El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #7
33%

26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #7

No podía recordar con claridad el título del libro que necesitaba, pero recordaba que su portada era verde oliva y que en ella había una ilustración bastante mediocre de lo que parecía Nareen en el siglo XII. O, al menos, eso había deducido por los ropajes de los retratados.

—¿Misterios y leyendas? —la incredulidad se reflejaba en el rostro de Thyra, con una ceja tan arqueada que podría haberse juntado con la línea frontal de su cabello—. Necesitamos hechos si queremos ayudar a Summ y a Avery.

Max agarró un libro del segundo estante que parecía cumplir con las características que recordaba. Lo hojeó por encima antes de volver a colocarlo, decepcionado.

—Llevas razón, Thyra. Hablaré con la bibliotecaria y le diré que mi amiga, la cazadora de demonios, necesita encontrar información real sobre un objeto mágico para cazar a un demonio ultrapoderoso como si fuera un pokémon.

La chica le observó durante unos segundos. Finalmente, apretando los labios, se incorporó a la búsqueda.

—No soy tu amiga. Y no sé qué es un pokémon.

En el rostro de Max se dibujó una sonrisa.

Había empezado a pensar que no encontraría lo que buscaba cuando escuchó el chirrido del carrito metálico de la bibliotecaria aproximándose hacia ellos. Aún no había parado cuando Max divisó el tomo verde entre el montón de libros que la mujer iba a colocar de nuevo en su sitio.

No esperó a que la mujer de malos humos se parara; simplemente se abalanzó y agarró el libro con descaro. No había tiempo que perder. No cuando la vida de Avery dependía de ello.

—¡Chico! ¡No puedes coger libros del carrito! —exclamó la bibliotecaria, furiosa. Sus fosas nasales se abrían como si de un cráter a punto de estallar se tratara.

Max dejó salir su mejor sonrisa. Aquella que le había librado de muchas reprimendas y le había abierto numerosas puertas. En especial, las de los dormitorios de las chicas de su facultad.

—Lo lamento, señorita —la bibliotecaria debía rondar los sesenta años—. Necesito consultar este libro para un trabajo urgente, pero… ¿podré compensártelo con un café el próximo día?

Para poner la guinda al pastel, amplió su sonrisa, fingiendo un rostro tan inocente como le era posible.

La bibliotecaria se ruborizó, y su cara de pitbull adquirió un aspecto más parecido a un bulldog francés.

—Está bien… —dijo con una risita incómoda—. Pero tráemelo cuando termines.

Max realizó una pequeña reverencia en agradecimiento y se dirigió a las mesas del fondo.

—¿Acabas de ofrecerle una cita a la bibliotecaria?

Thyra se sentó junto a él.

—¿Estás celosa? —la miró divertido.

Ahora fue la chica la que se ruborizó, aunque se esforzó porque en su rostro no se reflejara nada más que molestia. Y, tal como esperaba, el rubor precedió a una reacción violenta.

—Deja de decir tonterías y dime de una vez qué estamos buscando.

Max se concentró en la tarea. Recordaba a la perfección que la información que necesitaban se encontraba entre los últimos capítulos. Hojeó por encima página por página hasta que sus ojos se posaron en un párrafo que hablaba de criaturas que se escondían tras un velo que los humanos no podían ver.

Rió con ironía al pensar que, junto a él, tenía sentada a una de esas criaturas. Nunca las habría imaginado tan bonitas. Siempre había pensado que en ese umbral del mundo solo había seres con cuernos, lenguas bífidas y dientes afilados.

Continuó leyendo; lo importante llegaba justo después:

«Más allá de criaturas mágicas, Nareen cuenta con una parte de la ciudad que nadie conoce.

Una parte que, según narra la leyenda, fue clave durante la guerra de las dos Nareen.

Se decía que los libertadores, que finalmente se hicieron con la victoria, lo hicieron gracias a la capacidad de moverse por la urbe sin ser vistos, utilizando túneles ocultos que interconectaban los puntos más estratégicos de la ciudad.

La leyenda dice que las puertas partían desde el centro exacto de Nareen, aunque nadie ha podido encontrar su ubicación concreta. »

—¿Cuál es el punto más céntrico de la ciudad?

Thyra le miró, pensativa, echándose la mano a sus gafas de manera inconsciente.

—El puente de Pillyrien —respondió al fin, aproximándose a él para leer el párrafo que Max señalaba con el dedo.

Su pulso se aceleró al sentir el roce de su pelo sobre sus brazos tatuados.

—La guerra de las dos Nareen… —musitó la chica—. Para nosotros fue la Noche Lúgubre. Los demonios habían invadido Nareen. Tiene… sentido que los Velahr se movieran bajo la ciudad. Siempre hemos vivido bajo ella.

La muchacha agarró el libro y se apartó de golpe, rompiendo la cercanía entre ambos.

—Los humanos no habéis encontrado las puertas porque no podéis abrirlas. Se necesita el undae Velahr para acceder a ellas.

30

Askar caminaba de un lado a otro de su despacho, cavilando sobre la reunión de control a la que debía enfrentarse en menos de quince minutos.

No le agradaba actuar al margen del Consejo, pero sabía que era su mejor opción para vencer a Baltheezar.

Cuantos menos asuntos consultaba con ellos, más rápido parecían acercarse a su objetivo.

No podía obviar la incapacidad de Maedra para avanzar en las investigaciones, ni tampoco la reunión secreta entre Voss y Val que había precedido al asesinato de esta última.

No sabía si las circunstancias habían sido casuales o causales, pero, en cualquier caso, había decidido andar con pies de plomo antes de mostrarles sus cartas.

Analizó las consecuencias que podía tener su hermetismo.

Dudaba que fueran capaces de inhabilitarle —aunque fuera de manera temporal— en medio de la mayor crisis de la Senda.

Con los avances que claramente había demostrado, descartaba por completo que la retirada de su cargo fuera una opción.

Estaba convencido de que pasaría las dos próximas horas siendo interrogado de mil maneras con el fin de confesar todo lo que sabía.

Podría aguantarlo. Estaba capacitado para ello.

En aquel instante, Betha Collinz —la Vardir que había ocupado el puesto de Valiant— llamó a la puerta para avisarle de que había llegado la hora. Se aclaró la garganta y retiró de su rostro cualquier emoción.

⬨

El sol estaba comenzando a ocultarse cuando por fin alcanzó su asiento en la Cámara del Consejo, reflejándose sobre el rostro de sus compañeros y confiriéndoles una tonalidad rojiza.

Askar se acomodó en su silla y analizó a cada uno de ellos: Maedra mostraba su actitud imperturbable habitual, al igual que Jonlin hacía eco de su propia ansiedad —nunca llegaría a controlar su miedo, y eso hacía que Askar dudara sobre su valía para el puesto que ejercía—, pero el rostro de Voss denotaba cierto júbilo, con sus labios curvándose ligeramente hacia arriba.

Su respiración se volvió pesada: no podía ser buena señal.

Dos golpes de bastón anunciaron el inicio de la sesión de control.

—Consejero Elwen —Maedra comenzó a hablar con su voz rasposa—.

Nos hemos reunido esta tarde para conocer los detalles de su investigación y así llenar ciertas lagunas que nos confunden y preocupan a partes iguales, como su actuación al margen de la autoridad de este Consejo. ¿Le gustaría justificarse?

Askar se aclaró la garganta y respondió:

—Trato de proteger la investigación y a la Senda. Hasta que descubramos quién es el traidor, cuantas menos personas estén informadas de los avances, más difícil será que llegue a oídos indeseados.

—¿Insinúa que no puede confiar en nosotros? —Erian Voss interrumpió con una carcajada.

—Yo no he dicho eso, consejero —Askar se tensó ante la pregunta. No confiaba en él, pero no podía decirlo abiertamente sin poner en cuestión la legalidad del Consejo al completo.

—Es curioso, porque el resto del Consejo hemos estado reunidos esta misma mañana y todos tenemos una visión opuesta a usted —Voss sonrió, al tiempo que se acicalaba la tupida barba—. Hay demasiadas cuestiones que apuntan a que sea usted el traidor que estamos buscando.

—¿Perdón? —Askar ahogó una exclamación.

—¿Qué hacía mientras Valiant Kirtel era asesinado a tan solo unos metros de su despacho? —preguntó Maedra, su mirada inquisitiva clavándose sobre él.

Tensó la mandíbula. No podía creer la dirección que estaba tomando esa conversación. Si algo había demostrado siempre era su lealtad acérrima para con la Senda. Trató de llamar a la caja fuerte del fondo de su mente. Debía mantener la calma.

—Ya les dije que estaba trabajando. No escuché nada.

—No escuchó nada, ¿o fingió no hacerlo? —insistió Voss—. Qué casualidad que el cadáver fuera encontrado por la señorita Velmor, la misma que estaba en el vestíbulo del castillo cuando el cadáver de Vaal apareció. La misma que trabaja con usted en sus investigaciones privadas.

—Usted lo ha dicho, consejero. Es casualidad —respondió entre dientes. Le estaba resultando demasiado difícil contener los nervios.

—Pero usted tenía una relación íntima con la consejera Vaal, ¿verdad?

—preguntó Jonlin, restregándose el sudor de las palmas sobre sus pantalones—.

No quiero acusarle de nada sin pruebas, consejero Elwen, pero debe reconocer que es, cuanto menos, curioso que usted estuviera implicado con ambos fallecidos.

Cualquiera puede pensar que se enteraron de algo que no debían saber.

Askar dejó escapar una risa seca.

—Esto es absurdo. Usted mismo lo ha dicho: no tienen pruebas —recalcó esta última frase—. Es indignante que una orden tan seria como esta misma organización se atreva a juzgar a un inocente sin prueba alguna.

—Nadie más vio el karagar de Baltheezar roto antes que usted —dijo Voss—. ¿Seguro que ya estaba roto cuando lo encontró?