El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #10
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26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #10

—Gracias —agradeció con voz ronca. Sus ojos se suavizaron hasta mostrar cierta determinación—. Hay algo más aquí, Summ. Él está aquí. Puedo sentirlo.

Asintió y, ayudándole a levantarse, dijo:

—Rodeemos el cementerio antes de que nos encuentre.

Se alejaron de las puertas y se introdujeron en la vegetación de los alrededores.

Podía escuchar a Avery suspirar con frecuencia, mirando hacia el interior del cementerio, a través de las verjas destrozadas que separaban las tumbas del resto del bosque.

Lo que sea que estuviera viendo seguía estando presente.

—¿Qué son esas luces? —murmuró, observando las sepulturas—. Están por todas partes.

Siguió la dirección de su mirada, incapaz de ver nada. Solo había lápidas rotas y tumbas llenas de musgo. Negó con la cabeza y Avery asintió, resignado.

Abriéndose paso entre la maleza, habían conseguido recorrer la mitad del cementerio cuando el chico habló con voz ahogada:

—Summ, está cerca.

Ambos se miraron, y no necesitaron palabras para saber que debían echar a correr.

Las malas hierbas, tan altas como ellos, se clavaban en sus pieles, provocándoles arañazos superficiales en sus rostros y manos.

Summ trataba de sesgar las espigas puntiagudas con la espada a medida que avanzaban, mientras su corazón latía a tal velocidad que apenas podía sentir los arañazos en su piel.

La maleza le impedía ver a más de dos metros de distancia, y su única guía era una hilera de tumbas a su izquierda que parecía no terminar nunca.

Cuando al fin sobrepasaron el cementerio, Avery suspiró aliviado y se permitió aminorar el paso. Summ lo interpretó como una señal de que habían burlado el peligro.

Al menos, por el momento.

32

Al salir de la biblioteca, Thyra tomó camino hacia el Puente de Pillyrien. Las calles se habían vaciado con el anochecer y del bullicio propio de las noches de verano ya solo quedaba un eco. Se le erizó el vello cuando el aire otoñal se deslizó entre sus huesos.

Había pasado por ese puente incontables veces a lo largo de su vida y en ninguna de ellas había detectado que cerca de este pudiera haber una apertura Velahr, lo que la hacía dudar por completo de que aquella misión fuera a tener éxito. Pero debía tenerlo. Debía conseguir el karagar a toda costa.

Apretó el paso. No tanto por la extrema necesidad de llegar al puente, sino por tratar de alejarse de los pasos que repiqueteaban a su derecha. Aunque, por más que aceleraba, el muchacho siempre acababa poniéndose a su altura.

—No deberías venir, es peligroso —repitió, más para sí misma que para tratar de convencerle. Se había dado por vencida al respecto.

—Ya me lo has dicho veinte veces y aquí sigo —replicó Max con una amplia sonrisa burlona—. No pienso dejar que te lleves el mérito de mi descubrimiento.

—Si nos encontramos un Graeven, espero que puedas defenderte tú solito.

Echó un vistazo de reojo al chico. Aquella maldita sonrisa irresistible la sacaba de sus casillas. Por no hablar de su aire egocéntrico y de ese olor a bergamota que se metía en su mente hasta nublar su cordura.

Pero no era solo la presencia de Max lo que la tenía tan inquieta.

Sumado a ello, se encontraba la incertidumbre de los horrores a los que podrían verse obligados a enfrentarse en aquellos túneles.

Ella era una futura Sophoi y, aunque tenía formación de Vardir básica, nunca se había enfrentado a ese tipo de misiones de campo sola.

Y, mucho menos, teniendo un humano junto a ella al que proteger.

Muchas cosas podrían salir mal esa noche. Debía prepararse.

Antes de apresurarse hacia el puente, decidió hacer una última parada. Se desvió del camino principal y giró en dirección a la pastelería de Elissa Thorn, para tomar rumbo hacia el almacén Velahr más cercano.

—¿A dónde vamos? —preguntó Max, frunciendo el ceño—. El puente se encuentra en la otra dirección.

—Lo sé. Antes necesito hacer una cosa.

La chica tomó el cruce hacia la izquierda y dejó atrás los negocios de restauración de la avenida principal para llegar hasta el local de Elissa.

Lo rodeó hasta alcanzar el callejón sin salida que había tras él.

A simple vista, no había nada más en su interior que unos sucios y maltrechos cubos de basura.

Max silbó al llegar a destino y, con un tono descarado, dijo:

—Si querías tenerme a solas para ti, solo tenías que pedirlo.

Thyra fingió una arcada ante la insinuación, mientras trataba de ocultar la forma en que se había tensado y el aumento estrepitoso de su temperatura corporal. No se dejaría distraer por sus tonterías.

Sin dedicarle ni una mísera mirada, se dirigió hacia el punto del callejón desde el que sentía la llamada.

Las paredes de ladrillo vibraron ante su cercanía y pudo sentir el picor y el calor invadir sus manos y acunar su mente.

Dejó salir el undae de su interior y los ladrillos se deslizaron hacia los lados, golpeándose entre ellos, dejando al descubierto el arsenal de armas y equipación que buscaba.

Un intenso olor a cuero y metal se desprendió de su interior.

—Wow —exclamó Max con la boca abierta—. Eso ha sido increíble.

En primer lugar, agarró una capa y se cubrió los hombros con ella.

A continuación, rebuscó entre las armas hasta encontrar la espada con cinturón que necesitaba, para después agarrar una lámpara de aceite —sería de utilidad en la oscuridad de un túnel— y un par de dagas de combate.

Una de ellas la introdujo en el interior de su bota y la otra, muy a su pesar, se la tendió a Max.

—Intenta no sacarte un ojo con ella.

El tatuado dejó escapar un sonido ahogado.

Antes de retomar su camino, Thyra tomó una última cosa. Algo que, si el Consejo se enteraba, podría meterla en un buen lío. Pero una voz en su interior no paraba de advertirle que esa noche podrían necesitarlo.

Supo que se encontraban cerca del puente cuando el sonido del tráfico comenzó a disminuir para dar paso a los graznidos de las gaviotas, que, a pesar de ser de noche, revoloteaban inquietas a lo largo del río. Todo apuntaba a que habría tormenta en las próximas horas.

Descompuso con la mirada cada detalle. Desde los pilares que sobresalían del agua y se distribuían a lo largo de cerca de treinta metros, hasta los distintos materiales que se habían utilizado para su construcción —y posterior restauración— durante más de mil años de existencia.

Piedra caliza en su mayoría y mármol blanco para los pretiles.

El simple y basto hormigón se había utilizado para rellenar los huecos formados por el paso del tiempo.

A cada dos metros de distancia, los bancos de madera invitaban a sus visitantes a disfrutar de las preciosas vistas del río Jhun y del casco antiguo de la ciudad. Pero en ninguno de sus numerosos detalles había indicio de que hubiera acceso o puerta alguna a cualquier otro lugar.

Si Max estaba en lo cierto y su suposición era correcta, debía dejar de ver y empezar a sentir.

Despejó la biblioteca de su mente. Uno a uno, los libros fueron colocados en sus estanterías junto al remolino de sentimientos que aprisionaba su pecho y se acumulaba en sus entrañas.

Dejó que el calor del undae la llamara y circulara desde lo más profundo de su mente hasta cada poro de su piel.

Debía convertirse en un imán para atraer a sí misma cualquier señal que le confirmara que aquello no estaba siendo una pérdida de tiempo.

Caminó despacio a través del puente, posando sus manos sobre las piedras y sintiendo su aspereza. Deslizó sus dedos por el respaldo de los bancos de tres plazas, pero no encontró señal alguna.

Una melodía silbada hizo que perdiera la concentración y, con ella, su poder se esfumó, permitiendo a los graznidos de las gaviotas volver a resonar en su cabeza. Irritada, se giró hacia Max:

—¿Podrías buscar en silencio? Necesito concentrarme.

El chico se volteó de inmediato, ajeno al motivo de su enfado. Su cabello negro y rizado le caía por la frente, enmarcando sus ojos rasgados en una expresión pensativa.

—No es aquí —murmuró, con la mirada perdida.

Thyra le miró perpleja. El muchacho salió disparado hacia el extremo más cercano del puente. Apoyándose con fuerza en los estribos de la estructura, descendió con cuidado hasta introducirse debajo de este.

Se apresuró tras él, maldiciendo para sus adentros la impulsividad del humano. Acabaría consiguiendo que los mataran.

En el vano del puente había menos de un metro de orilla hasta topar con el agua del río Jhun.

Aunque la iluminación de las farolas de la superficie apenas llegaba a su interior, el brillo de la luna aportaba la suficiente luminosidad para distinguir su alrededor.

La piedra caliza estaba cubierta en su práctica totalidad de musgo, ocasionado por la continua humedad.

Thyra habría esperado que el musgo se encontrara intacto, pero ciertas zonas habían sido abruptamente arrancadas por lo que —a juzgar por las incisiones en la piedra— parecían ser garras. No había muchos animales de río que pudieran hacer ese tipo de marca. Debía de ser obra de los Graeven.

—Puede que lleves razón —musitó.

Max, que había permanecido palpando los laterales de los estribos del puente, se giró con una sonrisa que competía en luminosidad con el brillo de la luna.

—¿Puedes repetirlo? Me gusta cómo suena esa afirmación en tu voz.

Puso los ojos en blanco.

—Cállate y déjame concentrarme.

El chico hizo como si se abrochara la cremallera imaginaria de su boca y se cruzó de brazos.

No pudo evitar que se le escapara una risita, lo que provocó que el humano le sonriera de vuelta.

Arrepentida de inmediato por la muestra de atención, recuperó su cara de póker y evocó la biblioteca al fondo de su mente.

No tardó en sentirlo: un zumbido proveniente desde un punto concreto justo al lado de Max. Al dejar salir su undae, vio el contorno de la puerta iluminarse sobre la piedra caliza.

—¡Está aquí! —anunció, entusiasmada.