El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #11
52%

26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #11

Max miró a su alrededor, incapaz de ver la luz que ella veía con claridad.

Soltó su poder y lo dejó escapar entre sus manos.

Antes de adentrarse en aquel lugar, debía probar algo.

Algo que el Consejo desaprobaría si lo conociera y que podría ocasionarle numerosos problemas.

Pero ya había perdido la cuenta del número de leyes que había quebrantado esa noche y, si quería tener la mínima posibilidad de sobrevivir y salvar a Summ, debía usar todos los medios a su disposición.

—¿Tienes algo para pintar? —preguntó.

Max la miró con incredulidad, pero, tras palpar el bolsillo trasero de su pantalón vaquero, sacó una pequeña libreta de dibujo y un rotulador negro. Se lo tendió de inmediato.

Lo cierto era que no necesitaba la libreta para nada, sin embargo, mientras Max la sostenía, las páginas se entreabrieron dejando a la vista lo que parecían bocetos rápidos que llamaron su atención.

La agarró y hojeó un par de páginas. Pudo ver a Avery tocando la guitarra y a un precioso gato negro a su lado.

Pero lo que más llamó su atención, lo que en verdad la dejó sin aliento, fue verse a sí misma formada en tinta, con el mismo vestido de flores que había llevado la noche de la piscina.

Max le arrebató la libreta antes de que pudiera profundizar en los trazos.

—Creía que querías escribir algo, no cotillear mis cosas —balbuceó, guardando la libreta de nuevo en su bolsillo trasero.

Thyra le observó con interés. Por primera vez, Max apartó su mirada de ella. La luz plateada de la luna dejaba al descubierto una parte del chico que —aunque sentía que se había asomado a ella sin permiso— podría llegar a apreciar.

—Quítate la camiseta —dijo sin pensar.

Max abrió los ojos de par en par y Thyra sintió sus mejillas acalorarse al percatarse de lo errática que había sido su petición.

—¡Tengo que dibujar un símbolo en tu pecho! —prosiguió de inmediato, tratando de disimular su vergüenza—. Es necesario para que… veas el otro lado del velo.

El chico seguía mirándola fijamente, con las pupilas dilatadas y una media sonrisa que hacía que la parte baja de su estómago cosquilleara. A decir verdad, bastante más abajo de donde estaba su estómago.

—Si insistes… —respondió, retirándose la sudadera negra y tendiéndosela con descaro.

Levantó su mano para agarrar la sudadera y, cuando sus dedos se rozaron, su pulso se aceleró a niveles incontrolables. El graznido de una gaviota que se acababa de posar en la parte superior del puente le provocó un sobresalto.

Max se rió. Sin dejar de mirarla a los ojos, levantó los brazos para colocar sus manos sobre la parte posterior del cuello de su camiseta carmesí.

Thyra luchó por ignorar sus tríceps marcados, cubiertos por trazos similares a los de su libreta.

Sintió que sus pulmones dejaban de funcionar cuando la V perfecta de su bajo vientre quedó a la vista, como antesala a los definidos pectorales que —con más frecuencia de la que reconocería— la habían perseguido en sus delirios más íntimos.

—En otras circunstancias habría seguido quitándome otras prendas —habló divertido—, pero creo que hoy tenemos un poco de prisa.

Se tomó un instante y se concentró en enfriar su mente.

Pero el olor cítrico de su colonia, mientras se acercaba a su torso desnudo, hacía que su respiración se entrecortara.

Aspiró una bocanada de aire y pensó en la Senda, en su formación como Sophoi y en el voto que iba a pronunciar en un par de meses.

Estaba preparada para soportar la tentación.

Era fuerte de espíritu. Era fuerte de mente. Era…

Su pulso tembló al apoyar la base de su mano sobre el pectoral caliente y duro de Max. Sintió su piel rosada estremecerse bajo su tacto. No necesitó levantar la mirada para saber que el chico se estaba riendo. Se sintió irritada.

Comenzó a trazar el círculo, atravesado por una línea recta. En su interior, dos círculos más pequeños coronaron un pequeño triángulo. Nunca había dibujado el Sello del Umbral a nadie, pero era uno de los símbolos que figuraba en el libro del Dr. Malkop junto a los de protección. Debía funcionar.

Al completar el final del trazo, se apartó del chico de manera repentina, casi como si su tacto le quemara en la piel, y tomó tanta distancia entre ambos como el espacio le permitía.

—Ya puedes vestirte.

El chico volvió a ponerse la ropa sin retirar, ni por un maldito segundo, aquella fastidiosa sonrisa de dientes perfectos.

Se zafó de aquellos pensamientos y volvió a despejar su mente para llenarse del calor de su undae. El contorno de la puerta volvió a iluminarse tras Max, quien se giró de inmediato para observar, con sorpresa, la luz que antes no había sido capaz de ver. Dejó escapar una exclamación.

Thyra continuó dejando fluir el eco y la pared reaccionó a su llamada. La piedra se agrietó, con la misma facilidad que si hubiera sido de atrezzo, y al instante dejó al descubierto un pasadizo oscuro y húmedo. El olor que se desprendía de su interior no era mucho más agradable.

Max dio un paso al frente, pero la chica se apresuró a interponerse en su camino.

—Detrás de mí —ordenó—. Y no acepto réplicas, Max.

Para su sorpresa, el chico asintió con severidad y la dejó paso.

Observó el interior del túnel —que parecía no tener final— y tomó aire antes de adentrarse en él. Echó de menos a Summ. Si ella hubiera estado allí, habría sido la primera en entrar y lo habría hecho con algún comentario tonto que conseguiría tranquilizar sus nervios.

Encendió la lámpara de aceite y la luz se expandió a lo largo del corredor.

El túnel era aún más angosto y claustrofóbico de lo que había parecido en la oscuridad.

El suelo estaba completamente encharcado.

Pidió a todos los ángeles que no estuvieran caminando sobre aguas negras, aunque el fétido olor y el tacto pastoso no resultaban buenos presagios.

La estrechez del espacio apenas permitía el paso de una sola persona, por lo que se vieron obligados a caminar en fila india. Sobre ellos, a menos de treinta centímetros de distancia, un techo repleto de tuberías oxidadas los separaba de una Nareen que ahora dormía.

Cuando los sonidos que provenían de alguna parte del túnel que aún no podían vislumbrar le ponían los pelos de punta, dejaba que su atención se enfocara por unos segundos en la respiración de Max, en el sonido de sus pasos y en el calor que su cuerpo desprendía.

Sabía que el humano no sería de mucha utilidad contra un Graeven, sin embargo, entre aquellas mugrientas paredes, su presencia resultaba reconfortante.

Unos pasos más adelante se encontraron con un cruce de caminos.

—Es hacia la izquierda —susurró Max con firmeza—. Desde el punto de entrada, el psiquiátrico quedaba al este.

—Hemos caminado en diagonal —respondió Thyra, haciendo un esfuerzo por mantener el tono de su voz tan bajo como fuera posible, lo que estaba siendo un gran reto—.

Si hubiéramos caminado rectos, deberíamos haber tomado el camino de la izquierda, pero, al ir en diagonal, lo correcto es seguir de frente.

—Si seguimos de frente, acabaremos en el lago del Bosque del Lobo —replicó el chico—. Hazme caso, últimamente se ha demostrado que suelo tener razón.

Puso los ojos en blanco. Tal vez habría sido mejor encontrarse allí sola.

Sin molestarse en responder, posó su mano sobre la pared rocosa a su derecha. Despejó su mente y dejó a su undae fluir. Si pudiera sentir el río, sería capaz de conocer su posición exacta en la ciudad.

—Te digo que…

—Shhh —le chistó.

Necesitaba silencio absoluto. Había demasiada agua a su alrededor para diferenciar la estancada de la fluvial con facilidad.

Al fin, a lo lejos, percibió las ondas que el batido de las aletas de los peces formaban en el río Jhun a su paso. Eso le confirmaba su teoría: el río se encontraba a su izquierda, no tras ellos. Por tanto, debían seguir de frente.

—Sigamos de frente —anunció y prosiguió su paso sin esperar la respuesta de un Max que suspiró con irritación.

A medida que avanzaban, el aire se sentía más cargado y enrarecido. Supo que el muchacho también lo había notado, ya que había empezado a mirar con frecuencia detrás de él. Por un minuto se había atrevido a pensar que estarían solos. ¡Qué ilusa!

Caminaron un largo trecho bajo esa sensación asfixiante hasta llegar al próximo cruce. Un intenso olor a azufre la golpeó al alcanzarlo. Retrocedió de inmediato, chocándose con Max en el proceso.

—¿Qué ocurr…?

Apresuradamente, tapó la boca del chico, y el roce de su aliento le provocó un cosquilleo en el vientre, aumentado por la amplificación de sus sentidos en alerta. Max se quedó rígido. Bien, al menos no era tan estúpido como para ignorar el peligro.

Con cautela, apagó la lámpara y se asomó al cruce para comprobar la amenaza. Sus temores se confirmaron: por el camino de la izquierda, a no más de diez metros de distancia, un grupo de Graeven caminaba hacia el cruce. En unos minutos estarían sobre ellos.

Se ocultó de nuevo. Sentía su respiración acelerada.

¿Cuántos Graeven había? Era incapaz de saberlo si viajaban en fila.

Maldición. Sabía que podía aprovechar la estrechez del terreno para acabar con ellos con la misma efectividad que se sacrifica al ganado en un matadero.

Pero, si erraba, la próxima carne a degustar sería la suya. Y la de Max, por supuesto.

Había estado tan distraída pensando en sus posibilidades que no se percató de que el humano se había asomado a contemplar a sus verdugos hasta que le sintió ahogar un grito. Con el rostro tan pálido como el mármol, se recostó, agitado, sobre la pared de piedra.

Aquella reacción la hizo recordar la primera vez que había visto un Graeven.

La diferencia era que, tras los ojos de aquella niña, había una futura cazadora que conocía su existencia desde sus primeros pasos.

Tras los ojos de Max, por el contrario, se percibía el terror de quien se encuentra con lo imposible.