33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #4
Max asintió. Por unos segundos se quedó mirándola, sus ojos rasgados clavados en ella, completamente en silencio.
Su corazón se aceleró ante su mirada y sintió la tirantez de la energía que se instalaba entre ambos, espesa y palpable.
Pero no podía permitirse sucumbir a ella.
Por mucho que tirara, por mucho que deseara dejarle ganar, supo que tenía que cortarla de inmediato.
—Adiós, Max.
Sin dar oportunidad al chico a hablar, giró sobre sí misma y se dirigió hacia la tumba donde aguardaba su amiga. Había llegado el momento de demostrar la clase de Velahr que era. De mostrarle al Consejo que…
Sintió un agarrón en su brazo derecho. Cuando se giró a enfrentarlo, Max la envolvió entre sus brazos y posó los labios sobre los suyos.
Sabía que debía apartarle, empujarlo tan lejos como pudiera, pero, en su lugar, se encontró abriendo la boca, permitiendo que sus lenguas se entrelazaran, disfrutando de su sabor y dejando que su perfume cítrico nublara sus sentidos.
Separándose de ella, con la misma brusquedad con la que se habían juntado, Max dijo:
—Por si no volvemos a vernos.
34
Aún con el corazón pesado tras la despedida, Summ no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la perplejidad de Thyra, que se acercaba a toda prisa conteniendo la respiración.
—¿Sigues convencida de que hemos nacido para un propósito más grande? —preguntó.
Thyra se paró junto a ella, con los brazos en jarras y, dándose unos segundos para pensar mientras observaba la tumba donde se encontraba el acceso, respondió:
—Espero que sí, o de lo contrario no creo que salgamos con vida.
Summ asintió y se aseguró de que su equipación estuviera en buen estado.
Después desenvainó su espada y llamó al baúl del fondo de su mente, dejando su undae fluir.
Sentía cómo la fuente parpadeaba. Su concentración estaba siendo nublada por uno de los sentimientos más complicados de contener: tenía miedo.
Thyra posó la mano sobre su hombro y la cercanía de su amiga le dio fuerzas para afrontar la misión.
Los bordes del acceso comenzaron a iluminarse, al tiempo que la tierra temblaba bajo sus pies, dejando espacio para que la tapa de piedra del nicho se desplazara hacia la izquierda y revelara una escalera de mármol que descendía hacia un pasadizo iluminado por una luz tenue.
—¿Cuál es el plan? —preguntó la castaña, dejando escapar una risa nerviosa—. Porque tenemos uno, ¿verdad?
Lo cierto era que Summ no había pensado en nada.
No conocía el terreno ni tampoco estaba familiarizada con las capacidades reales de su enemigo.
Solo sabía que un karagar sería suficiente para atraparlo y, por suerte, tenía uno en su bolsillo.
Además, confiaba en el talento de ambas. Esperaba que fuera suficiente.
—Entrar, distraerle, atraparle y salir —respondió al fin—. Y mañana, podríamos desayunar en el Punto y Mocca.
Thyra resopló. A ninguna de las dos les gustaba actuar sin un plan, pero no había tiempo para ello.
No habían puesto aún un pie sobre el primer escalón de bajada cuando el golpe de una fuerte onda las lanzó al otro lado del cementerio, con la facilidad de un huracán.
Summ cayó sobre una lápida y sintió un dolor punzante recorrer su costado.
La piedra quebró ante su impacto, evitando con ello que sus costillas hubieran tenido el mismo final.
A su derecha, Thyra parecía haber caído sobre el camino.
Un reguero de sangre recorría el lateral de su frente, apelmazando sus rizos castaños.
Se incorporó lo mejor que pudo, luchando para que su cuerpo no cediera ante el dolor, y llamó al undae para forjar un escudo a su alrededor, antes de volverse hacia la dirección desde la que habían recibido el golpe.
A no más de tres metros de distancia, acercándose a grandes zancadas, los ojos desorbitados de Loran se clavaban sobre ella como estacas de hielo. La sangre seca del golpe que le había propinado en la rectoría permanecía cruzando parte de su rostro.
—Un día te metes en mi cama y al día siguiente me golpeas con tu espada —escupió Loran—. Y yo que pensaba que habíamos hecho avances en nuestra relación.
—El tira y afloja… ya sabes —respondió, tratando de ignorar el dolor sordo de su costado.
Loran esbozó una sonrisa que hizo que algo en su interior se crispara. Su rostro estaba desencajado, colérico. El lunático que siempre había imaginado tras aquella mirada implacable.
—¿Dónde está Avery? —preguntó, acariciando el filo de su espada con sus manos enguantadas.
—No pienso dejar que le entregues a la Senda.
Summ recogió su espada caída del suelo. No la levantó. No actuaría contra otro miembro de la Senda salvo que se viera obligada. Pero había algo extraño en el comportamiento de Loran. Algo que le hacía pensar que, tal vez, tuviera que hacerlo.
—¿A la Senda? —el Velahr dejó escapar una carcajada amarga—. Voy a tener una conversación de hombre a escoria sobre tocar lo que no es suyo y luego voy a rebanarle el pescuezo.
¿Tocar lo que no era suyo? Nunca había sido de él, y nunca lo sería.
—Por encima de mi cadáver, Loran —replicó, levantando su espada.
Thyra hizo lo propio junto a ella.
El rubio se encogió de hombros y comenzó a recortar distancias. Summ tensó el agarre de su empuñadura.
—Tenía pensado matarte delante de tu hermano. Tal vez así aprendería lo que es ver utilizada y desechada a tu familia. Pero si insistes en hacerlo ahora…
Summ ahogó la respiración, incrédula ante lo que acababa de escuchar.
Pero aquellas palabras se asentaron en su memoria para completar todas las piezas que nunca habían terminado de encajar.
Ahora lo entendía todo. Baltheezar se había adelantado a cada uno de sus movimientos porque, a cada paso que había dado, Loran había estado allí.
El joven perfecto y ejemplar que lo había dado todo por la Senda y quien parecía convencido de su propósito.
La fachada ideal para un traidor ejemplar. ¿Cómo pudo estar tan ciega?
Recordó la noche anterior. En cómo había disfrutado poseyéndola, ejerciendo su control sobre ella. ¡Qué equivocada estaba al pensar que era ella quien le había utilizado a él! Al ir a su cuarto solo había alimentado su fantasía y sed de venganza.
—Creo que estás en minoría —replicó Thyra. En su voz se marcaba el desprecio que sentía ante la revelación.
—¿Seguro?
Con una media sonrisa, el traidor levantó los brazos.
Summ sintió las ondas emanar de entre sus dedos, expandiéndose a su alrededor.
Pero no era una onda compacta que hubiera podido acabar en ataque, sino una vibración solitaria y sinuosa con un propósito mucho más simple: era una llamada, y los aullidos en la lejanía indicaron que había sido escuchada.
El suelo comenzó a vibrar bajo sus pies.
Los graznidos desgarraban el aire. Al principio, solo provenientes del norte, directos desde el antiguo psiquiátrico, hasta extenderse por los alrededores del cementerio.
El intenso olor del azufre no tardó en llenar sus fosas nasales, y con él la visión de las bestias desgarrando la tierra y chasqueando sus colmillos.
Y, aunque el centenar de Graeven que se aproximaba era suficiente para garantizar su fin, el desasosiego no era equiparable al generado por el frío repentino que recorrió su espalda ante la certeza de que no llegaban solos.
La presión que sentía en su pecho le confirmaba que los Nestum no tardarían en aparecer.
Mientras aguardaban su muerte, observó la satisfacción en el rostro del rubio. La rabia se extendió por todo su cuerpo como un torrente febril, y esa simple y llana imagen fue suficiente para tomar una decisión: tal vez moriría esa noche, pero se llevaría a Loran consigo.
Volcando su peso sobre su pie derecho, encontró el agarre suficiente para trazar un arco con su espada, directo hacia el rostro sonriente del chico, que se apartó en el último segundo, con la sonrisa siendo sustituida por la sorpresa del ataque. Un reguero carmín recorrió su mandíbula.
Loran se llevó la mano hacia la herida y sus dedos se tiñeron de sangre. Sus ojos desorbitados lanzaron un último mensaje: la conversación se había terminado.
El tiempo pareció ralentizarse. En el lateral de su visión, los Graeven se abalanzaban sobre Thyra, que mantenía su posición con destreza.
Escuchando los gruñidos de las bestias como un eco lejano, Summ levantó su espada, lista para defenderse.
Para cuando el sonido de las hojas metálicas chocando llegó a sus oídos, se percató de que el golpe que esperaba recibir en sus muñecas nunca había llegado.
Junto a ella, cubierto con la capa negra de bordes carmesí del Consejo, se encontraba Askar. En su rostro no había expresión ninguna. No había ira, ni traición ni miedo. Era la imagen perfecta de los grandes Velahr de la historia, un guerrero de élite listo para la batalla.
Tras él, decenas de Vardir comenzaban a distribuirse alrededor del cementerio, dando inicio a una guerra entre demonios y protectores del Velo que prometía ser sangrienta.
Habían parado de andar cuando el cementerio dejó de divisarse a sus espaldas, oculto por el frondoso bosque.
Se habían alejado lo suficiente como para esconderse de cualquier peligro, aunque permanecían lo bastante cerca como para que Summ y Thyra pudieran encontrarlos. Avery esperaba que fuera pronto.
—¿Sabes la cantidad de gente que desaparece en los bosques? —murmuró Max.
Cada metro que habían recorrido adentrándose en la espesura, el tatuado había hecho algún comentario similar.
Estaba asustado, y no le culpaba por ello.
En cierto modo, él también lo estaba. Salvo que su temor se veía aplacado por una extraña sensación reconfortante.
Era la primera vez, en toda su vida, que el temblor de sus rodillas y la presión de su pecho no estaban ocasionados por su propia mente.
Ahí fuera había una amenaza real, y su materialidad la hacía posible de vencer.