El renacer del alma (Metamorfosis 1) 33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #2
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33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #2

—¿Por qué te tomaste la libertad de decidir por mí si me convenía estar contigo o no? —una ira primitiva rasgó su voz mientras recortaba la distancia entre ambos.

—Quería protegerte —replicó, confusa—. Fue mi culpa que Baltheezar llegara a ti.

—No es verdad —Avery dejó escapar una carcajada burlona—. Baltheezar llegó a mí porque yo te elegí a ti. Porque, a pesar de que sabía que había mucho que ocultabas, te preferí cerca a medias tintas que lejos y sin nada de ti.

Con sus pupilas clavadas en lo más profundo de su ser, Avery colocó las manos sobre su rostro. Summ sintió un escalofrío ante su tacto. El hedor que la atormentaba quedó sustituido por el frescor de su aroma, llenándola de vida.

—No te atrevas a volver a elegir por mí —murmuró, con la mirada bajando hacia sus labios, mientras los acariciaba con el pulgar en un movimiento circular. Con voz grave, sentenció—: soy yo quien te elige a ti.

Summ se quedó sin aire y su undae titiló ante su proximidad.

De entre todas las personas del mundo, él la elegía a ella.

Era un caos, una brújula sin un norte, un náufrago perdido en las olas arrolladoras de un mundo que parecía alejarla más y más de la orilla.

Pero, de alguna manera, parecían haberse encontrado en medio de la tormenta.

Él con su bote y ella con su chaleco salvavidas.

Avery la atrajo hacia él y juntó sus labios con los de ella, hundiéndose en un beso que curó sus almas, y el calor de su cercanía se instaló en sus corazones, que habían pasado demasiado tiempo separados y ahora respondían ante la llamada de sus latidos.

Cuando por fin pudo reaccionar, Summ enroscó los brazos sobre el cuello de Avery, pegándolo tanto a ella como el espacio pudiera permitirlo.

Se besaron con la torpeza propia del anhelo, como si nunca más fueran a tener la oportunidad de juntar sus labios.

Como si no quedara nada más que ellos en un mundo al borde del colapso.

Pero no era suficiente. Su calor, su sabor a sal y menta, su aroma a cedro y lluvia no eran suficientes.

Necesitaba todo de él. Y cuando la mano de Avery se deslizó por el interior de su camiseta mojada, sintió el fuego arder por debajo de su estómago, en una parte de su cuerpo que le había echado tanto de menos como su corazón, y que se preparaba para el reencuentro.

Tumbados sobre una manta, sin más fuente de calor que el fuego de la chimenea y el roce de sus pieles desnudas, habían conseguido olvidar por unos instantes que aquel podía ser su último día en la tierra.

Lo cierto era que Summ no lo había olvidado —no del todo—, tan solo había preferido fingir que eran dos enamorados disfrutando de la privacidad del bosque.

Dos personas corrientes que apuraban cada hora de paz antes de volver a la rutina de una vida normal y corriente.

—Así que… —la voz de Avery vibró bajo su pecho desnudo, sobre el cual Summ descansaba su cabeza, disfrutando de las caricias de sus dedos enroscándose en su pelo—. ¿Estás prometida?

Lo miró por unos segundos, analizando su expresión. Pero en su rostro, ahora relajado, no había duda ni miedo, solo simple y llana curiosidad.

La chica asintió.

—O, al menos, lo estaba —aclaró, pasando su dedo índice por el puente perfecto de su nariz hasta llegar a sus labios. Se permitió colocar en ellos un beso efímero—. Le dejé inconsciente antes de venir a buscarte.

Avery esbozó una sonrisa divertida que iluminó sus ojos. Habían recuperado su luz característica.

—Tú sí que eres experta en rupturas dolorosas —dijo con sarcasmo.

—Touché —Summ respondió, avergonzada, recorriendo el pecho del chico con sus dedos. Mantuvo la vista baja; no quería que viera su culpa.

Avery posó el dedo índice bajo su barbilla y levantó su rostro hasta que sus miradas se cruzaron.

—Ya hablaremos de eso, pero no esta noche.

Y volvió a besarla. Lo que empezó como un roce de labios dulce y controlado no tardó en volverse intenso y salvaje. Se preguntó si alguna vez se saciaría de su necesidad de él. Pero la burbuja que habían creado se disipó con unos golpes insistentes en la puerta de entrada.

Agarraron las ropas tiradas por el suelo y se vistieron tan rápido como pudieron, al ritmo de los golpes insistentes en la puerta.

Se miraron, preocupados por quién pudiera encontrarse tras ella.

Con cuidado de no hacer ruido, Summ agarró su espada y se acercó a echar un vistazo a través de la mirilla.

Levantó la tapa metálica despacio, pero el óxido acumulado a lo largo del tiempo hizo que las bisagras chirriaran.

Temió que quien fuera que estuviera en el exterio lo hubiera escuchado.

Avery se paró junto a ella, y el calor que su cuerpo desprendía le dio la suficiente fortaleza para atreverse a asomarse por la mirilla.

Entornó los ojos a fin de distinguir las figuras en medio de la oscuridad y la lluvia, pero las siluetas resultaban indistinguibles.

Un golpe sordo en la puerta hizo que se apartara de inmediato, chocando contra el pecho de Avery.

—¡Vamos, Summ! ¡Está lloviendo!

Suspiró aliviada, y el miedo fue sustituido por regocijo. No habría esperado que llegara tan pronto. Sin más dilación, descorrió el cerrojo y abrió la puerta. Al otro lado, unos empapados Thyra y Max esperaban impacientes.

—Creo que hemos interrumpido algo, Thyra —habló Max, invitándose a sí mismo a entrar en la cabaña. Abrazando a su compañero de piso con fuerza, prosiguió:

—La etiqueta de la camiseta va por dentro, amigo.

Summ sintió el calor acumularse en su rostro, mientras Avery, que también se había ruborizado, se apresuró a colocarse la camiseta. Desviando la atención del tema y centrándose en lo que verdaderamente importaba, la chica preguntó:

—¿Lo habéis encontrado?

Por debajo de los pliegues de su capa, Thyra sacó un objeto de no más de cinco centímetros de largo y forma indefinida, y mientras su amiga extendía su mano para entregárselo, sintió su pulso acelerarse y su piel erizarse de manera repentina.

Supo, por la forma en que la Sophoi se encogía, que no era la única que sentía aquella llamada aterradora.

Avery comenzó a moverse inquieto. El rubor que antes había teñido sus mejillas se había disipado hasta que su rostro había perdido todo color. Se llevó las manos a la cabeza y apretó sus sienes, tal y como había hecho en el cementerio hacía solo unas horas.

—¡Guardadlo! —exclamó el chico—. ¡Son demasiadas voces!

Summ agarró el karagar de la mano de su amiga —que se había quedado perpleja ante la reacción del chico— y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.

Los hombros del músico se destensaron al instante.

La visión del velo, las luces del cementerio y, ahora, las voces del karagar. ¿Qué estaba pasando con Avery?

Thyra inspiró hondo y les habló sobre la nota que había encontrado junto a la piedra, la cual creía que activaba su poder.

Summ trató de apartar su preocupación por Avery a un lado y escuchó con atención, incapaz de ocultar la emoción que corría por sus venas. Por fin tenía una oportunidad para acabar con Baltheezar. No había tiempo que perder.

Con premura, agarró la capa que colgaba del respaldo del sofá, aún un poco húmeda por la lluvia.

—No os mováis de aquí hasta que vuelva —comenzó a hablar, antes de realizar una pausa para tomar aire y proseguir—. Si no vuelvo antes del amanecer…

Sus ojos se oscurecieron. No quería pensar en ello, aunque debía contemplar la posibilidad.

—Huid tan lejos como podáis.

Antes de aventurarse hacia la puerta, Thyra bloqueó su camino con el ceño fruncido.

—¿A dónde crees que vas sola?

—Es muy peligroso —replicó Summ—. Quédate con ellos. Protégelos. Yo estaré bien.

—Creía que había quedado claro que no iba a aceptar que tomaras decisiones por mí —carraspeó Avery, agarrando su abrigo—. Además, no podrás encontrarlo sin mi ayuda.

Thyra asintió con aprobación ante el arrojo del chico. Miró a ambos; en sus rostros se reflejaba la determinación. Una punzada de miedo la invadió por un segundo, pero sabía que debía dejarla ir. Era su decisión y debía respetarla. Así pues, sin prestar resistencia, asintió.

—Supongo que, si ellos van, yo también —Max rompió el silencio, rascándose la coronilla.

Avery le dio un golpecito en el hombro antes de abalanzarse hacia la puerta, como el puntero de una brújula que les llevaría hacia Baltheezar. Hacia un enfrentamiento del que, tal vez, nunca podrían regresar.

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Apenas guiados por la luz de la luna, la llovizna y el barro formado por la tormenta dificultaban el paso por el Bosque del Lobo.

Mientras avanzaban en completo silencio, los chasquidos de las ramas hacían que el grupo se girara para comprobar sus alrededores.

¿Cuándo una sombra podía ser más que una sombra?

Esa pregunta les acompañaba como un quinto miembro inseparable.

El camino de tierra parecía estrecharse a su paso, y las ramas de los árboles habían comenzado a zarandearse con furia, empujadas por el viento que soplaba de cara, como un mensaje de la naturaleza que les advertía de que estaban a tiempo de dar la vuelta.

Avery se paró de golpe, justo cuando el antiguo cementerio comenzó a asomarse a lo lejos, tras el final de la colina en bajada.

—Recuerda la funda de tu guitarra —le susurró Summ, parándose a su lado para agarrar su mano fría y temblorosa.

El chico tomó aire en profundidad y permitió que saliera poco a poco. Cuando dejó de temblar, se aferró al agarre de su mano y retomaron la bajada. Al alcanzar la verja, corroída por el óxido, Avery contuvo un escalofrío.

—¿Todo bien? —preguntó Max, que permanecía junto a Thyra unos pasos tras ellos.

—Es todo tan… —musitó Avery, sin completar la frase.

Max asintió, comprendiendo lo que su amigo quería decir con la complicidad que casi una vida de amistad solo podía ofrecer.

—¿Dónde crees que está? —preguntó Thyra, que agarraba el puñal de su espada con demasiada fuerza. Tanta que sería incapaz de usarla si tuviera que hacerlo.