El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #9
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26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #9

Estuvo a punto de perder el control cuando la bestia a sus espaldas se abalanzó sobre el músico.

Tambaleándose y en un movimiento del todo instintivo, el humano clavó la daga sobre la cuenca del ojo del demonio.

La sangre negruzca salpicó su piel dorada y su chaqueta verde antes de que el Graeven cayera desplomado a sus pies.

Suspiró aliviada y, en un baile grácil, acabó con las dos últimas bestias que quedaban, rajando sus torsos en cadena.

Cubiertos por completo por la sustancia oscura, Avery se quedó petrificado, observando a la bestia que había abatido, con la daga temblando entre sus manos.

—Esto ha sido lo más… alucinante que me ha pasado nunca —murmuró.

Summ esbozó una pequeña sonrisa, sintiéndose orgullosa de él. Aunque una parte al fondo de su mente le recordaba que, por bien que se hubiera defendido, nunca debía haberse encontrado en esa situación. Y el peligro todavía no había pasado.

Intentó apartar la voz de su conciencia y volvió a llamar al fondo de su mente. Aún debía deshacerse de las bestias o volverían a formarse para perseguirlos.

Había comenzado a sentir el picor del undae en la punta de sus dedos cuando, en la distancia, sintió la presencia de algo mucho más peligroso acechándolos.

Un cosquilleo helado recorrió su cuerpo.

Reconocía esa sensación. Era la misma que había sentido al entrar a la pastelería de Elissa Thorn. Un Nestum.

La última vez salió con vida de su encuentro por pura suerte. No creía posible que volviera a tener la misma fortuna.

—Debemos irnos —exclamó petrificada. No conseguía localizar de dónde provenía esa sensación aterradora.

—Por aquí —dijo Avery, tirando de ella en dirección al Punto y Mocca.

A toda prisa, rodearon el local. El Nestum, al contrario que los Graeven, no se movía deprisa. Pero su presencia se sentía con mayor intensidad, asfixiante y perturbadora.

Tras el recinto, Avery se paró junto a una vieja casita destartalada que parecía ser utilizada como almacén. Agarró el picaporte e intentó abrir la puerta con todas sus fuerzas.

—Está cerrada —maldijo mientras golpeaba la puerta con todo su peso en un intento fallido de tirarla abajo.

—Aparta un momento —dijo Summ, empujándolo con delicadeza hacia la derecha.

Aún cubiertos de sangre, la cercanía con Avery le provocó un hormigueo intenso en el pecho.

Dejando de lado la añoranza, el miedo y el dolor que la acompañaba a todas partes, despejó su mente y dejó fluir el undae a través de sus manos hacia la cerradura de la puerta.

Un ligero clic confirmó que había tenido éxito.

Giró el picaporte y el almacén quedó al descubierto. Aunque estaba repleto de cajas, parecía ordenado y limpio. Disfrutó del aroma a café que emanaba.

—Los poderes mágicos no eran algo que esperaba encontrar en la lista de cosas que ocultabas —habló Avery con sequedad, introduciéndose en el almacén—. Tampoco el manejo experto de la espada, ni el cosplay de Assassin’s Creed.

—¿El qué? —preguntó, desconcertada.

—Da igual —replicó Avery, evitando su mirada.

El chico se dirigió al fondo de la casita y apartó un par de cajas de café en grano y un molinillo antiguo, dejando al descubierto una trampilla idéntica a la que Summ y Loran habían encontrado con anterioridad en la casa del Padre Bhail.

—La descubrí hace un tiempo, ordenando el almacén —explicó, levantando el portón que apoyó con cuidado sobre la pared. Dejó caer la escalera que llevaba al interior.

—¿A dónde va? —preguntó Summ, asomándose al oscuro hueco.

—Lo suficientemente lejos de aquí, espero —respondió, ofreciéndole su mano para ayudarla a bajar por las escaleras, incapaz de cruzar su mirada con ella.

Summ esbozó una sonrisa amarga. Aún habiéndole dejado de la manera más dolorosa posible, incluso habiendo descubierto todo lo que era y le había ocultado, aun así, Avery le tendía su mano para que no cayera. Ni en mil vidas podría llegar a merecerle.

Aceptó su mano. No porque necesitara ayuda para bajar —había subido y bajado por sitios mucho peores—, sino porque necesitaba sentir su tacto de nuevo, sentir la calidez de su piel y el roce de los callos provocados por tantos años tocando la guitarra.

Bajó la escalera y trató de ocultar las lágrimas que se habían formado en sus ojos mientras esperaba a que Avery bajara, cerrando la trampilla tras él.

El túnel olía a humedad y alcantarillado, y podía escuchar los pasos de los roedores pasando junto a ellos. Se estremeció; odiaba los sitios tan estrechos y oscuros.

Hizo acopio de valentía e inició la marcha hacia la única dirección posible.

Apretó el paso con la esperanza de llegar al otro lado cuanto antes.

Sentía a Avery tras ella. De vez en cuando emitía algún sonido ahogado y miraba con frecuencia tras ellos, en especial cuando un ruido inesperado le ponía en alerta.

A pesar del evidente miedo que sentía, parecía bastante en control de sí mismo.

Apenas un par de metros más adelante, el túnel llegaba a su fin. Si estaba echando bien sus cálculos, no podían encontrarse demasiado lejos del Punto y Mocca. Aun así, esperaba que se encontraran lo suficientemente lejos para haber despistado al Nestum.

Avery bajó la escalera de madera ajada y se adelantó para abrir la trampilla y subir a la superficie. Summ le siguió de inmediato.

Al subir el primer escalón, observó la mano del chico tendida desde arriba hacia ella.

La tomó de nuevo. No sabía si saldrían con vida de aquello, si los demonios acabarían con ellos o si, finalmente, Baltheezar se haría con sus almas.

Pero, mientras tanto, se permitiría sentir tanto de él como fuera posible.

Cuando alcanzó el último escalón, Avery tiró con delicadeza de ella, ayudándola a erguirse en el exterior. Guiados por algo más fuerte que su propia voluntad, sus ojos volvieron a cruzarse. Durante un momento, el tiempo se paró. No había Graeven ni Nestum, solo estaban ellos.

Se permitió estudiar el rostro del chico: sus dulces rasgos, endurecidos por las manchas de sangre y un dolor demasiado profundo que se retransmitía a través de sus pupilas como una película de cine mudo.

Debajo de aquella fachada, Summ aún reconocía su aroma a cedro y lluvia, aunque no estaba segura de si se confundía con la tormenta que amenazaba con romper.

Avery la miró fijamente, desnudando su alma. Pero cuando la realidad se interpuso entre ambos, frunció el ceño y se apartó de ella con la misma inquietud que quien huye del fuego. Sintió una punzada en el pecho.

No se había percatado hasta entonces de que se encontraban al final de la orilla del río Jhun, ocultos tras la arboleda que cubría el antiguo psiquiátrico de la vista de una ciudad que había decidido olvidarlo. Inició el paso, manteniéndose tan lejos del antiguo edificio como fuera posible.

En la distancia, un grupo de Graeven se amontonaba junto a la entrada, absortos a su presencia. Permanecieron en silencio. Un solo sonido demasiado fuerte sería suficiente para convertirse en pasto de demonios. No había manera de que pudieran acabar con tantos a la vez.

Hicieron uso de la vegetación para mantenerse ocultos de su vista. Avery la seguía sin quitar ojo de la horda de bestias, y Summ volvió a preguntarse cómo era posible que el chico los viera. Cuando salían juntos, nunca había dado muestras de ver a través del velo, ¿qué había cambiado?

Al llegar al final del psiquiátrico, le indicó al músico con un gesto que la siguiera hacia el oeste. Llegarían antes a destino si atravesaban el antiguo cementerio.

Las hojas de los sauces llorones que presidían la entrada habían comenzado a tornarse del color de la tierra.

Sus ramas, demasiado largas por la falta de cuidado, se arremolinaban sobre la puerta metálica, cubierta de óxido y doblada por el eje.

El silencio era absoluto; ni las aves nocturnas interrumpían el sueño de los muertos.

A la altura del portón de doble hoja, Summ se percató de que las pisadas de Avery ya no la acompañaban. Se giró de inmediato para encontrarle parado tras ella, con el cuerpo rígido, la respiración agitada y la mirada perdida.

—¿Qué ocurre, Avery? —murmuró, acercándose a él.

—No puedo —habló. Sus manos comenzaron a temblar—. No puedo entrar ahí.

Analizó sus gestos: había sido capaz de mantener la calma hasta ahora. ¿Qué estaba ocurriendo?

—Es la forma más rápida de llegar a la cabaña de Jay Kasbrak. Allí estaremos seguros —explicó con suavidad.

—Me están esperando —replicó, echándose las manos a la cabeza.

En su rostro se reflejó una agonía que hizo que el corazón de Summ se acelerara. Avery cayó de rodillas al suelo, tapándose los oídos con desesperación.

—Sus voces… Necesito que se callen —dijo en un suspiro desgarrador.

La chica miró a su alrededor, buscando el origen de las voces de las que hablaba. No podía escuchar nada. Se arrodilló junto a él, inquieta, sin saber qué hacer o qué decir. Se sentía impotente.

—Aquí no hay nadie más, solo estamos nosotros.

—¡Necesito que paren! —exclamó el chico, cerrando los ojos y apretando las manos con más fuerza sobre sus oídos.

Temblando, levantó los brazos para colocar sus manos sobre las de él, retirándolas con delicadeza de sus oídos. Avery no opuso resistencia.

—Céntrate en mi voz, Avery —habló con firmeza, conteniendo el ardor al fondo de su garganta—. Trata de visualizar el estuche de tu guitarra. Presta atención a los detalles: el cuero ajado, las pegatinas de las bandas que te gustan, el dibujo de Max.

Las manos del chico dejaron de temblar.

—Bien, ahora ábrelo. Encierra el resto de voces dentro. De una en una, hasta que solo quede la mía.

Summ levantó las manos hacia su rostro, sintiendo su calor e inhalando su aroma. Su respiración comenzó a ralentizarse.

—Respira, Avery. Eres dueño de tu mente. Solo tú tienes poder sobre ella.

El muchacho abrió los ojos despacio. Sus facciones se habían destensado.