El renacer del alma (Metamorfosis 1) 33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #3
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33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #3

Summ trató de concentrarse en los sonidos a su alrededor, pero todo estaba en silencio. Demasiado. ¿A dónde habrían ido las aves nocturnas? Sentía el agua de la lluvia mojar su piel, ¿por qué no podía escucharla?

Avery se encogió de hombros, indicándoles con un gesto que continuaran siguiéndole.

El estado del camino que atravesaba el cementerio dejaba en evidencia que hacía años que nadie lloraba allí a sus muertos.

El musgo acumulado en la piedra tornaba el suelo resbaladizo, y los adoquines sueltos habían comenzado a acumularse en los laterales.

Su atención había permanecido enfocada en sus alrededores, en cada posible peligro que podía estar observándolos al acecho, esperando el momento perfecto para atacar.

Pero, de todas las cosas que esperaba encontrar, ninguna de ellas encajaba en lo más mínimo con lo que sus ojos presenciaron.

Cientos —si no miles— de lucecitas diminutas se deslizaban hacia ellos desde todas partes del cementerio, levitando a pocos centímetros del suelo, como luciérnagas caídas.

Summ se adelantó junto a Thyra. Desconocía si aquellas luces eran peligrosas o no —no había visto nada así en toda su vida—, pero se aseguraría de que llegaran a ellas —y, preferiblemente, a sus espadas— antes de que pudieran rozar a Avery o Max.

El grupo aguantó la respiración mientras observaban las luces avanzar a una velocidad firme.

No había dirección alguna en la que pudieran correr que no estuviera repleta de ellas.

Al tiempo que la distancia entre ellos se recortaba, Summ trataba de recordar si, en alguna de sus innumerables clases de defensa, le habían explicado cómo narices debía defenderse de esos seres diminutos o de algo mínimamente parecido.

Pero no había clase alguna en la que su rival no tuviera garras y dientes.

—Dime que sabes qué son estas cosas, Thyra —habló, sin apartar la vista del suelo.

En el centro del círculo que habían formado, Avery y Max agarraban sus dagas con decisión, a pesar de que sus pechos se movían demasiado rápido y sus piernas no permanecían en la misma posición por más de un segundo.

—Puede que sean… —Thyra comenzó a hablar en un tono demasiado agudo—. No, la verdad es que no tengo ni idea.

Apretó los dientes. En menos de un minuto estarían sobre ellos. Dudaba que sus espadas fueran capaces de protegerlos.

Así pues, invocó al baúl del fondo de su mente y abrazó su undae, deshaciéndose del miedo y la duda.

Cuando sintió el calor en las puntas de sus dedos, dejó que las ondas se deslizaran a través de ellos, directas a las luces que se aproximaban desde el norte.

Pero su poder no solo no tuvo efecto en ellas, sino que rebotó como si hubiera chocado contra un muro de hormigón, volviendo a su punto de partida y golpeándoles como un vendaval que a punto estuvo de hacerles caer.

—¡Rechazan el undae! —exclamó, recolocando su postura defensiva.

Tras ella, escuchó a Thyra maldecir entre dientes.

Cuando las luces se encontraron a un palmo de distancia, no pudo hacer más que enderezar la espalda, resignándose al inminente ataque y rezando por salir con vida.

Para su sorpresa, cuando las luces la alcanzaron, no sintió nada.

Pasaron junto a sus botas, evitando su roce y dirigiéndose al centro del círculo, donde todas se unieron alrededor de un mismo punto: Avery.

El chico se mantuvo inmóvil, tenso, observando cómo revoloteaban entre sus piernas, subiendo en círculos por ellas hasta rodear su tronco, para después elevarse hacia sus brazos.

El muchacho comenzó a hiperventilar y apretó los ojos con fuerza.

Max, que había permanecido inmóvil, se abalanzó en ayuda de su amigo, para ser bloqueado por Thyra, que agarró su brazo y le apartó de las luces.

—¡¿Te están haciendo daño?! —preguntó Max. El miedo se dibujaba en su voz.

Avery agitó la cabeza, con los ojos aún cerrados, frotándose la frente. En un tono de voz apenas audible, murmuró:

—No puedo escucharlos a todos.

Summ titubeó. Las luces no parecían querer hacerle daño, al menos no de manera física.

Fuera lo que fuera que estaba ocurriendo lo hacía dentro de su mente, y allí no podría ayudarle.

Pero el sudor que perlaba la frente del chico le indicaba que estaba sufriendo.

No podía verle así y quedarse quieta. Sus propios pies tomaron la iniciativa y se acercó con cuidado, estirando el brazo hacia él al tiempo que atravesaba el manto de luces.

—¡Summ!

Escuchó a Thyra gritar, pero su voz sonó como una llamada en la distancia.

Una sensación de inquietud atravesó cada palmo de su ser.

Aquellas luces no eran cálidas. Eran del tipo de frío que entra en tus huesos y ni un baño caliente puede suavizar.

Eran agonía, desasosiego y desesperanza.

Eran cada una de las cosas que siempre había asociado a la oscuridad. Eran… muerte.

Su cuerpo comenzó a temblar y sintió que su vitalidad se apagaba mientras luchaba por alcanzar a Avery.

Cuando al fin logró rozar su piel, la respiración del chico volvió a la normalidad y, una a una, las luces fueron retirándose, cayendo hacia sus pies y deslizándose en la misma dirección en la que habían venido.

En cuestión de segundos, la luna volvió a ser la única que alumbraba el cementerio.

Max se zafó de los brazos de Thyra para acercarse a su amigo.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz quebrándose a mitad de frase.

Avery se limitó a asentir, observando con desconcierto su propio cuerpo.

Summ aún luchaba contra el frío que calaba sus huesos y hacía que su cuerpo temblara. Se sorprendió al comprobar que, al contrario que la suya, la piel de Avery irradiaba calor. Le observó por unos instantes y no tardó en darse cuenta de que él no había sentido lo mismo que ella.

—¿Summ? —la mano de Thyra sobre su hombro la sobresaltó.

Su amiga la miraba consternada.

—Estoy bien —respondió de inmediato, intentando recomponerse—. Sigamos.

Habían dejado atrás la mitad del cementerio cuando Avery se detuvo para comenzar a andar en círculos entre las mismas cinco lápidas.

—Es extraño —murmuró, deambulando de tumba en tumba.

—¿El qué de todo? —preguntó Max con sarcasmo, acomodándose sobre una de las lápidas—. Yo creo que está siendo un día de lo más normal.

Por el rabillo del ojo, Summ pudo ver cómo Thyra le propinaba un codazo en las costillas. El chico emitió un quejido.

—Este es el punto del cementerio en el que más le siento —habló Avery de nuevo, deteniéndose justo en el medio—. Pero lo siento… abajo.

Cuando los pelos de su brazo se erizaron, Summ supo que Thyra había llamado a su undae. Dos segundos después, los bordes de la tumba bajo los pies de Avery se iluminaron, marcando el acceso que estaban buscando.

—No abras aún —ordenó Summ.

El brillo desapareció.

—Deberíais ir al bosque y esconderos —prosiguió, dirigiéndose en especial a Avery—. Podéis esperarnos allí.

El chico la miró dubitativo. Esperaba que en su tono de voz se hubiera transmitido la intención real de su mensaje. No era una orden, sino una súplica.

—No podría soportar que volviera a utilizarte en mi contra —confesó, conteniendo un gemido, aterrada por la simple idea de que aquello volviera a suceder.

Una mueca de dolor surcó el rostro de Avery, aunque no tardó en asentir con convicción antes de rozar con suavidad su mejilla derecha. Summ apoyó la cabeza sobre su mano, agradeciendo su calor.

—Vuelve conmigo, ¿vale? —dijo el chico con un hilo de voz, retirándole el cabello del rostro.

—Lo haré —prometió.

Aunque ambos sabían que esa promesa no dependía de ella cumplirla.

Mirándole a los ojos, a aquella mirada en la que había encontrado su hogar, Summ sintió un par de palabras formarse en su boca, un sentimiento claro que flotaba en la distancia que los separaba.

—Avery, yo… —las palabras se atascaron, incapaces de salir. Porque nunca se había imaginado a sí misma diciéndolo y, mucho menos, sintiéndolo. Y la sola duda de que él no sintiera lo mismo hacía que su corazón doliera. Resultaba más aterrador que enfrentarse a Baltheezar con una simple daga.

En el rostro de Avery se dibujó una media sonrisa y, por primera vez, fue él quien puso voz a sus pensamientos.

—Yo también te quiero.

Se fundieron en un beso. Y entre sus labios se dibujó la promesa de nuevos amaneceres juntos.

—Se suponía que íbamos a acompañaros en todo —habló Max, molesto.

Thyra observaba de reojo a Avery y Summ.

Se habían apartado de ellos para concederles un poco de intimidad.

A punto de enfrentarse a una de las situaciones más peligrosas de su vida, no pudo evitar anhelar haber sentido alguna vez lo que ellos sentían.

Tener un amor tan real como para darlo todo el uno por el otro.

En cualquier caso, si sobrevivían a aquella noche, en unos meses tomaría sus votos y eliminaría cualquier posibilidad de llegar a sentirlo.

Convertirse en Sophoi de la Senda era lo que había decidido, lo que siempre había querido.

Pero ¿por qué sentía esa presión en su corazón?

—Seríais un estorbo —respondió a Max, intentando deshacerse de esa sensación.

El chico resopló, cruzándose de brazos, con sus músculos marcándose bajo la sudadera.

—Pues este estorbo te ha ayudado a encontrar el karagar. Podrías mostrar un poco más de agradecimiento.

Thyra puso los ojos en blanco.

—Gracias, Max —contestó, resignada.

El rostro del chico se iluminó con una sonrisa de oreja a oreja. Volvió a sentir el cosquilleo en su entrepierna.

—Vamos, Max.

Avery ya se encontraba junto a ellos. Había terminado de despedirse de Summ y sus labios hinchados eran un claro indicativo de ello.