él no había conseguido captar.

—¿Lo has oído? —preguntó, angustiado.

Avery se incorporó también, tratando de escuchar algo más que no fueran los gruñidos de las bestias en la distancia ni el sonido de las hojas de los árboles sacudidos por el viento.

Estaba a punto de responder que no había escuchado nada cuando creyó ver las ramas del árbol que tenía enfrente moverse.

La oscuridad era casi total. Los árboles eran demasiado altos y apenas permitían el paso de la luz, pero estaba convencido de haberlo visto. Un crujido sonó desde aquella misma dirección, confirmando sus sospechas. Había algo cerca.

Agarraron las empuñaduras de sus dagas con fuerza, esperando que, lo que fuera que estuviera allí, se marchara. Su respiración se aceleró. No estaba seguro de si podría volver a encontrar el valor de usar el arma. Tal vez la mejor opción fuera salir corriendo.

Tras ellos, otro crujido de ramas les hizo girarse sobre sí mismos. Pronto, los crujidos comenzaron a sonar en todas direcciones. Había visto suficientes documentales de depredadores para saber que les tenían acorralados.

Max soltó un grito ahogado cuando una de las bestias comenzó a asomarse entre la vegetación, con la luz de la luna marcando su rostro cadavérico.

No había dirección en la que correr y dudaba que su daga sirviera de gran cosa y, aunque la reacción lógica hubiera sido gritar o llorar, Avery se echó a reír.

Su amigo le miró perplejo, con toda probabilidad pensando que había perdido la cabeza. Pero lo cierto era que la risa venía ocasionada porque, al final, no iba a ser la locura ni la desesperación las que acabarían con su vida.

Las bestias comenzaron a acercarse.

Dispuesto a aceptar el abrazo de la muerte, un intenso dolor atravesó su sien.

Las voces volvieron a inundar su cabeza.

Podía distinguir al menos veinte distintas, aunque era incapaz de entender lo que le querían decir, mientras se intercalaban unas con otras en una cadena incesante de palabras inconexas.

—¡Ave! ¡Las luces! —exclamó Max, señalando los luceros que comenzaban a emerger del suelo.

Al igual que habían hecho con anterioridad, comenzaron a desplazarse alrededor de su cuerpo, envolviéndole con su calor. Respiró hondo y trató de seguir el consejo de Summ. Sin embargo, cuando había comenzado a formar el estuche de su guitarra en su mente, una de las voces destacó sobre el resto:

«¡No! Déjanos entrar.»

¿Dejarlos entrar? ¿Dónde? ¿En él? No. No podía permitirlo. No podría soportar aquellas voces martilleando su cabeza durante más tiempo. Debía expulsarlas. Debía irse…

«¡Es la única opción! Podemos ayudaros.»

Miró a Max, tan aterrado por los seres que los rodeaban como por las luces que le cubrían.

Si aquellas voces podían ayudarle… Bueno, no había nada que no hiciera por él.

Dejó de luchar. Dejó de tratar de silenciar las voces.

Y, mientras el calor de las luces se introducía entre sus venas, todo lo que sintió fue…

música. Cada voz encontró su lugar, guiadas por el placer de sucumbir, y la melodía más maravillosa que había escuchado nunca se instaló en su cabeza.

Podía sentir la fuerza de cada una de ellas. Su energía. Su alma.

Levantó los brazos. No porque lo hubiera pensado, ni tampoco porque nadie se lo hubiera dicho.

Su cuerpo supo que debía hacerlo. De las yemas de sus dedos saltaron chispas y, de inmediato, las bestias gritaron y comenzaron a retroceder.

Había algo especial en el crepitar de las llamas entre sus dedos, una sensación palpitante que le llenaba de vida al mismo tiempo que su cuerpo se vaciaba del calor del fuego.

No importó que las bestias huyeran, porque en cuestión de segundos habían ardido por completo y del fuego ya solo quedaban cenizas.

Estaba segura de que no había un ápice de su cuerpo que no estuviera cubierto de la sangre de los Graeven.

El fulgor de la batalla las había llevado a los límites del cementerio, arrastradas por un ataque tras otro.

Summ miró a su alrededor: los cuerpos cadavéricos se entremezclaban con los de aquellos rostros sin vida que alguna vez había conocido.

Ni siquiera la lluvia, en su caída incesante, era capaz de limpiar a su paso el olor y el tacto de la muerte.

Thyra luchaba junto a ella, imparable; en sus embistes descuidados de espada se apreciaba el agotamiento. Habían acabado con cerca de cincuenta Graeven, pero por cada uno que derrotaban otro aparecía en su lugar, en un reguero interminable de bestias que provenían de todas partes.

No podrían aguantar mucho tiempo; debían cortar la cabeza a la serpiente si querían tener una mínima posibilidad.

—¡Thyra! —llamó a su amiga, tratando de que su voz se escuchara entre el sonido de la carne desgarrándose, los monstruosos gruñidos y los gritos agónicos de los suyos—. ¡Debemos ir al acceso!

La chica asintió, a punto de perder el equilibrio en su última estocada al enemigo. El sudor de su frente se entremezclaba con las gotas de la lluvia.

Summ guió la marcha mientras Thyra cubría sus espaldas: ambas armas sostenidas en alto, listas para eliminar cualquier obstáculo que se pusiera en su camino.

A lo lejos, atraída por el sonido de las espadas golpeando entre sí, pudo ver a su hermano en un combate demasiado igualado con Loran.

El choque de metales resultaba escalofriante; era la melodía brutal y desgarradora de dos iguales luchando a muerte, algo que nunca debía suceder.

Intentó abrirse paso hacia ellos. Tenía que ayudar a Askar.

—Podrá con él —Thyra agarró su brazo—. Debemos actuar mientras esté distraído.

Summ observó el grupo numeroso de Graeven que las separaba de Askar y Loran.

Atravesarlos les llevaría demasiado tiempo y, para cuando quisieran llegar a ellos, demasiadas vidas se habrían perdido.

No tuvo más remedio que asentir y continuar su camino.

Esperaba de todo corazón que su hermano saliera victorioso; si no lo hacía… Sus piernas se bloquearon ante la duda.

Trató de controlar el ritmo de su respiración para dejar de lado aquellos pensamientos y prosiguió con su misión.

Entre miembros amputados y vísceras, le estaba resultando imposible encontrar la tumba abierta. Al fin la divisó a no más de tres metros de distancia. Se dejó guiar por la luz tenue que irradiaba de su interior, como un destello solitario entre las sombras.

En el espacio que las separaba de la tumba, Graeven y Vardir se cruzaban por igual. Era difícil distinguir quién huía y quién atacaba. Los movimientos eran rápidos y llegaban desde todas partes al mismo tiempo. Era una auténtica pesadilla.

Summ volvió a inhalar y expulsar el aire poco a poco. El regusto metálico de la sangre se impregnó en su paladar. A punto de alcanzar el acceso, no fue el ataque de ninguna bestia lo que hizo que ambas se pararan de golpe, sino la sensación de terror asfixiante que recorrió su columna vertebral.

Como si su presencia sirviera para espantar a todos a su alrededor, un Nestum se abrió paso en la batalla hacia ellas.

Sintió sus cuencas vacías clavándose sobre ella.

No supo en qué momento comenzó a contener la respiración.

Thyra emitió un gemido lo bastante alto como para que ni el sonido de la batalla lo opacara.

El Nestum se paró junto al acceso, tan inmóvil como una estatua putrefacta.

Aun sin ojos, Summ podía sentir que su mirada seguía sobre ellas, esperando a que intentaran entrar al túnel para acabar con sus vidas.

Apretó el agarre sobre la empuñadura de su espada y se preparó para el ataque.

Debía entrar en esa tumba costara lo que costara.

Con una señal, indicó a Thyra que se colocara junto a ella.

Atacarían por ambos flancos. Así sería más complicado que la bestia pudiera esquivar su ataque.

El Nestum continuó mirándolas, impasible.

No le inquietaban sus movimientos lo más mínimo.

Al fin y al cabo, era imposible asustar al miedo mismo.

En un movimiento coordinado levantaron sus espadas y las dirigieron —en una maniobra de tijera— hacia su cuello, donde la carne verduzca se desprendía en úlceras sangrantes.

Summ sintió el golpe retumbar por sus brazos hasta hacerle chascar los dientes entre sí.

Las hojas de sus espadas se hicieron añicos y los restos cayeron al suelo en un repiqueteo como cristales rotos.

Observaron, incrédulas, cómo el cuello del Nestum continuaba intacto.

La bestia, que había permanecido inmutable hasta entonces, alargó los brazos y las elevó del cuello, apretando con tal fuerza que apenas podían respirar. Intentó llamar a su undae, pero la batalla había drenado sus energías y era incapaz de sentirlo entre sus dedos.