26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro? #2
Lo último que podía recordar era… rojo. Todo era demasiado rojo. Había estado demasiado cerca de morir. ¿Cómo había acabado con ese demonio? El undae amplificado aún cosquilleaba bajo su piel. Pero su mente rechazaba esas sensaciones.
Una mente que, de manera irremediable, repetía una y otra vez: «Es parte de lo que eres, esa parte que la Senda se esfuerza por contener y ocultarte».
—Ya os he dicho que estoy bien —escuchó la voz de Loran cerca de ella.
Cuando sus ojos se adecuaron a la claridad, pudo verle sentado en la cama de al lado, tratando de deshacerse de los Helares que le rodeaban para examinarlo.
Summ se incorporó en la cama y agarró el vaso de agua que descansaba sobre la mesilla de noche. Estaba muerta de sed.
Su movimiento alertó a los Helares y se apresuraron para dirigir sus atenciones a ella. Intentó preguntarles sobre la herida —que debía haber estado en su brazo derecho—, y había desaparecido por arte de magia. Sin duda, el Sacra Prodigi había tenido algo que ver.
Pero toda respuesta que recibió consistía en frases como «Ahora no debes preocuparte de eso», acompañadas de preguntas sobre su salud del tipo «¿Te duele la cabeza?» o «¿Te molesta la luz?».
Después de más de media hora de preguntas y pequeñas pruebas físicas para comprobar su psicomotricidad, por fin la dejaron libre.
Había esperado encontrarse sola, pero Loran permanecía sentado en la cama de al lado. A pesar del golpe recibido, su aspecto era tan impecable como siempre.
—Ha sido un Nestum —habló, su grave voz sonando demasiado alta en el silencio de la enfermería.
Summ estuvo a punto de atragantarse con el agua.
Había escuchado aquel nombre con anterioridad.
Los Nestum eran demonios de rango medio con garras venenosas.
Se suponía que llevaban extintos mucho tiempo.
O, al menos, no había habido avistamiento alguno desde hacía por lo menos dos siglos. Hasta ahora.
Sin duda, Baltheezar se estaba haciendo cada vez más fuerte. Debían encontrarlo antes de que inundara Nareen con un ejército de demonios.
—Jay nos ha dado un nuevo nombre —anunció Loran, como si hubiese leído su pensamiento—. Thyra llegará pronto con la localización.
27
Thyra siempre había considerado la paciencia como una de sus mejores virtudes, pero, mientras esperaba en el vestíbulo principal la llegada de Summ y Loran con noticias sobre el nuevo nombre, había hecho una escabechina con sus uñas.
Maedra ya había pasado un par de veces por allí, y estaba segura de que, si volvía a pasar y la encontraba de nuevo sin hacer nada, se llevaría una buena reprimenda.
Se levantó con el fin de evitar que sucediera, aunque, en el fondo de su ser, una parte de ella que permanecía de manera habitual dormida ansiaba una confrontación con la consejera.
Tal vez así lograría conocer la verdad sobre lo ocurrido a Siraen Vaal.
La falta de información la sacaba de sus casillas.
Decidió dirigirse a las dependencias de los consejeros, en busca de la única persona —aparte de ella, claro— que esperaba noticias de Summ y Loran.
Sabía que un consejero no la recibiría sin haber solicitado una audiencia con anterioridad y, mucho menos, sin información de valor que pudiera justificar la urgencia.
Pero aquella era una circunstancia excepcional y, en el fondo, Askar no dejaba de ser el hermano mayor de su mejor amiga.
Esperaba que esa excusa resultara suficiente.
Al contrario que los pasillos de los Nacidos del Fuego —que albergaban un traqueteo constante de Velahr hasta las últimas horas de la tarde—, los de los consejeros estaban vacíos, en una señal inequívoca de que ella tampoco debía estar allí.
Pero últimamente empezaba a cansarse de escuchar lo que no debía hacer.
Se esforzaba por ser ejemplar, por convertirse en un miembro valioso de la comunidad, pero toda respuesta que recibía no era más que un vendaje para ocultar su pensamiento crítico. Pues bien, podrían tratar de tapar el sol con un dedo cuanto quisieran, pero el sol siempre seguiría allí.
El valor se le apagó de golpe al cruzar la esquina: al fondo, inmóvil, yacía en cueros Valiant Kirtel, el escolta personal de Askar.
Se acercó apresurada a su lado, y lo primero que percibió fue una bofetada de olor amargo. Con el corazón a punto de salirse de su pecho, se puso de cuclillas y posó los dedos sobre el cuello del joven, tratando de detectar sus signos vitales.
Palpó de manera reiterada, con el fin de escuchar unos latidos que no llegaban.
Trató de contener el pánico. Estaba muy cerca de tomar sus votos; no podía dejar que sus emociones la controlaran si pretendía que en algún momento la tomaran en serio.
Respiró hondo y analizó el cuerpo desnudo de Valiant.
No mostraba señales de lucha, ni tampoco heridas visibles que hubieran justificado su muerte.
Sabía que debía dar la voz de alarma, pero, si lo hacía, perdería la oportunidad de analizar la escena y el Consejo nunca le diría lo que se moría por saber.
Sin perder el tiempo, acercó la mano al pecho de Valiant y evocó la biblioteca al fondo de su mente. Pero su undae no encontró nada. Estaba tan vacío como lo había estado la consejera Vaal.
Echando ojeadas con frecuencia al fondo del pasillo, con miedo de que alguien pudiera aparecer, rodeó al muchacho con la esperanza de encontrar alguna pista más.
Sin querer, rozó con su pie el cadáver, y de él se desprendió un polvo amarillento que destacaba sobre el negro de su bota como una señal de alarma: azufre.
Un demonio había vuelto a entrar en Qasrahel. Tuvo entonces la certeza de que ya no estaban seguros en el castillo.
En aquel mismo instante, una duda inquietante surgió en su mente: si Valiant estaba muerto, ¿habría conseguido Baltheezar llegar hasta Askar?
Con el corazón en la garganta, entró despavorida en las dependencias del consejero.
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Para cuando Summ y Loran regresaron, el pánico ya se había expandido por todo el castillo como una enfermedad contagiosa. Thyra discutía con Askar —a quien había encontrado en su despacho, ajeno a lo sucedido a escasos metros— sobre las consecuencias de lo que había descubierto.
—Hemos vuelto a llegar tarde —anunció Summ al entrar por la puerta como una exhalación.
—¿A qué te refieres? —preguntó Thyra, que había esperado que al menos su amiga regresara con buenas noticias.
—Cuando llegamos, Alvin Luzler ya estaba muerto —explicó Loran, sentándose abatido sobre una de las sillas de madera. El asiento crujió bajo su peso—. Y su alma seguía en su cuerpo.
Maldita sea. Era la segunda vez que ocurría. ¿Qué era lo que quería mostrarles Jay? Tal vez su intención era que llegaran antes de que se produjera el asesinato. O tal vez, el asesinato ocurría para evitar que los encontraran vivos.
—Se están adelantando a nosotros —murmuró Askar, como si hubiera escuchado sus pensamientos.
Los últimos acontecimientos ponían de manifiesto que parecían ir siempre un paso detrás de Baltheezar; debían encontrar una manera de acabar con él cuanto antes.
—Necesito permiso para… —Thyra comenzó a hablar, pero fue interrumpida de inmediato por Askar, que se había levantado de su sillón con premura y se había acercado a ella para taparle la boca.
Pegó un brinco ante el contacto del consejero. Sus ojos verdes se clavaron en los de ella.
—Qasrahel puede oírnos —dijo, separándose. En su mirada se evidenciaba su preocupación—. Sea lo que sea lo que tengas que hacer, tienes mi permiso. Yo te cubro. Llévate a Summ contigo.
Asintió con decisión. Por fin tenía la oportunidad que llevaba buscando tanto tiempo. No la desaprovecharía.
⬨
El psiquiátrico abandonado de Nareen se encontraba a las afueras de la ciudad, colindando con el Bosque del Lobo y el antiguo cementerio. Thyra solía pensar en la zona este como en la gran olvidada, una gran porción de Nareen a la que sus lugareños habían decidido darle la espalda.
Eran numerosas las historias de fantasmas que se transmitían de generación en generación sobre esas tierras, manteniendo a la mayoría de la población lejos y a algunos curiosos demasiado cerca.
Thyra nunca había visto fantasmas por allí —ni en ninguna parte.
Estaba convencida de que la muerte era definitiva, un punto y final—, pero sí había visto grupos de Graeven rondando las inmediaciones del psiquiátrico con frecuencia.
Eran ellos —y no los fantasmas— los que ocasionaban un desenlace fatal a quienes merodeaban por allí. Y así lo demostraba el grupo de bestias que custodiaba la entrada a su llegada.
Aún estaba analizando la mejor estrategia para proceder con el ataque cuando Summ se lanzó en pos de ellos. Ahogó un grito de advertencia y salió corriendo en su ayuda mientras maldecía entre dientes. Si seguía siendo tan impulsiva, solo conseguiría que la mataran.
Para su sorpresa, antes de llegar hasta el grupo de Graeven, la morena ya había conseguido desintegrar a tres con su undae. La miró con la boca desencajada: no había medido sus tiempos, pero habría jurado que había mejorado la marca de Loran.
—Me vendría bien un poco de ayuda —la llamó su amiga, sofocada, mientras se desenvolvía en una danza de espada contra garras y colmillos.
Thyra salió de su ensimismamiento y se unió a la batalla.
Por cada piel que desgarraba y cada ser que desintegraba, más convencida estaba de que prefería la seguridad de los libros.
No podía encontrar en ella esa satisfacción que veía reflejada en el rostro de su amiga al blandir una espada.
Sabía que era ágil, incluso más fuerte que Summ, pero su gran fortaleza residía en su mente.
Prefería enfrentarse al horror sobre el papel.
En cuestión de minutos se encontraron cubiertas con la sangre negruzca y viscosa de los Graeven, y no quedaba ni uno en pie.
—¿Cómo has conseguido acabar con ellos tan rápido? —preguntó a su amiga, jadeando, que limpiaba el filo del arma con su capa.