El renacer del alma (Metamorfosis 1) 33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco.
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33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco.

Mientras subían colina arriba, un relámpago iluminó el bosque por un instante, mostrando las ramas desnudas de los árboles y acrecentando el sonido de los animales que huían de la tormenta que se aproximaba.

Al fin, llegó como una ligera llovizna, casi agradable para aliviar la agitación de la huida. Sin embargo, en cuestión de minutos, se convirtió en un chaparrón que dificultaba la visión del horizonte a más de diez metros de ellos.

Tras más de veinte minutos de caminata, visualizaron la cabaña de Jay Kasbrak, que se erguía solitaria en medio del bosque. Las contraventanas habían sido cerradas y la puerta principal, bloqueada con un candado. Al menos, los símbolos protectores seguían intactos.

Summ se había apresurado a abrir la cerradura de la entrada cuando se percató de lo que estaba haciendo Avery. Completamente empapado, con el agua de la lluvia resbalando en su rostro, mantenía la mirada fija en el montículo de arena junto a la cabaña.

—¿Qué ves?

—Hay una señora —respondió con una mueca—. Una anciana. Pregunta dónde está su hijo.

Summ se estremeció. Sabía con certeza quién estaba enterrada allí y, después de su visita exprés al cementerio, no le cabía la menor duda de que Avery estaba viendo a la madre de Jay Kasbrak. Pero… ¿cómo era posible?

Se concentró en la tarea que había empezado, dejó el calor irradiar en sus manos y lanzó su undae hacia el candado de la puerta, que abrió con un pequeño chasquido.

Del interior se desprendía el olor característico de una estancia que llevaba tiempo cerrada, acompañado del aroma a pino artificial de un ambientador barato.

Los relámpagos iluminaban de manera intermitente su interior, que carecía de suministro eléctrico.

Aunque había vivido toda su vida sin él, en ese instante habría agradecido su comodidad.

Avery permaneció inmóvil en el exterior de la casa.

—Avy —le llamó con suavidad—. Entremos.

El chico asintió y, sin perder de vista al espectro, giró hasta introducirse en el interior de la cabaña.

Summ corrió el cerrojo metálico de la puerta tras su paso.

Los sellos no funcionarían si dejaban cualquier acceso abierto.

Cuando el chico encendió un par de candelabros que pudo encontrar sobre la mesa del comedor, la tenue luz dejó al descubierto numerosas latas de cerveza vacías y platos sucios en el fregadero.

La temperatura había descendido de manera considerable en los últimos días y allí, en lo alto de una colina, haría un par de grados menos que en el resto de la ciudad.

Con el fin de entrar en calor hasta la llegada de Thyra, Summ se dirigió hacia la pequeña chimenea llena de hollín.

Tardaría en arrancar, pero sería suficiente para calentar la estancia y secar sus ropas.

En silencio, agarró un par de troncos del leñero y generó fricción con su undae para prender las ramas más pequeñas.

Unos instantes después, la cabaña había comenzado a caldearse.

Mientras tanto, Avery había estado recogiendo el desorden de Jay.

Summ agradeció el gesto. Desconocía cuánto tiempo podrían pasar allí encerrados y, aunque el desorden podía soportarlo, la suciedad le resultaba desagradable.

Durante un buen rato, en el interior de la cabaña solo se escuchó el crepitar del fuego, el tronar de la tormenta y el agua corriendo del grifo de la cocina mientras se limpiaban la negra y seca sangre de la piel.

Pero aquel silencio no se parecía en nada al que se expandía por casa de Avery cuando la película había terminado y se sentían demasiado a gusto para moverse del sofá.

Era un silencio incómodo y enrarecido, cargado de preguntas, lamentos y suspiros, demasiado profundo para encontrar el valor de romperlo, pero tan fino y frágil como una hoja seca de otoño.

De vez en cuando, Avery reaccionaba ante sonidos que no llegaban a los oídos de ella. Summ suponía que, tras las contraventanas cerradas, aún permanecía la Sra. Kasbrak buscando a su hijo.

Finalmente, mientras se restregaba el paño húmedo sobre la piel manchada de su brazo, se decidió a hablar.

—¿Empezaste a verlos cuando me…? —no tenía el valor suficiente para terminar la frase.

Avery asintió, apretando la mandíbula. Se había limpiado las salpicaduras de la cara y había pasado la mano mojada sobre su pelo, ahora más oscuro y despeinado por el agua.

Summ apretó con fuerza el paño que sostenía y sintió una punzada en el pecho.

—Siento que te hayas visto arrastrado a todo esto —balbuceó.

Evitando su mirada, el chico lanzó con precisión el paño hacia el fregadero para alejarse a la otra punta del salón en completo silencio. A continuación, se llevó la mano temblorosa a la cabeza y permaneció en silencio durante unos segundos.

—¿Lo sientes? —escupió con el ceño fruncido—. ¿Qué parte de todo, Summ? ¿Las mentiras? ¿La vida oculta? ¿Dejarme tirado con la excusa más despreciable posible?

La chica continuó con la mirada fija en el desagüe del lavabo.

Apretó su agarre sobre el paño de tela y sus nudillos comenzaron a ponerse rojos.

No sabía qué responder. ¿Qué podía decirle?

¿Que sentía haberse cruzado con él por primera vez?

¿Que había jugado con fuego y la llama les había alcanzado a ambos? Claro que lo sentía. Lo sentía todo.

Con la voz tan fría como el viento que azotaba la cabaña, Avery prosiguió:

—Dime la verdad por una maldita vez. Cuéntamelo todo.

Dándose unos segundos para respirar, Summ se giró para toparse con los ojos cristalizados de Avery, observándola desde la chimenea.

Estiró las manos y trató de secarse el sudor sobre sus pantalones.

Apretó sus muslos con fuerza, en un intento por disimular el temblor.

¿Por dónde podía empezar? Tenía tantas cosas que contarle…

Inhaló aire en profundidad y dejó caer la máscara que había llevado hasta la fecha para protegerse. Le mostraría la Summ real y dejaría al descubierto su alma para él, mientras aún la conservara.

—Me llamo Summ Elwen y soy una Velahr. Por las normas que rigen a los de mi clase, tú y yo nunca deberíamos habernos conocido —expiró el aire que había contenido y abrazó la liberación que deshacerse de los secretos le concedía.

La mandíbula de Avery se suavizó.

—Somos defensores del velo —prosiguió—, y nuestra única misión en la vida es proteger a los humanos de las cosas que acechan en la oscuridad. Nacemos y somos educados y entrenados para tal propósito. A los veinte…

Se recompuso antes de hablar. Apenas había sido capaz de entender lo que había sentido los últimos meses. ¿Sería capaz de hacérselo entender a él?

—A los veinte debemos tomar una decisión vital —carraspeó, mirándose las manos—.

No quiero aburrirte con detalles, pero, en mi caso, esa decisión pasaba por consagrarme a una causa en la que ya no creía y casarme con un prometido que mi hermano había elegido por mí.

Y, cuando más atrapada me sentía por un camino hacia el que otros me habían dirigido… apareciste tú.

Avery escuchaba con atención, su rostro inexpresivo. Apenas siendo capaz de encadenar sus palabras, Summ prosiguió:

—Sabía que estaba cometiendo un error al conocerte, pero… deseaba con todas mis fuerzas escapar de todo. Y, cuando más lo necesitaba, tú me tendiste la mano. Nunca pasó por mi cabeza las consecuencias que podrías pagar por mi egoísmo.

Hizo una pausa; necesitaba tomar aire para lo que estaba a punto de decirle. La mirada de Avery sobre ella había dejado de sentirse como un puñal, aunque aún permanecían la duda y la ira que le hacían saber a Summ que debía cuidar sus próximas palabras.

—Una mañana dejaste de contestar mis mensajes. Pensé que estaba exagerando, que me estaba comportando como una lunática al preocuparme en exceso, pero mi instinto me gritaba que había sucedido algo horrible. Y cuando me presenté en tu casa… cuando me presenté y abrí la puerta…

Las palabras se hacían bola en su boca. Aquel maldito hedor que trataba de olvidar volvía a su cabeza, tan intenso y desagradable como el día en que lo olió por primera vez. Sintió que iba a vomitar.

—¿Qué pasó, Summ? —la voz suave de Avery la sacó del infierno de sus recuerdos.

—Estabas muerto —un ardor se acumuló al fondo de su garganta.

En los ojos de Avery se reflejó sorpresa y terror, casi a partes iguales.

—Él te había matado para llegar a mí —escupió. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro, incontrolables—. Sabía que le vendería mi alma si te traía de vuelta.

Sintió la rabia apoderarse de ella y, dejándose llevar por la ira, descargó una patada sobre el lateral del sofá despeluchado de Jay.

—Se suponía que te dejaría en paz —sentenció con voz ahogada—. Por eso me fui. Para que él no volviera a ti.

Levantó la mirada hacia el chico mientras se secaba las lágrimas.

Permaneció inmóvil. No conseguía interpretar su rostro, donde demasiados sentimientos parecían entremezclarse unos con otros.

Cada segundo que pasaba sin que el muchacho hablara se sentía como una descarga eléctrica en el corazón.

Todas las reglas que había roto y todas las decisiones que había tomado la habían llevado hasta ese momento.

A aquel instante en una cabaña en medio de la nada, más desnuda de lo que jamás había estado en la vida ante un hombre.

Un humano que, con su cotidianidad y sus melodías, había conseguido que una vida rodeada de magia no valiera la pena, porque toda la magia que necesitaba para ser feliz era el latido de su corazón bajo su abrazo.

Zambulléndose en sus ojos marrones heridos, habría vuelto a vender su alma tantas veces como hubiera sido necesario para traerle de vuelta.

—Te has pasado la vida siguiendo el camino que otros habían decidido por ti —habló finalmente, con la mirada fija en el fuego crepitante de la chimenea—. ¿Qué te hace creer que tienes el derecho para decidir mi camino?

Summ se irguió, sorprendida.

—¿A qué te refieres?