26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #4
Tenían nuevas pistas, sí, pero sin el karagar no se encontraban ni un paso más cerca de derrotar a Baltheezar. Su alma seguía condenada.
Vuelta tras vuelta, las sábanas habían comenzado a enroscarse entre sus piernas.
Llevaba horas tratando de conciliar el sueño sin éxito.
Apenas había dormido más de seis horas en los últimos tres días.
Solo el más puro agotamiento había conseguido dejarla sin consciencia.
Al menos hasta que empezaban las pesadillas.
Necesitaba distraerse. Necesitaba enfocar su mente en algo que no fuera sangre y oscuridad. Sentía que se ahogaba entre las cuatro paredes de su cuarto. Y aquel maldito hedor que nunca la abandonaba…
Levantándose de la cama, se cubrió con su bata de satén y se dirigió hacia el pasillo. Por las noches apenas se mantenían un par de antorchas encendidas en cada corredor, y la ausencia de luminosidad confería un aspecto más lúgubre de lo habitual a Qasrahel, remarcando su aspecto inhóspito y cruel.
El castillo al completo dormía y el silencio sepulcral predominante apenas era interrumpido por el crepitar del fuego y el sonido de sus pasos al caminar.
Alcanzó su destino y se paró junto a la puerta, preguntándose a sí misma si, tal vez, sería mejor continuar el camino hacia el Reflejo.
En el fondo de su ser sabía que era la elección adecuada, pero al mismo tiempo la más inútil.
No necesitaba dejar de sentir —si es que acaso pudiera conseguirlo flotando en sus aguas—, necesitaba sentir algo que no fuera ese inmenso vacío que parecía crecer dentro de ella, imparable.
Decidida, llamó a la puerta y contuvo las ganas de echar a correr al escuchar unos pasos tras ella. La puerta se abrió. Ya no había vuelta atrás.
—Summ, ¿qué haces aquí?
Loran la recibió sorprendido, ligeramente somnoliento. Vestido con apenas unos pantalones negros, dejaba sus esculpidos pectorales desnudos a la altura de sus ojos.
—No puedo dormir —respondió, abriéndose paso al interior del dormitorio.
Se rió para sí misma. Esa era la primera vez que visitaba la habitación de su prometido. No resultó ninguna sorpresa ver todo ordenado a conciencia. Tan perfecto y correcto como su propietario.
Loran cerró tras ella.
—No deberías estar aquí. Si el Consejo…
No le permitió completar la frase. Se abalanzó sobre él, de puntillas, y, posando sus manos sobre su pecho desnudo, apretó los labios contra los suyos, ásperos y salvajes.
Loran gruñó ante la sorpresa del contacto, agarrándola de la cintura y acercándola más a él para devolver el beso con la misma intensidad.
Dejó que la bata resbalara sobre sus hombros y se apresuró a quitarse la camiseta.
—Se supone que no debemos hacerlo hasta la ceremonia —Loran sujetó con firmeza las manos de Summ.
En su mirada glaciar, siempre tan desprovista de emociones, se abría paso una llama azul.
Summ le observó, hundiéndose en las aguas tormentosas de unos ojos en los que no había el cariño ni la veneración que hacía no tanto había creído merecer.
Debía aceptar que en su vida no habría canciones para ella ni viernes de pizza o helados de fresa, solo un abrasador géiser al que amarrarse antes de hundirse por completo.
Aceptando su destino, respondió:
—Sé perfectamente lo que has estado haciendo estos años atrás, Loran. Creo que saltarte las normas una vez más con tu prometida será la menor de tus ofensas.
El Velahr vaciló por un segundo, con los labios hinchados y la respiración acelerada.
Agarrándola de las nalgas, la tomó en brazos y la tumbó en su cama. Se colocó sobre ella y le atrapó las muñecas con fuerza, inmovilizándola contra el colchón.
Con su cuerpo reaccionando ante el peso de su prometido y el roce de su piel sobre ella, Summ comenzó a sentir algo más que miedo, angustia y pesar.
Era el castigo perfecto para un pecado tan grande.
28
Avery caminaba de vuelta a casa tan rápido como sus piernas se lo permitían. No había conseguido controlar el temblor de sus manos desde que había sido llamado al despacho de su jefa.
Las voces habían empeorado con el paso de los días, y la presencia constante del hombre de ojos rojos había dificultado su trabajo en el Punto y Mocca.
A causa de ello, se había comportado de manera errática, y su jefa lo había notado.
Pero no fue hasta aquella misma mañana que colmó el límite de su paciencia.
—Eres un buen chico, Avery. Pero creo que necesitas ayuda —le había dicho antes de pedirle amablemente que se marchara.
No podía culparla. ¿Quién iba a querer tener a un loco como empleado? Pero los locos también necesitaban comer. No podía permitir que Max se hiciera cargo de sus gastos. No otra vez.
Apretó las manos hasta hacerlas temblar, y sus uñas se clavaron en sus palmas.
—Me dijo que esperara aquí.
En la esquina de la calle Truy, junto a la señal de tráfico que indicaba el paso de cebra, había un niño de no más de seis años con la mirada perdida y el rostro demasiado pálido. A esas alturas había visto suficientes como para reconocer que se trataba de uno de ellos.
Trató de no cruzar la mirada con la del niño. Había tenido suficientes visiones por aquel día. Necesitaba llegar a casa y encerrarse, y no salir hasta haber perdido la noción del tiempo.
Al atravesar la calle perpendicular, otra voz sepulcral congeló su sangre.
—Perdona, ¿sabes si ya son las tres?
No lo aguantaba más. Echó a correr, consciente de las miradas que se clavaban en su espalda. Nadie corría vistiendo unos pantalones vaqueros salvo que tuviera una urgencia. Y el morbo siempre atraía una gran cantidad de miradas.
Corrió tan rápido como pudo, esquivando a los transeúntes de manera torpe. Pudo escuchar en un par de ocasiones a gente gritarle tras chocar con ellos sin querer. Lo lamentaba, pero la necesidad de huir era más fuerte que cualquier disculpa.
Había demasiados rostros, demasiadas miradas, y unos ojos rojos que le acechaban a cada paso y se clavaban en su nuca como una segunda piel. Deseaba que hubiera un lugar al que huir de su propia mente.
Al alcanzar su apartamento, abrió la puerta con las manos temblorosas.
Instantes después, se encontró a sí mismo rebuscando en el fondo de su armario.
No había sido consciente de que ninguno de sus pensamientos le hubiera llevado hasta allí, pero, de alguna manera, su propio cuerpo había tomado la iniciativa.
Bartholomiau se acercó a él y comenzó a restregarse en sus piernas, mientras ronroneaba en un intento de llamar su atención. Pero la atención de Avery no podía apartarse de lo que sostenía entre sus manos.
Lo había mantenido oculto bajo antiguos recuerdos por si, en algún momento, pudiera necesitarlo de nuevo.
Se había prometido a sí mismo no hacerlo, pero, sosteniendo aquel bote de pastillas, apenas podía contener la tentación.
Le había llevado demasiado tiempo dejarlo atrás y ahora se encontraba demasiado cerca del punto de no retorno.
No quería dejar de sentir, pero… estaba al borde del abismo.
Mientras luchaba con las ganas de desenroscar la tapa, Bartholomiau se erizó y comenzó a bufar, aterrado. Un momento después, el gato abandonó el dormitorio, convirtiéndose en apenas un borrón en su visión.
Fue entonces cuando se percató del frío. Parecía que la temperatura había descendido drásticamente en cuestión de segundos.
—Parece que vamos a poder pasar más tiempo juntos.
Ahí estaba, aquella voz burlona que le atormentaba a cada instante. La única presencia que no podía dejar tras la puerta.
—No creas que esas pastillas van a alejarte de mí.
Dejó caer el bote y se echó las manos a la cabeza, tapándose los oídos, intentando silenciar esa maldita voz.
—Vaya decepción, ni siquiera eres capaz de mantener un trabajo de mierda.
Menos mal que tienes a Max para pagar tus facturas —continuó hablando, paseando a su alrededor, con las manos entrelazadas tras su espalda.
Su presencia era asfixiante, como un agujero negro que sabía que le arrastraría con él sin remedio—.
Al menos ahora podrás dedicarte en cuerpo y alma a la música.
Una sonrisa maliciosa se asomó en su pálido rostro.
—Tal vez consigas ganar unos pocos khol cantando en la calle. Podrías…
—Basta —suplicó Avery, sintiendo un ardor instaurarse al fondo de su garganta.
Levantó la vista del suelo y posó sus ojos en las pupilas color rubí. Se permitió observarlos por más de un segundo, y detrás de ellos solo pudo ver oscuridad. Su cuerpo se heló de golpe. No había nada humano en él.
—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar.
El ser se paró frente a él. El intenso olor a azufre que desprendía hizo que le ardieran los ojos.
—Algunos me conocen como el Embaucador del Voto —se presentó. En su rostro se dibujó una amplia sonrisa, pero no había bondad alguna en ella—. Aunque la mayoría me conocen como Baltheezar.
No supo con certeza la razón, pero su nombre le provocó otro escalofrío. Tomó aire en profundidad y, armándose de valor, dijo:
—Quiero que te vayas, Baltheezar.
El ser le miró divertido, ajustándose la túnica roja con total indiferencia hacia su petición. Avery le sostuvo la mirada. No sin esfuerzo, ya que cada segundo que pasaba mirando esos ojos rojos luchaba contra las ganas de salir corriendo, presa del pánico.
—Hagamos un trato —habló al fin, su voz gutural reverberando en las paredes—. Tú me das lo que quiero y yo desaparezco de tu vista.
Avery apretó los dientes, aguantando las ganas de llorar. Sabía que no era de fiar. Sabía que no podía salir nada bueno de ello. Pero estaba dispuesto a darlo todo, lo que fuera, por no volver a verle más.
Así pues, respondió sin meditarlo ni por un segundo:
—Hazme tu mejor oferta.
Camino hacia la casa de sus padres, Thyra se sintió sobrecogida por el silencio de las calles. Si bien el segundo y el tercer círculo siempre habían sido territorios pobres, contaban con otro tipo de riqueza, una más humana y existencial, que llenaba sus calles de risas y conversaciones.