26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #3
Summ se encogió de hombros, pero Thyra fue consciente de la sombra que cruzó sus ojos.
El portón del antiguo psiquiátrico era de acero fundido y estaba repleto de florituras esculpidas.
Antaño debía haber sido precioso, pero el paso del tiempo había corroído el metal y los humanos lo habían vandalizado con pintadas.
Thyra apretó los puños con fuerza: no soportaba las faltas de respeto hacia la historia.
No había candado visible ni señal de que estuviera cerrado con llave, aunque el óxido y la dilatación del metal requirieron que ambas lanzaran su poder hacia las hojas para conseguir que se separaran.
Fueron recibidas por el olor rancio del aire viciado.
Aunque aún estaba anocheciendo, los tablones clavados sobre los ventanales impedían que la luminosidad del exterior se introdujera en el lugar.
Agradeció haber cogido provisiones del almacén Velahr más cercano.
Entre ellas, había metido dos candelabros y unas cerillas en su bolsa de cuero.
Al iluminar el complejo, el deterioro del paso del tiempo quedó evidenciado.
De las paredes se desprendían trozos de yeso, y muchos de los escalones de madera de la escalera del recibidor estaban partidos.
Para rematar, el polvo y las telas de araña cubrían de blanco una estancia que antaño habría sido completamente gris. Nunca debió de ser un sitio agradable.
—Es tan bonito como Qasrahel —dijo Summ.
Thyra se alegró de que su amiga no hubiera perdido su ironía característica, a pesar de su extraño comportamiento los últimos días.
—Creo que el despacho del doctor Khryan Malkop está en la planta de arriba —habló, dirigiéndose a la maltrecha escalera—. Si aún está aquí el karagar, deberíamos encontrarlo allí.
Esquivando los escalones que amenazaban con ceder ante su peso, alcanzaron la planta superior, y su aspecto era aún más lamentable que la inferior. Puertas arrancadas se amontonaban a lo largo del pasillo, acompañadas de heces de roedores y otras sustancias en las que prefería no pensar.
Se asomaron a cada cuarto en busca del despacho, en su mayoría celdas de antiguos pacientes.
Los colchones ajados y decolorados aún permanecían allí.
Sintió los pelos de su nuca erizarse al reparar en los arañazos sobre el yeso de muchas de las celdas.
Alguien luchó con todas sus fuerzas por salir de allí.
A medida que avanzaban por los pasillos, Thyra comenzó a sentirse incómoda. No podía definir por qué con exactitud. Tal vez era el sonido de la madera crujiendo bajo sus pies, o el movimiento de las ratas huyendo a su llegada, o la forma en que sentía una mirada clavarse en su espalda.
Summ no habló, pero su silencio indicaba que estaba tan alerta como ella. Otro grupo de Graeven, o algo peor, podría aparecer en cualquier momento.
Finalmente, al final del pasillo, el acceso al torreón norte las llevó directas al despacho del Dr. Khryan Malkop. El cartel metálico que colgaba en la puerta de entrada lo confirmaba.
Se introdujeron en el interior con precaución.
A juzgar por el polvo, nadie había visitado ese lugar desde hacía mucho tiempo.
La sala —que, en comparación a las celdas que acababan de visitar, parecía un palacio— contaba con un gran escritorio en el lado izquierdo, cercado por enormes librerías con al menos un centenar de libros antiguos.
En el lado opuesto, la imagen era mucho más desagradable.
Rodeada por mesas metálicas y utensilios quirúrgicos, una camilla se alzaba junto al ventanal, ahora tapiado con tablones de madera.
Thyra había estudiado lo suficiente sobre el Dr. Malkop como para saber las atrocidades que se habían cometido entre esas cuatro paredes.
Muchos de los suyos habían perdido su don en esa misma camilla.
—Encontremos el karagar y larguémonos de aquí —dijo Summ, comenzando a rebuscar entre los cajones del escritorio—. Creo que tengo telarañas hasta en el paladar.
Sí, ella también quería salir de allí cuanto antes. Se apresuró a ayudar a su amiga. No sabía con certeza el aspecto del karagar que estaban buscando, pero esperaba reconocerlo cuando diera con él.
Se acercó a los armarios donde el Dr. Malkop guardaba el material quirúrgico y abrió una de sus puertas con decisión. Estuvo a punto de gritar cuando una rata despeluchada salió disparada de su interior, chillando ante su presencia.
Ahogó una arcada al comprobar que, en su interior, había botes con líquidos verdosos que parecían albergar restos humanos. Invocó la librería del fondo de su mente. Necesitaría tanto temple como le fuera posible conseguir para completar esa misión.
—Mira esto —Summ sacó un libro con tapas de cuero ajado de uno de los cajones del escritorio.
Poniéndose en pie, se acercó a su amiga para echar un vistazo al libro. Agradeció separarse de la casquería por un segundo. Le estaba suponiendo demasiado esfuerzo no vomitar sobre sus propios pies.
—He visto antes estos símbolos —la morena colocó el libro sobre el escritorio y dejó al descubierto unas páginas repletas de dibujos geométricos—. Jay Kasbrak había cubierto su cabaña con ellos.
Thyra leyó con detenimiento los textos escritos a mano junto a la simbología. Se sorprendió al descubrir que los dibujos eran sellos angélicos, rodeados de frases en enochiano: servían para mantener al mal lejos.
Fascinada, agarró el libro y lo hojeó página por página. Esa información era valiosísima. Podrían proteger Qasrahel de Baltheezar.
Leyendo en diagonal, su mirada se posó en un texto que hizo que su corazón se saltara un latido. Esa podría ser la clave sobre las pistas de Jay.
—«Aquellos miserables que hayan prometido su alma al demonio se convertirán en brújula, y su norte será su dueño».
Summ la observó con los brazos cruzados, sin entender lo que acababa de escuchar.
—Quienes han vendido su alma a Baltheezar pueden encontrarle —explicó con una amplia sonrisa—. ¡Por eso los están matando sin recolectar su alma! ¡No quieren que los utilicemos para llegar a él!
El rostro de su amiga se ensombreció. ¿Por qué no se alegraba? ¡Esa información les sería de gran ayuda! En lugar de celebrarlo, se limitó a decir:
—Encontremos ese maldito karagar y salgamos de aquí.
La ausencia de celebración de Summ cayó sobre ella como un jarro de agua fría. Sabía que la ruptura con Avery le había pasado factura, así que decidió armarse de paciencia y guardar lo que tenía que decir para otro momento.
Media hora después, habían rebuscado en todos los rincones posibles, pero la piedra no se encontraba en ningún sitio. Summ volvió a abrir cada uno de los cajones y retiró cada libro de la estantería, hasta que todos se encontraron en el suelo.
—Aquí no está, Summ —dijo Thyra, dándose por vencida.
—¡Tiene que estar! —exclamó su amiga, volviendo a repasar los cajones del escritorio.
—Hemos buscado en todas partes.
—¡Pues busca otra vez!
El rostro de Summ estaba desencajado, y se movía nerviosa al tiempo que abría y cerraba cajones de manera frenética. Conocía a su amiga; podía ser impulsiva y testadura, pero esa reacción no era propia de ella.
Se acercó y cerró las manos alrededor de sus brazos, en un intento por hacerla parar. Al principio se revolvió, y aquello le recordó a las peleas tontas que tenían con seis años y que acababan siempre entre risas y disculpas. Solo que, esta vez, algo le decía que no habría risas.
—Aquí no está —sentenció Thyra, y esa afirmación dejó a su amiga paralizada, como si hubiera sido golpeada por sus palabras.
Al fin, Summ posó su mirada en la de ella, y sus ojos verdes se llenaron de lágrimas.
—Tiene que estar. Necesito que esté.
Ahogó las lágrimas dentro de su pecho. En toda su vida, ¿cuántas veces había visto así a su amiga?
Ni siquiera cuando su madre había estado a punto de perder la vida en una incursión de la Senda la había visto tan afectada.
Su mirada encapotada había perdido todo su brillo.
Era como si hubiera perdido cualquier esperanza.
—¿Por qué necesitas que esté, Summ? —murmuró, temiendo cuál sería su respuesta.
—Porque, si no está, moriré.
Con aquella frase desgarradora, rompió a llorar sobre ella, aferrándose a su abrazo como si fuera lo único que la sostuviera.
Las palabras comenzaron a brotar, y su amiga le confesó todo lo que había pasado. Ahora todo tenía sentido: la ausencia de miedo al peligro, los desafíos descarados hacia su hermano, su actitud esquiva…
Thyra lloró con ella, tratando de consolarla. Se recordó a sí misma que, ahora más que nunca, haría todo lo que hiciera falta para encontrar el karagar. No dejaría que nada le pasara a Summ. Baltheezar tendría que pasar por encima de su cadáver antes de poner una mano sobre ella.
—Pensé que te enfadarías —dijo Summ, secándose las lágrimas—. Que te avergonzarías de mí.
Sabía por qué lo decía. Si el Consejo descubría que un Velahr había vendido su alma para salvar a un humano…
ni el tercer círculo sería suficiente castigo.
Pero ella no podía juzgarla, no cuando lo que la había llevado a tomar esa decisión era lo mismo que movía a las grandes heroínas de sus historias favoritas.
Summ era una heroína, solo que ella misma nunca lo creería.
—Nunca —respondió, abrazándola con fuerza.
Cuando Summ recuperó la compostura, decidieron abandonar el psiquiátrico. No sin antes llevarse consigo el libro del Dr. Malkop.
Mientras hojeaba de nuevo sus páginas, una pregunta floreció en su mente:
—Summ, si vendiste tu alma a Baltheezar, ¿no podrías llevarnos hasta él?
Su amiga frenó en seco por un instante y, mirándola fijamente, respondió:
—No puedo sentirle, Thyra. Y no entiendo por qué.
La conversación con Thyra había servido para que la carga de lo que había hecho se sintiera menos pesada.
Parecía que le costaba un poco menos respirar.
Aun así, la ausencia del karagar en el antiguo psiquiátrico había sido un gran golpe para Summ, que había puesto todas sus esperanzas en encontrarlo.