El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #5
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26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #5

Sin embargo, desde la llegada de Baltheezar, los Vardir de Voss se habían encargado de destruir todo a su paso: hacían redadas sin previo aviso, levantaban a familias enteras de sus camas en mitad de la noche y les obligaban a permanecer en sus domicilios durante días.

Todo ello, avalado por la excusa de proteger a la Senda de un traidor que, según palabras propias del consejero, debía de esconderse entre ellos.

Thyra entendía que los tiempos difíciles requerían de mano firme, pero siempre debía hacerse con el único fin de proteger a la población. Lo que esos pobres ciudadanos vivían era un abuso, y ocurría a tan solo unos kilómetros del castillo, día a día, sin que nadie dijera nada.

Con el descubrimiento del libro del Dr. Malkop, la Senda había movilizado a Nacidos, Vardir y Sophoi para llenar de símbolos protectores cada salida o acceso al castillo, pero se habían olvidado por completo de los círculos hermanos, y ella había decidido que no podía quedarse de brazos cruzados y dejarles a su suerte.

Al alcanzar la casa de sus padres, observó horrorizada la manija rota y las astillas que sobresalían de la puerta de madera. Accedió al interior con un nudo en el pecho y dejó escapar una gran exhalación cuando observó a sus padres comiendo junto a la chimenea.

—¿Qué ha pasado?

—La guardia de Voss —respondió su madre, negando con la cabeza—. Entraron a registrar anoche en busca del traidor. Dijeron que alguien les había dado un chivatazo.

Thyra sintió que le ardía la sangre. Hablaría con Askar. Tal vez él pudiera parar al consejero Voss, tal vez… Pero, mientras observaba a sus padres rebañar el cuenco de la misma sopa que habían comido cada día durante las últimas seis semanas, supo que no había nada que Askar pudiera hacer.

Resignada, dejó sobre la mesa una bolsa de tela en la que había guardado frutas, verduras y carne que había apartado de sus propias comidas del castillo.

Summ también le había dado parte de sus raciones, y entre ambas habían conseguido juntar lo suficiente para que sus padres pudieran comer algo distinto. Por lo menos durante esa semana.

—¡No puedes hacer eso, hija! —exclamó su padre al ver el contenido de la bolsa—. Puedes meterte en un buen lío.

Aunque sus palabras reflejaban preocupación, en sus ojos se avistaba el resplandor del hambre.

—Pues que así sea —replicó—. Summ lleva razón, papá. La Senda no funciona.

Su madre la miró preocupada, y algo se encogió dentro de ella ante su mirada.

—Has llegado muy lejos, Thyra —habló, acariciándole el brazo—. No tires por la borda lo que has conseguido. Sigue mejorando, sigue creciendo. Tal vez ahora no puedas hacer nada por nosotros, pero estoy segura de que podrás hacerlo en el futuro.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿En el futuro? En el segundo y el tercer círculo no había futuro para nadie. Pero sí había algo que podía hacer en ese momento. Por todos ellos.

Abrió el bolsillo del interior de su capa y de él sacó varios papeles arrugados donde había dibujado los símbolos protectores del Dr. Malkop. Tras dejarlos sobre la mesa, dijo:

—Sirven para proteger las casas de los demonios. Dibujadlos en toda ventana y puerta de la ciudad, y estaréis a salvo de Baltheezar.

En aquel instante, la puerta se abrió de golpe. Un Nacido del Fuego de segundo nivel, con un rostro aniñado y repleto de acné, entró disculpándose con torpeza.

—Disculpen, Sr. y Sra. Velmor, pero el consejero Elwen requiere a Thyra en su despacho con urgencia.

Summ caminaba por los largos pasillos de Qasrahel, apenas consciente de su alrededor. Los Nacidos del Fuego se repartían por todos los rincones del castillo, cubriendo cualquier puerta o ventana con los símbolos del libro que Thyra y ella habían encontrado en el psiquiátrico.

El pesimismo de los últimos días había sido sustituido por la esperanza que el avance en la investigación había supuesto, y esta se reflejaba en el rostro de los jóvenes Velahr que cumplían su tarea con orgullo. Pero, para Summ, no había nada que celebrar.

A pesar de las miradas de admiración que recibía a su paso, era incapaz de sentir nada más que asco. Asco por la piel que habitaba, por las manos que la habían manoseado. Porque la forma en la que Loran la había tocado no podía compararse en lo más mínimo a la forma en que Avery lo había hecho.

Con el humano había deseo, sí, pero también necesidad y complicidad, respeto y ternura.

Nada de eso había existido con Loran. En su lugar, aquellas emociones habían sido sustituidas por posesión y control, y eso había provocado que saliera de aquel dormitorio con la sensación de que su cuerpo no era suyo, que tan solo era un objeto de usar y tirar, tanto para la Senda a la que servía como para el prometido al que debía honrar toda su vida.

Resolló. Debía familiarizarse con aquella sensación. Al fin y al cabo, había decidido dejar de pretender que las cosas pudieran ser de otra manera.

En el despacho de Askar, el optimismo reciente no parecía haber hecho mella. No obstante, la tensión de los últimos días parecía haberse desinflado, y esto quedó evidenciado cuando, a pesar de haber vuelto a llegar tarde, nadie pareció molesto por ello.

Askar la miraba con impaciencia, pero no había enfado en su rostro.

Tampoco en el de Thyra, que solo mostraba la comprensión de una confidente que conocía el dolor por el que atravesaba.

En cuanto a Loran, la forma de mirarla había cambiado desde la noche anterior.

Tras sus pupilas, una llama de fuego glaciar titilaba cada vez que la miraba, reflejando en ellas un mensaje claro: «Me perteneces».

Creyó que iba a vomitar allí mismo.

—¿Cuál es el motivo de la reunión, Askar? —preguntó. Cuanto antes terminaran, antes podría huir de allí.

Sentado en su sillón, Askar se apretó las sienes, como hacía siempre que le preocupaba algo.

—Hemos actuado a espaldas del Consejo y eso ha provocado que hoy deba rendir cuentas ante la Cámara.

Summ y Thyra bufaron al unísono. Observó a su amiga, divertida. Le alegraba saber que Thyra había descubierto la verdadera cara de la Senda del Velo.

—No me importa —prosiguió, levantándose del asiento con la fuerza de un líder nato—. Hemos obtenido resultados y continuaremos haciéndolo.

Asintió, orgullosa. Ver a su hermano y a su mejor amiga creyendo en una mejor versión de la Senda era algo con lo que había soñado durante mucho tiempo. ¿Podría estar ante la chispa que incendiaría los cimientos de la Senda para reconstruirla?

—Jay Kasbrak tiene otra pista para nosotros —explicó Askar—. Necesito que vayáis a recogerla por mí. Proceded con rapidez y discreción.

29

El orgullo con el que había abandonado el despacho se esfumó al quedarse a solas con Loran, y un nudo se formó en su estómago inquieto.

No es que el muchacho hubiera hablado de cualquier cosa que no estuviera relacionada con la misión, pero su simple cercanía y su característico olor a sándalo hacían que sintiera ganas de vomitar.

Trató de mantener su mente concentrada en la misión.

Para sorpresa de Summ, el punto de encuentro entre Askar y Jay era la rectoría de la catedral y antigua casa del Padre Bhail.

Al abrir la puerta de la vivienda, la golpeó el olor del abandono.

La última vez que estuvo allí, el polvo solo se había almacenado en el trastero, pero, ahora, todas las pertenencias del Padre Bhail estaban cubiertas de un manto blanco.

Toda una vida olvidada entre unas prendas que nadie quería y unos objetos que solo su legítimo propietario consideraría valiosos.

Muchos de ellos seguro que tenían una historia bonita o divertida que se había perdido para siempre con la muerte del Padre Bhail.

Como también lo haría su recuerdo cuando las vidas que había tocado llegaran a su fin.

Sintió una punzada en el corazón.

—He encontrado el libro, Summ —escuchó la voz grave de Loran llegar desde el despacho del Padre.

Askar les había indicado que Jay dejaba las notas cada jueves dentro del libro «Drácula». Una elección bastante interesante desde su punto de vista. Le resultaba curioso imaginar al Padre Bhail disfrutando del terror gótico y su erotismo.

Con aquella divertida imagen en su mente, se dirigió al despacho, llegando justo a tiempo de ver a Loran desdoblar el trozo de papel con la nueva pista. Se acercó a él para poder ver con claridad el nombre escrito, y lo que leyó la dejó sin respiración:

«Avery Rowe».

Un sudor frío recorrió su espalda. No podía ser cierto. Le había salvado, se había alejado de él, ¿cómo podía volver a estar en peligro?

Sintió el calor acumularse en sus dedos, su undae palpitando en respuesta. Trató de contenerse, de mantener la calma. Debía actuar, y rápido.

Si Baltheezar se enteraba de que conocían su nombre, podría mandar al Nestum tras él, como había hecho con los anteriores.

Y, si no, si esta vez la Senda llegaba antes, sería utilizado como un objeto, y en cuanto cumpliera su función lo dejarían a su suerte, en bandeja de plata, listo para que los demonios se dieran un festín con sus huesos.

No podía permitirlo. Debía encontrarlo antes que nadie.

—Vamos a llevárselo a…

Antes de que Loran pudiera terminar la frase, Summ le asestó un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura de su espada.

El Velahr se tambaleó, con la nota deslizándose entre sus dedos hasta posarse en el suelo.

La miró con desconcierto. Pero la confusión no duró mucho; en cuestión de segundos, sus ojos azules se ensombrecieron, augurando tormenta.

Summ supo que un solo golpe no bastaría para dejarle inconsciente.

Tratando de recuperar el equilibrio, Loran dirigió la mano hacia el cinturón de su espada.

Sin perder ni un instante, Summ volcó toda su fuerza en su brazo derecho y asestó un segundo golpe en el mismo punto de la cabeza, donde los rizos rubios ya estaban empapados en sangre. Cayó desplomado en el suelo.