El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #6
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26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #6

Se acuclilló junto al cuerpo, con todo su ser temblando, y suspiró aliviada al comprobar que aún respiraba.

Observó durante unos instantes su rostro desencajado por el golpe.

Al mirarle, no fue su aspecto lo que la sobrecogió, sino la certeza de que acababa de cruzar una línea de la que jamás podría volver. La Senda nunca la perdonaría por ello.

Recogió el papel del suelo y salió corriendo de la casa. Calculaba que Loran estaría inconsciente durante una media hora. Debería aprovechar la poca ventaja con la que contaba antes de que pusiera en alerta a la Senda.

El viento soplaba con fuerza a su paso, y Summ apenas podía mantener el capuchón en su posición.

Tras resbalarse por su pelo una tercera vez, decidió dejarlo caer.

No le importaba que los humanos la vieran con su equipación Velahr.

No le importaba lo más mínimo mantener un perfil bajo.

Lo único que quería era encontrar a Avery cuanto antes.

A la altura del barrio bohemio, las campanadas que repiqueteaban desde la torre de la catedral marcaban las seis de la tarde. Avery debía estar en casa. Apretó el paso.

Comenzaba a sentir su respiración entrecortada al tiempo que sus piernas luchaban por mantener el ritmo.

Su mirada se posaba angustiada en cada rincón, en cada sombra donde pudiera esconderse algún ser demoníaco preparándose para ir en busca de Avery, para desgarrarle las tripas y hacer que volviera a perderle.

No. No podía permitirse pensar en eso. Si dejaba que la imagen de su muerte se anclara en su mente, no sería capaz de salvarle. Debía mantener la calma.

Evocó el baúl del fondo de su psique y luchó por eliminar la angustia que sentía. Trató de concentrarse como si de una misión cualquiera se tratara. Como si la persona que pudiera morir si no llegaba a tiempo no fuera la única que alguna vez la había hecho sentir libre.

Acababa de entrar en el barrio de Casphir cuando tropezó con un adoquín que sobresalía de la acera, haciéndola caer de bruces contra el suelo. Una pareja que paseaba cerca de ella se paró en seco, y el muchacho le ofreció su mano para ayudarla a ponerse en pie.

Avergonzada por su torpeza, Summ intentó ocultar la espada con su capa y se puso en pie, ignorando la mano de ayuda. Retomó la carrera, tratando de no pensar en el dolor sordo que subía por su pierna derecha. No podía perder ni un segundo más.

Cuando el edificio antiguo apareció en su campo de visión, sintió una punzada de nervios.

¿Qué le iba a decir a Avery? ¿Cómo le iba a explicar que se encontraba en peligro?

Y, aunque sabía que era absurdo pensar en eso en aquella situación, no podía evitar preguntarse: ¿estaría enfadado?

¿Se alegraría de verla? ¿La habría echado de menos?

Se deshizo de esa cadena de pensamientos. Ninguna de esas dudas serviría para mantenerlo con vida.

Al alcanzar el oscuro portal, le dio la bienvenida el característico olor a productos de limpieza. Subió las escaleras de tres en tres y, para cuando llegó a la puerta número cuatro del segundo piso, su corazón latía a mil revoluciones. La mitad de ellas no se debían al esfuerzo físico.

Golpeó con fuerza la puerta. Esperó con impaciencia. No parecía escucharse movimiento al otro lado. ¿Estaría Avery en otro sitio? ¿Y si…? Una punzada de inquietud le atravesó el vientre. No. Estaba vivo. Tenía que estarlo.

La puerta se abrió de repente.

—¿Qué haces aquí? —Max parecía recién salido de la ducha, apenas cubierto por una toalla que tapaba su tren inferior. Los rizos negros se le pegaban húmedos al rostro.

La observó de arriba a abajo.

—¿Qué narices llevas puesto? —exclamó, acercándose a tocar su capa—. ¿Es una de esas capas que te vuelven invisible?

Se preguntó de dónde había sacado aquella información. En cualquier caso, sabía que no disponía de tiempo suficiente para averiguarlo.

—¿Dónde está Avery?

Max desvió la mirada hacia su rostro, entrecerrando sus ojos rasgados.

—¿Por qué quieres saberlo? —replicó con sequedad—. ¿No le has hecho suficiente daño ya?

Summ sintió un nudo formarse en la parte posterior de su garganta.

—Tengo que encontrarle, Max —suplicó con la voz temblorosa—. Necesito que me digas dónde está. Necesito…

—Él necesita que te largues para siempre.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero aquello no iba sobre su relación, aquello iba sobre mantenerle con vida. Aspiró una gran bocanada de aire y contestó:

—Avery está en peligro.

Max dudó, pero su rostro se suavizó de inmediato.

—Sé que siempre has dudado de mí. Llevabas razón —reconoció, mirándole suplicante—. Pero mis demonios ahora van tras él, y, si no le encuentro antes que ellos, le… matarán.

La última palabra le supo amarga, y algo en su interior se estremeció.

Max se frotó la sien con los dedos.

—Está en el Nocturna.

Suspiró aliviada, agradecida por su respuesta. Estaba a punto de salir corriendo cuando una idea asomó por su cabeza: ¿qué haría después de encontrar a Avery? ¿Podrían huir para siempre? Era imposible; necesitaba acabar con Baltheezar de una vez por todas.

Giró sobre sí misma y le pidió un último favor a Max:

—Necesito que te reúnas con Thyra. Tiene que encontrar el karagar.

Max había llegado pronto al punto de encuentro.

Thyra no aparecería en la biblioteca hasta dentro de diez minutos pero, desde que Summ había abandonado su piso, su mente no dejaba de darle vueltas.

La preocupación que se reflejaba en los ojos verdes de la chica había sido suficiente prueba para que creyera todo lo que le había dicho.

No había sido mucho, ya que debía encontrar a Avery con urgencia, pero lo suficiente para saber la magnitud del problema.

Una parte de él pensó en salir corriendo tras ella en busca de su amigo. Si algo le ocurría a Avery… No podría soportarlo. Pero navegaba en aguas desconocidas y debía fiarse de Summ. Al fin y al cabo, ¿qué podría hacer él contra un demonio? Esa palabra le puso la piel de gallina.

Aun siendo consciente de que no podía hacer más que seguir sus indicaciones, la sensación de estar quedándose a un lado quemaba sus entrañas. Paseaba de un lado a otro de la calle cuando por fin vio los rizos castaños de Thyra entrando en la vía desde la Calle Pathos.

Al contrario que Summ —que con aquella equipación negra le recordaba a las superheroínas de los cómics—, Thyra no desentonaba entre el montón de gente.

Aunque no sabía muy bien si era porque llevaba un rato esperándola —o por la forma en que su pelo caía sobre sus hombros formando corazones con sus ondas—, pero, para él, Thyra brillaba por encima del resto.

Cuando levantó la vista, sus ojos dulces se posaron en los de él.

—¿Qué haces tú aquí?

—Me gusta la forma en que saludas, es muy hospitalaria.

Thyra arqueó la ceja, cruzándose de brazos. En otras circunstancias habría pensado alguna manera de sacarla de sus casillas hasta conseguir un saludo decente, pero no había tiempo que perder.

Le explicó todo lo que Summ le había dicho. La chica abrió los ojos de par en par y se ajustó las gafas metálicas, pensativa.

—No… no sé dónde puede estar el karagar —comenzó a explicar, divagando en sus propios pensamientos—.

Creía que… estaba segura de que se encontraba en el antiguo psiquiátrico.

Todo indicaba que así sería, pero… al registrarlo no encontramos nada.

Alguien debió llevárselo y no tengo ni idea de por dónde continuar buscando.

El antiguo psiquiátrico de Nareen.

Aquel edificio resonó en su memoria. Había leído a menudo sobre él en libros de misterios y leyendas de la ciudad.

Se contaban numerosas historias de fantasmas que no había creído ni por un segundo —o, por lo menos, no antes de descubrir que los demonios existían—, pero había otras leyendas que lo relacionaban como un punto estratégico en la guerra de las dos Nareen, una guerra civil que a punto había estado de acabar con la población al completo.

Se decía que uno de los bandos había creado unos túneles secretos que comunicaban los puntos más importantes de la ciudad: el psiquiátrico, la catedral, el ayuntamiento y la antigua casa de comidas (ahora reconvertida en la biblioteca).

Se accedía a ellos a través de un punto desconocido desde el que convergían todas las entradas hacia los distintos edificios.

Y, desde los propios edificios, se podía acceder a los túneles a través de salas ocultas.

Sin lugar a dudas, aquel sería un buen escondite para guardar algo que no quisieras que nadie encontrara. Si es que existían, claro.

—Creo que aún podría estar allí —respondió él—. Solo necesitamos saber dónde buscar.

—Max, ya te he dicho que lo registramos entero —replicó Thyra.

Posó sus manos sobre los hombros de la chica. Su perfume de jazmín estuvo a punto de hacerle olvidar lo que iba a decir a continuación.

—No lo pongo en duda, Thyra —dijo, empleando su tono más burlón—. Por una vez en tu vida, ¿puedes dejar de discutir todo y acompañarme al interior de la biblioteca a consultar unos libros?

La chica parpadeó perpleja.

—Yo no discuto todo —un rubor empezó a teñir sus mejillas.

Max carraspeó, impaciente.

Al fin, Thyra asintió con una media sonrisa y se dirigieron al interior del edificio municipal.

La chica lideró el paso con la cabeza bien alta mientras recorrían los pasillos repletos de libros.

Como era de esperar, nadie más que ellos dos —y la bibliotecaria de cara rancia— se encontraba en la biblioteca.

El sonido de sus pasos era lo único que demostraba que en el interior de aquel lugar había algo de vida.

Sin mirar atrás para asegurarse de que la seguía, la castaña se introdujo en la sección de historia.

—No encontrarás lo que buscamos ahí —avisó, pasando de largo hasta llegar al apartado que buscaba: las estanterías de misterio.