26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #12
Thyra tomó una gran bocanada de aire. El creciente hedor del azufre había comenzado a provocarle un incómodo lagrimeo. Se preparó a sí misma para tomar las riendas del asunto.
Agarró a Max y le empujó de vuelta al camino desde el que habían venido.
Sabía que Summ se habría armado de valor y habría hecho picadillo de Graeven, pero ella no era Summ y no arriesgaría la vida de Max ni la suya —y, por consecuencia, la de su amiga y Avery— por una muestra de valor de la que no se sentía capaz.
Se alejaron del cruce, tratando de suavizar sus pasos. Con un poco de suerte, pondrían suficiente distancia para que los demonios no detectaran su olor.
Cuando las primeras garras se asomaron por el cruce, se pegaron con tanta fuerza a la pared que Thyra notó las piedras puntiagudas clavarse en su espalda. Contuvo la respiración mientras escuchaba el sonido de los gruñidos que se expandían por el túnel, amplificados por la acústica del espacio.
Por suerte, el primer Graeven continuó su paso al frente. Tras él, un segundo superó el cruce sin percatarse de su existencia. Pero el tercer Graeven se quedó plantado en medio. Parecía… olfatear.
Podía escuchar la respiración acelerada de Max junto a ella, y el sonido de sus propios latidos martilleaba el interior de su cabeza. Sin más que un corto y desganado gruñido, la bestia siguió su paso.
Su cuerpo se destensó y el aire volvió a llenar sus pulmones. Cuando el repiqueteo de las uñas de los Graeven dejó de escucharse, volvió a encender la lámpara y retomaron su camino.
Aceleraron el paso. Cuanto antes llegaran al psiquiátrico, menos posibilidades habría de ser sorprendidos por otro grupo de bestias. O, al menos, dentro del túnel.
Tras el cruce, a no más de veinte pasos de distancia, sintió la llamada de una vibración. Al fondo, en lo que parecía un camino sin salida, pudo detectar otra puerta oculta. Dejó salir su undae y el contorno de la puerta comenzó a dibujarse en un haz de luz.
Max soltó un suspiro de alivio.
Sin perder ni un segundo, abrió el acceso y cruzaron el umbral. Al otro lado, la sala que encontraron —que desprendía un horrible olor a rancio— distaba mucho de la imagen abandonada y vandalizada del resto del psiquiátrico.
Había material quirúrgico, una silla metálica en el centro y estanterías con numerosos utensilios que no había visto en su vida.
Todo en perfecto estado. La espesa capa de polvo que cubría cada parte de la sala y las telarañas que se acumulaban en cada rincón confirmaban que nadie había pasado por allí en mucho tiempo.
Thyra miró a su alrededor, buscando una ventana o una puerta para poder salir de aquel lugar sin tener que volver a recorrer los túneles.
—No hay salida.
—Sí, la hay —respondió Max, señalando al techo.
Sobre sus cabezas, una trampilla oculta sostenía una escalera encajada.
Thyra asintió e iniciaron la búsqueda del karagar en completo silencio. Habían superado el túnel, sí, pero la sensación inquietante de peligro se mantenía pegada a ellos como una segunda piel.
La chica se acercó a los estantes a su derecha: una sucesión de botes cerámicos rellenos de plantas que desconocía cubrían la mayor parte de ese espacio.
Su atención estaba enfocada en otro lugar cuando sintió una llamada. No era una vibración común como sucedía con los accesos; era como si alguien, en algún lugar oculto tras aquellas cuatro paredes, dijera su nombre.
Thyra.
Era un susurro suave, casi aterciopelado, pero una presión en la garganta la advirtió de que había algo malo en esa voz.
Abriendo uno por uno cada frasco, buscó el origen del sonido.
Al fin, tras un recipiente cerámico que contenía unas raíces extrañas, lo que parecía una simple y tosca piedra se iluminó ante su presencia.
—¡Está aquí!
Bajo ella, un trozo de papel amarillento y enmohecido por el paso del tiempo rezaba:
«Ol Sonuf Vaoresaji»
Era enochiano. Había visto con anterioridad aquella frase en el libro del Dr. Malkop y recordaba a la perfección su significado: «Yo rijo sobre ti, dice el Señor de la Justicia». Debía de ser la frase que activaba la piedra.
—¿Cómo lo sabes? —la voz de Max la sacó de su ensimismamiento—. Parece una piedra cualquiera.
—Porque me está llamando —murmuró.
En aquel instante, el sonido de unos pasos resonó sobre sus cabezas.
—¿Te lo puedes creer? —una voz masculina y burlona llegó desde el piso superior—. La hermana de Askar traiciona a la Senda y él aún se siente con la libertad de mandarnos a buscar a nosotros un objeto perdido en este agujero de mala muerte.
Max y Thyra se miraron, manteniéndose en silencio. Nadie debía saber que estaban allí.
—Sigue siendo un consejero, Philip —le replicó una voz femenina—. Deberías mostrar el debido respeto.
—¿Respeto? —en su tono se reflejó el desprecio que sentía—. Ha movilizado un ejército entero de Velahr para buscar a su hermana. En la Senda el deber es más importante que el querer, ¿recuerdas?
Thyra ahogó una exclamación. Tenían que salir de allí. Tenían que encontrarse con Summ y darle el karagar antes de que el Consejo les encontrara.
O, peor aún, antes de que Baltheezar lo hiciera.