El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #8
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26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #8

La caja fuerte al fondo de su mente explotó.

Había sudado, sangrado y perdido el sueño por la Senda.

Habría llegado hasta el fin del mundo y dado todo lo que tenía por ella.

¿Cómo se atrevían a cuestionarle de aquella manera?

¿Cómo se atrevían a pensar que él podía haber liberado al demonio y asesinado a sus compañeros?

Estaba a punto de responder enfurecido cuando el portón de la Cámara se abrió con un golpe seco y, tras él, se introdujo Loran Daevel con la cabeza llena de sangre.

—Necesito hablar con el consejero Elwen, es urgente.

Askar se puso en pie y sentenció:

—La Senda es clara. Ningún consejero puede ser depuesto ni castigado sin pruebas que sostengan una acusación formal. Y lo que ustedes tienen son conjeturas. Pónganme vigilancia o hagan lo que ustedes crean necesario para salir de dudas. Mientras tanto, debo irme.

Sin mirar al resto de sus compañeros, descendió de las gradas y se dirigió hacia los portones. Habría puesto punto a la reunión, pero sabía con certeza que no era un punto y final. Voss haría lo que fuera necesario para relevarle de su cargo.

Summ observaba con preocupación el atardecer en su paso por Nareen. Debía encontrar a Avery antes de que la noche cayera y, con ella, la actividad demoníaca aumentara. Apretó el paso.

A cada calle que tomaba y a cada giro que daba parecía que las sombras la perseguían. Pero no había rastro de garras o pieles putrefactas que anunciaran una presencia real. Ni siquiera olía a azufre. ¿O sí? Debía llegar junto al músico enseguida.

Al alcanzar el Nocturna, suspiró aliviada. En parte por haber llegado y en parte por el alivio de darle un respiro a sus piernas cansadas.

Tras el cristal del escaparate, Avery brillaba sobre el escenario. La luz de los focos acariciaba su piel dorada mientras ajustaba el micrófono y los altavoces.

Las mesas a su alrededor estaban vacías, y el único movimiento de gente que había era el de los camareros preparándose para una noche intensa. Sin embargo, aunque el local hubiese estado lleno, para Summ solo habría existido él.

Se permitió observar durante unos segundos tras el cristal. ¿Habrían sido las cosas diferentes si nunca hubiera vuelto al Punto y Mocca? ¿Si no hubiera aceptado aquella primera cita?

Volvió a ponerse la máscara de Velahr. Si quería salvarle, no había lugar para arrepentimientos ni sentimentalismos.

Inhaló aire en profundidad y entró en el local. Las únicas luces encendidas en el interior se encontraban sobre la barra y el escenario; el resto del bar aún permanecía dormido a la espera de que la juventud de Nareen lo llenara de vida.

Junto al escenario, una camarera morena, bastante más alta que ella y con unas piernas sin fin, miraba embelesada a Avery.

La chica le animaba desde su posición, emitiendo una risita que hizo que sintiera un arranque irracional de ira.

Había leído suficientes libros de Thyra para saber que se trataba de celos.

Pero no tenía derecho a sentirlos, no cuando ella había sido la culpable de su muerte y de que su vida volviera a correr peligro.

Todo calor y toda ira se extinguieron cuando sus ojos se cruzaron con los de Avery. El estómago le dio vueltas y empezó a sentir que flotaba a cada paso que daba, sumergida en su mirada rota. La misma mirada de la que se había despedido para no volver.

El tintineo de los vasos a su alrededor desapareció. Incluso habría jurado que las luces se habían atenuado. A cada paso que daba, más crecían las ganas de vomitar allí mismo.

Ninguno de los dos se atrevió a decir nada mientras el pulso de Summ se aceleraba. No sabía en qué momento había recortado tanto las distancias, pero ahora sentía el calor ardiente de los focos sobre ella.

No se había percatado de la fuerza con la que Avery sujetaba la guitarra hasta que el chasquido de una de las cuerdas, al romperse, trajo de vuelta el sonido de los vasos y el ajetreo del personal.

Por suerte, la camarera de piernas infinitas se había esfumado.

El chico se sobresaltó, y en Summ se reavivó el reconocimiento automático de aquel hedor que nunca la abandonaba. Fue entonces cuando se percató del corte sangrante sobre su brazo, provocado por la cuerda que acababa de romper.

Se acercó a él con premura, con la intención de ver la herida. Cuando levantó la mano para tocar su brazo, Avery se apartó con brusquedad.

—¿Qué haces aquí, Summ? —preguntó, seco, agarrando una toalla de encima del altavoz para envolverse la herida—. ¿Y qué llevas puesto?

Había olvidado por completo que vestía su equipación de combate.

De manera inconsciente, se aseguró de que la espada quedara bien cubierta por su capa.

Pero no se sintió avergonzada por su vestimenta.

En su lugar, se sintió dolida, en parte por su rechazo y en parte por la ira que percibía tras sus palabras. No había calor en su mirada.

Tragó saliva y, con voz ahogada, comenzó a hablar:

—Sé que no tengo derecho a estar aquí ni a pedir esto, pero… —se armó de valor. Debía sacarle de allí cuanto antes. No había tiempo para rodeos—. Tienes que venir conmigo, ahora.

Avery dejó salir una risa burlona.

—Llevas razón, no tienes ningún derecho a pedirme nada.

Apretó las manos mientras sus piernas se movían de manera inconsciente. Un nudo se formó al fondo de su garganta.

—Estás en peligro, Avery. Tienes que venir conmigo antes de que te encuentren. De que él te encuentre.

En el rostro del chico se dibujó una expresión de desconcierto. Y había algo más, algo que Summ no sabía interpretar.

—De que me encuentre, ¿quién? —musitó.

—No sabes quién es. Pero es muy peligroso. Debemos…

—¿Quién, Summ? —la interrumpió, con gravedad en su voz.

—Se llama Baltheezar. Prometo explicártelo todo, pero deberíamos irnos ya.

Los ojos de Avery se abrieron de par en par, y la toalla ensangrentada que había sostenido se resbaló de sus manos ahora temblorosas. Sin duda, había reconocido el nombre.

En aquel preciso instante, un gruñido grave y desgarrador, tan inhumano que helaba la sangre, llegó de detrás del escenario.

Ninguno de los camareros lo escuchó, pero Avery se giró de inmediato al mismo tiempo que ella.

¿Cómo podía haberlo oído? Los humanos no podían sentir a un Graeven hasta que tuvieran sus garras clavadas en ellos.

Daba igual. Ya habría tiempo de preguntas; debían salir de allí.

—¡Tenemos que irnos! —exclamó y, agarrando al chico del brazo, tiró de él en dirección a la puerta.

Sin oponer resistencia, Avery alcanzó su chaqueta y echó a correr tras ella.

31

La noche ya había bañado Nareen cuando comenzaron su huida.

La luz amarillenta de las farolas y los fogonazos de los vehículos que circulaban por la carretera eran la única iluminación que los separaba de unas sombras que cada vez sentían más cerca.

Los gruñidos y el repiqueteo de las garras contra el asfalto iban en aumento.

Summ echó una breve ojeada por encima de su hombro: ahora había tres Graeven tras ellos.

Tras tomar el cruce que colindaba con el Bugsbusters, el sonido chirriante de unos frenos y el claxon insistente de un coche fueron la única señal de que habían estado a punto de ser atropellados.

Pero no miraron atrás. No cuando la pestilencia del azufre inundaba sus fosas nasales con mayor intensidad y los rugidos se escuchaban cada vez más cerca. No podrían dejarlos atrás.

A la altura del Puente de Pillyrien, nuevas criaturas grotescas cortaron su paso, haciéndoles frenar en seco.

Summ observó a su alrededor buscando una vía de escape: tanto por el este como por el oeste, estaban acorralados. El norte iba directo al río Jhun y el sur… sería imposible que llegaran al Punto y Mocca antes de que les alcanzaran.

Debía plantarles cara. Tan solo eran cinco; podría hacerlo.

Tenía que hacerlo. Pero el miedo a que alcanzaran a Avery hacía que sus rodillas temblaran.

Se colocó junto a él y trató de adoptar una posición protectora con su propio cuerpo.

Sin embargo, medía cerca de veinte centímetros menos que él; no sería capaz de escudarle lo más mínimo.

Los Graeven se apelotonaron a su alrededor, manteniéndose a unos dos metros de distancia, relamiéndose los hocicos desencajados con sus lenguas putrefactas mientras saboreaban la excitación del inicio del acecho.

Sacó la daga del interior de su bota y agarró la mano de Avery para colocar el arma entre sus dedos. El chico la miró sorprendido. El sudor perlaba su frente y echaba vistazos rápidos con frecuencia a su alrededor, esperando el ataque que parecía no llegar nunca.

—Intenta no clavártela, por favor —dijo Summ antes de girarse a enfrentar a sus oponentes—. No la uses salvo que sea necesario. Yo me encargo.

Desenvainó su espada curva y el acero resplandeció a la luz de la luna. Avery dejó escapar un sonido ahogado ante la visión del arma.

—Desde luego, no sabía nada sobre ti —murmuró.

—Y todavía no te haces una idea.

Inhaló y exhaló con precisión, llamando al baúl al fondo de su mente, convirtiéndose en la máquina de matar perfecta para la que había sido entrenada. No esperó a que se abalanzaran sobre ellos. Los mantendría tan lejos de Avery como su espada lo permitiera.

Asestó la primera estocada al Graeven de su derecha, que soltó un chillido desgarrador. Girando sobre su posición, interceptó a la bestia que se abalanzaba en ese momento sobre ella, cortándole la cabeza con un movimiento limpio.

Con la visión periférica, mantuvo un ojo puesto sobre Avery, que permanecía tras ella sosteniendo la daga con fuerza, cambiando su peso de un pie a otro al ritmo en que los demonios se contoneaban junto a ellos.